sábado, 26 de octubre de 2013

La creencia en la reencarnación por el Judaísmo y en el Cristianismo



En el capítulo V de El Libro de los Espíritus Allan Kardec subraya la antigüedad del dogma de la reencarnación, que el Espiritismo no inventó, y añade muy juiciosamente que «el Espiritismo que es una ley de la naturaleza, debió existir desde el origen de los tiempos». La finalidad de este artículo es mostrar que se puede encontrar rastros de esta creencia en las dos grandes religiones monoteístas que son el Judaísmo y el Cristianismo. No entramos en ello de modo exhaustivo, aconsejándole para esto al lector trasladarse a las obras citadas en la bibliografía.

La creencia en la reencarnación en el Judaísmo

La creencia en un renacimiento después de la muerte es una creencia tradicional del Judaísmo que se encuentra en sus tres sectas principales: los Fariseos, los Samaritanos, y los Esenios (1). Su concepción de este tema nos es conocida gracias al historiador judío Flavius Joseph, quien, en el Siglo I después de Jesucristo le consagró varias reseñas en el seno de sus obras. Así en la Guerra de los judíos escribe que para los Fariseos, sólo el alma de los buenos puede reencarnarse: «los Fariseos, que son famosos por el vigor con cual explican las leyes, dicen que toda alma es incorruptible y que solamente la de los buenos pasa a otro cuerpo (2)». En lo que concierne a los Esenios, afirma que creían en la preexistencia del alma, pero no se puede afirmar categóricamente que creyeran en la reencarnación. La creencia en la reencarnación se encuentra también en los Samaritanos donde la doctrina del «taheb» enseña que un alma preexistente fue dada a Adán y por encarnaciones sucesivas en Set, Noé y Abraham, reencontrándose en Moisés.

Las modalidades de este renacimiento no parecen haber sido definidas claramente y parece que varias concepciones hubieran coexistido simultáneamente en el seno del Judaísmo.

Para algunos, este renacimiento consistía en una vuelta a la vida del cuerpo: es el dogma de la resurrección. Los Judíos tenían sólo nociones vagas e incompletas sobre el alma y sobre su enlace con el cuerpo, así como sobre la manera en la que debían revivir. También pudieron pensar que este renacimiento debía ser acompañado de una resurrección del cuerpo humano. Esta concepción se apoyó en ciertos pasajes del Antiguo Testamento donde la resurrección de los cuerpos se afirma distintamente: «y los huesos se acercaron ajustándose uno a otro. Vi que había sobre ellos nervios, que una carne se había desarrollado y que una piel se extendía encima (3)». La resurrección estaba considerada como una infracción que Dios hacía a la ley de la naturaleza con el deseo de recompensar a los elegidos. Dios devolvía la vida a sus fieles al final de los tiempos con el fin de que recibieran la recompensa de sus obras:

«Aquellos de vuestro pueblo que se ha hecho morir vivirán de nuevo; los que hubieran muerto por mí resucitarán. Despertad de vuestro sueño y cantad las alabanzas a Dios, vosotros que vivís en el polvo: porque el rocío que cae sobre vosotros es un rocío de luz (4)».

Así, el sacrificio de los niños de Israel si no recibe su recompensa en esta vida, la recibirá al final de los tiempos. Los malos también resucitarán, pero para ser castigados: «Aquellos que duermen en el polvo del suelo despertarán, unos para una vida eterna, otros para ser objeto de ignominia eterna (5)».

Esta concepción del renacimiento está muy alejada de la reencarnación tanto por la forma que toma como por su significado. En efecto, la reencarnación no presupone más que la supervivencia del alma, mientras que la resurrección es un estado puramente escatológico, que se produce únicamente a finales de los tiempos y que fija la suerte de todos para siempre, después de un juicio final. Estamos muy lejos del concepto de reencarnación que implica la pluralidad de las existencias terrestres y la transmigración del espíritu en cuerpos nuevos con el fin de progresar y de mejorar moralmente. Es en el Apocalipsis judío donde esta concepción está más desarrollada. El apocalipsis designa el conjunto de la literatura que pretende conocer los secretos del final de los tiempos y cuyo contenido fue revelado por una visión. Se desarrolló entre el año 200 a.C. y el 150 d.C., sobre todo en los medios Esenios.

Existía otra concepción del regreso a la vida en el seno del Judaísmo. Algunos admitían, en efecto, que este renacimiento implicaba sólo al alma y que esta última, en diferentes épocas, volvía sobre la Tierra revistiendo un cuerpo nuevo. Esta doctrina de la transmigración de las almas o de la metempsicosis, como era llamada en aquella época, está también presente en el Antiguo Testamento: «Pero, una vez muerto el hombre, cuando su cuerpo separado del Espíritu se consume, ¿En qué se convierte? ¿Qué se hace de él? Una vez muerto el hombre, ¿puede renacer de nuevo? En esta guerra en que me encuentro cada día de mi vida, espero a que llegue mi cambio. (6)». En el Libro de la Sabiduría, nacido en el Judaísmo Alejandrino, se introdujo una distinción muy profunda entre el alma y el cuerpo, incluso se considera una supervivencia del alma independiente al cuerpo después de la muerte.

Ciertos pasajes permiten también sugerir que el alma preexiste al cuerpo. Esta preexistencia, siendo el fundamento de toda creencia en la reencarnación, no hace ninguna alusión a la resurrección: «fui un niño naturalmente bueno y tuve en el reparto una alma buena; o más bien, como era bueno, vine en un cuerpo sin mancha». (7) Y: «el cuerpo corruptible hace más pesada al alma y el envoltorio terrestre entorpece al espíritu con múltiples preocupaciones». (8).

No se puede conocer con precisión hasta qué punto la creencia en la transmigración de las almas fue difundido en el Judaísmo, ni en qué momento exacto apareció, (¿X-IX siglos antes de Cristo?) pues esta doctrina no está desarrollada sistemáticamente en ninguna parte de los textos judíos, incluido el Antiguo Testamento. No encontramos en ellos más que alusiones. En todas partes donde aparece tácitamente se considera como bien conocida y no se da ninguna explicación con mayores detalles.

Ciertos indicios nos inclinan a pensar que esta creencia debía estar bastante difundida entre el pueblo. En efecto, en el Nuevo Testamento aparecía que el regreso de los profetas era esperado de forma unánime. Es lo que resalta en particular en Mateo 16, 13-14: «habiendo venido de la región de Cesarea de Philippe, Jesús interrogaba a sus discípulos diciendo: «¿Quién dice la gente que es el hijo del hombre?» Ellos dijeron: «para unos Juan el Bautista; para otros Elías; para otros Jeremías o uno de los profetas.» Y en Mateo, 17, 10-13 (9): «los discípulos preguntaron a Jesús: «¿ Por qué los maestros de la Ley dicen que primero debe venir Elías?» Jesús les respondió: «Es verdad que Elías debía venir para volver a ponerlo todo en orden; sin embargo os aseguro que Elías ya vino y no le reconocieron, sino que le trataron como quisieron». (10) Todo el mundo esperaba la vuelta de Elías (11) y el profeta Malaquías en el siglo IX había anunciado su vuelta: «el sol de la justicia se levantará y con sus rayos os curaran… Os enviaré al profeta Elías antes que llegue el día de Yahvé, el gran y terrible día». (12) Los discípulos de Jesús comprendieron entonces sin dificultad que Elías ya regresó como Juan Bautista.

La creencia en la transmigración de las almas está presente también entre los autores judíos de los siglos I y II. Véase lo que escribe el historiador Flavius Joseph, en su obra ya citada: La Guerra de los Judíos: «los cuerpos, por supuesto, son mortales entre los vivos y están constituidos por una materia corruptible, pero el alma es para siempre inmortal y vive en los cuerpos como una parcela de Dios …

¿No sabéis vosotros que aquellos que llevan la vida según la ley de la naturaleza ... ganan una gloria eterna; ... que sus almas quedan puras y caritativas, que obtienen el lugar más santo del cielo de donde, gracias al ciclo de las edades, regresan para vivir de nuevo en cuerpos santos? Pero para los que tienen la locura de levantar la mano sobre sí mismos, un Hades más sombrío recibe sus almas». (13)

El filósofo de Alejandría, Philon el Judío, escribió sobre si mismo: «el aire, como una ciudad rica en hombres, contiene en lugar de los ciudadanos las almas incorruptibles e inmortales, tan numerosas como las estrellas. Entre estas almas, unas, mostrando por la Tierra y la materia una gran atracción, descienden para ligarse a cuerpos mortales, las otras remontan habiendo sido juzgadas buenas para el retorno conforme a los números y a los períodos fijados por la naturaleza». (14)

En estos dos extractos, la creencia en la transmigración de las almas se vé claramente afirmada. Sin embargo hay que notar que en el siglo II el Judaísmo evolucionó profundamente en contacto con la cultura griega que admitía la inmortalidad del alma y su transmigración en diferentes cuerpos. Se reconoce la gran influencia platónica en estos dos autores. Parece que la creencia en la transmigración fue difundida sobre todo en la parte esotérica del Judaísmo, cuyo conocimiento era reservado a una minoría de iniciados cuidadosamente seleccionados. En efecto, era frecuente en la época que una doctrina estuviera compuesta por dos enseñanzas: por un conocimiento exotérico abierto a todos, y otro conocimiento esotérico y secreto, reservado para una minoría en mejores condiciones de comprender lo que la mayoría todavía no podía admitir. Se designa como «La Cábala» («cosa recibida»; «ley tradicional») al conjunto de los conocimientos esotéricos del Judaísmo. Estos conocimientos habrían sido recibidos por Moisés en el Monte el Sinaí paralelamente a las Tablas de la Ley y se habrían transmitido de generación en generación oralmente, hasta su puesta por escrito en tratados que concretarían tal o cual cuestión. Entre estos tratados, el Zohar o Libro de los Esplendores, es la única obra judía que ha tratado de forma sistemática la transmigración de las almas. Bajo su forma actual, data del siglo XIII, pero ya había sido redactada una versión en el Siglo I a.C. El Zohar comprende 5 secciones, de las cuales una se titula Libro de las Transmigraciones de las Almas. He aquí algunos extractos:

«Todas las almas están sujetas a la transmigración; pero los hombres ignoran las intenciones de lo Alto que les mira; ignoran que son juzgados cada hora, en el momento de venir a este mundo y en el de dejarlo. Ignoran cuán numerosas transformaciones y pruebas misteriosas deben atravesar y cuán numerosas almas y numerosos espíritus yerran en este mundo por no poder regresar al palacio del Rey divino. Las almas deben regresar a la sustancia absoluta de donde derivan, pero para llegar allí, deben desarrollar todas las perfecciones cuyo germen llevan en sí mismas; y si no satisfacen esta condición en el curso de una vida, deben empezar de nuevo una segunda, una tercera, etcétera, hasta que hubieran alcanzado esta condición que les permite volver a unirse a Dios». (15)

Este sobrevuelo rápido de las concepciones judías nos muestran que la creencia en la reencarnación formaba parte de ciertas tradiciones del Judaísmo al lado de la creencia en la resurrección, aunque la presente ortodoxia tiende a rechazarlo y a negarle un lugar en la filosofía judía tradicional.

Bibliografía:
J. Head y S.L. Cranston, El libro de la reencarnación: 1977.
Kardec, Allan, El Evangelio según el Espiritismo: 1864.
La Biblia, traducción ecuménica íntegra.
Extracto de: El Libro de los Espíritus(Resurrección de la carne)

1010. ¿El dogma de la resurrección de la carne es la consagración del de la reencarnación enseñada por los Espíritus?

«¿Cómo queréis que no sea así? Sucede con esas palabras lo que con muchas otras, y es que sólo parecen absurdas a ciertas personas, porque se las toma literalmente, y por semejante razón engendran la incredulidad. Pero dadles una interpretación lógica, y aquellos a quienes llamáis librepensadores las admitirán sin dificultad, por lo mismo que reflexionan; porque, no lo dudéis, esos librepensadores no desean otra cosa que creer. Tienen como los demás, acaso más, sed del porvenir, pero no pueden admitir lo que la ciencia rechaza. La doctrina de la pluralidad de existencias es conforme a la justicia de Dios; sólo ella puede explicar lo que es inexplicable sin ella. ¿Cómo queréis, pues, que ese principio no esté consignado en la misma religión?»

- ¿ Así la Iglesia misma, por el dogma de la resurrección de la carne, enseña la doctrina de la reencarnación?

«Evidentemente. Por otra parte, esa doctrina es consecuencia de muchas cosas que han pasado desapercibidas, y que, no tardarán de ser comprendidas en este sentido. No tardará mucho en reconocerse que el Espiritismo salta a cada paso del texto mismo de las Escrituras Sagradas. Los espíritus no vienen, pues, a destruir la religión, como pretenden algunos; vienen, por el contrario, a confirmarla, a sancionarla con irrecusables pruebas. Mas como ha llegado el tiempo de no usar ya el lenguaje figurado, se expresan sin alegorías, y dan a las cosas un sentido claro y preciso que no pueda ser objeto de ninguna falsa interpretación. He aquí por qué, dentro de poco, tendréis gentes más sinceramente religiosas y creyentes que no tenéis hoy».
«SAN LUIS.»

(1) El judaísmo está compuesto del origen de varias sectas que tienen cada una sus propios dogmas. Las cuatro principales son los saduceos, los fariseos, los samaritanos y los esenios. El fariseísmo acabó por representar lo esencial del judaísmo después de la caída de Jerusalén en el año 69 después de Jesucristo.
(2) La Guerra de los Judíos, las bellas cartas, París, 1980, libro II, Págs. 162-163
(3) Ezequiel, 37, 1-14.
(4) Isaías, 26, 19.
(5) Daniel, 12, 2-3.
(6) Job, 15, 10.
(7) EL Libro de la Sabiduría, 8, 19-20
(8) El Libro de la Sabiduría, 9, 15
(9) Mateo, 17, 10-13
(10) Ver también a Marcos, 9, 10-12.
(11) Profeta que vivió en el siglo IX antes de Jesucristo
(12) Malaquías, 3, 20-23

(13) La guerra de los Judíos, las bellas cartas, París, 1980, Libro III, págs. 162-163.

(14) Se pensaba en aquella época que el alma se reencarnaba por ciclos. Así en el Fedón de Platón, una alma virtuosa tiene el privilegio de no encarnarse durante 7 revoluciones.
(15) Citado en J. Head y S.L. Cranston, El Libro de la Reencarnación, 1977, p. 219.
Por Claribel Díaz-

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DE  LA ORACIÓN POR LA PAZ 


"El fruto del silencio es la oración

El fruto de la oración es la fe


El fruto de la fe es el amor


El fruto del amor es el servicio


El fruto del servicio es la paz "-Madre Teresa


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                                                     SEMILLAS DE LA VIOLENCIA
En los días  actuales la preocupación   por la violencia y la falta de seguridad es constante.
Los gobiernos se movilizan  para encontrar una solución definitiva para ese terrible mal que asola el mundo.
Lamentablemente, gran parte de las medidas para contener la violencia son apenas propuestas represivas, es probable que aumente en lugar de eliminarla.
Cuando se quiere vencer una guerra, por la fuerza, se utiliza las mismas armas que los adversarios, solo que en mayor número o más potentes.
Sin embargo, el buen sentido dice que para vencer, definitivamente, una guerra es preciso minar las bases de la violencia  con herramientas eficaces para ese fin.
De esa forma, no será con una agresión mayor  que se eliminará la violencia  en la faz de la tierra.
En nuestro país, por ejemplo, el tráfico de drogas es el gran fomentador de la violencia, de la bestialidad, del embrutecimiento del ser humano y de la falta de valorización de la vida.
Pero lo que hay que pensar, es que no habrá oferta de drogas, y por lo tanto, las mafias que se disputan este mercado, si no hubiera un adicto.
Dentro de esa lógica, es racional que pensemos en eliminar ese mal por la raíz  y no por el topo.
Tenemos que enfrentar el problema de frente, y no tan solo ojo, o con los ojos vendados para no divisar lo que no se quiere o no conviene.
Bajo ese punto de vista, deberemos comenzar  a dirigir nuestra mirada  para la base del problema, que es la forma  como se está conduciendo la infancia.
Si en la infancia es donde se aprende los valores  y desvalores de la vida, es preciso enviar esfuerzos  para plantar en la mente  y en el corazón del niño, los verdaderos valores de la vida.
Con la claridad que el siglo XXI  nos da, deberemos eliminar de los diseños animados, de los juegos infantiles, de las telenovelas   y de los programas que la criatura asiste, todo tipo de violencia, de vicios, de deshonestidad,  de escenas que incitan a la desvalorización  de la vida.
Sí, porque las novelas, desde las nocturnas  hasta las vespertinas, que generalmente  son las nocturnas vistas de nuevo, están repletas de simientes de violencia, de vicios, basta observar.
La prostitución, las bebidas alcohólicas, el humo, el huso de las personas como si fuesen objetos descartables, son constantes.
A pesar de algunas novelas que tratan de aliviar la toma de enfoques sobre los daños causados por las drogas, con testimonios de personas reales, eso se convierte en hipocresía en las escenas siguientes, mostrando a la gente en las mesas de los bares, en animada conversación regada de cerveza.
Eso luego después de las afirmativas de que el alcohol es la puerta de entrada para las demás drogas.
Programas, cuya audiencia es formada, en su mayoría, por niños y adolescentes, son patrocinados por industrias de cerveza.  Y los personajes se muestran casi siempre semidesnudos, mostrando las latas de la marca patrocinadora.
El futbol, que es la pasión de la mayoría de los brasileños, generalmente están patrocinados por los fabricantes de cerveza.
Si bien el abandono de la vida y la falta de respeto por el ser humano son los ingredientes de los medios de comunicación masiva, la lucha contra la violencia es sólo una venda en una herida viva.
Mientras no se busque una solución efectiva, moralizando a los seres, colocando al hombre en el lugar que le compete en los escenarios del mundo, continuaremos  asistiendo al triste espectáculo de la violencia movida por la codicia y la arrogancia.
Para logar éxito en la lucha por la paz, es preciso despertar para la vida, para los valores nobles que deben regir una sociedad justa  y feliz.

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“La mejor, la más eficiente y económica de todas las modalidades de asistencia es la educación, por ser la única de naturaleza preventiva. Ella  no remedia los males sociales; los evita.


Equipo de Redacción de Momento Espirita. Pensamiento extraído del libro Maestro en la Educación del profesor Pedro Camargo.

1 comentario:

Juan acevedo dijo...

Muy lindos sus temas y muy inspiradores de la fe.
Le agradezco mucho el esfuerzo que hace por llevar estas palabras a cada uno de sus lectores.
saludos y uevamente gracias