jueves, 3 de septiembre de 2026

La humildad de ser hombre

 INQUIETUDES ESPÍRITAS

1.- Los cinco pilares del Espiritismo

2.- El Espíritu y sus cuerpos

3.- Dios y el Universo: El gran enigma

 4.- La humildad de ser hombre

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       LOS CINCO PILARES DEL ESPIRITISMO
                                 

El Espiritismo, más que un conjunto de creencias, se presenta para reflexionar como una doctrina filosófica y científica que invita a profundizar sobre nuestra origen, destino y responsabilidad. Sus cinco pilares fundamentales ofrecen una estructura coherente para comprender la vida desde una perspectiva espiritual y racional.
  1. Dios: Causa Primera e Inteligencia Suprema.
Reconocer a Dios como la fuente de toda existencia no es un acto de fe ciega, sino la constatación lógica de un universo ordenado y armónico. Esta inteligencia suprema no se manifiesta con caprichos, sino mediante leyes eternas que rigen la creación, invitándonos a buscar la verdad a través del razonamiento y la experiencia.
  1. Inmortalidad: preexistencia y supervivencia del Espíritu.
Nuestra conciencia no nace con el cuerpo ni muere con él. La inmortalidad implica que el Espíritu existe antes de encarnar y continúa su camino después de la muerte física. Esta certeza disuelve el miedo a la finitud y nos sitúa como viajeros eternos en un proceso de aprendizaje constante.
  1. Palingenesia: reencarnación y progreso continuo.
La reencarnación es el vehículo natural de ese progreso. Cada existencia es una oportunidad para reparar errores, desarrollar virtudes y ampliar la comprensión. Lejos de ser un castigo, la vuelta a la vida material es una misericordiosa herramienta de evolución, que garantiza que nadie quede excluido del perfeccionamiento.
  1. Comunicabilidad permanente: mediumnidad y psiquismo.
El vínculo entre el mundo visible y el invisible es una realidad constante. La mediumnidad, en todas sus formas, permite el intercambio de enseñanzas, consuelo y orientación entre los Espíritus y los encarnados. Esta comunicación, cuando se ejerce con seriedad y ética, enriquece nuestra vida y confirma que nunca estamos solos.
  1. Pluralidad: múltiples mundos habitados y solidarios.
La inmensidad del cosmos alberga incontables orbes, cada uno con sus propias condiciones y grados de evolución. Esta pluralidad nos enseña humildad: la Tierra no es el centro del universo, sino un eslabón en una cadena infinita de mundos solidarios, donde todos colaboran en el gran designio divino.
En conjunto, estos pilares nos recuerdan que la vida es un viaje sin término, guiado por la justicia y el amor. Conocerlos no basta; vivirlos transforma nuestra manera de ser y de relacionarnos con todo lo que nos rodea.
-  Abraham Carreño Vergara-
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          EL ESPÍRITU Y SUS CUERPOS

                                                        

El Espíritu, el cuerpo físico, y el periespíritu

¿Usted ya ha pensado cómo es la apariencia de los espíritus después de la muerte?

¿Tendrán la apariencia de fantasmas?

¿Serán como una nube de humo?

¿O será que se presentan como almas en pena?

Ninguna de las alternativas es la correcta. Los espíritus mantienen la apariencia que tenían cuando estaban encarnados en el cuerpo físico.

Ya tuvimos noticias de varios casos de apariciones de espíritus en todo el mundo. Y, en todos los casos, que se han vuelto célebres, las personas que tuvieron las visiones afirman que el espíritu tenía un cuerpo.

Pueden tener una luminosidad diferente, pero la apariencia es la de un ser humano.

Uno de los casos bien conocido de todos nosotros es el encuentro de Jesús con los espíritus de Moisés y Elías.

Delante de Jesús y de los apóstoles Pedro, Tiago y Juan, esos dos espíritus se hacen visibles y con la misma apariencia que tenían cuando su cuerpo era de carne.

Otro ejemplo es del propio Cristo. Después de haber sido crucificado, surge entre los apóstoles y convive con ellos por largo tiempo.

Su apariencia era la misma de antes, a tal punto que todos le reconocieron.

Así, podemos eliminar de nuestras mentes esas ideas descabelladas de que los espíritus tienen una forma distinta a la que tenían cuando estaban encarnados.

Pero, si es verdad que el cuerpo físico queda en la tumba ¿ qué cuerpo es ese con el que se ven y que mantiene la misma forma?

La verdad es que nosotros estamos formados por tres elementos:

El Espíritu, el cuerpo físico, y el periespíritu.

El periespíritu es el que Pablo, apóstol, llamaba de cuerpo espiritual. Está formado de materia sutil, imperceptible a los ojos comunes, pero visible para los que tienen la facultad llamada clarividencia.

Y no es sólo la apariencia exterior lo que conservamos tras desencarnar. Mantenemos también todas las condiciones psíquicas que teníamos antes.

Nada da saltos en la naturaleza. Y con el espíritu no podría ser diferente.

Al salir del cuerpo físico sin salir de la vida, la criatura busca sus intereses, en el otro plano, y sigue viviendo de la misma forma que vivió hasta la tumba.

Si es así, todos los esfuerzos que emprendemos para perfeccionarnos intelectual y moralmente, incluso actualmente, no serán en vano.

¿Usted sabía que el periespíritu es conocido desde la más remota antigüedad?

Pitágoras lo denominaba como carne sutil del alma.

Aristóteles lo llamaba cuerpo sutil y etéreo.

Orígenes lo identificaba como aura.

Como podemos percibir, ese cuerpo con el que se muestran los espíritus, ya era muy bien conocido en la antigüedad, aunque tuviese denominaciones diferentes.

Allan Kardec, al codificar la Doctrina Espírita lo llamó  Periespíritu.

(Basado en el libro Estudios Espíritas, cap. Periespíritu)

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DIOS Y EL UNIVERSO: EL GRAN ENIGMA

9. Objeciones y contradicciones

El problema divino, por ser el más vasto, el más profundo de los problemas, ya que abarca a todos los demás, ha sido motivo de teorías y sistemas sin número que corresponden a otros tantos grados de la comprensión humana, a otras tantas etapas del pensamiento en su marcha hacia lo absoluto..

 En este dominio, las contradicciones abundan. Cada religión explica a Dios a su manera; cada teoría lo describe a su modo. Y de todo esto resulta una confusión, un caos inextricable. ¡Qué formas tan variadas de la idea de Dios !- De esta confusión, los ateos han sacado argumentos para negar la existencia de Dios y los positivistas, para declararle incognoscible.

 ¿Cómo remediar este desorden? ¿Cómo escapar a estas contradicciones? De la manera más sencilla. Basta elevarse lo suficientemente por encima de los sistemas y las teorías para unirlas en su conjunto a través de lo que tienen en común. Basta elevarse hasta la Gran Causa, en la cual todo se resume y se explica.

 La estrechez de miras ha desnaturalizado y comprometido la idea de Dios. Suprimamos las barreras, las prisiones, los sistemas cerrados que se contradicen, excluyen y combaten para sustituirlos por las grandes miras de las concepciones superiores. A ciertas alturas, la ciencia, la filosofía y la religión, hasta aquí divididas, opuestas y hostiles bajo la influencia de sus concepciones restringidas, se unen y funden en una poderosa síntesis expresada a través del Espiritualismo Moderno.

 Así se cumple la ley de evolución de las ideas. Después de la tesis hemos tenido la antítesis. Estamos alcanzando la síntesis, que resumirá a todas las formas y creencias y será la gloria del siglo 20 el haberla establecido y formulado.

 Examinemos rápidamente las objeciones más comunes. La más frecuente es la que consiste en decir: Si Dios existe, si es -como lo pretendéis- bondad, justicia y amor, ¿por qué el mal y el sufrimiento reinan a nuestro alrededor? Dios es bueno, y millones de pobres seres sufren en su alma y en su carne. Todo es dolor y desgarro en la vida de las multitudes. La iniquidad es soberana sobre nuestro globo, y la ardiente lucha por la existencia hace en él nuevas víctimas cada día.

Como lo hemos demostrado en otras páginas, el sufrimiento es un poderoso medio de educación para las almas. Desarrolla en ellas la sensibilidad, que es ya, por sí sola, un acrecentamiento de la vida. A veces es una de las formas de la justicia, un correctivo para nuestros actos inmediatos o lejanos.

El mal no es más que la consecuencia de la imperfección humana. Si Dios hubiese hecho a los seres perfectos, el mal no existiría. Pero entonces el Universo estaría fijo, inmóvil en su monótona perfección. La magnífica ascensión de las almas a través del infinito sería suprimida de una vez. ¡Nada para conquistar; nada para desear! Mas, ¿ qué sería una perfección sin méritos, sin esfuerzos para obtenerla? ¿Podría tener el valor de un premio para nosotros?

 En resumen: el mal sólo es lo menos evolucionando hacia lo Más; lo inferior hacia lo superior; el alma hacia Dios.

 Dios nos ha hecho libres: de ahí la existencia del mal, fase transitoria de nuestra ascensión. La libertad es la condición necesaria de la variedad en la unidad universal. Sin ella, la monotonía hubiera hecho un Universo insoportable. Dios nos ha dado la libertad con ese impulso de vida inicial por la cual el Ser evolucionará por medio de su propio esfuerzo a través de los espacios y de los tiempos sin límites, en la escala de las vidas sucesivas, en la superficie de los mundos que pueblan la extensión.

 Nosotros emanamos de Dios, como nuestro pensamiento emana de nuestro Espíritu, sin fraccionarlo, sin disminuirlo. Libres y responsables, nos volvemos dueños y forjadores de nuestros destinos. Mas, para desarrollar los gérmenes y las fuerzas existentes en nosotros, es necesaria la lucha, la lucha contra la materia, contra las pasiones, contra todo lo que llamamos el mal. Esta lucha es dolorosa y los fracasos numerosos. Sin embargo, poco a poco, la experiencia se adquiere, la voluntad se templa, el bien se desprende del mal. Una hora viene en que el alma triunfa sobre las influencias inferiores, se recobra y eleva por medio de la expiación y la purificación hasta la vida feliz.. 

Entonces comprende y admira la sabiduría y la previsión de Dios, que, al hacer de ella el árbitro de sus propios destinos, ha dispuesto todas las cosas de manera que pueda lograrse, mediante ella, la mayor felicidad posible para cada uno de nosotros.

EL GRAN ENIGMA, DIOS Y EL UNIVERSO                                                  LEÓN DENIS

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LA HUMILDAD DE SER HOMBRE



POR JOSE SANCHEZ JIMENEZ

  

La vida es el gran maestro del hombre, y como gran maestro, pone a disposición de todos sus discípulos, su inagotable capacidad de sabiduría.

 De él recibimos cada día, cada momento, una lección para nuestro aprendizaje en el gran oficio de ser hombre humilde.

Se extienden estas lecciones a todos los órdenes de la vida, pero principalmente, son las lecciones de observación, de percepción, de sensibilidad. Y, no podemos sacar buen provecho de ellas si no somos buenos y atentos observadores, perceptores y sensibles a todo cuanto nos rodea. Porque, si no observamos, no percibimos, y si no percibimos no sentimos, y sin sentimiento, la vida no tendría sentido.

Queda bien probado este hecho, no ya en el sentimiento que posee todo ser humano, por ser un ser racional, sino en el profundo sentimiento que existe en todo ser irracional o animal por feroz que éste sea. Es decir, que el sentimiento es fundamento primordial para el progreso humano.

Por eso, las lecciones más importantes que nos hace aprender el sabio maestro que es la vida, primero que ninguna, son las del sentimiento, porque es la que más falta nos hace para nuestra completa y mejor formación como hombres.

Para desgracia de todos, son éstas las lecciones menos asimiladas, menos percibidas por la generalidad de los hombres; son las que pasan constantemente junto a nosotros sin fijar en ellas los ojos de la sensibilidad que son los que recogen con mayor exactitud las realidades de la vida.

Por el contrario, las lecciones captadas con los ojos de la cara, con los ojos materiales, dejan mayor impresión en nosotros y somos arrastrados por ellas porque éstas suelen ser de mayor agrado a los apetitos, deseos o pasiones del cuerpo.

Por otra parte también recibimos en la vida las llamadas lecciones intelectuales y técnicas. Para mi concepto, éstas son el complemento de las anteriores. No obstante las anteponemos a ellas en la creencia de que las lecciones intelectuales son las principales y más importantes para el progreso del hombre.

Si como progreso entendemos solamente los conocimientos que se adquieren por el estudio de las ciencias y las artes, desde luego que sí; pero, si el conocimiento de la ciencia lo entendemos como complemento del progreso del hombre que ya de por sí es ciencia, sabiduría y entendimiento en su forma espiritual según la elevación adquirida por cada cual, llegaremos a la lógica conclusión de que el hombre progresa porque es causa y no efecto de la ciencia; porque es espíritu antes que materia.

Soy de los convencidos de que en el fondo de cada ser humano existe una gran porción de bondad, de predisposición a lo bueno, a lo razonable, a lo justo, ya que el ser esencial es el espíritu y éste procede de la inmaculada fuente del bien; pero al mismo tiempo, también lo estoy de que la mayoría de los seres humanos hacemos poco aprecio, poco uso de esas virtudes, porque tenemos la creencia de que no son agradables, que no satisfacen las necesidades del cuerpo.

Esta creencia es el producto de un error, y, como todas las cosas, tiene su causa en el desconocimiento de los placeres espirituales, producidos por la admiración de las cosas con los ojos del espíritu, que son los que nos trasmiten dichos placeres a través del sistema nervioso que es conductor de los placeres espirituales y materiales a la vez; pero en esta transmisión nos cabe a cada cual la obligación de distinguir estas sensaciones, estos placeres, porque el cuerpo material precisa y siente necesidades y placeres totalmente distintos a los placeres y necesidades del espíritu.

Por conducto del sistema nervioso, nos damos cuenta de la necesidad de comer, beber, dormir; sentimos el frío, el calor, el dolor y las sensaciones de agrado o desagrado que percibimos por el paladar, el olfato o la vista. De todas estas sensaciones rechazamos las que no nos agradan y nos quedamos con las que nos agradan.

Pues, exactamente igual ocurre con las sensaciones espirituales, las recibimos a través de los nervios, éstos nos las transmiten al corazón y  este las pasa al cerebro, que es el encargado, valiéndose de la inteligencia, que no tiene forma material, de transformarlas en acciones y obras. En la realización de esas obras y acciones está la parte directamente responsable del hombre. Por ellas, por las obras y acciones que realizamos, queda reflejado y comprobado quienes somos, porque con ellas demostramos si somos modestos u orgullosos; si somos sinceros o hipócritas; si leales o falsos; si tolerantes o intransigentes; si bondadosos o egoístas, virtudes y defectos adheridos al hombre como la sombra al cuerpo, y que le acusa como un severo fiscal que posee todas las pruebas acusatorias.

El hombre no quiere darse cuenta de este peso acusatorio, que, a través de los años de cada cual, se van acumulando y forman un pesado legajo en nuestra conciencia, cuyo peso no nos deja vivir tranquilamente, los que llamamos últimos días de nuestra vida porque los años juveniles los pasamos con más irresponsabilidad, por lo que cometemos mayores desaciertos, ya que todas las cosas las vemos de color de rosa y las basamos en ilusiones vanas.

Cuando los años han pasado sobre nosotros y vemos la vejez acercarse, es cuando nos quisiéramos descargar del peso de nuestros errores, del peso de nuestras culpas. Por esta razón es por lo que el resto de la existencia la pasamos intranquilamente, en la mayoría de los casos, deseando que la muerte nos alivie de dicho peso. El deseo de morir es el mayor error que podemos cometer en nuestra vida, ya que la muerte es continuación y no fin de la existencia, y con ella no descansamos, sino que continuamos la marcha emprendida hacia nuestra propia regeneración, nuestra propia elevación y salvación.

Para llegar al punto de salvación no hay otros medios y procedimientos más sencillos y prácticos que los imperecederos que el gran maestro Jesús enseñó en el sermón de la montaña: «Amaos los unos a los otros y no quieras para otro lo que no quieras para ti.

Son estas palabras sencillas, pero profundas y sabias. Por su sencillez pueden penetrar en todos los corazones y cerebros humanos, por su filosófica sabiduría son insustituibles como procedimiento de salvación y convivencia humana.

En todos los tiempos han aparecido muchas doctrinas filosóficas con los sanos propósitos de redención y emancipación de la sociedad, pero ninguna, hasta hoy, ha conseguido su propósito de imponerse, ni tampoco el de eliminar aquella fértil semilla sembrada en el huerto del olivo, sino que, por el contrario, se van eliminando unas a otras a medida que los hombres van comprobando sus fracasos, y. las reponen o cambian por otras que pronto terminan también por agotarse o desaparecer, y, así, de esta manera ininterrumpida y errónea van los hombres desgastando sus fuerzas físicas, morales y espirituales, sin conseguir un resultado positivo que libre a la humanidad del peligro de destrucción que sobre ella se cierne.

Tiene el hombre en sus manos el poderoso instrumento de salvación contra ese peligro, pero el hombre cierra los ojos y no quiere verlo; no quiere ver que ser hombre es cosa humilde; no quiere admitir que mientras no emplee el arma de la humildad y no el de la soberbia y el egoísmo no puede haber paz ni seguridad en los bienes ni en las almas; no quiere comprender ni conocer que lo más grande, sabio y poderoso es saber valorar la humildad de ser hombre ante Dios, ante los demás hombres y ante sí mismo.

Humildad ante Dios como prueba del conocimiento de su sabiduría, de su justicia, de su amor, de su infalibilidad, de su omnipotencia; humildad ante los demás hombres en prueba del reconocimiento de que todos somos hermanos eternos y como tales nos debemos un recíproco amor, sin el cual no existe la forma de convivencia humana de la que tanto se habla ahora; y, humildad ante uno mismo, como prueba de conformidad de nuestra condición de hombres, que reconocemos la soberanía de las LEYES DIVINAS y nos encontramos dispuestos a cumplirlas, como único medio de salvación y felicidad humana. 

 

Tomado del Congreso Nacional de Espiritismo 1981

Publicación de La Asociación Parapsicològica Villenense


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