miércoles, 12 de octubre de 2011

El acto mediúmnico

Psicografía



Por José Herculano Pires

El acto mediúmnico es el momento en que el espíritu comunicante  y el médium se funden en unidad psico-afectiva de la comunicación.  El Espíritu se aproxima al médium  y lo envuelve en sus vibraciones espirituales. Esas vibraciones se irradian  de su cuerpo espiritual alcanzando al cuerpo espiritual del médium. A ese toque vibratorio, semejante al de un suave choque eléctrico, responde  el periespiritu del médium y se realiza la fusión fluídica. Hay una simultánea alteración en el psiquismo de  ambos. Cada uno asimila un poco del otro.  Una percepción visual de ese momento  para el vidente que tiene la ventura de captarla por las irradiaciones periespirituales que se proyectan sobre el rostro del médium  percibe la máscara transparente  del espíritu. Se comprende entonces el sentido profundo de la palabra intermúndio. Allí ambos están, fundidos y al mismo tiempo distintos: el semblante radiante  del espíritu y el semblante humano del médium, iluminado por el suave flash  de la realidad espiritual. Esa superposición de planos da a los videntes la impresión de que el espíritu comunicante se incorpora al médium. De ahí la errónea denominación de incorporación para las manifestaciones orales. Lo que sucede no es una incorporación, sino una interpenetración psíquica, como la de la luz atravesando una ventana. Ligados los centros vitales  de ambos, el espíritu se manifiesta emocionado, reintegrándose en las sensaciones de la vida terrena, sin sentir el peso de la carne. El médium, a su vez, experimenta la  ligereza del espíritu, sin perder la conciencia de su naturaleza carnal, y habla al soplo del espíritu, Como un intérprete que no se toma el trabajo de traducción

El acto mediúmnico natural es ese momento de síntesis afectiva en el que los dos planos de la vida revelan el secreto de la muerte: apenas un despojarse de la pesada armadura   material densa. 

El acto mediúmnico normal es una segunda resurrección, que se verifica precisamente en el cuerpo  espiritual que, según el Apóstol Pablo, es el cuerpo de la resurrección. El espíritu vuelve a la carne, no a la que dejó en el túmulo, sino a la que le ofrece el médium, en un gesto de amor, la oportunidad del retorno a los corazones  que dejó en el mundo. La belleza del reencuentro de un hijo con la madre, que estrecha el médium en los brazos ansiosos y lo besa con toda efusión del deseo materno, compensa mucho a la impiedad de los que  lo acusan de practicar brujerías. En los casos de materialización, nada más bello que Lombroso con su madre materializada a través de la mediúmnidad de Eusapia Paladino, en la sesión a la que fue llevado por el Prof. Chiaia, de Milán.  Eusapia era una campesina  analfabeta y mil veces calumniada. Lombroso, el fundador  de la Antropología Criminal, se retrató en la revista  Luz  y  Sombra en sus violentos artículos  contra el Espiritismo, y declaró conmovido: “Ningún gigante del pensamiento y de la fuerza podría hacerme  lo que me hace esta pequeña mujer  analfabeta: ¡arrancar a mi madre del túmulo  y devolverla a mis brazos!.  Federico Figner, introductor del fonógrafo en Brasil, llevo a su esposa desolada a Belem  del Para, con la esperanza de un reencuentro con la niña Rachel, su hija, que habían perdido, lo que lo llevo casi a la locura, a él y a la esposa. Procuraron a la médium Ana Prado, también mujer del campo, y en una sesión con ella la niña apareció materializada, estimulando  a los padres para que enfrentaran el caso con serenidad, pues ella estaba viva, y les hablaba  y los besaba, y, se sentaba en sus regazos, probando que no había muerto. Figner, al volver para Río de Janeiro, se dedicó de allí en adelante  al Espiritismo, con la llama de la fe encendida en su corazón y en el corazón de la esposa, pero  ahora con una fe  inquebrantable, basada en la razón y los hechos.

Cuando el acto mediúmnico es perfecto y claro, iluminado por una mediúmnidad esclarecida y devota  al bien, no hay gigante – como en el caso de Lombroso – que no se curve reverente ante el misterio de la vida inmortal. El médium se torna el instrumento de la resurrección imposible, probando a los hombres que la muerte no es más que un lapso en el intermúndio que separa a los vivos  en la carne de los vivos en el espíritu. Se comprende entonces el fenómeno de la Resurrección de Jesús, que no fue el acto  divino de un Dios, sino el acto mediúmnico de un espíritu que dominaba, por el saber y la pureza, los misterios de la inmortalidad.

Cuando el acto mediúmnico no tiene la pureza y la belleza de una comunicación amorosa, tiene el calor de la solidaridad humana y es iluminada por la caridad cristiana. En una sesión común de socorro espiritual, los médiums sentados alrededor de la mesa, los adoctrinadores en su lugar,  espíritus sufridores  maliciosos y vengativos, bajo el control de los orientadores espirituales, son aproximados a los médiums que desean servirlos. El cuadro es bien diferente de los que presentamos antes. No hay belleza ni serenidad en los espíritus comunicantes, ni resplandor  o transparencia en sus caras. Hay desespero, dolor, expresiones de rebeldía, o ímpetus de venganza. Los médiums se sienten inquietos, no es raro temerosos. La aproximación de los comunicantes es incómoda, desagradable. Las vibraciones periespirituales son  ásperas y sombrías. El vidente se aturde con aquellas figuras pesadas y oscuras que trastornan la fisionomía de los médiums. Más, en la proporción en que los adoctrinadores encarnados dan el socorro de sus vibraciones  y de sus argumentos fraternos a los necesitados, el cuadro se modifica con las luces vacilantes que se encienden en las mentes conturbadas. Los guías espirituales se manifiestan  en socorro  a los adoctrinadores y sus vibraciones  calman la inquietud del ambiente. El trabajo es penoso. Recalcitrantes criaturas  en el mal  rechazan el comprender la realidad negativa en que se encuentran. Espíritus vencidos  por los dolores de encarnaciones penosas se muestran rebeldes. Los que traen el corazón amargado por injusticias y traiciones exigen venganza y hacen amenazas terribles.  Pero la palabra fraterna, cargada de bondad y amor, iluminada por las citaciones evangélicas van poco a poco  amortiguando las explosiones de odio. Algunas veces la autoridad del dirigente  o de un espíritu elevado se hace sentir, para que los más rebeldes comprendan que están bajo  el poder persuasivo, más enérgico. Una persona que desconozca el problema dirá que se encuentra en una sala de hospicio sin control o asiste a un psicodrama de histéricos desesperados.  Ciertos psicólogos, sistemáticamente  se ríen con desprecio. El dirigente de los trabajos parece un  laico  con explosivos peligrosos. Fanáticos de sectas dogmáticas juzgan asistir  a una escena  de posesión diabólica.  Pero finalmente, la sesión termina con la tranquilización  total del ambiente. Un espíritu amigo se comunica con palabras de agradecimiento. En silencio, todos oyen la oración final de gratitud a los espíritus bondadosos  que ayudaron a socorrer a las sombras sufridoras. Es extraño que todos estén bien y satisfechos con el resultado de los trabajos. Las personas beneficiadas comentan sus mejoras. El ambiente es de paz, amor y satisfacción por el deber cumplido.

En una sesión de desobsesión para casos graves, con poco elementos, sin la asistencia  del socorro  esperitual, las comunicaciones son violentas los médiums sufren, gimen, gritan y lloran. El dirigente y los adoctrinadores permanecen tranquilos, aparentemente impasibles, y los adoctrinadores usan de palabras persuasivas, de actitudes benignas. Nada de amenazas y  expresiones violentas, como en las prácticas anticuadas del exorcismo arcaico, viniendo de las profundidades  de Egipto, de Mesopotamia, de Palestina. Nada de velas encendidas, de símbolos sacramentales, de expulsión de entidades diabólicas. La técnica  es de persuasión, de esclarecimiento racional. Una niña de quince años  llega cargada por sus padres. Hace una semana dormía en estado cataléptico. Con las primeras tentativas de despertarla se agita y se levanta furiosa, a gritos. Cuatro o cinco hombres  no consiguen contenerla,   parece estar dotada de una fuerza indomable. Más poco a poco se calma, llora bajito y vuelve a su estado natural de niña graciosa y frágil. Se retira de la reunión como si nada hubiese acontecido. Se despide alegre. Corre para la calle  y sube  al automóvil  que la trajo como si volviese de un paseo. El acto mediúmnico fue violento, asustador. Más el resultado de la oración, de los pases, de las adoctrinaciones amorosas fue sorprendente. Pocos percibieron que, en  aquel  cuerpecito de niña las garras de la venganza estaban clavadas intentando rasgar la cortina piadosa que vela  los odios del pasado.

En el acto mediúmnico la criatura humana recupera los tiempos olvidados y se vuelve a sentir  en la tela de las experiencias muertas. Y una vez más la muerte le aparece como pura ilusión sensorial, pues todo cuanto había desaparecido en una cueva renace de repente en las aguas amargas de la prueba. 


La mediúmnidad funciona como un radar sensibilísimo  volcado  hacia los caminos perdidos. No siempre la tela de la memoria consigue reproducir las imágenes distantes,  mas en las profundidades  del inconsciente,  asentamientos anti freudianos esperan la  catarsis piadosa  de la comunicación absurda, en la que los diálogos de la caridad  parecen brotar de terribles mal entendidos. Una mujer no entendía porque el espíritu comunicante la acusaba de atrocidades que jamás hizo y la llamaba Condesa.  Creyó que todo aquello no pasaba de ser una farsa  o  un momento de locura. Pero cuando, aconsejada por el adoctrinador, pidió perdón al espíritu atormentador  y lloró sin querer  y sin saber por qué  motivo lo hacía, sintió profundo alivio  y en los días siguientes sus males desaparecieron. Las lágrimas de una criatura que la amnesia tornó inocente pueden conmover un corazón embrutecido en su deseo de venganza. ¿Más quien hará el encuentro necesario para el ajuste de los viejos errores y crímenes, si el médium no se ofrece en la inmolación voluntaria de si mismo para apaciguar con la palabra  del Maestro?

La responsabilidad espiritual del médium se refleja en el espejo de cada uno de sus actos de caridad mediúmnica. El mediunato no es una consagración ritual inventada por los hombres. Nace de las leyes naturales que rigen las conciencias en el fluir del tiempo, en el suceder de las generaciones y de las reencarnaciones. Un acto mediúmnico es el cumplimiento de un deber asumido ante  el Tribunal de Dios instalado en la conciencia de cada uno. Cuando el médium se esquiva   a ese cumplimiento  se engaña   a sí mismo, pensando engañar  a Dios. Su propia conciencia se encargará de condenarlo cuando suene la hora del veredicto inapelable.  Nada justifica la fuga   al compromiso forjado a costa del sacrificio ajeno. Las leyes morales de la conciencia  tienen la misma inflexibilidad que las leyes materiales de la Naturaleza.  Nuestra conciencia de relación capta apenas la realidad inmediata  en la que nos encontramos. Pero la conciencia  profunda guarda el registro indeleble de todos los compromisos asumidos en el pasado  y de todas las deudas  morales que pensamos  apagar en las aguas del Letes, el rio del olvido de las viejas mitologías. El río Letes se secó en las costas áridas del Olimpo, el cenáculo vacio de los antiguos dioses. Hoy solo tenemos un Dios, que no precisa vigilarnos desde lo alto de un monte  ni dictarnos sus leyes para ser inscritas en tablas de piedras. Esas  leyes están grabadas a  fuego en nuestra propia carne. Nuestros actos determinan en el tiempo las situaciones en las que nos encontramos en cada existencia. Y la mediumnidad es el pasaporte que Dios nos concede para la liberación del pasado a través de un solo acto, el más bello  y honroso de todos, que es el acto mediúmnico.

La responsabilidad mediúmnica  no nos fue impuesta como castigo. Nosotros mismos la asumimos en la esperanza de la redención, que no vendrá del Cielo, sino de la Tierra, de la manera por la cual  hicimos  las travesías existenciales en el planeta, en un mar de lágrimas  o por los caminos floridos por las obras de sacrificio y abnegación  que supimos sembrar. Tenemos el futuro en nuestras manos, el futuro inmediato del día a día y el futuro remoto que nos espera  en las traslaciones de la Tierra  alrededor del Sol. Llegamos así a la conclusión inevitable de que el presente pasa deprisa, pero el pasado repunta en cada esquina del presente y del futuro

Fuente: Libro “Mediúmnidad”
Traducido por M. C. R


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