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viernes, 5 de noviembre de 2010

El concepto de la muerte

Los niños asimilan el proceso de integración del concepto «muerte» a través de las enfermedades. Los autistas, por ejemplo, jamás se enferman. Pero cuando se les analiza y se logra romper su aislamiento, salen - de una cierta manera - de su «inmortalidad fetal» y, a menudo, atrapan entonces toda la serie de enfermedades infantiles. Esto plantea un interrogante que la mayor parte de los terapeutas pasan por alto: el papel que juegan las enfermedades en nuestra construcción mental.


Tratemos de esquematizar. Para el infante, los padres son los dioses que le han dado la vida. Pero un día descubre que no son más que semidioses porque tuvieron que fabricarlo entre dos. Descubre la sexualidad, primer shock, primera caída. Pero lo más deprimente viene más tarde, cuando el niño descubre que sus padres no son ni una cuarta ni aun una octava parte divinos, porque no saben lo que es la muerte y no pueden nada contra ella: abatimiento, somatización, la enfermedad se precipita porque el niño no puede seguir idealizando a sus padres. Pero, de pronto, ellos redoblan su ternura y su solicitud para su enfermito, lo que renueva los lazos afectivos sobre una nueva base: no sabemos lo que es la muerte, pero luchamos juntos contra ella - representada por la enfermedad - amándonos más. Resultado: cada enfermedad infantil hace que el niño dé un salto de maduración psíquica y, de enfermedad en enfermedad, llega finalmente a la indispensable integración del sistema de representación de la muerte. Es conocer su cuerpo para saber mejor cómo habitarlo y también cómo dejarlo.

Los casos de telepatía en el momento de la muerte de un ser próximo son numerosos y conocidos. No es necesario ser psicótico para dar testimonio de eventos semejantes. Lo más frecuente es que la muerte de un ser querido sea revelada en un sueño. La teoría de la «imagen inconsciente del cuerpo» de Françoise Dolto daría una primera explicación, pues esta imagen goza de una sorprendente autonomía en relación a la realidad física del cuerpo. Era lo que ella decía a propósito del autismo y de la esquizofrenia. Esto explicaría el caso de esa mujer que había tenido una salida del cuerpo mientras estaba en coma después de su parto. Para comprender realmente este planteamiento, me ha sido necesario asimilar lo esencial de la visión taoísta del mundo estudiando la acupuntura y la teoría de los cuatro cuerpos.

Los cuatro cuerpos:
Todas las grandes tradiciones chamánicas y esotéricas - el taoísmo es una - dicen grosso modo la misma cosa: tenemos varios cuerpos. La literatura más clásica distingue cuatro cuerpos. El primero es el cuerpo físico, hecho de moléculas; podemos llamarlo «cuerpo molecular». Por el momento es el único que reconoce la ciencia. El segundo cuerpo está hecho de esa «energía» tan particular que diferencia un cuerpo vivo de un trozo de carne. Se le ha bautizado como «cuerpo etérico» en el siglo XIX, porque en esa época esta palabra sonaba muy científica. Se pensaba entonces que el vacío estaba lleno de éter. Hoy día pensamos
en el vacío de otra manera: como constituido de una multitud de partículas virtuales. Según mi opinión, sería entonces correcto llamar a este cuerpo el «cuerpo del vacío». Es, en efecto, únicamente porque hay vacío en la materia que las cosas pueden moverse, animarse, vivir. La acupuntura - que actúa sobre este cuerpo - lo ha comprendido bien: el ideograma que los chinos utilizan para designar un punto de acupuntura significa «vacío, caverna, gruta».

El «cuerpo molecular» y el «cuerpo del vacío» son envolturas puramente terrestres. Viene en seguida el tercer cuerpo, el «cuerpo astral». Se lo llama así porque es una envoltura que permite con la ayuda del solo pensamiento proyectarse hasta el otro extremo del universo, hacia los astros. Está constituido de todo lo que es del orden de la representación: imágenes visuales, acústicas, táctiles... conjunto de todo lo que hemos elaborado en el curso de nuestra existencia para representarnos el mundo. Un psicoanalista estaría tentado de llamarlo «cuerpo de representación». Es en ese cuerpo en el que nos embarcamos en el mundo de los sueños, o vivimos una experiencia fuera del cuerpo, o cercana a la muerte.

El «cuerpo del vacío» es aquel en el que se experimentan estas vibraciones que llamamos sensaciones. En psicoanálisis es lo que se denomina «la piel de las sensaciones». El «cuerpo de representación» corresponde a lo que se llama el «sistema de representación». Pero esto no es lo más extraño de los
misterios mentales. Lo más extraño es que podamos dar un sentido a las cosas y al mundo. La representación sola puede ser un absurdo. De ahí la razón de ser del cuarto cuerpo, que es quien organiza el sentido. Este cuarto cuerpo, este «cuerpo del sentido», corresponde a lo que los psicoanalistas llaman «la construcción del yo». Otros lo llaman el «cuerpo mental», reconociendo que no es solamente un cuerpo sino más bien el que estructura a los otros tres. Según Rudolf Steiner, es el Yo o el Ser (el Yo pasando al Ser en un estado de salida fuera del cuerpo físico). Para él, este cuerpo sería el vehículo a bordo del cual podríamos desplazarnos después de la muerte... a condición de que lo hayamos construido en forma suficiente. Rudolf Steiner explica también la función que desempeña la «revisión de la vida» informada por aquellas personas que han vivido una experiencia cercana a la muerte: ella serviría para subrayar todos los sitios donde el «cuerpo del sentido» no ha sido todavía suficientemente construido, o lo suficientemente sólido para permitir un desplazamiento autónomo. Ese defecto de construcción conduciría a los ángeles a proporcionarnos una visión premonitoria sobre lo que tendríamos que trabajar en nuestra próxima encarnación, para despertar, mejorar, estructurar nuestro yo, o «cuerpo del sentido».

La construcción de este cuerpo es el primer objetivo de la vida, tanto para Freud como para Steiner. El proceso básico de esta construcción es simple: se funda en la dupla placer-displacer. En el infante, en efecto, tiene sentido todo aquello que produce placer. Es así que luchando con furor contra el placer - especialmente sexual - y calificándolo de pecado, los curas y los ayatollah han, literalmente, puesto trabas durante siglos a la evolución espiritual de los humanos.

Yo no hago aquí más que resumir lo que piensan quienes me han precedido en la investigación de estos asuntos. Sin fatigarnos en descender hasta la «realidad velada» de la física cuántica, si observamos simplemente cómo percibimos el mundo a nuestra escala, descubrimos que toda la imagen que nos hacemos de la realidad es en un 100% reinterpretada y reconstruida por nuestro cerebro, y esto siempre en función del pasado o de la memoria, lo que viene a ser lo mismo. Cuando contemplamos una manzana, no la vemos directamente: vemos algo que, filtrado a través de nuestra memoria, va a revelarse como que corresponde a lo que nosotros reconoceríamos como una manzana. Pero si esa cosa observada fuera algo radicalmente nuevo, - que jamás hayamos visto, comprendido ni sentido -, es probable que no percibiéramos nada, en todo caso, nada que tenga el menor sentido.

El biólogo Jacques Ninio nos dice que al atardecer, cuando el cielo es color violeta, nosotros lo vemos azul porque tenemos el hábito de verlo así. Para romper ese hábito y ver los verdaderos matices, sería necesario ponerse cabeza abajo. Otro ejemplo simple: en la realidad, las líneas derechas no existen; es nuestro cerebro quien las construye para facilitar la edificación totalmente artificial de nuestra representación de la realidad. Lo que los ojos perciben «objetivamente» debería aparecer como miríadas de puntitos, una especie de cuadro impresionista, en blanco y negro, sin relieve. En lugar de eso, nuestra consciencia recibe la imagen de bloques compactos, con contornos netos y diferenciados, en colores y en cuatro dimensiones, porque el cerebro reconstruye la realidad no solamente en volumen sino además en el tiempo, previendo el futuro.

Ahora bien, eso significa que la percepción que tenemos del mundo es totalmente subjetiva. No digo - como el filósofo Berkeley - que la realidad exterior no existe, ni que nosotros somos sólo burbujas soñadas. Digo que lo que llamamos la «percepción objetiva» no es más que un consenso subjetivo, propio de nuestra especie. Los pájaros ven moverse las estrellas, y aparecer en diferentes colores, lo que les permite guiarse por ellas de una manera sobre la que no tenemos la menor idea. Las decenas de ojos que poseen las estrellas de mar en sus brazos les muestran una realidad totalmente otra... en resumen, nuestra representación del mundo es una pura reconstrucción, a través de un sistema simbólico que es función de nuestro lenguaje y de las imágenes de nuestra memoria. Desde el nacimiento nos entrenamos en construir un equipo psíquico, una identidad mental a la cual nos aferramos más que a todo, mucho más que a nuestro cuerpo físico, porque el hombre es capaz de sacrificar su vida por sus ideas.

Si yo tuviera que adoptar una teoría mística, me inclinaría en favor de la tesis del filósofo Gustav Fechner, amigo del matemático Moebius e inventor de la psicofísica, que edifica su propia visión del mundo. El describía la vida como un proceso en tres etapas: primero, el estado fetal consistiendo en apropiarse de un cuerpo físico, para poder vivir en él; segundo, vivir en él buscando apropiarse de un cuerpo psíquico para vivir en otra parte, y tercero, vivir en esa otra parte. Los escritos de Fechner, como los de Goethe, marcaron a Freud, aunque se habla muy raramente de ello.

Mientras más estudio, más tengo la tendencia a pensar que efectivamente la sola base que existe verdaderamente es nuestra vida mental, nuestro cuerpo del sentido. Tenemos la impresión de existir en un cuerpo en la materia. Esto me parece falso: desposeído de las estructuras mentales que permiten a este amasijo de materia constituir un todo, nada lo mantiene corpori zado. Un cadáver se desintegra rápidamente. En su estructura material, el cuerpo es regido por la ley de entropía, el desorden absoluto. Y este desorden se expresa en el hecho que hay una falla en la permanencia de renovar la materia de ese cuerpo. Comiendo y respirando, son toneladas de universo las que nos atraviesan en el curso de una vida. Todo lo que compone nuestro cuerpo no estaba allí unos años - o aun unos meses - atrás. En nuestra vida, la mente es entonces la única cosa estable, escapando a la entropía y al desorden obligatorio. Pero la ciencia actual, la medicina, la psiquiatría, el psicoanálisis, no sacan lecciones de esta evidencia. Por las mismas razones, nuestra cultura menosprecia todas las experiencias místicas. Salvo para hablar de ellas en forma negativa, como patologías o regresiones. Es verdad que hay características comunes esenciales entre la psiquis del feto o del lactante con las del psicótico y del místico. ¿Qué significa esto? Que hay psicosis negativas, infernales - las que encuentran los psiquiatras - y psicosis positivas, celestes, divinas - las que viven los místicos. O que los psicoterapeutas - colocadores de etiquetas - no encuentran jamás
a los místicos, porque ellos no los consultan. Estos terapeutas no se interesan por los miles de personas que han atravesado una experiencia cercana a la muerte, porque ellos no son pacientes. No hay ningún lugar oficial, en nuestra sociedad, donde las experiencias celestiales tengan derecho de ciudadanía. Sólo se autoriza escuchar experiencias infernales.

Didier Dumas

Traducido y extractado por Roberto Hernández de
Didier Dumas.- L'ange et le Fantôme.- Editions de Minuit. 1985