domingo, 7 de diciembre de 2014

Mensaje desde el Más Allá


EL MENSAJE

“Querida mamá, mi querido papá: con la bendición de Jesús, ruego que me auxilien siempre. Aquí estoy con algunos amigos. Supliqué permiso para decirles algo y lo conseguí.
Creo, mamá, que esto sucede por su amor, por su cariño. Dicen que el corazón, cuando ama, vence la muerte, ¡y es verdad que la vence!
“Estoy oyendo sus palabras. Si yo no pudiera decir aquí que soy un espíritu débil y endeudado, muchos creerían que su hijo Drausio fue un santo. Pero todos nuestros hermanos aquí presentes, saben que para las madres, los hijos son siempre ángeles. Crea que, aunque no las merezcamos, ni Diógenes ni yo, sus palabras caen sobre nosotros como rocío Divino.
Penetran en nuestras almas y afirman que usted y papá, confían en nosotros.
“¿Qué felicidad puede existir mayor que ésta, madrecita, la de poder inclinarse sobre el papel, con el auxilio de muchos amigos espirituales, y escribirles derramando en él mi corazón?
¿Qué alegría puede existir mayor que ésta, la de poder decir que estamos vivos, que el accidente no consumió nuestra personalidad y que las cenizas del túmulo cubrieron solamente la ropa deshecha que no nos servía más?
“Nos encontramos bien, recuperando nuestro equilibrio poco a poco. Confieso que, al principio, mi impresión fue indescriptible. Comprendí que el fin había llegado, cuando el impacto del camión sobre nosotros, nos redujera a harapos de carne sanguinolenta. Lo vi todo, como si una poderosa fuerza me conservara en vigilia. El miedo se posesionó de mí y oré; oré como usted se puede imaginar, aplastado por la angustia y gritando por el dolor. Pensé en usted, en papá, en todos nuestros seres amados, sin olvidar a nuestra querida Cristina. No obstante, mi primera idea fue la de actuar en auxilio de Diógenes, pero no lo conseguí. Él, Ademar y Carlitos, yacían inertes. Alguien se aproximó a mí. Era la abuela María Filomena, que yo no había conocido. Me recogió en sus brazos y me dijo que el abuelo Rosin estaba orando en beneficio nuestro. No comprendía nada de lo que oía, pero acepté sus brazos cariñosos, en la seguridad de que ella venía por bendición de Jesús, en nuestro socorro. Enseguida, otros amigos espirituales, llegaron apresuradamente. El propio Don Romualdo de Seixas comandaba las providencias iniciales, y vi que él y los otros nos daban pases que comprendí que eran como un bálsamo para nosotros. No sé lo que Diógenes, Carlitos y Ademar sentirían de pronto, pero en cuanto a mí, puedo decir que aunque estaba unido al cuerpo abatido, sentí sueño y reposé... Despertando en la casa de Salud Espiritual donde usted nos vio, procuré por Diógenes y por los otros... Gradualmente, con el correr de los días, fui siendo atendido y vi a los tres, uno a uno... Mi primer problema se me presentó al recibir los pensamientosangustiados de papá, que deseaba morir con nosotros. ¡Ah, mamá, cuánto debemos a su fe!... Dentro de mí mismo, veía todo lo que nos llegaba de casa, y la visión de papá desesperado, me enloquecía; las oraciones de usted, me auxiliaban; los pensamientos tristes de papá Sampaio, me afligían, y las lágrimas de Cristina, ¡caían sobre mí como gotas de fuego sobre mi corazón! ¡Solamente basado en la resignación y las oraciones, es que conseguí sustentarme!
“Ahora, todo se va aclarando para mí y para Diógenes.
Usted nos visitó, sí, en aquella bendita institución dedicada a los que llegan aquí más pronto. Más pronto, mamá, no quiere decir fuera de tiempo. Diógenes y yo debíamos venir para acá en el momento en que se verificó el desastre, y, naturalmente, por el desastre y no en otras condiciones. Es el pasado, madrecita, que exigía de nosotros eso. El conductor del camión no tuvo la culpa, y usted hizo muy bien en disculparlo; y no se puede afirmar que Carlitos estuviera conduciendo con exceso de velocidad, aunque si estaba inquieto por la preocupación de regresar pronto al ambiente doméstico. Rescatamos nuestras deudas. La Ley de la Reencarnación nos absolvió. Realmente, mamá, ¿quién podrá decir que las pruebas sean una felicidad?
Pero, ¿no será una bendición cumplir la Ley de Dios? Estemos pues, conformes. Ruego a papá que no piense más con desánimo o con violencia consigo mismo. Papá: hay millares de criaturas y de muchachos en la penuria, que necesitan de padres y de madres tan cariñosos y tan buenos como usted y como mamá.
Trabajemos por el bien de ellos. Aquí, estamos aprendiendo que la mayor felicidad es hacer la felicidad de los demás. Y sólo por la caridad bien comprendida es que puede nacer la verdadera felicidad. ¡Caridad, padre mío! Caridad con los otros para que nosotros seamos felices y podamos merecer la ventura del reencuentro, más tarde. Le ruego, mamá, que consuele a Cristina, y que le diga que estamos juntos. Los novios que se aman con el amor de Jesús, pueden ser buenos hermanos. Seré para ella un compañero espiritual y estoy pidiendo a Dios que ella encuentre un joven amigo y leal que la ampare y le dé la felicidad que yo no le pude dar. Esto no es olvidar, es comprendernos los unos a los otros. Agradezco a todos nuestros amigos, especialmente a Sampaio, las oraciones con que me ayudan. Usted debe continuar firme en su fe viva. Esté segura de que nos ha visto, cuando se encuentra fuera del cuerpo. Las visiones y los encuentros con la abuela Rosa, la tía Nena, Sergio, Cristina y Odorica, son todos verdaderos. Todas las personas tienen vida fuera del cuerpo físico, pero veo que, actualmente, el recuerdo no es habitualmente permitido, para que nuestros amigos encarnados no se desvíen y no olviden sus obligaciones en el mundo. Diga a la familia de Ademar, que él está muy bien amparado, y creo que en breve, conseguirá trabajar ya mediúmnicamente en el grupo al que se hallaba unido mediante las reuniones que frecuentaba. Carlitos sufre todavía, y mucho, porque de todos nosotros, es el que más necesita estar al lado de la familia, pero esperamos que los seres queridos de él, lo auxilien con su paciencia y con sus oraciones. Diógenes está bien. No obstante, es el corazón juvenil que todos nosotros conocemos. En cuanto a mí he recibido de nuestro hermano Belilo y de la abuela María Filomena (y por intermedio de ellos el auxilio de muchos bienhechores espirituales), el apoyo de que todavía me siento necesitado. Quiero restaurarme, mamá; quiero trabajar, necesito levantar mis fuerzas y servir. Ayúdenme usted y papá. No puedo continuar escribiendo, porque el tiempo, aquí, es también medido y respetado como ahí. A todos los nuestros, especialmente al tío Roberto, nuestra gratitud. Y reuniéndola a usted y a papá en mi abrazo muy cariñoso, y pidiéndoles que no lloren más, soy, de todo corazón, el hijo agradecido.
DRAUSIO”
(Mensaje recibido en reunión pública de la Comunión Espírita Cristiana, en la noche del 17 de Octubre de 1966, por el médium Francisco Cândido Xavier).

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   MERCHITA NOS SALUDA


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