viernes, 29 de mayo de 2020

En el trabajo evolutivo

    INQUIETUDES ESPÍRITAS
1.-El despertar de las vicisitudes
2.-La Esencia del Espíritu: el Amor
3.- Las personas que te importan
4.- En el trabajo evolutivo








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         EL DESPERTAR DE LAS VICISITUDES

La vida está repleta de sobresaltos y desafíos que forman parte de nuestras necesidades evolutivas. Solo crecemos cuando vivimos experiencias que sirven de lección en el aprendizaje diario. No es raro que padezcamos pesadillas que nos hacen despertar con sufrimientos y, dependiendo de la intensidad y extensión, esos trastornos nos llevan a un estado de ansiedad.


 Vivimos ahora una pandemia del Covid-19, un microorganismo que ha paralizado el mundo y, a pesar de los avances de la ciencia, todavía somos impotentes para combatir ciertas enfermedades de inmediato. Por este motivo, estamos experimentando una "pesadilla" de la que no escapa ningún ser humano, porque el virus no tiene preferencias, sino consecuencias....

En esa coyuntura inusitada para nuestra generación, caminamos, si es que no llegamos ya a una neurosis pandémica. Con toda la serenidad y la mejor actitud en momentos cruciales, necesitamos tener coraje, paciencia y resignación, procurando respetar las orientaciones médicas sin olvidarnos de la Fe, que aliada a la oración, nos dará el soporte para la reflexión, tan necesaria, a fin de corregir nuestros rumbos y de mantenernos en solidaridad para con todos.


 En las crisis constatamos como estando solos nada somos. Nuestra individualidad se revela frágil, pero se fortalece cuando nos unimos. El dolor y el sufrimiento nos enseñan a vivir y a convivir. Es el remedio amargo que nos lleva a la cura de las llagas del alma.
  
En la cuestión 728 de El Libro de los Espíritus, encontramos: "¿La destrucción es una ley de la Naturaleza?.- Es necesario que todo se destruya para renacer y regenerarse, porque eso que llamáis destrucción no es más que transformación, cuyo objetivo es la renovación y el mejoramiento de los seres vivos". 
Por ser aquí oportuno, resaltamos la máxima de Antoine Lavoisier: "En la Naturaleza nada se crea ni se destruye, todo se transforma". El universo infinito vive en constante metamorfosis.

Paradójicamente estamos en esa turbulencia tecnológica, por la que nos aproximamos a aquellos que están tan lejos y nos distanciamos de aquellos con los  que convivimos tan cerca... Ahora en este periodo de emergencia permanecemos todos reunidos en los hogares, pero infelizmente, no todos unidos.... Pasamos por la puerta estrecha de la "convivencia con las diferencias", prueba difícil, pero se trata de una de las grandes lecciones reencarnatorias. En ese momento, sentimos fuertemente que somos parte de todos y que todos necesitan unos de otros...

Tenemos en la cuestión 738 de El Libro de los Espíritus: " ¿ Para conseguir la mejora de la Humanidad no podía Dios emplear otros medios en vez de los flagelos destructores?.- Puede y los emplea todos los días, puesto que a cada uno dio los medios de progresar por el conocimiento del bien y del mal. El hombre, por tanto, no se aprovecha de esos medios. Se hace necesario que sea castigado en su orgullo y que se le haga sentir su impotencia".

Recordemos siempre, que el sol nace cada día independientemente de los pisotones que llevemos en el camino. Busquemos en la oración el aliento para las ansiedades, y en la esperanza, la certeza de que un nuevo despertar se nos presentará en el horizonte próximo en donde nos aguarda el Astro Rey con su luz fulgurante.

Dr. Luiz Guimaraes- ( Tomado del blog de Bruno Tavares)

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 La Esencia del Espíritu:                     El Amor

           Cierto día en que me hallaba con varios amigos de ambos sexos, se promovió la conversación sobre los distintos modos de amar, cada uno definió como supo, y después de hablar mucho para decir muy poco, me despedí de ellos confiando en que otro día ampliáramos aquella cuestión: ¡Siempre he creído en el amor grande y sublime, jamás en el rastrero o egoísta de los sentidos, que tanto y tanto empequeñece al Espíritu!      
        Aquel día se había hablado tanto de amor que, por la noche a solas, comparaba y reflexionaba los múltiples pareceres de aquel grupo familiar, y pensando y filosofando sobre esta ciencia secreta que cada cual desarrolla a impulsos de su adelanto, me quedé dormida.  
        Mi Espíritu tendió su vuelo y, al hallarme en la inmensidad, miré mi cuerpo y exclamé: ¡Qué hermosa es la libertad! ¡Qué grato es vivir lejos de la Tierra, y cuan distinta atmósfera se respira! ¿Qué es lo que yo siento Dios mío? ¡Parece que de tanta felicidad desfallezco! ¡Dadme fuerzas, señor, para que yo pueda volar en busca de ese amor purísimo que vivifica, que nos sublima y regenera!
         Yo bien quisiera aspirar toda su esencia y que al volver a mi cuerpo mis miradas, mis frases y mis acciones, fueran efluvios de amor celestial. Es tan bello el amor, que cuando se contempla la inocente mirada del niño, la sonrisa afectuosa del anciano, el beso purísimo de los padres, el cariño sin medida de los esposos, el afecto sincero del hermano, el sacrosanto lazo de la amistad o el compasivo hacia los pobres, siempre es grande, porque llena de satisfacción al Espíritu.  
       Tienes mucha razón murmuraron a mi oído; piensas bien, y me congratulo de ello. En todas las clases de amor, se puede llegar a lo sublime y hacer grandes progresos. 
       Miré a mi alrededor, y vi a un anciano de noble aspecto que me sonreía dulcemente; cogí su mano, la llevé a mis labios y le dije:       
       -No os conozco ni sé quien sois; pero encuentro en vuestra tranquila mirada, un no sé qué inexplicable, que me hace sentir hacia vos un respeto y cariño a la vez, que me da vida y me hace feliz.     
      -A eso vengo, amiga mía, dijo el anciano estrechándome en sus brazos, a darte vida, a fortificarte con mi cariño, a alentarte con mis frases, a decirte algo del verdadero amor, de ese amor tan cacareado entre vosotros, tan mal entendido por muchos y sólo comprendido por muy pocos. ¿Quieres saber como se practica el amor en los espíritus de gran progreso? Ven conmigo y ten presente todo cuanto veas, grábalo en tu mente y, cuando vuelvas al cuerpo, no lo olvides; porque todo ello te servirá de faro en lo que te queda de existencia. 
     El fluido de su mirada, acrecentaba mis fuerzas; yo no parecía una débil mujer, no, más bien me asemejaba a un atleta que desafiaba la Tierra, la cual veía a mis pies como una pequeña isla. De tiempo en tiempo, me quedaba absorta contemplando la bella perspectiva que representaba el espacio: por un lado la Tierra, iluminada por la luna, parecía la fantástica aspiración del poeta; por otro lado la naciente aurora, pura como la inocencia; más allá de los mundos rutilantes poniendo de manifiesto la inmensa sabiduría del Eterno; y aquel conjunto de luces diáfanas y nubes de fuego, me parecían en aquellos momentos notas dulcísimas, filosofía profunda, ciencia incomprensible, besos tiernísimos, amor bendito, sonrisa de Dios.   
        Entonces el anciano, contemplándome y gozándose a la vez de mi alegría exclamó:    
     -¡Goza pobre Espíritu; goza en las maravillas celestes, y que el hálito de la amorosa Providencia te fortalezca!  
      Momentos después nos fuimos acercando hacia la Tierra y penetramos en una casa de mediano aspecto, un anciano yacía medio moribundo en un lecho, al lado del cual, se veía una mujer joven aún, y dos niños que colmaban de caricias al enfermo. Éste los miraba con amoroso afán, retratándose en sus ojos la más tierna gratitud.   
     ¿Ves ese pequeño grupo? Me dijo mi compañero, ¡Pues todo él respira amor! Ese anciano que está a punto de exhalar el último suspiro, es esposo de esa mujer y padre de esos niños. Hace tiempo que unos celos infundados, le hicieron abandonar su familia dejándola en la mayor miseria; su esposa que es un ángel con envoltura material, sufrió resignada este contratiempo, y aunque herida en lo más íntimo de su alma, siempre enseñó a sus hijos a bendecir el nombre de su padre; éste, hastiado de la vida, derrochó cuanto le quedaba de sus bienes en poco tiempo, y más tarde, no sólo se vio pobre, sino que también enfermo; cuando se halló en esa situación se acordó de su familia, empezó a reflexionar sobre su mal proceder, y el rubor asomó a su rostro.  
      Luchaba entre volver a su casa o entrar en el hospital; pero el temor de que su esposa le reconviniera, le hizo decidir irse al último; al hallarse a las puertas de éste, una mujer que a la sazón pasaba, le detuvo diciendo: -¿A dónde vas? ¡Cuánto tiempo hace que te busco y no te encuentro! Aquella mujer era su esposa; él la miró, quiso hablar y no pudo; un frío sudor inundaba su cuerpo, volvió a mirarla; en la frente de su esposa irradiaba la pureza de su alma; en sus ojos se leía la inocencia; en sus labios se dibujaba la sonrisa del amor; aquella mujer cuyo rostro resplandecía de júbilo al encontrar a su esposo, no era ni podía ser criminal; así lo comprendió él, y tomándole una mano y estrechándosela con efusión, le dijo: -Perdóname, María, si en un momento de ceguedad dudé de ti; el culpable soy yo, que no supe mirar bien; déjame que no soy digno de tu cariño. -¿Qué no eres digno de mi cariño, respondió María, cuando te guardo en mi pecho un amor profundo? ¿Qué te deje cuando tu vida es la mía? ¡Oh, no; no me separaré de ti jamás! Te seguiré con mis hijos a todas partes, porque sin ti el dolor me abruma, y la soledad me abate; porque necesito pisar la tierra que tú pisas, respirar el aire que tú respiras, llorar si tú lloras, reír si tú ríes, vivir contigo para ti, formando con nuestros alientos la atmósfera purísima del amor, que a un tiempo, nos eleva al infinito amor de Dios.    
      Y María, fuego de amor inextinguible, se llevó a su esposo consigo mostrándole a sus hijos. Ha trabajado y trabaja sin descanso, para rodearles de cuantos cuidados están a su alcance; y en este momento ese anciano morirá con la sonrisa en los labios, porque el amor sublime de su esposa, le ha regenerado y le ha hecho feliz.     
      Si ella no le hubiese sabido amar, él habría dejado la Tierra maldiciendo su existencia y el amor. ¡Aquí tienes amiga mía, ese amor de fuego, que es capaz de dar calor a un planeta, derretir un alma de hielo y hacer progresar a un Espíritu! Verdaderamente, objeté yo, esa mujer sabe amar; y si toda la humanidad participara de ese amor tan grande que, olvida los defectos de sus semejantes para engrandecer al Espíritu, ciertamente seríamos más perfectos.
     – Días vendrán, amiga mía, en que sólo un amor puro irradiará en la Tierra, ahora aún es pronto, y los humanos no saben amar sino con los sentidos; la belleza física y el oro, atrae y fusiona de tal modo a los terrenales, que les convierte en idiotas de sus pasiones; según vayan adelantando las generaciones, irán éstas purificando su amor; y entonces, ni las riquezas ni la carne, serán la base del amor como lo son hoy; el hombre sabrá amar y respetar a la mujer, ésta engrandecerá ese amor por medio de su cultura y sus virtudes, sus espíritus se comprenderán mejor, porque estarán más nivelados en progreso, y los efluvios de su amor sincero, extendiéndose sobre sus hijos los harán ser modelos de nobleza; mas hoy en la Tierra, son contados los que saben amar; la mayoría sienten un volcán de amor en su pecho pero es tan sólo por algunos segundos; y los más constantes, en cuanto descubren un insignificante defecto en el ser querido, se aburren y se cansan de ser tolerantes; esto sucede por la pequeñez de sus espíritus, por la ignorancia que les domina y por el orgullo que les amamanta.
El verdadero amor, es ese eco dulcísimo que, resonando en nuestro corazón, nos dice a todas horas, ama con nobleza; es la aurora que nos hace sonreír, el fuego divino que da calor a nuestro ser, la balsámica brisa que con más fruición aspiramos, el efecto que más dilata nuestra alma, la filosofía constante del hombre, el viento de la razón que despeja los sentidos, el aura juguetona que acaricia el pensamiento; a él se aúnan todas las virtudes, por él hemos sido creados, por él progresamos y por él vivimos; porque, siendo Dios amor inmenso, constantemente con él nos alimenta, siendo el verdadero amor, la esencia del Espíritu.
       Vuelve a tu cuerpo, amiga mía, y haz que la esencia de tu alma se evapore por la Tierra; ama desde el niño al octogenario, desde el mendigo hasta el que ciñe una corona, desde el amigo, hasta el adversario; ama también a los criminales, porque, quizás estos más que otros, necesitan de amor en ese mundo; y ama la justicia y la razón, para que, envuelta en el amor divino, al dejar la vida terrestre te remontes con los espíritus del amor.  
        Al terminar el anciano su última frase, abrí los ojos y me hallé sola en mi cuarto, sin espacio, sin luz y sin mi simpático compañero. Mis ideas eran confusas; pero mi voluntad en recordarlo todo, muy grande; pedí a Dios con toda la efusión de mi alma, que no borrase de mi pensamiento aquel recuerdo, y mi súplica fue escuchada; puesto que más tarde, las ideas adquirieron más luz, cogí la pluma y escribí las líneas que anteceden: ¡Qué hermoso es el espacio!¡Dichoso aquel que con los ojos del alma lo contempla! ¡Cuan bello es vivir entre espíritus de luz! ¡Cuánto alientan!  
        Yo al despertar, me sentí más fuerte, pero con ese valor que eleva; sentí amor grande, amor sublime para la humanidad entera; aquel simpático anciano de semblante risueño, me había comunicado algo de ese amor del alma que, se siente y no se explica; yo pensaba en su bondad, y recordaba sus frases de cariño.    
      ¡Jamás en la vida he hallado tanta ternura! Sus consejos operaban en mí una metamorfosis moral; y el fuego de su mirada, transmitiéndome un amor dulcísimo, parecía decirme: Fuego es el amor, sí, corriente eléctrica que se transmite con suma facilidad, pero que hay muy pocos que la transmitan, ve tú a engrosar el ejercicio de los que trabajan en pro del progreso, que, la generalidad de los terrenales, tiene frío en el alma y necesita envolverse con la llama sacrosanta del amor. Y desde entonces, las flores con su aroma, las auroras con sus besos, las aves con sus trinos, y la naturaleza en su conjunto, todo, absolutamente todo, parece murmurar a mis oídos: ¡Amor puro, amor hasta el sacrificio, amor sublime; porque sin el amor no hay progreso, no hay luz, no hay vida!
Por Amalia Domingo Soler-  (Publicado originalmente en el periódico espiritista «La Luz del Porvenir» a finales de siglo XIX. Y compilado actualmente en el libro «La Luz del Futuro»)
Trabajo tomado de la Revista Digital Zona Espírita
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      LAS PERSONAS QUE TE IMPORTAN



                                                                   
       En la vida conocemos a muchas personas. El núcleo principal está formado por la familia, siendo con quienes más convivimos, y es fundamental para nuestro buen desarrollo personal y social. Nuestros padres son los primeros en cuidarnos, demostrándonos su afecto y su preocupación; luego, hermanos y demás seres queridos comienzan a formar el entramado de nuestras relaciones personales.

    A medida que crecemos vamos ampliando nuestro círculo social con los compañeros de estudios, de trabajo y las numerosas personas que vamos conociendo con el tiempo. Las hay intranscendentes y muy importantes para nosotros, interesadas en lo superficial y en lo duradero; las encontraremos egoístas y altruistas en sus actos, sinceras y engañosas en sus manifestaciones; unas estarán poco tiempo y otras para siempre, asentando su amistad en nuestro corazón. Y entre todas ellas formarán esa amplia amalgama de personas que nos acompañarán en algún momento de nuestra vida.

    Si la familia nos viene dada por el principio del nacimiento, las compañías forman parte de nuestras elecciones, y nuestra tarea debe ser saber elegirlas bien, porque sus influencias suelen ser decisivas en el devenir de nuestros días. Durante la vida llegamos a comprender que nuestra verdadera familia está compuesta por todas las personas que nos quieren y nos aman sinceramente, porque ese círculo afectivo no tiene ningún límite.

    Cuando la vida se vuelve complicada llegan momentos en los que, a veces, pensamos que tenemos enemigos, pero éstos realmente no existen en plural. ¿Dónde están? No son los que nos critican, porque esos nos hacen más inteligentes. No son los que nos atacan, porque nos hacen más hábiles. No son quienes pretenden herirnos, pues esos nos fortalecen. Ni tampoco son quienes nos odian, porque esos simplemente expresan su ignorancia. Por tanto, no debemos parar ni entretener nuestra vida dando importancia o cabida a esas ideas ni a esas personas, porque no son quienes buscamos ni quienes nos importan.

    Solo tenemos un enemigo verdadero y real y no es otro que nosotros mismos, en singular. Aunque parezca un verdadero contrasentido, solo nosotros podemos llegar a perjudicarnos, porque nuestra debilidad y nuestra gran fortaleza es la capacidad de decidir qué es lo que nos afecta y qué no. Entender esto es transcendente en nuestro devenir, porque nos va ayudar a fortalecernos, evitando numerosos errores y malos entendidos; de igual forma que nos será muy útil para apartarnos de las personas inadecuadas llegado el momento. Con ello evitaremos enredarnos en conflictos tan perjudiciales como innecesarios, especialmente con esas personas tóxicas que pueden extraviarnos en exceso.

     Nos vamos a centrar en esas otras que, a su paso o con su presencia, dejan una profunda huella en nuestro corazón, ya sean familiares o amigos, porque son las personas importantes de nuestra vida, a las que dedicamos nuestros mejores pensamientos y nuestros más sentidos actos, como respuesta inequívoca de nuestro reconocimiento y nuestros sentimientos más sinceros y elevados. Las buenas compañías son necesarias y muy transcendentes.

    Son quienes van a ocupar los mejores lugares de nuestra vida porque son muy importantes para nosotros. Pero si es así, ¿les cuidamos como se merecen? Esta es una pregunta que necesitamos responder en el interior de nuestra conciencia con total y absoluta sinceridad, para luego expresarnos y actuar en consecuencia hacia todos ellos.

    En la vida suceden muchos acontecimientos, unos buenos y otros no tanto. Hay situaciones delicadas que surgen de improvisto e impiden que podamos terminar algunas cosas. Es por ello que lo importante hay que hacerlo cuando se puede, en el momento adecuado, sin dejarlo para más adelante por si se vuelve imposible de hacer, con lo que siempre evitaremos arrepentimientos. Entre ello está decir a nuestros seres queridos cuánto los queremos y lo importantes que son para nosotros, el papel tan importante que desempeñan en nuestra vida, tantas veces como podamos, porque no basta con pensarlo sino que es precisa su expresión para que nuestro sentimiento llegue a su sentimiento.

    Y para finalizar, recordar que con ellos siempre debemos tener una predisposición de servicio activa y manifiesta. Es esa acción de reciprocidad la que fortalece los lazos de la unión sincera y el amor verdadero. El mayor tesoro de la vida está compuesto por todas las personas que nos quieren. A nosotros corresponde mantener todo lo bueno que tenemos y expresar nuestro sentimiento hacia ellos. Cuidar de quienes nos cuidan es ser honestos con ellos y con nosotros mismos, y esa coherencia genera armonía y felicidad comunes.

 Antonio Gómez Sánchez -  Amor, Paz y Caridad

                                             
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            EN EL TRABAJO EVOLUTIVO

El hombre purifica el espíritu por medio del trabajo, y ya sabes que sólo con el trabajo del cuerpo adquiere conocimientos el espíritu.

No te acobardes por la crítica. Encontrarás impugnadores encarnizados, sobre todo entre las gentes interesadas en conservar los abusos. Hasta los encontrarás entre los espíritus, porque los que no están suficientemente desmaterializados, procuran con frecuencia sembrar duda por malicia o por ignorancia; pero adelante siempre; cree en Dios, y camina con confianza. Estaremos contigo para sostenerte, y está próximo el tiempo en que surgirá de todas partes la verdad.

La vanidad de ciertos hombres que creen saberlo todo y todo quieren explicarlo a su modo, originará opiniones disidentes; pero todos los que tengan presente el gran principio de Jesús se confundirán en el mismo sentimiento de amor y del bien, y se unirán con un lazo fraternal que abarcará a todo el mundo.

Dejarán a un lado las miserables cuestiones de palabras para no ocuparse más que de las cosas esenciales, y siempre será una misma la doctrina, en cuanto al fondo, para todos los que reciban comunicaciones de los espíritus superiores.

Por medio de la perseverancia llegarás a coger el fruto de tus trabajos. El placer que experimentarás viendo la doctrina propagarse y bien comprendida será una recompensa, cuyo valor total comprenderás quizá más en el porvenir que en el presente.

No te desazones, pues, por las espinas y piedras que los incrédulos o malvados arrojarán en tu camino; persevera en la confianza, pues con ella llegarás al fin, y siempre merecerás ser ayudado.

Acuérdate de que los espíritus buenos no asisten más que a los que sirven a Dios con humildad y desinterés, y que rechazan a todos los que buscan en el camino del cielo un escabel para el logro de las cosas terrenas, apartándose del orgulloso y del ambicioso. El orgullo y la ambición serán siempre una barrera entre el hombre y Dios; son un velo corrido ante los celestes destellos, y Dios no puede servirse de los ciegos para dar a comprender la luz. San Juan Evangelista, San Agustín, San Vicente de Paúl, San Luis, El Espíritu de Verdad, Sócrates, Platón, Fenelón, Franklin, Swedenborg, etc.

Allan Kardec
Extraído del libro” El Libro de los Espíritus “



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