lunes, 9 de marzo de 2026

La Doctrina Espiritista

 INQUIETUDES ESPÍRITAS

1.- Los primeros y los últimos

2.- Sigo viviendo

3.- Acción del Mundo Espiritual

4.- La Doctrina Espiritista

                                    *****************************



LOS PRIMEROS Y LOS ÚLTIMOS

               


Es una ley tan equitativa, tan justa, la que regula todas las cosas en cualquier orden que quieran considerarse, que no queda impune la más ligera desviación del curso recto trazado por la Sabiduría infinita, ni sin compensación la obediencia por el individuo a los secretos del Soberano Hacedor.

Todo busca su equilibrio, porque en él reside la armonía y en la armonía la belleza, la sublimidad más alta que haya soñado jamás criatura humana.

De ahí la necesidad de la reencarnación.

El espíritu, chispa pura, emanada de la Perfección absoluta, tiene necesidad imperiosa de volver a ella, y sublimado todo lo impuro que halla a su paso en su evolución, se impregna de ciertas impurezas que ha de ir expeliendo en el curso de su viaje; pero con tanta fuerza se le adhieren aquellas, que en ocasiones le hacen olvidar su origen, y tropieza y cae, para volver a levantarse y caer de nuevo, hasta que por fin llega a imponerse su naturaleza divina, y sobre la materia, triunfante se enseñorea, habiendo dejado rastro luminoso a su paso y dejos de pureza que santifica cuanto ha estado en su contacto. De este modo todo progresa, todo busca su equilibrio, hallado ya por el Espíritu que ha triunfado.

En sucesivas encarnaciones el alma humana sostiene lucha tenaz con la materia, buscando equilibrarse, pero no lo consigue hasta haber pasado por todas las experiencias marcadas en el Código Divino. Y sufrido la correspondiente sanción de ese mismo código.

Cuando el espíritu, seducido o contaminado por la materia que representa las vanidades del mundo, quiere levantarse por sobre los demás, dando pábulo al sentimiento de grandezas terrenas, de goces groseros, entonces tiene que experimentar las penalidades y privaciones consiguientes a una existencia modesta y miserable. De ahí que el emperador de ayer sea el pordiosero de hoy; que el que sembró la desolación y el luto, tenga a su vez que ser objeto de vilipendio, de persecución y de muerte; que el que abusó de su inteligencia para el mal, renazca idiota, etc., etc. La ley tiende a equilibrarlo todo, no cesa en su acción y para obrar no nos consulta.

Los primeros serán los últimos, bien lo dijo Jesús. Esto es lo justo.

Para no caer en esa decepción, para no sufrir esos altos y bajos que tanto hacen sufrir al espíritu y tanto tiempo le hacen perder, hay un remedio, un remedio infalible: trabajar sin descanso, tanto como nos permitan nuestros medios, nuestras facultades y nuestras fuerzas; en cultivar nuestra inteligencia; en elevar nuestro Yo; en hacer bien al prójimo, con humildad y amor, considerándose el administrador, no el propietario de sus bienes, el servidor de todos.

ANGEL AGUAROD

Extraído de la “REVISTA DE ESTUDIOS PSICOLOGICOS” AÑO XXX Nº 1; Barcelona, Julio de 1890
 

                                                          ******************************


                                                                      


           SIGO VIVIENDO

MAURICE GONTRAN
Espiritu Feliz

Maurice Gontran era hijo único. Falleció a los dieciocho años, víctima de una afección pulmonar.

Inteligencia poco común, razonamiento precoz, gran amor al estudio, carácter dócil, tierno y simpátic tenía todas las cualidades que hacen prever un brillante porvenir.

Había concluido los estudios con gran éxito, y se preparaba para asistir a la Escuela Politécnica.

Su muerte causó a sus padres uno de esos dolores que dejan marcas profundas tanto más cuanto que, como siempre había sido de una complexión muy delicada, atribuían su fin prematuro al esfuerzo al que lo había sometido el estudio,
y se lo reprochaban.

¿De qué le sirve ahora –decían– todo lo que ha aprendido?
Mejor hubiera sido que permaneciese ignorante, pues no necesita de la ciencia para vivir.

De no haber sido por los estudios aún estaría entre nosotros, para consuelo de nuestra vejez”.

Si hubiesen conocido el espiritismo, no cabe duda de que habrían razonado de otra manera.

Más tarde encontrarían en esta doctrina el auténtico consuelo.

La siguiente comunicación fue transmitido por el joven  a uno de sus amigos, algunos meses después de su muerte:

P. Mi querido Maurice: el tierno afecto que dedicabais a vuestros padres me lleva a la convicción de que deseáis reconfortar su ánimo en caso de que esté a vuestro alcance hacerlo.

El pesar, o mejor dicho la desesperación, en que vuestra muerte los sumió, está alterando visiblemente su salud y les ha hecho encarar la vida con disgusto.

Algunas palabras de consuelo podrían hacer, sin duda, que en ellos renazca la esperanza.

R. Mi viejo amigo, aguardaba con impaciencia la ocasión que me ofrecéis de comunicarme.
El dolor de mis padres me aflige; pero se calmará cuando tengan la certeza de que no me han perdido.


Aproximaos a ellos a fin de convencerlos de esta verdad, lo que seguramente conseguiréis.
Era necesario este acontecimiento para aproximarlos a una creencia que les proporcionará felicidad e impedirá que renieguen de los designios de la Providencia.


Como sabéis, mi padre era muy escéptico acerca de la vida futura.
Dios le ha permitido este disgusto para arrancarlo de su error.

Aquí volveremos a encontrarnos, en este mundo donde no se conocen las aflicciones de la vida, y en el cual os he precedido.

Decidles que la satisfacción de que vuelvan a verme se les denegará como castigo a su falta de confianza en la bondad del Creador.

Incluso no se me permitirá la comunicación con ellos durante el lapso que permanezcan en la Tierra.

La desesperación es una manifestación de rebeldía contrala voluntad del Todopoderoso, y siempre es penada con la prolongación de la causa que la produjo, hasta que sea reemplazada por la sumisión.

La desesperación es un verdadero suicidio, porque consume las fuerzas del cuerpo; y aquel que abrevia sus días con la intención de escapar más pronto de las garras del dolor, se hace merecedor de las más crueles decepciones.

Es preciso, por el contrario, trabajar para preservar las fuerzas del cuerpo, a fin de soportar más fácilmente el peso de las pruebas.

Mis queridos y bondadosos padres, a vosotros me dirijo en estos momentos.

Desde que abandoné mis despojos mortales, no he cesado de estar a vuestro lado.

Estoy allí más a menudo que cuando vivía en la Tierra.

Consolaos, pues, porque no estoy muerto: estoy más vivo que vosotros.

Sólo ha muerto el cuerpo; el Espíritu vive siempre.
Mi Espíritu es libre, feliz, y está exento de enfermedades y dolores.

En vez de afligiros, regocijaos por saber que en este ambiente no necesito cuidados ni tengo preocupaciones.

Aquí, mi corazón está repleto de un goce puro e inmaculado.


¡Oh, amigos No os lamentéis por aquellos que mueren prematuramente, porque se trata de una gracia que Dios les concede para ahorrarles las tribulaciones de la vida.

Mi existencia en la Tierra no debía prolongarse mucho más tiempo en esta oportunidad, puesto que obtuve lo necesario para desempeñar más tarde una misión más importante.

Si hubiese vivido muchos años, ¿sabéis a qué peligros y seducciones habría estado expuesto?

¿Podríais acaso  juzgar mi fortaleza para no sucumbir en esa lucha?

De haber fracasado, mi evolución se habría atrasado varios siglos  .
¿Por qué, pues, lamentáis lo que es ventajoso para mí?


En ese caso, un dolor inconsolable indicaría falta de fe, que sólo la idea de la nada podría legitimar.

¡Oh! Sí, quienes alimentan esa creencia desesperante son dignos de compasión, pues para ello no puede haber consuelo posible.

¡Suponen que han perdido irremediablemente a sus seres queridos!
¡Consideran que la tumba les ha quitad la última esperanza!


P. Vuestra muerte, ¿ha sido dolorosa?

R. No, amigo mío, sólo sufrí antes de morir, debido a la enfermedad que me consumió; pero ese sufrimiento disminuía a medida que se acercaba el instante final.

Cierto día, me dormí sin pensar en la muerte.
¡Entonces tuve un sueño encantador!
Soñé que estaba curado, que ya no sufría y respiraba profundamente, con deleite, un aire balsámico y fortificador.


Una fuerza desconocida me transportaba a través del espacio.

Una luz brillante resplandecía alrededor mío, pero no me ocasionaba cansancio para la vista.

Entonces vi a mi abuelo, cuya figura ya no era escuálida, sino que poseía un aspecto juvenil y agradable. Me tendía los brazos y me estrechaba afectuosamente contra su corazón.
Lo acompañaban muchas personas de rostros sonrientes, y todas me recibían con benevolencia y dulzura.
Me parecían conocidas. Felices de volver a vernos, intercambiábamos palabras y testimonios de amistad.


¡Pues bien! Lo que creía un sueño era pura realidad, porque ya no despertaría en la Tierra. ¡Había despertado en el mundo de los Espíritus!

P. Vuestra enfermedad, ¿no había sido provocada por la excesiva dedicación al estudio?

R. ¡Oh, no! Podéis estar seguros de eso.
El tiempo que debía pasar en la Tierra estaba determinado, de modo que nada habría podido retenerme en ella. Mi  Espíritu ya sabía eso en los momentos de desprendimiento, y me consideraba feliz con la idea de la liberación inminente.
Pero el tiempo que pasé entre vosotros no fue inútil, y ahora me felicito de no haberlo desperdiciado.


Los estudios serios fortalecieron mi alma y aumentaron mis conocimientos, y si bien no pude darles aplicación en mi breve existencia, no por eso dejaré de hacerlo más adelante y con mayor provecho.

Adiós, querido amigo, vuelvo al lado de mis padres. 
Voy a prepararlos para que reciban esta comunicación.

MAURICE

El Cielo y El Infierno    Allan Kardec- Capitulo II.
"ESPIRITUS FELICES" Segunda Parte


                                                           *******************************



         ACCIÓN DEL MUNDO ESPIRITUAL
 
     En cierta ocasión se comunicaron tres Espíritus que tenían una problemática en relación al aborto. Las comunicaciones, una tras otras, eran todas vinculadas al asunto.

La primera de ellas fue la de un médico que, cuando estaba encarnado, se dedicó a hacer abortos. Se presentó muy turbado, perseguido por varios Espíritus. Se acusaba a sí mismo de criminal y se sentía aterrorizado con los propios actos. Estaba arrepentido- decía sin cesar- y tenía mucho miedo de los que le perseguían.
        El segundo comunicante fue una mujer. Acusaba al médico, a quien perseguía, deseosa de vengarse. Relató haber muerto en sus manos, cuando este intentaba provocarle la interrupción de la gravidez. Estaba atormentada por el remordimiento de esa acción y por el odio que tenía por el médico.

      Ambos fueron esclarecidos y se retiraron bastante reconfortados.

     La tercera entidad era también una mujer. Vino para apoyar y estimular nuestro trabajo. Ya poseía bastante conocimiento sobre la vida espiritual y trabajaba mucho, principalmente ayudando a combatir la idea y la práctica del aborto. Ella misma, en su existencia, había cometido ese crimen, cuando la gestación de su sexto hijo. Siendo pobre y luchando con dificultades de todo orden, al embarazarse por sexta vez, se desorientó y provocó el aborto, del cual se arrepintió inmediatamente. Jamás se perdonará y de ahí en adelante sufrió doblemente, cargando el peso del remordimiento. Tuvo una existencia larga, de muchas luchas, y desencarnó después de una prolongada dolencia. En el plano espiritual, se encontró con aquel que sería su sexto hijo y tuvo un gran choque al darse cuenta de que era un ente muy querido de su corazón y que iba a reencarnar con la finalidad de ayudarla. Él la había perdonado, pero ella, inconforme con el caso, hasta entonces no había conseguido perdonarse a sí misma. Se dedicó por esto, al trabajo de preservación de la vida, al mismo tiempo que formó parte de un grupo de celadores (o enfermeros), dedicados a socorrer a los que practican ese delito y que yacen en el remordimiento y el desespero. Estaba con nosotros aquella noche, acompañando a varios Espíritus comprometidos por ese mismo crimen.

     Fue un bello trabajo, y una vez más nos emocionamos ante las lecciones maravillosas que recibimos en las reuniones de desobsesión.

(Obra: Obsesión y Desobsesión - Suely Caldas Schubert)
 
 

                                     ********************

                     

       LA DOCTRINA ESPIRITISTA

                 


La Doctrina Espiritista codificada por Hipólíto León Denizart Rivail ( Allan Kardec), es absolutamente similar a las enseñanzas de Jesucristo, expresadas en los Evangelios, proclamó la Nueva Revelación establecida para guiar a la Humanidad por el camino de la Espiritualidad, para que el Reino de la Paz y la Eternidad se establezcan en el mundo.

Con ella, todas las manifestaciones del conocimiento recibirían irrevocablemente un nuevo impulso: se unirían bajo los inflexibles cimientos de la inmortalidad.

El reino del Oro daría paso al imperio de la Verdad, a través de la meditación y el trabajo, sus elevadas aspiraciones.

Este trabajo mayúsculo de revelación espiritual, es una verdadera maravilla para quienes yacíamos en las sombras de la ignorancia, esta codificación de las nuevas enseñanzas, que abarcan todas las ramas del conocimiento humano, no podía prescindir de la acción de una inteligencia robusta, sobre todo terrenal, caracterizada por la sobriedad, la capacidad de razonamiento elevado, la humildad, la sabiduría y la moral elevada. Fue precisamente en esta ocasión que surgió en Francia una de las mayores celebridades que nuestro mundo ha albergado:

Con la lógica, la claridad y la concisión que revelan sus obras, el gran Misionero se convirtió en el máximo exponente de la Verdad que el mundo necesitaba recibir para la transformación y redención de sus habitantes. Aquí están sus libros, donde los lectores pueden, como los sedientos, sumergir sus labios en el cáliz del Vino Nuevo, para liberarse de las concepciones obsoletas del pasado, preparándose para oleadas grandiosas en las placenteras regiones de la Vida Eterna.

- Camino, Verdad y Vida-

*************************************



sábado, 7 de marzo de 2026

Desaparición del cuerpo de Jesús

 INQUIETUDES ESPÍRITAS

1.- ¡ Quiero ir al Cielo !

2.- Íntimamente

3.- La influencia de tantos vicios

4.- Desaparición del cuerpo de Jesús

                                    ***********************************



¡QUIERO IR AL CIELO!

Amalia Domingo Soler
Libro: La luz del futuro

Siempre he sido amante de la verdad, y como en las visitas de pésame se miente tanto, nunca he acudido a ver a mis amigos en los primeros momentos de llorar al ser amado, sino después del duelo oficial, cuando en torno de la viuda afligida, o de la madre desolada no ha habido una caterva de seres indiferentes que llevan el luto en el traje y la alegría o la indiferencia en el alma.
Por eso, cuando Clementina perdió a su esposo, no fui a verla hasta que se quedó sola con sus hijos y sus recuerdos; Clementina estaba inconsolable. Yo, que ya tenía algunas nociones del Espiritismo, traté de hacerle comprender que tras la tumba germinaba la vida; pero Clementina se reía amargamente de mis palabras, diciéndome con triste ironía: -Los que se van, no vuelven, esos son cuentos de viejas y leyendas de ilusos; el Espiritismo es otra de las muchas farsas del mundo.
 Una noche que estábamos hablando sobre si los muertos se comunicaban o no, entró el doctor Sánchez, amigo íntimo que fue del esposo de Clementina, a quien ella respetaba muchísimo, por su preclaro talento, oyó nuestra charla, y sonriéndose bondadosamente, dijo en tono festivo: -Señoras: escucho con gusto su discusión sobre muertos y espíritus.
 Y exclamó Clementina: -Figúrese usted qué disparate sostiene Amalia, asegura que los muertos se comunican. Si tal cosa sucediera, ya hubiera venido mi Pepe a decirme: “¡Clementina, no llores, que aquí estoy yo!” El doctor la miró fijamente, y volviéndose a mí, me preguntó: -¿Es usted espiritista?
 -Quiero serlo. -Yo también. -¡Usted!... –gritó Clementina en el colmo del asombro. -Sí, yo; ¿Por qué te admiras? -¿Usted, tan formal y tan sabio?...
Mi Pepe decía que no había en el mundo dos hombres como usted. -Tu marido me miraba con los ojos del cariño, y éste es el cristal de más aumento que se conoce; pero dejando a un lado mi suficiencia, lo que yo puedo decirte es que hay muertos que se comunican; no diré que sean todos, pero yo he tenido pruebas innegables de la comunicación de los espíritus.
 -Explíquese, por Dios; cuénteme… ¡Ay, si yo pudiese hablar con mi Pepe!...
 -Si te hablo así, es para demostrar que es muy aventurado decir sin conocimiento de causa: tal cosa no puede ser. Creer a ciegas, denota sobra de ignorancia, y negar porque sí, escasez de entendimiento. Dudar es de sabios; creer, es de tontos; negar, es de locos. -¡Ah!, no; si usted me asegura que hay muertos que se comunican, lo creeré; me merece toda la confianza.
 -Lo que voy a contarte no es para convencerte de si es verdad o no la comunicación de los espíritus; por otra parte, creyendo ciegamente en mí, correrías peligro de engañarte, Clementina, el hombre puede abdicar de todos sus derechos, hacer donación de todos sus bienes, pero no de su criterio, ni de su corazón. Ahora escucha:

A los dieciocho años me enamoré de Lidia, hermosa criatura, de la que podía decirse como dice Campoamor: 
“Es tan bella esa mujer, que bien se puede decir: sólo por verla…, nacer; después de verla…, morir.” 
Durante un año, viví en el paraíso. Lidia me quería con delirio, y vivíamos el uno para el otro. Andrés, mi hermano mayor, que estaba viajando, al volver y al ver a Lidia, quedó prendado de su belleza y de su bondad; pero supo ocultar su admiración y arregló las cosas de manera que mi padre me hiciera marchar a Sevilla, para acompañar a un hermano suyo, Deán de la Catedral, que estaba enfermo. Aprovechándose de mi ausencia, mi hermano interceptó nuestras cartas, y dijo a Lidia que yo estaba resuelto a seguir la carrera eclesiástica, por cuya causa me había reunido con mi tío el Deán. Así pudo Andrés lograr que le concediera su mano, aunque no su corazón.
 Mi madre, cuyas ilusiones se cifraban en que yo fuera sacerdote, creyendo la infeliz, en su ignorancia, que así me abría las puertas del cielo, ayudó a mi hermano en su inicua obra. Se hizo  el casamiento sin yo saberlo; los novios se fueron a viajar, y mi madre vino a Sevilla, a prepararme para recibir el fatal golpe. Creía yo en el amor de Lidia con tanta fe, la creía tan buena… tan santa… tan pura… que cuando mi madre, después de decirme que Dios me llamaba para ser uno de sus ministros, me participó el casamiento de Lidia con mi hermano, perdí la razón, de cuyas resultas estuve más de dos años demente.
 Al recobrar la lucidez de mi inteligencia, supe que Lidia había muerto a los diez meses de casada. Mi pobre madre, arrepentida de su obra, se convirtió en mi ángel tutelar: no me abandonó ni un segundo mientras estuve loco, ni después de recobrar el juicio, e hizo bien, porque yo conservaba tal odio a mi hermano, que hubiera sido un segundo Caín sin remordimiento alguno.
Mi madre había ayudado a mi desgracia; pero empleó después todo su cariño en reparar el mal hecho. Viendo que rechazaba yo el sacerdocio eclesiástico, ella misma se encargó de buscarme esposa, y me casé con una joven muy buena, a la cual hablé con toda franqueza, porque la imagen de Lidia no se borraba de mi mente.
Me conformé a todo, y me casé por transigir, por complacer a mi madre y por ver si teniendo hijos vivía mejor. Tuve mucha suerte, pues mi compañera ha sido discretísima. Su dulzura y su conformidad consiguieron despertar en mi alma un hondo afecto, que era menos que amor y más que amistad.
Cinco hijos, dos mujeres y tres varones, inundaron mi casa de muñecas y caballos, y entre mi madre, mi esposa y mis hijos, para el mundo he sido un hombre feliz, mientras que me he creído desgraciado.
Mi hermano mayor se estableció en la Habana, desde donde sostenía correspondencia con mi madre. Así pasaron dieciséis años. Por fin, una mañana ella entró en mi despacho, llorando; se sentó a mi lado, cogió mis manos entre las suyas y me dijo: -Felipe, tu hermano Andrés se ha casado nuevamente. Quiere volver a su país; quiere que tú le perdones; quiere que yo sea la madrina de su primer hijo. Si él pecó, bastante castigo ha tenido. El rencor es propio de almas ruines, y como tú eres bueno, no me podrás negar lo que voy a pedirte. Reflexiona que cuanto mayor es la ofensa, es más grande el que perdona. Tu hermano te escribe: lee. Y me entregó una carta de Andrés, escrita con la mayor humildad, acompañada de algunas líneas muy expresivas de su esposa.
Por un momento se me representó mi juventud, mi perdida felicidad, la perfidia de mi hermano; pero la entrada de una de mis hijas, que vino a referirme sus cuitas con motivo de haberle roto su hermano una muñeca, hizo olvidarme de mi agitación, y al sentarla en mis rodillas miré a mi pobre madre, que me suplicaba con sus ojos, y le dije: -No puedo negarle a usted nada, madre mía. Cuando venga Andrés, iré con toda la familia al muelle, y nada le diré de lo pasado.
¿Está usted contenta? La pobre me abrazó y me besó como si yo fuese un chiquillo: parecía loca de alegría. Un mes después llegó mi hermano a Sevilla, acompañado de su esposa. Fuimos a recibirle. Cuando le vi, no le conocí: parecía un viejo setentón, y eso que aún no contaba cincuenta años. Yo, en cambio, tenía más de cuarenta, y nadie me echaba treinta.
 Al verle, me convencí de que en la culpa va la penitencia. Nos abrazamos fraternalmente. Mi  madre, emocionada, nos estrechó a ambos en su seno, exclamando: -¡Ahora ya no me importa morir! La esposa de mi hermano a todos nos fue muy simpática: era uno de esos seres vividores que se granjea el cariño de todos. Formamos todos una sola familia. Mi cuñada Anita intimó mucho con mi mujer; mi hermano se convirtió en abuelo de mis hijos, y tanto los mimó, que al preguntarles quién era Dios, decían que su tío Andrés.
Al ver aquel cuadro, me sentí conmovido, y decía para mí: Este hombre que hoy es la alegría de mi casa, fue ayer mi desgracia, la causa de mi locura y del perjurio de Lidia. ¡Pobre niña!... ¡Tan buena… tan hermosa!...
Seis meses después, se verificó el parto de Anita, que tuvo una niña preciosa: mi madre y yo fuimos padrinos. Se le puso por nombre Consuelo. Desde el nacimiento de aquella niña me sentí feliz, sin explicarme la causa entonces; el inmenso vacío de mi corazón se llenó por completo con las inocentes caricias de la niñita mimada de todos.
Entre Consuelo y yo se estableció un cariño tal, que ni ella quería estar con nadie más que conmigo, ni yo gozaba con nada, sino teniéndola en mis brazos y llenándola de caricias y de besos. Seis años, fui completamente feliz. Lo que turbaba mi dicha era que mi sobrina aún no tenía dos años cuando ya me decía: “¡Tío, quiero ir al cielo!” Frase  que repetía con frecuencia, especialmente cuando por las noches fijaba su expresiva mirada en las estrellas. De pequeña se crió robusta; pero al ir creciendo enflaqueció y se puso pálida. Sus grandes ojos adquirieron una expresión melancólica, y cuando comenzó a andar diríase que dejó de ser niña, convirtiéndose en mujer. Yo, como médico, adivinaba el germen de una enfermedad incurable. La hice pasar largas temporadas en el campo, al pie de la sierra, y prolongué sus días en la Tierra cuanto la ciencia puede prolongarlos. Dábamos largos paseos por la tarde, y aun me parece verla con su vestido blanco y sus largas trenzas, pues tenía un cabello hermosísimo, que nunca permití se lo cortaran.
Al regresar a casa solía detenerse mirando al espacio, a la vez que con la mayor dulzura me decía: -Tío, quiero ir allá… Y señalaba el horizonte. -¿Pero no estás bien aquí? –Le replicaba yo-; ¿No te queremos todos mucho?... ¿Qué deseas? Dímelo y te lo daré. -No te enfades –añadía ella cariñosamente-, yo no te puedo decir qué me falta, ni qué deseo… pero… ¡Quiero ir al cielo! Y como una luz que se apaga, se fue acabando la vida de Consuelo.
Predijo la hora de su muerte, sin equivocarse ni en un segundo; quiso que toda la familia rodeara su lecho; llamó a su padre y a mí, nos juntó las manos, y con una voz dulcísima que aún vibra en mis oídos, nos dijo: -¡No me lloréis, porque me voy al cielo!... Y quedó muerta con la suavidad de un pájaro que dobla la cabecita. Sus padres se resignaron, pero yo estuve próximo a perder por segunda vez la razón. No podía acostumbrarme a su ausencia. Iba frecuentemente a visitar su sepultura, cuando un año después oí hablar de Espiritismo, y sin decir nada a mi familia, asistí a una sesión espiritista.
 Evoqué mentalmente al Espíritu de Consuelo, y los médiums empezaron a escribir. Una joven, al terminar, dijo sonriéndose: -No entiendo lo que he escrito: no responde a las preguntas que se han hecho; es una comunicación de carácter íntimo, y hay un nombre desconocido. -¿Qué nombre es ese? –Pregunté con emoción. -Lidia. Al oír aquel nombre, no sé lo que experimenté; pero arrebaté a la joven el papel que tenía en la mano, y salí de la habitación llorando a lágrima viva. Dos amigos me siguieron, me calmaron, y cuando estuve tranquilo, uno de ellos me leyó la comunicación, y tantas veces la leí después, que quedó grabada en mi memoria. Decía así: “¡Pobre alma enferma! ¡Calma tu impaciencia! Para que salieras de ese mundo limpio de pecado, volví a la Tierra. ¡Ya has perdonado!... Y perdonadas te serán tus culpas en el cielo, donde te espera el Espíritu de tu Lidia”. No puedo describir la conmoción que experimenté: comprendí perfectamente que Lidia y Consuelo eran un mismo Ser. Entonces comprendí y me di explicación racional del ciego amor que yo había sentido por Consuelo.
 Sin necesidad de asistir a más sesiones, me convencí de que los muertos viven, y comprendí que estaba tan debilitado mi cerebro, que no le convenía recibir fuertes emociones. Pero desde entonces soy en secreto un convencido espiritista.

Clementina escuchó atentamente tan interesante relato y le sirvió de gran consuelo. Estudió luego las obras de Allan Kardec, y formó un grupo familiar, dirigido por el doctor Sánchez, el cual, siempre que tomaba el lápiz para ensayarse en la mediumnidad, trazaba las mismas palabras: “¡Quiero ir al cielo!”  

                                            ******************************

" Dudar es de sabios; creer es de tontos; negar es de locos."

                                ****************************



Mei Mei
     ÍNTIMAMENTE

"
Te enterneces con la historia de los personajes infelices en los romances que la televisión presenta. Te sensibilizas con la situación de las víctimas del drama social en los noticieros de la prensa. Entre tanto, anota por ti mismo.

Las actitudes de las personas que te comparten lo cotidiano, casi siempre, son duramente analizadas por tu sentido de observación, mientras que tus gestos son detallados en profundidad por las criaturas de las cuales dependes o por las que sientes afecto. Eso nos induce a pedirte misericordia en casa y en el grupo de trabajo al que te vinculas.

Ahí, en esos reductos estrechos de acción, es que se encuentran los maridos-problemas y las esposas-enigmas, los hijos en rebeldía y los padres enceguecidos en la intolerancia, los parientes adversarios y los compañeros antagónicos, junto a los cuales, en la Tierra, somos examinados por la Vida, en cuanto a los valores espirituales que ya hayamos conquistado en la escuela de la experiencia.

La familia y el núcleo de afinidades son los recursos de la senda evolutiva, en que todas las criaturas humanas son convocadas a los exámenes precisos cuyos resultados les barran o abren las puertas de la Espiritualidad Superior.

Sea cual sea la cuestión que te aflige el mundo interior, deja que la comprensión te ampare las manifestaciones personales y auxilia a los que aún no te pueden auxiliar. No siempre conseguirás besar la mano que te hiere, pero, en cualquier momento, dispones de la posibilidad de ofrecerle la bendición de la tolerancia.

Paciencia y amor son los medicamentos del alma, capaces de curar cualquier relación enfermiza. Adversarios y compromisos de existencias pasadas vuelven a nosotros, matemáticamente, en las áreas de la reencarnación para que le convirtamos la aversión en simpatía y el débito en rescate.

Nunca te olvides.

Te será siempre fácil enseñar el camino de la luz a los compañeros que desconoces, no obstante, en la vida particular, cada corazón es invitado a encender la luz del camino, en sí mismo, a fin de que seamos viajeros desviados en la jornada de elevación.

Extiende tu propia alma en la dádiva que hicieres. "

Espíritu Meimei
Médium Francisco Cândido Xavier
Extraído del libro “Palabras del corazón”

                                                             ******************************


    LA INFLUENCIA DE TANTOS VICIOS

                                      

  El espiritismo nos enseña que muchos vicios, como el alcohol, las drogas, el juego o las conductas compulsivas, no se originan únicamente en debilidades humanas, sino que también pueden verse potenciados por la influencia de espíritus obsesivos.
Estos hermanos desencarnados, todavía apegado a las cosas materiales, a menudo aún atados a los mismos deseos terrenales, se acercan a seres encarnados que vibran en la misma frecuencia de pensamiento y emoción.
La conexión se fortalece por la afinidad, creando un círculo vicioso difícil de romper: el vicio atrae la obsesión, y la obsesión alimenta el vicio.
¡Pero nada es definitivo! La oración sincera, el tratamiento médico y espiritual (pases, evangelio en el hogar, agua fluidificada) y, sobre todo, la firme voluntad y cambio de hábitos, son verdaderos caminos para liberarse de esta sintonía que enferma.
Cuidar la mente, el cuerpo y el alma es la clave para romper esta cadena y redescubrir la libertad espiritual. Busca también tratamiento médico. La ciencia y la espiritualidad van de la mano.
Meu Livro Espírita
Mensajes Espíritas                                
                                         ****************************************************


^
                                                                     

                
    DESAPARICIÓN DEL CUERPO DE JESÚS

 La desaparición del cuerpo de Jesús después de su muerte ha sido objeto de numerosos comentarios; los cuatro evangelistas dan testimonio del hecho, y hablan de las mujeres que se presentaron en el sepulcro al tercer día y ya no encontraron el cadáver.. Algunos consideraron a esta desaparición un hecho milagroso, otros supusieron un rapto clandestino.

De acuerdo con otra opinión, Jesús nunca habría poseído un cuerpo carnal, sino un cuerpo fluídico: durante toda su vida habría sido una aparición tangible, una especie de agénere. Su nacimiento, su muerte y todos los actos materiales de su vida habrían sido  aparentes. Su cuerpo, de regreso al estado fluídico, pudo desaparecer del sepulcro y, con ese mismo cuerpo, apareció después de su muerte.

Un hecho similar no es totalmente imposible, de acuerdo con lo que hoy sabe sobre las
propiedades de los fluidos. Pero sería un hecho excepcional y opuesto al carácter de los agéneres

El problema es saber si tal hipótesis es admisible y si es confirmada o negada por los
hechos.
. La permanencia de Jesús en la Tierra comprende dos períodos: el que precedió y el que siguió a su muerte. En el primer período, desde el momento de la concepción hasta el instante del nacimiento, todo es absolutamente normal. Desde su nacimiento hasta su muerte, todo, en sus actos, en su lenguaje y en las diversas circunstancias de su vida presenta los caracteres inequívocos de la corporeidad. Los fenómenos de orden psíquico que se producen en Jesús son naturales y no presentan características anormales, ya que se explican por las propiedades del periespíritu y se encuentran en diferentes grados en otros individuos. Después de su muerte, por el contrario, todo en
él revela la naturaleza de un ser fluídico. La diferencia entre ambos estados es tan marcada, que no es posible confundirlos.

El cuerpo carnal presenta las propiedades inherentes a la materia propiamente dicha y éstas, difieren esencialmente de las de los fluidos etéreos. La desorganización del cuerpo carnal se opera por la ruptura de la cohesión molecular. Un instrumento cortante que penetre en el cuerpo material, separa los tejidos. Si son alcanzados los órganos esenciales a la vida, su funcionamiento se detiene y sobreviene la muerte, esto es, la muerte del cuerpo. Esta cohesión no existe en los cuerpos fluídicos, la vida no reposa sobre el funcionamiento de órganos especiales y no pueden producirse desórdenes
análogos. Un instrumento punzante penetra en el cuerpo fluídico como a través del vapor y no ocasiona ninguna lesión. Por ese motivo esas clases de cuerpos no pueden morir, como tampoco a los seres fluídicos llamados agéneres los podrá afectar la muerte.

Después del suplicio de Jesús, su cuerpo permaneció allí, inerte y sin vida, fue enterrado como era costumbre y todos pudieren verlo y tocarlo. Después de su resurrección, cuando quiere dejar la Tierra, no muere. Su cuerpo se eleva, se desvanece y desaparece sin dejar huellas, prueba evidente de que ese cuerpo era de naturaleza distinta del que expiró en la cruz, de lo que se deduce que si Jesús murió, debió poseer un cuerpo carnal.

Debido a sus propiedades materiales, el cuerpo carnal es el asiento de las sensaciones y los dolores físicos que repercuten en el centro sensitivo o espíritu. El cuerpo no sufre, sino el espíritu, que es el que recibe la repercusión de las lesiones o alteraciones de los tejidos orgánicos. En un cuerpo privado de espíritu, no existen sensaciones. Por la misma razón, el espíritu, al no poseer un cuerpo material, no puede sentir los sufrimientos que son el resultado de la alteración de la materia.

De donde es preciso concluir que si Jesús sufrió materialmente -de lo cual no hay duda-, es porque poseía un cuerpo material de naturaleza análoga a la del hombre común.

. A los hechos materiales se agregan las consideraciones de orden moral de la mayor
importancia.

Si Jesús hubiese sido durante toda su vida un ser fluídico, no habría conocido ningún dolor ni ninguna de las necesidades del cuerpo. Imaginar que ha sido así, es quitarle todo el mérito a la vida de privaciones y sufrimientos que él eligió como ejemplo de resignación. Si todo en él hubiera sido aparente, todos los actos de su vida: el anuncio reiterado de su muerte, la escena dolorosa en el monte de los Olivos, su pedido a Dios para que apartara el cáliz de sus labios, su pasión, su agonía, todo, hasta sus últimas palabras en el momento de ofrendar el espíritu, hubiesen sido vanos simulacros para confundir sobre su verdadera naturaleza y hacer creer en el sacrificio ilusorio de su vida, es decir, sería una farsa indigna de un hombre honesto y simple, y, ¡ cuánto más de un ser tan superior! En una palabra, hubiera abusado de la buena fe de sus contemporáneos y de la posteridad.

Estas son las deducciones que surgen de tal doctrina y no son admisibles porque lo disminuyen moralmente en lugar de elevarlo.

Jesús tuvo, como todos, un cuerpo carnal y un cuerpo fluídico.. Los fenómenos materiales y los fenómenos psíquicos que marcaron su vida así lo prueban.

- EL GÉNESIS- Allan Kardec

                                              ^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^