INQUIETUDES ESPÍRITAS
1.- Los cinco pilares del Espiritismo
2.- El Espíritu y sus cuerpos
3.- Dios y el Universo: El gran enigma
4.- La humildad de ser hombre
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- Dios: Causa Primera e Inteligencia Suprema.
- Inmortalidad: preexistencia y supervivencia del Espíritu.
- Palingenesia: reencarnación y progreso continuo.
- Comunicabilidad permanente: mediumnidad y psiquismo.
- Pluralidad: múltiples mundos habitados y solidarios.
El Espíritu, el cuerpo físico, y el periespíritu
¿Usted ya ha pensado cómo es la apariencia de los espíritus
después de la muerte?
¿Tendrán la apariencia de fantasmas?
¿Serán como una nube de humo?
¿O será que se presentan como almas en pena?
Ninguna de las alternativas es la correcta. Los espíritus
mantienen la apariencia que tenían cuando estaban encarnados en el cuerpo
físico.
Ya tuvimos noticias de varios casos de apariciones de espíritus
en todo el mundo. Y, en todos los casos, que se han vuelto célebres, las
personas que tuvieron las visiones afirman que el espíritu tenía un cuerpo.
Pueden tener una luminosidad diferente, pero la apariencia es la de
un ser humano.
Uno de los casos bien conocido de todos nosotros es el encuentro
de Jesús con los espíritus de Moisés y Elías.
Delante de Jesús y de los apóstoles Pedro, Tiago y Juan, esos
dos espíritus se hacen visibles y con la misma apariencia que tenían cuando su
cuerpo era de carne.
Otro ejemplo es del propio Cristo. Después de haber sido
crucificado, surge entre los apóstoles y convive con ellos por largo tiempo.
Su apariencia era la misma de antes, a tal punto que todos le reconocieron.
Así, podemos eliminar de nuestras mentes esas ideas
descabelladas de que los espíritus tienen una forma distinta a la que tenían
cuando estaban encarnados.
Pero, si es verdad que el cuerpo físico queda en la tumba ¿ qué
cuerpo es ese con el que se ven y que mantiene la misma forma?
La verdad es que nosotros estamos formados por tres elementos:
El Espíritu, el cuerpo físico, y el periespíritu.
El periespíritu es el que Pablo, apóstol, llamaba de cuerpo
espiritual. Está formado de materia sutil, imperceptible a los ojos comunes, pero
visible para los que tienen la facultad llamada clarividencia.
Y no es sólo la apariencia exterior lo que conservamos tras
desencarnar. Mantenemos también todas las condiciones psíquicas que teníamos
antes.
Nada da saltos en la naturaleza. Y con el espíritu no podría ser
diferente.
Al salir del cuerpo físico sin salir de la vida, la criatura
busca sus intereses, en el otro plano, y sigue viviendo de la misma forma que
vivió hasta la tumba.
Si es así, todos los esfuerzos que emprendemos para
perfeccionarnos intelectual y moralmente, incluso actualmente, no serán en
vano.
¿Usted sabía que el periespíritu es conocido desde la más remota antigüedad?
Pitágoras lo denominaba como carne sutil del alma.
Aristóteles lo llamaba cuerpo sutil y etéreo.
Orígenes lo identificaba como aura.
Como podemos percibir, ese cuerpo con el que se muestran los
espíritus, ya era muy bien conocido en la antigüedad, aunque tuviese denominaciones diferentes.
Allan Kardec, al codificar la Doctrina Espírita lo llamó Periespíritu.
(Basado en el libro Estudios Espíritas, cap. Periespíritu)
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DIOS Y EL UNIVERSO: EL GRAN ENIGMA
9.
Objeciones y contradicciones
El
problema divino, por ser el más vasto, el más profundo de los problemas, ya que
abarca a todos los demás, ha sido motivo de teorías y sistemas sin número que
corresponden a otros tantos grados de la comprensión humana, a otras tantas
etapas del pensamiento en su marcha hacia lo absoluto..
En este dominio, las contradicciones abundan. Cada religión explica a Dios a su manera; cada teoría lo describe a su modo. Y de todo esto resulta una confusión, un caos inextricable. ¡Qué formas tan variadas de la idea de Dios !- De esta confusión, los ateos han sacado argumentos para negar la existencia de Dios y los positivistas, para declararle incognoscible.
¿Cómo remediar este desorden? ¿Cómo escapar a estas contradicciones? De la manera más sencilla. Basta elevarse lo suficientemente por encima de los sistemas y las teorías para unirlas en su conjunto a través de lo que tienen en común. Basta elevarse hasta la Gran Causa, en la cual todo se resume y se explica.
La estrechez de miras ha desnaturalizado y comprometido la idea de Dios. Suprimamos las barreras, las prisiones, los sistemas cerrados que se contradicen, excluyen y combaten para sustituirlos por las grandes miras de las concepciones superiores. A ciertas alturas, la ciencia, la filosofía y la religión, hasta aquí divididas, opuestas y hostiles bajo la influencia de sus concepciones restringidas, se unen y funden en una poderosa síntesis expresada a través del Espiritualismo Moderno.
Así se cumple la ley de evolución de las ideas. Después de la tesis hemos tenido la antítesis. Estamos alcanzando la síntesis, que resumirá a todas las formas y creencias y será la gloria del siglo 20 el haberla establecido y formulado.
Examinemos rápidamente las objeciones más comunes. La más frecuente es la que consiste en decir: Si Dios existe, si es -como lo pretendéis- bondad, justicia y amor, ¿por qué el mal y el sufrimiento reinan a nuestro alrededor? Dios es bueno, y millones de pobres seres sufren en su alma y en su carne. Todo es dolor y desgarro en la vida de las multitudes. La iniquidad es soberana sobre nuestro globo, y la ardiente lucha por la existencia hace en él nuevas víctimas cada día.
Como lo hemos demostrado en otras páginas, el sufrimiento es un poderoso medio de educación para las almas. Desarrolla en ellas la sensibilidad, que es ya, por sí sola, un acrecentamiento de la vida. A veces es una de las formas de la justicia, un correctivo para nuestros actos inmediatos o lejanos.
El
mal no es más que la consecuencia de la imperfección humana. Si Dios hubiese
hecho a los seres perfectos, el mal no existiría. Pero entonces el Universo
estaría fijo, inmóvil en su monótona perfección. La magnífica ascensión de las
almas a través del infinito sería suprimida de una vez. ¡Nada para conquistar;
nada para desear! Mas, ¿ qué sería una perfección sin méritos, sin esfuerzos
para obtenerla? ¿Podría tener el valor de un premio para nosotros?
En resumen: el mal sólo es lo menos evolucionando hacia lo Más; lo inferior hacia lo superior; el alma hacia Dios.
Dios nos ha hecho libres: de ahí la existencia del mal, fase transitoria de nuestra ascensión. La libertad es la condición necesaria de la variedad en la unidad universal. Sin ella, la monotonía hubiera hecho un Universo insoportable. Dios nos ha dado la libertad con ese impulso de vida inicial por la cual el Ser evolucionará por medio de su propio esfuerzo a través de los espacios y de los tiempos sin límites, en la escala de las vidas sucesivas, en la superficie de los mundos que pueblan la extensión.
Nosotros emanamos de Dios, como nuestro pensamiento emana de nuestro Espíritu, sin fraccionarlo, sin disminuirlo. Libres y responsables, nos volvemos dueños y forjadores de nuestros destinos. Mas, para desarrollar los gérmenes y las fuerzas existentes en nosotros, es necesaria la lucha, la lucha contra la materia, contra las pasiones, contra todo lo que llamamos el mal. Esta lucha es dolorosa y los fracasos numerosos. Sin embargo, poco a poco, la experiencia se adquiere, la voluntad se templa, el bien se desprende del mal. Una hora viene en que el alma triunfa sobre las influencias inferiores, se recobra y eleva por medio de la expiación y la purificación hasta la vida feliz..
Entonces comprende y admira la sabiduría y la previsión de Dios, que, al hacer de ella el árbitro de sus propios destinos, ha dispuesto todas las cosas de manera que pueda lograrse, mediante ella, la mayor felicidad posible para cada uno de nosotros.
EL GRAN ENIGMA, DIOS Y EL UNIVERSO LEÓN DENIS
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LA
HUMILDAD DE SER HOMBRE
POR
JOSE SANCHEZ JIMENEZ
La vida es el gran
maestro del hombre, y como gran maestro, pone a disposición de todos sus
discípulos, su inagotable capacidad de sabiduría.
De él recibimos
cada día, cada momento, una lección para nuestro aprendizaje en el gran oficio
de ser hombre humilde.
Se extienden estas
lecciones a todos los órdenes de la vida, pero principalmente, son las
lecciones de observación, de percepción, de sensibilidad. Y, no podemos sacar
buen provecho de ellas si no somos buenos y atentos observadores, perceptores y
sensibles a todo cuanto nos rodea. Porque, si no observamos, no percibimos, y
si no percibimos no sentimos, y sin sentimiento, la vida no tendría sentido.
Queda bien probado
este hecho, no ya en el sentimiento que posee todo ser humano, por ser un ser
racional, sino en el profundo sentimiento que existe en todo ser irracional o
animal por feroz que éste sea. Es decir, que el sentimiento es fundamento
primordial para el progreso humano.
Por eso, las lecciones
más importantes que nos hace aprender el sabio maestro que es la vida, primero
que ninguna, son las del sentimiento, porque es la que más falta nos hace para
nuestra completa y mejor formación como hombres.
Para desgracia de
todos, son éstas las lecciones menos asimiladas, menos percibidas por la
generalidad de los hombres; son las que pasan constantemente junto a nosotros
sin fijar en ellas los ojos de la sensibilidad que son los que recogen con
mayor exactitud las realidades de la vida.
Por el contrario, las
lecciones captadas con los ojos de la cara, con los ojos materiales, dejan
mayor impresión en nosotros y somos arrastrados por ellas porque éstas suelen
ser de mayor agrado a los apetitos, deseos o pasiones del cuerpo.
Por otra parte también
recibimos en la vida las llamadas lecciones intelectuales y técnicas. Para mi
concepto, éstas son el complemento de las anteriores. No obstante las
anteponemos a ellas en la creencia de que las lecciones intelectuales son las
principales y más importantes para el progreso del hombre.
Si como progreso
entendemos solamente los conocimientos que se adquieren por el estudio de las
ciencias y las artes, desde luego que sí; pero, si el conocimiento de la
ciencia lo entendemos como complemento del progreso del hombre que ya de por sí
es ciencia, sabiduría y entendimiento en su forma espiritual según la elevación
adquirida por cada cual, llegaremos a la lógica conclusión de que el hombre
progresa porque es causa y no efecto de la ciencia; porque es espíritu antes
que materia.
Soy de los convencidos
de que en el fondo de cada ser humano existe una gran porción de bondad, de predisposición
a lo bueno, a lo razonable, a lo justo, ya que el ser esencial es el espíritu y
éste procede de la inmaculada fuente del bien; pero al mismo tiempo, también lo
estoy de que la mayoría de los seres humanos hacemos poco aprecio, poco uso de esas
virtudes, porque tenemos la creencia de que no son agradables, que no
satisfacen las necesidades del cuerpo.
Esta creencia es el
producto de un error, y, como todas las cosas, tiene su causa en el
desconocimiento de los placeres espirituales, producidos por la admiración de
las cosas con los ojos del espíritu, que son los que nos trasmiten dichos
placeres a través del sistema nervioso que es conductor de los placeres
espirituales y materiales a la vez; pero en esta transmisión nos cabe a cada
cual la obligación de distinguir estas sensaciones, estos placeres, porque el
cuerpo material precisa y siente necesidades y placeres totalmente distintos a
los placeres y necesidades del espíritu.
Por conducto del
sistema nervioso, nos damos cuenta de la necesidad de comer, beber, dormir;
sentimos el frío, el calor, el dolor y las sensaciones de agrado o desagrado
que percibimos por el paladar, el olfato o la vista. De todas estas sensaciones
rechazamos las que no nos agradan y nos quedamos con las que nos agradan.
Pues, exactamente
igual ocurre con las sensaciones espirituales, las recibimos a través de los
nervios, éstos nos las transmiten al corazón y este las pasa al
cerebro, que es el encargado, valiéndose de la inteligencia, que no tiene forma
material, de transformarlas en acciones y obras. En la realización de esas
obras y acciones está la parte directamente responsable del hombre. Por ellas,
por las obras y acciones que realizamos, queda reflejado y comprobado quienes
somos, porque con ellas demostramos si somos modestos u orgullosos; si somos
sinceros o hipócritas; si leales o falsos; si tolerantes o intransigentes; si
bondadosos o egoístas, virtudes y defectos adheridos al hombre como la sombra
al cuerpo, y que le acusa como un severo fiscal que posee todas las pruebas
acusatorias.
El hombre no quiere
darse cuenta de este peso acusatorio, que, a través de los años de cada cual,
se van acumulando y forman un pesado legajo en nuestra conciencia, cuyo peso no
nos deja vivir tranquilamente, los que llamamos últimos días de nuestra vida
porque los años juveniles los pasamos con más irresponsabilidad, por lo que
cometemos mayores desaciertos, ya que todas las cosas las vemos de color de
rosa y las basamos en ilusiones vanas.
Cuando los años han
pasado sobre nosotros y vemos la vejez acercarse, es cuando nos quisiéramos
descargar del peso de nuestros errores, del peso de nuestras culpas. Por esta
razón es por lo que el resto de la existencia la pasamos intranquilamente, en
la mayoría de los casos, deseando que la muerte nos alivie de dicho peso. El
deseo de morir es el mayor error que podemos cometer en nuestra vida, ya que la
muerte es continuación y no fin de la existencia, y con ella no descansamos,
sino que continuamos la marcha emprendida hacia nuestra propia regeneración,
nuestra propia elevación y salvación.
Para llegar al punto
de salvación no hay otros medios y procedimientos más sencillos y prácticos que
los imperecederos que el gran maestro Jesús enseñó en el sermón de la montaña:
«Amaos los unos a los otros y no quieras para otro lo que no quieras para ti.
Son estas palabras
sencillas, pero profundas y sabias. Por su sencillez pueden penetrar en todos
los corazones y cerebros humanos, por su filosófica sabiduría son
insustituibles como procedimiento de salvación y convivencia humana.
En todos los tiempos
han aparecido muchas doctrinas filosóficas con los sanos propósitos de
redención y emancipación de la sociedad, pero ninguna, hasta hoy, ha conseguido
su propósito de imponerse, ni tampoco el de eliminar aquella fértil semilla
sembrada en el huerto del olivo, sino que, por el contrario, se van eliminando
unas a otras a medida que los hombres van comprobando sus fracasos, y. las
reponen o cambian por otras que pronto terminan también por agotarse o
desaparecer, y, así, de esta manera ininterrumpida y errónea van los hombres
desgastando sus fuerzas físicas, morales y espirituales, sin conseguir un
resultado positivo que libre a la humanidad del peligro de destrucción que
sobre ella se cierne.
Tiene el hombre en sus
manos el poderoso instrumento de salvación contra ese peligro, pero el hombre
cierra los ojos y no quiere verlo; no quiere ver que ser hombre es cosa
humilde; no quiere admitir que mientras no emplee el arma de la humildad y no
el de la soberbia y el egoísmo no puede haber paz ni seguridad en los bienes ni
en las almas; no quiere comprender ni conocer que lo más grande, sabio y
poderoso es saber valorar la humildad de ser hombre ante Dios, ante los demás
hombres y ante sí mismo.
Humildad ante Dios como prueba del conocimiento de su sabiduría, de su justicia, de su amor, de su infalibilidad, de su omnipotencia; humildad ante los demás hombres en prueba del reconocimiento de que todos somos hermanos eternos y como tales nos debemos un recíproco amor, sin el cual no existe la forma de convivencia humana de la que tanto se habla ahora; y, humildad ante uno mismo, como prueba de conformidad de nuestra condición de hombres, que reconocemos la soberanía de las LEYES DIVINAS y nos encontramos dispuestos a cumplirlas, como único medio de salvación y felicidad humana.
Tomado del Congreso Nacional de Espiritismo 1981
Publicación de La Asociación Parapsicològica Villenense
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