viernes, 1 de mayo de 2026

La imposibilidad de las penas eternas

 INQUIETUDES ESPÍRITAS

1.- Destrucción mutua de los seres vivos

2.- Indagaciones de Allan Kardec con el Espíritu de Verdad sobre su misión

3.- Periespíritu

4.- La imposibilidad de las penas eternas

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DESTRUCIÓN MUTUA DE LOS SERES VIVOS

     La destrucción recíproca de los seres vivos es una de las leyes de la naturaleza que, a primera vista, no parece concordar demasiado con la bondad de Dios. Uno se pregunta porqué Dios les impuso la necesidad de que se destruyan mutuamente por alimentarse unos a costa de otros.

     En efecto, para quien sólo ve la materia, y restringe su visión a la vida presente, aquello parece una imperfección de la obra divina. De ahí, los incrédulos concluyen que Dios no es perfecto, y que , por esa razón, Dios no existe. Eso se debe a que juzgan la perfección de Dios desde su punto de vista; miden la sabiduría divina de acuerdo con el propio juicio que se forman de ella, y suponen que Dios no podría hacer las cosas mejor de lo que ellos mismos las harían.  Como la limitada visión de que disponen no les permite apreciar el conjunto, no comprenden que un bien real pueda provenir de un mal aparente. Sólo el conocimiento del principio espiritual, considerado en su verdadera esencia, así como el de la gran ley de unidad que constituye la armonía de la Creación, pueden otorgarle al hombre la clave de ese misterio, para mostrarle la sabiduría providencial y la armonía precisamente allí donde solo ve una anomalía y una contradicción. Sucede con ésta verdad lo mismo que con tantas otras: El hombre solamente está apto para sondear ciertas profundidades cuando su Espíritu ha alcanzado cierto grado de madurez.

     La verdadera vida, tanto del animal como del hombre, no reside en la envoltura corporal, del mismo modo que no está en la vestimenta. Reside en el principio inteligente que preexiste y sobrevive al cuerpo. Ese principio necesita del cuerpo para desarrollarse a través del trabajo que le corresponde realizar sobre la materia bruta. El cuerpo se consume en eses trabajo, pero el Espíritu no se gasta, por el contrario, sale del cuerpo cada vez más fuerte, más lúcido y con mayor aptitud. ¡ Qué importa entonces , que el Espíritu cambie mas o menos frecuentemente de envoltura! No por eso deja de ser espíritu. Es exactamente como si un hombre cambiase de ropa cien veces en el año. No por eso dejaría de ser hombre .

LA GÉNESIS: EL BIEN Y EL MAL : CAP 3

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INDAGACIONES DE ALLAN KARDEC CON EL ESPÍRITU DE LA VERDAD SOBRE SU MISIÓN

Pregunta (a la Verdad) – Buen Espíritu, desearía saber qué pensáis de la misión que me ha sido asignada por algunos Espíritus: tened a bien decirme, os lo ruego, si es una prueba para mi amor propio.

Sin duda, lo sabéis, tengo el deseo más grande de contribuir para la propagación de la verdad, pero, del papel de simple trabajador al de misionero en jefe, la distancia es grande y no comprendo lo que podría justificar en mí una gracia tal, prefiriéndome a tantos otros que poseen talentos y cualidades que no tengo.

Respuesta – Confirmo lo que te ha sido dicho, pero te aconsejo mucha discreción si deseas triunfar. Más tarde sabrás cosas que explicarán lo que te sorprende hoy en día. No olvides que puedes triunfar, del mismo modo que puedes fracasar; en este último caso, otro te reemplazaría, pues los designios de Dios no dependen de una persona específica. Por lo tanto, jamás hables de tu misión; sería el medio de hacerla fracasar. Sólo puede ser legitimada por la obra realizada y nada has hecho todavía. Si la realizas, las propias personas sabrán reconocer tu misión tarde o temprano, pues es por los frutos que se reconoce la calidad del árbol.

Pregunta – Sin duda, no tengo ninguna voluntad de vanagloriarme de una misión en la que yo mismo creo con dificultad. Si estoy destinado a servir de instrumento para los designios de la Providencia, que ella disponga de mí; en ese caso, solicito vuestra asistencia y la de los buenos Espíritus para que me ayuden y me sostengan en mi tarea.

Respuesta – Nuestra asistencia no te faltará, pero será inútil si, de tu parte, no haces lo que es necesario. Tienes tu libre albedrío; te corresponde a ti emplearlo como lo entiendas; ninguna persona está obligada inevitablemente a hacer algo.

Pregunta – ¿Cuáles son las causas que podrían hacerme fracasar? ¿Será la insuficiencia de mis capacidades?

Respuesta – No; pero la misión de los reformadores está plena de escollos y de peligros; la que tienes es ruda, te prevengo, pues es al mundo entero al que se trata de remecer y de transformar. No creas que te bastará con publicar un libro, dos libros, diez libros, y quedarte tranquilamente en tu casa. No, te será necesario exponer a tu persona: suscitarás contra ti odios terribles; enemigos encarnizados conjurarán tu ruina; serás el blanco de la malevolencia, de la calumnia, de la traición incluso de aquellos que te parecerán los más abnegados; tus mejores instrucciones serán despreciadas y desnaturalizadas; más de una vez sucumbirás bajo el peso de la fatiga; en pocas palabras, es una lucha casi constante que deberás sostener, y sacrificarás tu reposo, tu tranquilidad, tu salud e incluso tu vida, pues, sin eso, vivirías mucho más tiempo. ¡Pues bien! Más de uno retrocede cuando, en lugar de un camino florido, no encuentra bajo sus pasos sino zarzas, piedras afiladas y serpientes. Para tales misiones, la inteligencia no basta. Son necesarios primeramente, para agradar a Dios, humildad, modestia y desinterés, pues Él abate a los orgullosos, a los presuntuosos y a los ambiciosos. Para luchar contra las personas, son necesarios valor, perseverancia y una firmeza inquebrantable; también son necesarios prudencia y tacto para conducir las cosas con discernimiento y no comprometer el éxito por medio de medidas o palabras intempestivas; en fin, es necesario tener dedicación, abnegación, y estar presto a todos los sacrificios. Como ves, tu misión está subordinada a condiciones que dependen de ti.

Espíritu Verdad

Yo. Espíritu Verdad, os agradezco vuestros sabios consejos. Acepto todo sin restricción y sin segunda intención. ¡Señor! Si os habéis dignado poner Vuestros ojos en mí para el cumplimiento de Vuestros designios, ¡que se haga Vuestra voluntad! Mi vida está en Vuestras manos, disponed de Vuestro servidor. En presencia de una tarea tan grande, reconozco mi debilidad; mi buena voluntad no faltará, pero tal vez mis fuerzas me traicionen. Suplid mi incapacidad; dadme las fuerzas físicas y morales que me sean necesarias. Sostenedme en los momentos difíciles y, con Vuestra ayuda y la de Vuestros mensajeros celestiales, me esforzaré para corresponder a Vuestros designios.

NOTA – Escribo esta nota el 1 de enero de 1867, diez años y medio desde que esta comunicación me fue dada, y constato que se ha cumplido en todos los puntos, pues he experimentado todas las vicisitudes que allí me fueron anunciadas. He sido el blanco del odio de enemigos encarnizados, de la injuria, de la calumnia, de la envidia y de los celos; libelos infames han sido publicados contra mí; mis mejores instrucciones han sido desnaturalizadas; he sido traicionado por aquellos en quienes había depositado mi confianza, pagado con ingratitud por aquellos a quienes había prestado servicio. La Sociedad Parisiense de Estudios Espíritas ha sido un foco continuo de intrigas urdidas por aquellos mismos que se decían a mi favor y que, mientras mantenían las apariencias ante mí, me atacaban ferozmente por detrás. Han dicho que aquellos que tomaban partido a mi favor eran sobornados por mí con el dinero que recogía por medio del Espiritismo.

No he conocido más el reposo; más de una vez, he sucumbido bajo el exceso de trabajo, mi salud ha sido alterada y mi vida, comprometida. Sin embargo, gracias a la protección y a la asistencia de los buenos Espíritus que incesantemente me han dado pruebas manifiestas de su solicitud, estoy feliz de reconocer que no he experimentado ni siquiera un instante de debilidad y de desaliento, y que he proseguido en mi tarea constantemente con el mismo ardor, sin inquietarme por la malevolencia de la que era objeto. Según la comunicación del Espíritu Verdad, yo debía esperar todo eso y todo se ha verificado. Pero también, al lado de esas vicisitudes, ¡cuánta satisfacción he experimentado al ver que la obra crece de una manera tan prodigiosa! ¡Cuántas dulces compensaciones he recibido por mis tribulaciones! ¡Cuántas bendiciones, cuántos testimonios de real simpatía he recibido de parte de numerosos afligidos a quienes la Doctrina ha consolado!

Ese resultado no me había sido anunciado por el Espíritu Verdad, que, sin duda, intencionalmente, sólo me había mostrado las dificultades del camino. ¡Qué ingratitud mía sería, pues, si me quejara! Si dijera que hay una compensación entre el bien y el mal, no diría la verdad, pues el bien, quiero decir las satisfacciones morales, ha superado en mucho al mal. Cuando me sucedía una decepción, una contrariedad cualquiera, me elevaba por medio del pensamiento por encima de la humanidad; me ponía con anticipación en la región de los Espíritus y, desde ese punto culminante, desde donde divisaba mi punto de llegada, las miserias de la vida resbalaban sobre mí sin alcanzarme. He hecho de eso una costumbre tal que los gritos de los malos jamás me han perturbado.

Allan Kardec  (Revista Espírita 1862-1865)


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PERIESPÍRITU

  Este nombre que asignó Kardec al cuerpo espiritual, viene a significar Peri= Alrededor, y Spiritus= Espíritu, o sea, alrededor del Espíritu, o que rodea al Espíritu.

   El Periespíritu es una envoltura semimaterial que rodea al Espíritu. Este la toma del mundo material en que se halla cuando está encarnado, y la cambia al pasar de uno a otro mundo. Es más o menos sutil, según la naturaleza de cada globo.

  
El Periespíritu puede tomar todas las formas que quiera el Espíritu; ordinariamente suele ser el que este tenía en su última existencia corporal.

  Aunque de naturaleza etérea, la sustancia del Periespíritu es susceptible de ciertas modificaciones que la hacen perceptible a nuestra vista, tal como sucede en las apariciones. Por su unión con el fluido de ciertas personas puede hacerse tangible temporalmente, es decir, ofrecer al tacto la consistencia de un cuerpo sólido, tal como se ve en las apariciones palpables.

  La naturaleza íntima del Periespíritu no es todavía conocida, pero se puede suponer que la naturaleza de los cuerpos  debe  ser, por una parte, sólida y grosera, y de otra parte sutil y etérea, y que solamente la primera es la que sufre los efectos de la descomposición después de la muerte, mientras que la segunda persiste y acompaña al Espíritu. De modo que el Espíritu tiene una doble envoltura; la muerte no le despoja sino de la más grosera, y la segunda, que constituye el periespíritu, conserva la forma y la huella de la primera, de la que sería como su sombra, pero su naturaleza, esencialmente vaporosa, permitiría al Espíritu modificarla a su gusto y hacerla visible o invisible, palpable o impalpable.

   El Periespíritu es al Espíritu lo que el perisperma es al germen del fruto. La almendra, despojada de su envoltura leñosa, encierra el germen bajo la envoltura delicada del perisperma.

( Extraído del Diccionario Espiritista de Allan Kardec)

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LA IMPOSIBILIDAD DE LAS PENAS ETERNAS
Imaginemos un joven de veinte años, como tantos que existen actualmente, ignorante, de instintos viciosos, que niega la existencia de su alma y la de Dios, entregado al descontrol y a cometer toda clase de perversidades. Posteriormente, en un medio favorable, ese joven trabaja, se instruye, se corrige gradualmente hasta convertirse en un creyente piadoso. ¿No es ese un ejemplo palpable del progreso del alma durante la vida, ejemplo que se reitera todos los días? Ese hombre muere a edad avanzada como un santo, y por cierto su salvación está asegurada. Con todo, ¿ cuál habría sido su destino si un accidente lo hubiera llevado a la muerte cuarenta o cincuenta años antes? En esa época reunía todas las condiciones necesarias para que fuera condenado; de modo que, una vez condenado, toda forma de progreso le estaría vedada. Nos encontramos, pues, ante un hombre que sólo se salvó porque vivió más tiempo, y que, según la doctrina de las penas eternas, se habría perdido para siempre si hubiera vivido menos, tal vez como consecuencia de un accidente fortuito. Dado que su alma pudo progresar en un momento determinado, ¿por qué razón no habría podido progresar también después de la muerte, en caso de que una causa ajena a su voluntad le hubiera impedido hacerlo en vida? ¿Por qué Dios le habría negado los medios? El arrepentimiento, aunque tardío, no habría dejado de llegar. En cambio, si desde el instante mismo de su muerte se le hubiese impuesto una condena irremisible, su arrepentimiento habría sido infructuoso por toda la eternidad, y su aptitud para progresar habría quedado anulada para siempre.
El dogma de la eternidad absoluta de las penas es, por lo tanto, incompatible con el progreso de las almas, al cual opone una barrera infranqueable. Ambos principios se anulan recíprocamente, pues la existencia de uno implica forzosamente el aniquilamiento del otro. ¿Cuál de los dos es real? La ley del progreso existe realmente: no se trata de una teoría, sino de un hecho confirmado por la experiencia; es una ley de la naturaleza, ley divina, imprescriptible. Así pues, si esta existe y no puede conciliarse con la otra, entonces la otra no existe. Si el dogma de la eternidad de las penas fuese verdadero, san Agustín, san Pablo y tantos otros jamás habrían visto el Cielo en caso de que hubieran muerto antes de realizar el progreso que los condujo a la conversión.
A este último argumento responderán que la conversión de esos santos personajes no fue el resultado del progreso del alma, sino de la gracia que se les concedió y por la que fueron tocados.
Con todo, eso es un juego de palabras. Si esos santos practicaron el mal, y más tarde el bien, significa que mejoraron. Por consiguiente, progresaron. ¿Por qué Dios les habría concedido como favor especial la gracia de que se corrigieran? ¿Por qué a ellos sí y a otros no? Siempre se nos responde con la doctrina de los privilegios, incompatible con la justicia de Dios y con el amor que dispensa por igual a todas las criaturas.
Según la doctrina espírita, de acuerdo con las palabras mismas del Evangelio, con la lógica y con la justicia más rigurosa, el hombre es hijo de sus obras, tanto en esta vida como después de la muerte. No le debe nada a la gracia. Dios lo recompensa por los esfuerzos que realiza, y lo castiga por su negligencia durante todo el tiempo que se obstina en ella.

( A. Kardec- El Cielo y el Infierno )

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