sábado, 29 de agosto de 2020

La Beneficiencia

 INQUIETUDES ESPÍRITAS

1.- Sensaciones y percepciones de los Espíritus

2.- Amigos hermanos de la vida

3.- Adolescentes por anticipación

4.-La Justicia, madre de las virtudes

5.- La Beneficiencia




                                                                    

  SENSACIONES Y PERCEPCIONES DE LOS ESPÍRITUS

248 – ¿El Espíritu ve las cosas tan claras como nosotros?– Más claras aún, porque su vista penetra lo que no podéis penetrar; pues nada la oscurece.

249 – ¿Percibe el Espíritu los sonidos?– Sí, y percibe otros que no pueden percibir vuestros sentidos obtusos– 

¿La facultad de oír, así como la de ver, están en todo su ser?– Todas las percepciones son atributos del Espíritu y forman parte de su ser. Cuando se encuentra revestido del cuerpo material, sólo por conducto de los órganos las recibe; pero en estado de libertad no las tiene localizadas.

250 – Siendo las percepciones atributos del Espíritu, ¿es posible que deje de usarlas?– El Espíritu sólo ve y oye lo que quiere. Esto de una manera general y sobre todo, para los Espíritus elevados; los imperfectos oyen y ven con frecuencia, quiéranlo o no, lo que puede ser útil a su mejoramiento.

251 – ¿Son sensibles los Espíritus a la música?– ¿Queréis hablar de vuestra música? ¿Qué es ella ante la música celeste? ¿Con esta armonía que nada sobre la Tierra os puede dar una idea? Una es a la otra lo que el canto del salvaje a las suaves melodías. No obstante, los Espíritus vulgares pueden experimentar un cierto placer en oír vuestra música, porque no son capaces aún de comprender otra más sublime. La música tiene para los Espíritus infinitos encantos en razón de estar sus cualidades sensitivas más desarrolladas. Me refiero a la música celestial, que es todo lo que la imaginación espiritual puede concebir de más bello y más suave.

252 – ¿Son sensibles los Espíritus a las bellezas de la Naturaleza?– Las bellezas naturales de los diversos mundos son tan diferentes que se está lejos de conocerlas. Sí, son sensibles a ellas de acuerdo con su aptitud en apreciarlas y comprenderlas. Para los Espíritus elevados existen bellezas de conjunto, ante las cuales desaparecen, por decirlo así, las bellezas de los detalles.

253 – ¿Experimentan los Espíritus nuestras necesidades y sufrimientos físicos?– Los conocen, puesto que los han soportado, pero no los sienten materialmente como vosotros, pues son Espíritus.

254 – ¿Sienten los Espíritus cansancio y necesitan de descanso?– No pueden sentir cansancio tal como lo entendéis vosotros y por lo tanto, no tienen necesidad de vuestro descanso corporal, puesto que no tienen órganos cuyas fuerzas deban ser reparadas. El Espíritu descansa en el sentido de que no está en constante actividad. Su acción no es material sino intelectual y su reposo es moral. Hay momentos en que su pensamiento deja de ser tan activo y no se fija sobre un objeto determinado, lo cual constituye un verdadero reposo, pero,que no puede ser comparado al reposo del cuerpo. La especie de cansancio, que pueden sentir los Espíritus está en proporción de su inferioridad; porque mientras más elevados son, menos necesitan el descanso.

255 – Cuándo un Espíritu dice que sufre, ¿cuál es la naturaleza de los sufrimientos que experimenta?– Angustias morales que le atormentan más dolorosamente que los sufrimientos físicos.

256 – Entonces, ¿por qué algunos Espíritus se quejan de sufrir de frío o de calor?– Recuerdo de lo que habían padecido durante la vida, tan penoso a veces como la realidad. Con frecuencia es una comparación que hacen para expresar mejor su situación. Cuando se acuerdan de su cuerpo, experimentan cierta impresión, como cuando se quita uno la capa y por un tiempo se cree llevarla aún.

- El Libro de los Espíritus-
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 AMIGOS HERMANOS DE LA  VIDA
                                                                
       Procura estar al lado de aquellos que te permiten ser tú mismo, que respetan tu voluntad para expresar tus verdades, que no te juzguen ni critiquen, que si comentan algo, ciertamente que sea para construir, iluminar, acoger.... Aquellos pocos con los que no precisas medir las palabras, pues te comprenden y respetan. Es muy posible que sean muy pocos, pero ten la certeza de que esos pocos significan infinitamente más que los millares de los otros. Esos pocos son los hermanos que la vida nos permite elegir.... Son almas amigas sintonizadas en la misma energía, son seres de luz en la senda de la evolución.
-Nicoli Miranda Casanova-
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                       ADOLESCENTES POR                            ANTICIPACIÓN
Enamorar, abrazarse y besarse sin compromiso, pedir para salir con los amigos, todo está programado para después de los catorce años. Pero pequeños, desde los ocho años de edad ya están asustando a los adultos con actitudes que deberían ser de adolescentes con más de quince años.
Hay siempre alguien que aplauda y le parezca bien que los niños crezcan rápido. Al fin y al cabo, estamos en el tercer milenio, la era de informática y de la aldea global. 
Sin embargo, todo esto les hace mucho mal, a los adultos y a los niños. Pues ellos empiezan a atropellar su paso hacia la madurez, al cual ya se le ha dado un nombre “síndrome de la adolescencia precoz”.
Es síndrome porque no se trata de una adolescencia de hecho. Alrededor de los once años de edad, los pequeños no tienen la correspondiente estructura psíquica para procesar emociones que surgen en situaciones complejas vividas por los mayores.
Un beso sensual, una bocanada, un trago de bebida alcohólica rebota en el cuerpo y no encuentra lugar para encajarse. No proporciona placer. Sólo hace con que se sientan importantes.
Pero sin placer por lo que hacen, sin darse cuenta lo que están sintiendo, acaban desgastados y sobrecargados. Se abre entonces el camino hacia la depresión y la agresividad. 
Intentando ser lo que no pueden, corren el riesgo de no llegar a ningún lugar. Es por eso que la actitud de los padres es realmente importante.                   
De los seis a los once años es la etapa en que los niños tienen inclinación  para ser tranquilos, no rebeldes.
Es la época que copian a los padres, se peinan, visten, andan y hablan tal cual ellos. Es la época en la que los varones se pegan al padre y las niñas son la  sombra de  la madre. 
Esto contribuye para que se definan como masculino o femenino. Cabe a los padres ayudar a sus hijos en este período.
Su tarea es asumir el lugar de importancia máxima para sus imitadores y admiradores. Deben hablar de sí, de sus actividades, de lo que hacen, lo que sienten. Enseñar a sentir, y, naturalmente, establecer límites. Sólo puede ser referencia para un niño la persona que lo cuida. Y solamente el que fija límites realmente cuida.
Es de esta manera que se muestra a los pequeños el valor real en el mundo. El valor de quien merece ser cuidado y que tiene un arduo trabajo de madurez para realizar, en el momento adecuado.
Sin esta posición, sin esta ayuda, los niños quedan a merced de comportamientos ilusorios y con la falsa impresión de que sólo serán buenos si actúan tal cual los mayores, aunque estos apenas parezcan ser mayores.
Se van a sentir inferiores y hacer de todo para parecer grandes, para poder acompañar a los demás. Podrán ser osados o quedar con la sensación amarga de que están perdiendo el tiempo, que la juventud se les va escurriendo entre los  dedos, mientras los otros están, de veras, usufructuando la vida.
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La educación empieza en la cuna, no más tarde. El niño y el adolescente, aunque puedan parecer ingenuos, puros, casi nunca lo son.
Pueden traer experiencias ni siempre positivas de existencias anteriores. En función de ello, es indispensable la educación en su sentido más amplio y profundo, para que se adquieran valores verdaderos, reales, y superar así las dificultades.
Para este noble objetivo son indispensables el amor, el conocimiento y la disciplina. Solamente de esta forma, se grabarán en estas almas, que están volviendo a escribir su propia historia, las lecciones que deberán acompañarlas para siempre.
- Mercedes Cruz-
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LA JUSTICIA, MADRE DE LAS VIRTUDES
                             

Todas las virtudes humanas se derivan de la JUSTICIA; ésta es la virtud por excelencia y la que sirve de base y fundamento a todas las demás. Los deberes del hombre, como ser social, podrían reducirse a uno solo: SER JUSTO.

La misión del hombre sobre la tierra es realizar la justicia; esto es, exterminar el mal y practicar el bien; trabajar intelectual y materialmente a fin de implantar en la sociedad las conquistas del progreso, y, por consiguiente, obtener la mayor suma de bienestar y felicidad para su cuerpo, y en lo moral, completa tranquilidad de conciencia.

Frecuentemente se designa también la equidad o justicia social con el nombre de probidad, palabra que significa rectitud de ánimo, bondad, hombría de bien, integridad y honradez en el obrar; y por lo general, al hombre que obra siempre rectamente se le aplica el calificativo de probo más bien que el de justo. La probidad, ciertamente, puede reemplazar a muchas otras buenas cualidades, pero sin ella ninguna cualidad tiene verdadero valor moral.

La justicia es una disposición habitual y permanente que nos impele o excita a mantener a todos los hombres en sus derechos, haciendo por ellos lo que quisiéramos se hiciese con nosotros para nuestra mayor felicidad. La justicia se funda en el derecho y libertad que todo ciudadano tiene de procurarse, su bienestar y la mayor dicha posible, y en el deber por nuestra parte de respetar sus derechos cuándo los nuestros o los del cuerpo social no se desconocen o vulneran.

La justicia afirma el imperio de la razón sobre las pasiones; es el lazo sagrado de la sociedad humana. Cuando la justicia reina, la buena fe se encuentra en los tratados, la seguridad en los negocios, el orden en la policía; la tierra está en seguridad, y hasta el cielo mismo, por decirlo así, parece que nos luce más agradablemente y nos envía más dulces influencias.

La justicia no despoja al hombre de la libertad ni de la facultad que tiene de trabajar en su propia ventura; le impide tan sólo ejercer este poder de un modo perjudicial a los derechos de sus semejantes; derechos que la sociedad debe proteger. Todo acto de poder que se hace con perjuicio ajeno es injusto y se llama licencia.

Cuando el hombre no consulta en sus actos, sino su interés propio, sus pasiones o sus deseos desordenados, puede ser injusto, desconociendo los derechos de los demás. La sociedad en tal caso está en su derecho obligándole a que sea justo con todos y que arregle su conducta al bien general.

- Redacción de Amor, Paz y Caridad-

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 La Beneficiencia

 

La misma palabra ya nos indica que tiene que ver con “beneficio”, un beneficio dado a los demás y por ende, a nosotros mismos, pues la Ley de Consecuencias nunca deja de funcionar, tanto en lo malo como en lo bueno.

Muchas veces  se ha confundido el concepto de caridad con el de limosna. Dar limosna no siempre es caridad, pues cuando con este acto puede humillar a quien recibe nuestro donativo, o cuando se hace por quedar bien ante los demás o incluso por engañar a nuestra propia conciencia, para hacernos sentir bien por ello y hasta creernos merecedores de una recompensa futura, eso no es caridad, o si lo es resulta bastante desnaturalizada y con bastante menos valor que cuando conseguimos comprender y practicar la caridad en su pureza, con total altruismo y desinterés.

Es tan simple y a veces tan complejo como cuando solo se quiere beneficiar  sin herir a nadie, y esto se hace por amor o por compasión, que es la puerta de entrada a la beneficiencia caritativa.

La beneficiencia conlleva el desinterés, el amor, el altruismo, y en definitiva, el Amor con mayúsculas;  un amor reflejo del Amor Divino al que todos tenemos acceso cuando depuramos nuestra alma de las cosas mundanas y de los egoísmos, pues cualquier  egoísmo, sea en la modalidad que sea, es el gran oponente de cualquier caridad o de  beneficiencia para con el prójimo.

Somos todos en general, todavía muy egoístas en tantas ocasiones; aun cuando comprendemos estas cosas. ¡ Pero qué difícil es despojar el alma de las pasiones que nos atan a este mundo y no nos dejan libertad para actuar y ser como en el fondo quisiéramos, tal y como lo comprendemos ya.¡; ¡ Cuanto camino nos queda aún por andar y que pequeños somos todavía espiritualmente hablando!.

Nos falta Amor, beneficiencia, disposición al bien y caridad, cuando hacemos discriminación en nuestras simpatías hacia las personas que juzgamos con un nivel superior con respecto a otras, ya sea en lo moral, lo social, lo económico, lo cultural, etc. Por ello, aunque lo más fácil es dejarnos llevar por la ley de afinidad y por la admiración, simpatizándonos e inclinándonos para  ayudar o atender  mayormente a los que sintonizan con nosotros, debiéramos comprender que precisamente aquellos que sentimos más diferentes o alejados de nuestras posturas, son precisamente aquellos que más necesitan de nuestra benevolencia y caridad, debiéndolos mirar con simpatía, porque muchas veces cuando se les presta atención y cariño, descubrimos en ellos cualidades y valores de los que nosotros mismos carecemos.

Que cada uno sea caritativo y benevolente con los demás hasta donde realmente le sea posible.

Que no juzguemos a los demás con severidad, porque de ese mismo modo seremos juzgados, al ver la paja en el ojo ajeno antes que la viga en el nuestro. Esto significa que debemos tapar sus defectos o errores, en vez de señalarlos.

 Que cuando demos algo material, lo hagamos del modo como nos indicó Jesús: que nuestra mano izquierda no conozca lo que hizo la derecha; esto es, sin ostentación de ninguna clase, de modo que a ser posible, solo Dios y nosotros conozcamos el hecho, que deberá pasar lo más desapercibido posible para los demás, y en especial a quien nuestra acción  beneficia de algún modo.

Que cuando demos de lo material, no sea de lo que nos sobra, sino incluso de lo que nos falta a nosotros mismos, aunque esto es difícil de llevar a la práctica, pues muchas veces  los intereses materiales, personales  o familiares hacen contrapunto con lo que  en el fondo nos dicta la conciencia en cuanto y como nos debiéramos de entregar, o en cual debería ser la medida de nuestra generosidad.

 No debemos olvidar que cuando nacemos en este mundo no venimos con nada material salvo el propio cuerpo , y que cuando nos vayamos  lo haremos también  sin llevarnos nada, salvo la conciencia de los propios actos de la vida, por  tanto debemos considerar las cosas materiales  que poseemos, entre las que se incluye el dinero,  como un préstamo que nos hace Dios para que lo administremos, beneficiando con él a otros hermanos que lo puedan necesitar más que nosotros mismos y que moralmente tienen tanto derecho a él como nosotros. Cuando regresemos al mundo espiritual, solo llevaremos como equipaje valioso, la conciencia del Amor dado y con lo bien hecho con estas cosas materiales que vamos a dejar en la Tierra porque ya no nos pertenecerán más, ni tan siquiera nuestro propio cuerpo físico.

Y sobre todo, que Dios nos de lucidez y fuerza para ser capaces de actuar según los dictados de nuestro corazón y nuestra conciencia, que en el camino de este conocimiento espiritual verdadero, conforme avanzamos más en él, esta cada vez crece más y se hace mayor, haciéndose también mayor  en cuanto a la dimensión y trascendencia de nuestros actos, y por lo tanto  en cuanto a nuestra responsabilidad espiritual ante el Padre.

Ya por último, propongo tras estas consideraciones, que todos nos marquemos unos objetivos y unas metas: Vamos a esforzarnos más en conquistar y en depurar, aspectos como la generosidad, el altruismo, la humildad y en definitiva, la Caridad.

. Jose Luis Martín-

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