sábado, 2 de mayo de 2026

Lenguaje que se debe tener con los Espíritus

 INQUIETUDES ESPÍRITAS

1.- La conciencia Crística

2.- La importancia de educar en valores

3.- Los desertores del Espiritismo

4- Lenguaje que se debe tener con los Espíritus

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       LA CONCIENCIA CRÍSTICA
  

                                                     



    Una buena forma de purificar nuestra conciencia y de unirnos de forma fraternal a nuestros hermanos, es unirnos en el ideal superior del Cristo encarnado en la personalidad de Jesús. Esta vinculación con el ideal cristiano de renovación y regeneración interior, conectará nuestra conciencia a la realización de Su obra, la cual nos hará participar de su paz y su amor, como respuesta a esta conexión.

   Desde la más remota antigüedad, los grandes Maestros e Iniciados se han venido vinculando con la Divinidad por medio de técnicas respiratorias y meditativas varias. Actualmente han llegado los tiempos en los que el velo de lo oculto debe ser descorrido. Para ello, las grandes verdades iniciáticas y esotéricas son puestas al alcance de la humanidad entera por medio de la Tercera Revelación Cristiana, también llamada Espiritismo o Doctrina Espírita. A través de ella el ser interior o alma despierta a las realidades espirituales que le abren las puertas del Conocimiento y de su autoconocimiento. Cuando su difusión haya alcanzado a todo el globo, la muerte, ese gran fantasma que ensombrece los corazones, perderá su fuerza sobre la criatura humana y el temor de Dios dará paso definitivamente al Amor de Dios y a todas sus criaturas. En la Doctrina Espírita se encuentran reunidas las Leyes que abren la conciencia humana y la reúnen en Cristo. Su estudio y práctica en la vida moral apartan al hombre de sus vicios y pasiones inferiores, dando como resultado seres felices.

   En las grandes corrientes místicas se ha hablado muy a menudo de Conciencia Crística como un estado de conciencia casi inalcanzable para cualquier ser humano. Desde la óptica espiritista podemos afirmar que no es solo un estado alcanzable para cualquier ser humano encarnado en la Tierra, sino que además debe ser un fin para cualquier persona que se considere seguidora de Cristo. Para alcanzarlo debemos ahondar diariamente en nuestro actuar e ir modificando aquellas acciones perjudiciales para nosotros o para los demás. También será necesario un mejor aprovechamiento del tiempo que se nos ha concedido en la presente encarnación y analizar bien lo que supone la ley del trabajo en la Tierra. Así, en parte de nuestros ratos de ocio podremos ir introduciendo momentos de meditación, estudio o lecturas saludables sobre el mundo espiritual y la vida futura.

   Ayudaros en vuestro trabajo interior por el convencimiento de que la personalidad de Jesús no se forjó en una sola existencia corporal y que necesitó de muchas vidas físicas para alcanzar el desarrollo moral y espiritual que demostró tener en su último paso por la Tierra. Si al principio de vuestros esfuerzos os sintierais descorazonados o indignos de semejante trabajo, pedid a Dios las fuerzas necesarias para llevarlo a cabo y no dudéis que os serán dadas. Cuando se ha puesto a Cristo como ejemplo principal a seguir y nuestra existencia gira en torno a Él, las penas y sufrimientos se nos hacen más llevaderos y su Paz empieza a instalarse en nuestro corazón. A partir de ese instante es que hemos adquirido nuestro compromiso con Él y al mismo tiempo Él nos permite entrar en Su Reino de Amor. Desde el instante en que esta entrada ocurre, debemos considerar que ya estamos vinculados a Conciencia Crística y que empezamos a disfrutar anticipadamente de sus dádivas Divinas. No dudéis que la sentencia que os dice que hasta el más pequeño de los hombres puede entrar en el Reino de Dios, es una invitación a vuestra reforma interior a fin de que estéis todos unidos en Jesús.

- David Estany Prim- " Las facultades del Espíritu"-

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      LA IMPORTANCIA DE EDUCAR EN                                  VALORES 

    Entre los muchos retos a los que se enfrenta la sociedad en los tiempos venideros de cara a la educación que vienen demandando las nuevas generaciones de jóvenes y adolescentes, está la educación en valores. Por supuesto, no hablamos aquí de valores añejos, desfasados, sujetos a los usos y costumbres del momento, sino a aquellos valores imperecederos inscritos en nuestra conciencia, revelados por Jesús y todos los grandes Espíritus que nos han visitado, y que serán los que verdaderamente propiciarán un cambio real en la sociedad y un adelanto moral a la humanidad. 

Dice Allan Kardec en la Génesis, cap. XVIII: “Para que los hombres sean felices sobre la Tierra es preciso que sólo espíritus buenos, encarnados y desencarnados, la habiten…” Y más aún, nos esclarece al respecto de la necesidad que tiene la humanidad de aspiraciones más amplias y elevadas ya que comprende el vacío de las ideas que la acunaron y la insuficiencia de las instituciones para lograr su felicidad. 

Este vacío y esta infelicidad, unidos al egoísmo, al orgullo, al individualismo, son los cánceres que minan nuestras sociedades generando sufrimiento, dolor, hambre, guerras fraticidas, esclavitud, abandono y tantas y tantas situaciones terribles que asolan nuestro hogar planetario. Si quisiéramos de verdad revertir este panorama deberíamos empezar a trabajar desde ahora mismo – el momento es hoy, nos dice Bezerra de Menezes en sus mensajes – para hacer de la educación la herramienta fundamental y más importante del cambio. 

Padres, madres, educadores, tienen la responsabilidad de ofrecer a los niños y jóvenes la posibilidad de cambiar el mundo que les rodea, generando y propiciando oportunidades para trabajar la solidaridad, el respeto al prójimo, el respeto a las diferencias, la capacidad de amar sin esperar nada a cambio y la de sentirse copartícipes de una transformación que, no sólo es posible, sino que está ya iniciándose. 

Basta mirar la cantidad de movimientos humanitarios, ONG,s, voluntarios de todas las índoles y las respuestas masivas de diferentes colectivos y personas anónimas cuando se generan situaciones catastróficas de la índole que sean, o que simplemente colaboran donando su tiempo, sus recursos en países, poblaciones o colectivos necesitados de atención de manera de propiciar su desarrollo. La sensibilidad hacia el dolor y el sufrimiento del otro, cada vez es mayor, y debemos aprovecharla para salir de nuestras zonas de confort y actuar como esperaríamos que se actuara con nosotros. 

El Maestro de Lyon establece que la fraternidad debe constituirse como la piedra angular de la nueva sociedad, porque el amor al otro, que es también un hijo de Dios, invita a paliar tanto como sea posible el dolor y las carencias de manera natural, construyendo sociedades más justas e implicadas en cubrir las necesidades de los más desfavorecidos por las circunstancias, generando más igualdad, más solidaridad, más alegría y, como no, impulsando el progreso de la humanidad en general. Por lo tanto, es una asignatura pendiente de la educación concienciar a los niños y jóvenes en este sentido. 

Hay multitud de iniciativas que podemos proponerles desde casa, eso sí, siendo conscientes de que el ejemplo de los padres y de los educadores es fundamental para crear nuevos hábitos. Es importante que los niños vivan en un ambiente de respeto, de solidaridad entre los miembros de la familia, de amor y de perdón, de comprensión y tolerancia. Y digo esto, porque el hogar, la familia, son el lugar, el laboratorio, en el que estos espíritus van a poder experimentar en la convivencia diaria estos valores imperecederos, venciendo su egoísmo, doblegando su orgullo, comprendiendo la importancia de la interacción en el grupo familiar y el valor de caminar juntos y unidos con un mismo objetivo, para después, en su contacto con otros miembros de la sociedad, poder trasmitir a su vez estos valores en el ámbito de las relaciones laborales, sociales, de amistad, etc. En este sentido, todos tenemos que hacer un esfuerzo de auto-educación, pero, sin duda alguna, este es el primer paso y la base más sólida que se puede construir. 

Además de esta cuestión debemos implicarles, en la medida de nuestras posibilidades, en acciones solidarias de todo tipo: regalando esos juguetes y libros que no usan o que ya han leído a los niños carentes, acompañándonos a visitar a alguna persona enferma, recogiendo aquella ropa que les quedó pequeña para donar a alguna ONG o institución dedicada a esta cuestión. Es obligación nuestra, y un grito clamoroso de la humanidad, mostrarles la importancia del consumo responsable, el respeto al medio ambiente, el aprovechamiento de las materias primas, etc., de manera de hacerles adultos responsables e implicados en un reparto más equitativo de los recursos del planeta, impidiendo por lo mismo, los abusos, las guerras, la escasez de agua, las hambrunas, y todo cuanto se deriva de una sociedad que depreda a otras generando desigualdad y dolor. 

Pero aún hay mucho más que podemos enseñarles y es el valor que tiene ofrecer una sonrisa a todo el mundo, el respeto por las personas mayores, la paciencia y la capacidad para escuchar a sus amiguitos, el mérito del esfuerzo, de la buena voluntad, de ser agradecidos con la vida, con Dios, con cuanto nos rodea, el amor a los animales y a la naturaleza, a nuestra casa planetaria tan bella y delicada como es…. En fin, todo aquello de bueno que podamos sembrar en sus corazones… 

     Quiero finalizar este artículo con unas bellísimas palabras de la Madre Teresa de Calcuta, quien no precisa de presentación y que ha sido, sin duda alguna, una de las mayores mensajeras del Amor, de la fraternidad y de la paz, de nuestro tiempo: 

“Enseñarás a volar, 
pero no volarán tu vuelo; 
Enseñarás a soñar, 
pero no soñarán tu sueño; 
Enseñarás a vivir, 
pero no vivirán tu vida. 
Sin embargo, en cada vuelo, 
en cada vida, 
en cada sueño, 
Perdurará la huella 
del camino enseñado.” 

Así es amigos, que tenemos por delante un gran trabajo de siembra en los corazones infantiles. Tenemos las semillas que podemos tomar del granero de las enseñanzas 
de Jesús y sólo nos hace falta cavar los surcos, alimentarlas con el agua de la paciencia, iluminarlas con el Sol del amor y pronto podremos ver los primeros y tiernos tallos abandonando la oscuridad de la Tierra para abrirse al Mundo y florecer,  y con el tiempo, llegada la primavera, dar frutos. El momento es hoy…. 

Valle García Bermejo 
Revista FEE      

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LOS DESERTORES DEL ESPIRITISMO

Si todas las grandes ideas, han tenido sus apóstoles fervientes y denodados, también las mejores han tenido sus desertores.
El Espiritismo no podía librarse de las consecuencias de la humana flaqueza; ha tenido lo suyos, y no serían inútiles algunas consideraciones sobre el particular.
Muchos se equivocaron, al principio, acerca de la naturaleza y objeto del Espiritismo y no entrevieron su trascendencia. Desde luego excitó la curiosidad y muchos no distinguieron en las manifestaciones más que un asunto de distracción.
Se divirtieron con los Espíritus, tanto como estos quisieron divertirlos. Las manifestaciones eran un pasatiempo y con frecuencia un accesorio de tertulia.
Este modo de pensar, al principio, la cosa, era una táctica diestra de los Espíritus. Bajo la forma de diversión, la idea penetró en todas partes y plantó gérmenes sin sublevar las conciencias timoratas. Se jugó con el niño, pero el niño debía hacerse hombre.
Cuando a los Espíritus bromistas los sucedieron los graves y moralizadores; cuando el Espiritismo se elevó a ciencia, a filosofía, las gentes superficiales no lo encontraron recreativo, y para los que, ante todo, aprecian la vida material, era un censor inoportuno y molesto, que a más de uno arrinconó.
No hay que echar a menos semejantes desertores, pues las personas frívolas son pobres auxiliares.
Esta primera fase está, sin embargo, muy lejos de ser tiempo perdido. A favor de semejante disfraz, la idea se ha popularizado cien veces más que si hubiese revestido, desde su origen, una forma severa. Pero de esos centros ligeros e indolentes, salieron pensadores graves.
Estos fenómenos, puestos en moda por el atractivo de la curiosidad, convertidos en una especie de manía, excitaron la codicia de ciertas gentes atraídas por la novedad y por la esperanza de hallar en ellos una nueva puerta abierta.
Las manifestaciones parecían un asunto maravilloso,  susceptible de explotación, y más de uno pensó hacer de ellas un auxiliar de su industria, y otros las consideraron como una variante del arte de la adivinación, un medio quizás más seguro que la cartomancia, la quiromancia, etc., etc., para conocer el porvenir y descubrir las cosas ocultas, pues, según la opinión de aquella poca, los Espíritus debían saberlo todo.
Desde el momento en que tales gentes vieron que la especulación resbalaba entre sus manos y se convertía en engaño. Que los Espíritus no venían a ayudarles a hacer fortuna, a darles buenos números para la lotería y decirles la verdadera buenaventura, a descubrirles tesoros o proporcionarles herencias, a sugerirles algún buen invento fructífero y de privilegio exclusivo, a suplir su ignorancia y a dispensarles del trabajo intelectual y material, los Espíritus no fueron buenos para nada, y sus manifestaciones no eran mas que ilusiones.
 Tanto como ensalzaron el Espiritismo mientras acariciaron la esperanza de sacar de él algún provecho, así denigraron cuando tuvieron el desengaño. Más de un crítico, lo hubiese levantado hasta las nubes de haberle hecho descubrir un tío americano o ganar en la Bolsa.
Esta es la categoría más numerosa de los desertores, pero se deja ver que seriamente, no pueden calificárseles de espiritistas.
También ha tenido su utilidad esta fase, pues ha demostrando que no debía esperarse del concurso de los Espíritus: se ha hecho conocer el objeto serio del Espiritismo, se ha depurado la doctrina.
Los Espíritus saben que las lecciones de la experiencia, son las más provechosas.
Si desde un principio hubiesen dicho: No pidáis tal o cual cosa, porque no la obtendréis, acaso no se les hubiera creído, y por esta razón no limitaron la libertad de nadie, a fin de que la verdad resultase de la observación.
Los desengaños desanimaron a los explotadores y contribuyeron a disminuir su número, privando al Espiritismo, no de adeptos sinceros, sino de parásitos.
Ciertas gentes, más perspicaces que otras, entrevieron al hombre, en el niño que acababa de nacer y le tuvieron miedo, como Herodes le tuvo miedo al niño Jesús.
No atreviéndose a atacar de frente al Espiritismo, han tenido agentes que lo abrazaron para ahogarlo, que se visten con el disfraz de espiritistas para introducirse en todas partes, atizar diestramente la desavenencia en los grupos, derramar en ellos y por bajo mano el veneno de la calumnia, dejar caer chispas de discordia, impeler a actos que comprometan, intentar el desvío de la doctrina, para ponerla en ridículo o hacerla odiosa, y simular en seguida desengaños.
Otros son mas hábiles aun: predicando la unión, siembran la división; ponen sobre el tapete diestramente cuestiones irritantes y mortificadoras, excitan los celos de preponderancia entre los diferentes grupos, y su delicia sería verlos apedrearse y levantar bandera contra bandera, con motivo de ciertas divergencias de opiniones sobre determinadas cuestiones de forma y de fondo, provocadas las mayoría de las veces.
Todas las doctrinas han tenido sus Judas; el Espiritismo no podía dejar de tenerlos y no le han faltado.
Estos tales, son espiritistas de contrabando, pero han tenido también su utilidad. Han enseñado a que como buenos espiritistas, seamos prudentes, circunspectos, y a que no nos fiemos de las apariencias.
En principio, es preciso desconfiar de los arrebatos calenturientos, que son casi siempre fuegos fatuos o simulacros, entusiasmo de circunstancias, que suplen los actos con la abundancia de palabras.
La verdadera convicción es apacible, reflexiva, motivada; como el verdadero valor, se revela por hechos, es decir, por la firmeza, la perseverancia, y sobre todo, por la abnegación.
El desinterés moral y material es la verdadera piedra de toque de la sinceridad.
La sinceridad tiene un sello sui generis; se refleja por matices más fáciles a veces de comprender, que de definir, se la siente por ese efecto de la transmisión del pensamiento, cuya ley nos revela el Espiritismo, y que la falsedad no consigne nunca simular completamente, dado que no puede cambiar la naturaleza de las corrientes fluídicas que proyecta.
Cree equivocadamente que puede suplirla con una baja y servil adulación, que solo seduce a las almas orgullosas, pero esta misma adulación, se deja conocer de las almas elevadas.
Nunca el hielo podrá simular el calor.
Si pasamos a la categoría de los espiritistas propiamente dichos, también veremos ciertas flaquezas humanas, en las que no triunfa inmediatamente la doctrina. Las más difíciles de vencer son el egoísmo y el orgullo, pasiones originales del hombre.
Entre los adeptos convencidos, no hay deserción en la acepción de la palabra, porque el que desertase por motivo de interés u otro  cualquiera, no habría sido nunca sinceramente espiritista; pero hay desalientos.
El valor y la perseverancia pueden flaquear ante un desengaño, una ambición fracasada, una preeminencia no alcanzada, un amor propio lastimado o una prueba difícil.
Se retrocede ante el sacrificio del bienestar, el temor de comprometer sus intereses materiales y el reparo del que dirán, se siente desazón por un fraude; no se renuncia, pero se desanima; se vive para si y no para los otros; se quiere sacar beneficio de la creencia, pero siempre que no cueste nada.
Ciertamente que los que así proceden, pueden ser creyentes; pero, a no dudarlo, son creyentes egoístas, en quienes la fe no ha encendido el fuego sagrado del desinterés y de la abnegación; su alma se desprende con trabajo de la materia. Forman número nominal, pero no puede contarse con ellos.
Muy distintos son los espiritistas que verdaderamente merecen tal nombre.
Aceptan para sí todas las consecuencias de la doctrina y se les reconoce por los esfuerzos que hacen para mejorarse. Sin descuidar los intereses materiales, son éstos para ellos lo accesorio y no lo principal; la vida terrestre es solo una travesía más o menos penosa; de su empleo útil o inútil depende el porvenir; sus alegrías son mezquinas comparadas con el objeto esplendido que entrevén más allá; no se desazonan por los obstáculos que encuentran por el camino; las vicisitudes, los desengaños, son pruebas ante las cuales no se desalientan, puesto que el descanso es el premio del trabajo, y por estas razones, no se ven entre ellos deserciones y desfallecimientos.
Los Espíritus buenos protegen visiblemente a los que luchan con valor y perseverancia y cuyo desinterés es sincero y sin miras ulteriores; le ayudan a triunfar de los obstáculos y aligeran las pruebas que no pueden evitarles, mientras que se apartan de los que abandonan y sacrifican la causa de la verdad, a su ambición personal.
¿Debemos colocar entre los desertores del Espiritismo a los que se alejan, porque no les satisface nuestra manera de ver las cosas; a los que, encontrando muy lento o muy rápido nuestro método, pretenden alcanzar más pronto y con mejores condiciones el objeto que nos proponemos? Ciertamente que no, si son sus guías la sinceridad y el deseo de propagar la verdad.
Ciertamente que sí, si sus esfuerzos tienden únicamente a hacerse notables y a captarse la atención pública para satisfacer su amor propio y su interés personal…
¡Tenéis distinto modo de ver al de nosotros; no simpatizáis con los principios que admitimos! Nada prueba que andéis más acertados que nosotros. En materia de ciencia, puede diferirse de opinión; buscad a vuestro modo como buscamos nosotros; el porvenir pondrá en claro quién tiene razón y quién está equivocado.
No pretendemos ser los únicos en poseer las condiciones sin las cuales no pueden hacerse estudios serios y útiles; lo que hemos hecho nosotros, ciertamente pueden hacerlo otros. ¡Qué importa que los hombres inteligentes se reúnan con nosotros o sin nosotros! Que se multiplican los centros de estudios, tanto mejor; porque esta es una señal del progreso incontestable, que aplaudimos con todas nuestras fuerzas.
En cuanto a las rivalidades, a las tentativas para suplantarnos, tenemos un recurso infalible para no temerlas. Trabajemos por comprender, por ensanchar nuestra inteligencia y nuestro corazón; luchemos con los otros, pero luchemos por superarnos en caridad y abnegación.
Sea nuestra única divisa el amor al prójimo inscrito en nuestra bandera, y nuestro objeto único inquirir la verdad, venga de donde viniere. Con tales sentimientos arrostraremos las burlas de nuestros adversarios y las tentativas de nuestros competidores.
Si nos equivocamos, no tendremos el necio amor propio de aferrarnos a ideas falsas, pero hay principios respecto de los cuales se tiene certeza de no engañarse nunca, tales son: el amor del bien, la abnegación, la abjuración de todo sentimiento de envidia y de celos.
Estos principios son los nuestros, en ellos veremos el lazo que ha de unir a todo los hombres de bien, cualquiera que sea la divergencia de sus opiniones; el egoísmo y la mala fe son los únicos que entre ellos levantan barreras insuperables.
Pero ¿cuál será la consecuencia de este estado de cosas? Sin duda alguna las maquinaciones de los falsos hermanos podrán producir momentáneamente algunas perturbaciones parciales. Por esto es preciso hacer toda clase de esfuerzos para burlarlos tanto como sea posible, pero necesariamente no tendrán más que una época de existencia y no podrán ser perjudiciales en el porvenir.
Ante todo, porque son una maniobra de oposición que caen por la fuerza de las cosas; y por otra parte, por más que se diga y haga, no podrá quitarse a la doctrina su carácter distintivo; su filosofía racional es lógica y su moral consoladora y regeneradora.
Las bases del Espiritismo están hoy puestas de un modo inquebrantable: los libros escritos sin reticencias y puestos al alcance de todas las inteligencias, serán siempre la expresión clara y exacta de la enseñanza de los Espíritus, y la transmitirán intacta a los que vengan en pos de nosotros.
No se ha de perder de vista que estamos en un momento de transición y que ninguna transición se opera sin conflicto.
No hay, pues, que admirarse de ver cómo se agitan ciertas pasiones, tales como las ambiciones comprometidas, los intereses lastimados, las pretensiones frustradas, pero todo esto se extingue poco a poco, la fiebre se calma, los hombres pasan y las nuevas Ideas subsisten.
Espiritistas, si queréis ser invencibles, sed benévolos y caritativos; el bien es una coraza contra la cual se estrellarán siempre las maquinaciones de la malevolencia...
Vivamos, pues, sin temor: el porvenir es nuestro; dejemos que nuestros enemigos se retuerzan comprimidos por la verdad que les ofusca: toda oposición es impotente contra la evidencia, que triunfa inevitablemente por la fuerza misma de las cosas.
La vulgarización universal del Espiritismo es cuestión de tiempo, y en este siglo, el tiempo avanza a pasos de gigante impulsado por el progreso.
 OBSERVACIÓN. - Como complemento de este artículo, publicamos aquí, la siguiente comunicación que nos dio Allan Kardec sobre el mismo asunto, después de haber entrado en el mundo de los Espíritus. Nos ha parecido interesante para nuestros lectores, unir a las elocuentes y viriles páginas que preceden, la actual opinión del organizador por excelencia de nuestra filosofía. París, noviembre de 1869
Cuando existía corporalmente entre vosotros, a menudo decía que debiera hacerse una historia del Espiritismo, puesto que no dejaría de tener interés; aún participo hoy de esta misma opinión, pudiendo servir un día, para realizar mi pensamiento, los diferentes elementos que con este fin había reunido.
Porque, en efecto, estaba en mejor posición que nadie para apreciar el curioso espectáculo provocado por el descubrimiento y vulgarización de una gran verdad.
En otro tiempo presentía, pero hoy sé el maravilloso orden y la inconcebible armonía que presiden a la concentración de todos los documentos, que están destinados a dar origen a la nueva obra.
La benevolencia, la buena voluntad y abnegación absoluta en unos y la mala fe, la hipocresía y las malévolas maniobras de los otros, todo concurre para asegurar la estabilidad del edificio que se levanta.
Entre las manos de las potencias superiores que presiden al progreso, las resistencias inconscientes o simuladas y los ataques que tienen por objeto sembrar el descrédito y el ridículo, se convierten en instrumentos de elaboración.
¡Qué no se ha hecho, que móviles no se han puesto en movimiento para ahogar al niño en la cuna!
El charlatanismo y la superstición, a su vez, han querido ampararse en nuestros principios para explotarlos en su provecho; todos los rayos de la prensa han atronado contra nosotros; se ha entregado a la irrisión las cosas mas respetables; se han atribuido al Espíritu del mal las enseñanzas de los Espíritus, las más dignas de admiración y de veneración universal; y sin embargo, todos esos esfuerzos acumulados, esa coligación de todos los intereses bastardos, no han alcanzado otra cosa que proclamar la impotencia de nuestros adversarios.
 Pero, en medio de esa lucha incesante contra las preocupaciones establecidas y contra los errores acreditados, es como se aprende a conocer a los hombres.
Sabía que al consagrarme a mi obra predilecta, me exponía a las iras de los unos y a la envidia y a los celos de los otros. El camino estaba sembrado de dificultades sin cesar renovadas. No pudiendo alcanzar nada contra la doctrina, se atacaba al hombre, pero por mi parte me sentía fuerte porque había hecho renuncia de mi personalidad. ¿Qué me importan las tentativas de la calumnia, si mi conciencia y la grandeza del objeto me hacían olvidar voluntariamente las espinas y abrojos del camino?
Los testimonios de simpatía y de estimación que he recibido de aquellos que supieron apreciarme, han sido la más dulce recompensa que jamás haya ambicionado, pero ¡OH!, ¡cuantas veces hubiese sucumbido bajo el peso de mi tarea, si el afecto y el reconocimiento de la mayoría no me hubiesen hecho olvidar la ingratitud y la injusticia de algunos! Porque si los ataques dirigidos contra, mí siempre me han encontrado insensible, debo confesar que me afectaba penosamente, cada vez que encontraba falsos amigos, entre aquellos de quienes más esperaba.
Si es justo vituperar a aquellos que intentan explotar el Espiritismo o desnaturalizarlo en sus escritos sin haber hecho de él un estudio previo, ¡cuán culpables no son aquellos que después de haberse asimilado todos sus principios, no contentos de retirarse pacíficamente, se han vuelto contra él, con todas sus fuerzas!
Sobre tales desertores especialmente es necesario reclamar la misericordia divina, porque voluntariamente han extinguido la luz que les iluminaba, con cuyo auxilio podían iluminar a los otros.
Pero no tardan en verse privados de la asistencia de los buenos Espíritus y la experiencia nos ha demostrado que bien pronto caen de un paso al otro, en las más criticas situaciones.
Desde mi regreso al mundo de los Espíritus he vuelto a ver algunos de estos desgraciados; ahora se arrepienten; sienten su inacción y su mala voluntad, pero no pueden reparar tan pronto como desearan el tiempo perdido; volverán, sí, luego a la tierra con la firme resolución de concurrir activamente al progreso, pero aún lucharán con sus antiguas tendencias, hasta que definitivamente hayan triunfado sobre ellas.
¿Puede creerse que los espiritistas de hoy, ilustrados por estos ejemplos, evitarán caer en los mismos errores? Durante mucho tiempo aún, habrá falsos hermanos y amigos mal intencionados, pero del mismo modo que nada pudieron los primeros, tampoco lograrán estos, desviar de su camino al Espiritismo.
Si acaso producen algunas perturbaciones momentáneas y puramente locales, no por esto peligrará la doctrina; antes al contrario, bien pronto los espiritistas desviados reconocerán su error y vendrán a concurrir con nuevo ardor a la obra de la cual se habían separado un instante, y obrando de concierto con los Espíritus superiores que dirigen las transformaciones humanitarias, avanzarán con paso rápido hacia los felices tiempos prometidos a la humanidad regenerada. 
 ALLAN KARDEC.
Adaptación: Oswaldo E. Porras D.
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   LENGUAJE QUE SE DEBE TENER CON LOS ESPÍRITUS
280. El grado de inferioridad o superioridad de los Espíritus, naturalmente, indica el tono que conviene tenerse con ellos. Es evidente que cuanto más elevados están, más derecho tienen a nuestro respecto, a nuestras consideraciones y a nuestra sumisión. No les debemos menos deferencia que cuando vivían y además por otros motivos: en la Tierra hubiéramos considerado su rango y su posición social; en el mundo de los Espíritus nuestro respeto sólo se dirige a la superioridad moral. Su misma elevación les pones sobre las puerilidades de nuestras formas aduladoras.      Por las palabras no es como podemos captar su benevolencia; es por la sinceridad de sentimientos. Sería, pues, ridículo, darles los títulos que nuestros usos consagran a la distinción de las clases y que, viviendo, podrían haber lisonjeado su vanidad; si realmente son superiores, no solamente no hacen caso de eso, sino que les disgusta. Un buen pensamiento les es más agradable que los honores más laudables; si fuese de otro modo no estarían más elevados que la Humanidad.El Espíritu de un venerable eclesiástico que en la Tierra fue un príncipe de la Iglesia, hombre de bien, y que practicaba la ley de Jesús, respondió un día a uno que le evocaba, dándole el título de Monseñor: “Al menos deberías decir ex Monseñor, porque aquí no hay otro señor que Dios; debes saber que yo veo algunos aquí que en la Tierra se arrodillaban delante de mí y ante los cuales yo mismo me inclino ahora”. En cuanto a los Espíritus inferiores, su carácter nos traza el lenguaje que conviene tener con ellos.  En el número los hay que, aunque inofensivos y aun benévolos, son ligeros, ignorantes y atolondrados; tratarles del mismo modo que a los Espíritus formales, como lo hacen ciertas personas, sería lo mismo que si nos inclináramos delante de un aprendiz o de un asno cubierto con el birrete de doctor. En tono familiar es el más adecuado para ellos, y no se formalizan por esto; al contrario, se prestan a ello con gusto.Entre los Espíritus inferiores los hay que son infelices. Cualesquiera que puedan ser las faltas que expían, sus sufrimientos son títulos tanto más grandes para nuestra conmiseración, pues ninguna persona puede vanagloriarse de evadirse de esta palabra de Jesús: “Que el que esté sin pecado le lance la primera piedra”.La benevolencia que les manifestamos es un consuelo para ellos; a falta de simpatía, deben encontrar la indulgencia que quisiéramos que se tuviera por nosotros.Los Espíritus que revelan su inferioridad por el cinismo de su lenguaje, sus mentiras, la bajeza de sus sentimientos, la perfidia de sus consejos, seguramente son menos dignos de nuestro interés que aquellos cuyas palabras manifiestan su arrepentimiento; al menos les debemos la piedad que concedemos a los más grandes criminales, y el medio de reducirles al silencio es el de manifestarse superior a ellos. No se dedican sino a la persona que ellos creen que nada tienen que temer; porque los Espíritus perversos reconocen a sus señores en los hombres de bien como en los Espíritus superiores.En resumen, sería tanta irreverencia el tratar de igual a igual a los Espíritus superiores, como ridículo el tener una misma deferencia para todos sin excepción. Tengamos veneración para los que lo merecen, reconocimiento para los que nos protegen y nos asisten; para todos los otros una benevolencia de la cual necesitaremos, puede ser, nosotros mismos un día. Penetrando en el mundo incorpóreo, aprendemos el modo de conocerle, y este conocimiento debe arreglar nuestras relaciones con aquellos que lo habitan. Los antiguos, en su ignorancia, les levantaron altares; para nosotros sólo son criaturas más o menos perfectas y no elevamos altares sino a Dios.

♦Texto sacado de
“EL LIBRO DE LOS MÉDIUMS”

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viernes, 1 de mayo de 2026

La imposibilidad de las penas eternas

 INQUIETUDES ESPÍRITAS

1.- Destrucción mutua de los seres vivos

2.- Indagaciones de Allan Kardec con el Espíritu de Verdad sobre su misión

3.- Periespíritu

4.- La imposibilidad de las penas eternas

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DESTRUCIÓN MUTUA DE LOS SERES VIVOS

     La destrucción recíproca de los seres vivos es una de las leyes de la naturaleza que, a primera vista, no parece concordar demasiado con la bondad de Dios. Uno se pregunta porqué Dios les impuso la necesidad de que se destruyan mutuamente por alimentarse unos a costa de otros.

     En efecto, para quien sólo ve la materia, y restringe su visión a la vida presente, aquello parece una imperfección de la obra divina. De ahí, los incrédulos concluyen que Dios no es perfecto, y que , por esa razón, Dios no existe. Eso se debe a que juzgan la perfección de Dios desde su punto de vista; miden la sabiduría divina de acuerdo con el propio juicio que se forman de ella, y suponen que Dios no podría hacer las cosas mejor de lo que ellos mismos las harían.  Como la limitada visión de que disponen no les permite apreciar el conjunto, no comprenden que un bien real pueda provenir de un mal aparente. Sólo el conocimiento del principio espiritual, considerado en su verdadera esencia, así como el de la gran ley de unidad que constituye la armonía de la Creación, pueden otorgarle al hombre la clave de ese misterio, para mostrarle la sabiduría providencial y la armonía precisamente allí donde solo ve una anomalía y una contradicción. Sucede con ésta verdad lo mismo que con tantas otras: El hombre solamente está apto para sondear ciertas profundidades cuando su Espíritu ha alcanzado cierto grado de madurez.

     La verdadera vida, tanto del animal como del hombre, no reside en la envoltura corporal, del mismo modo que no está en la vestimenta. Reside en el principio inteligente que preexiste y sobrevive al cuerpo. Ese principio necesita del cuerpo para desarrollarse a través del trabajo que le corresponde realizar sobre la materia bruta. El cuerpo se consume en eses trabajo, pero el Espíritu no se gasta, por el contrario, sale del cuerpo cada vez más fuerte, más lúcido y con mayor aptitud. ¡ Qué importa entonces , que el Espíritu cambie mas o menos frecuentemente de envoltura! No por eso deja de ser espíritu. Es exactamente como si un hombre cambiase de ropa cien veces en el año. No por eso dejaría de ser hombre .

LA GÉNESIS: EL BIEN Y EL MAL : CAP 3

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INDAGACIONES DE ALLAN KARDEC CON EL ESPÍRITU DE LA VERDAD SOBRE SU MISIÓN

Pregunta (a la Verdad) – Buen Espíritu, desearía saber qué pensáis de la misión que me ha sido asignada por algunos Espíritus: tened a bien decirme, os lo ruego, si es una prueba para mi amor propio.

Sin duda, lo sabéis, tengo el deseo más grande de contribuir para la propagación de la verdad, pero, del papel de simple trabajador al de misionero en jefe, la distancia es grande y no comprendo lo que podría justificar en mí una gracia tal, prefiriéndome a tantos otros que poseen talentos y cualidades que no tengo.

Respuesta – Confirmo lo que te ha sido dicho, pero te aconsejo mucha discreción si deseas triunfar. Más tarde sabrás cosas que explicarán lo que te sorprende hoy en día. No olvides que puedes triunfar, del mismo modo que puedes fracasar; en este último caso, otro te reemplazaría, pues los designios de Dios no dependen de una persona específica. Por lo tanto, jamás hables de tu misión; sería el medio de hacerla fracasar. Sólo puede ser legitimada por la obra realizada y nada has hecho todavía. Si la realizas, las propias personas sabrán reconocer tu misión tarde o temprano, pues es por los frutos que se reconoce la calidad del árbol.

Pregunta – Sin duda, no tengo ninguna voluntad de vanagloriarme de una misión en la que yo mismo creo con dificultad. Si estoy destinado a servir de instrumento para los designios de la Providencia, que ella disponga de mí; en ese caso, solicito vuestra asistencia y la de los buenos Espíritus para que me ayuden y me sostengan en mi tarea.

Respuesta – Nuestra asistencia no te faltará, pero será inútil si, de tu parte, no haces lo que es necesario. Tienes tu libre albedrío; te corresponde a ti emplearlo como lo entiendas; ninguna persona está obligada inevitablemente a hacer algo.

Pregunta – ¿Cuáles son las causas que podrían hacerme fracasar? ¿Será la insuficiencia de mis capacidades?

Respuesta – No; pero la misión de los reformadores está plena de escollos y de peligros; la que tienes es ruda, te prevengo, pues es al mundo entero al que se trata de remecer y de transformar. No creas que te bastará con publicar un libro, dos libros, diez libros, y quedarte tranquilamente en tu casa. No, te será necesario exponer a tu persona: suscitarás contra ti odios terribles; enemigos encarnizados conjurarán tu ruina; serás el blanco de la malevolencia, de la calumnia, de la traición incluso de aquellos que te parecerán los más abnegados; tus mejores instrucciones serán despreciadas y desnaturalizadas; más de una vez sucumbirás bajo el peso de la fatiga; en pocas palabras, es una lucha casi constante que deberás sostener, y sacrificarás tu reposo, tu tranquilidad, tu salud e incluso tu vida, pues, sin eso, vivirías mucho más tiempo. ¡Pues bien! Más de uno retrocede cuando, en lugar de un camino florido, no encuentra bajo sus pasos sino zarzas, piedras afiladas y serpientes. Para tales misiones, la inteligencia no basta. Son necesarios primeramente, para agradar a Dios, humildad, modestia y desinterés, pues Él abate a los orgullosos, a los presuntuosos y a los ambiciosos. Para luchar contra las personas, son necesarios valor, perseverancia y una firmeza inquebrantable; también son necesarios prudencia y tacto para conducir las cosas con discernimiento y no comprometer el éxito por medio de medidas o palabras intempestivas; en fin, es necesario tener dedicación, abnegación, y estar presto a todos los sacrificios. Como ves, tu misión está subordinada a condiciones que dependen de ti.

Espíritu Verdad

Yo. Espíritu Verdad, os agradezco vuestros sabios consejos. Acepto todo sin restricción y sin segunda intención. ¡Señor! Si os habéis dignado poner Vuestros ojos en mí para el cumplimiento de Vuestros designios, ¡que se haga Vuestra voluntad! Mi vida está en Vuestras manos, disponed de Vuestro servidor. En presencia de una tarea tan grande, reconozco mi debilidad; mi buena voluntad no faltará, pero tal vez mis fuerzas me traicionen. Suplid mi incapacidad; dadme las fuerzas físicas y morales que me sean necesarias. Sostenedme en los momentos difíciles y, con Vuestra ayuda y la de Vuestros mensajeros celestiales, me esforzaré para corresponder a Vuestros designios.

NOTA – Escribo esta nota el 1 de enero de 1867, diez años y medio desde que esta comunicación me fue dada, y constato que se ha cumplido en todos los puntos, pues he experimentado todas las vicisitudes que allí me fueron anunciadas. He sido el blanco del odio de enemigos encarnizados, de la injuria, de la calumnia, de la envidia y de los celos; libelos infames han sido publicados contra mí; mis mejores instrucciones han sido desnaturalizadas; he sido traicionado por aquellos en quienes había depositado mi confianza, pagado con ingratitud por aquellos a quienes había prestado servicio. La Sociedad Parisiense de Estudios Espíritas ha sido un foco continuo de intrigas urdidas por aquellos mismos que se decían a mi favor y que, mientras mantenían las apariencias ante mí, me atacaban ferozmente por detrás. Han dicho que aquellos que tomaban partido a mi favor eran sobornados por mí con el dinero que recogía por medio del Espiritismo.

No he conocido más el reposo; más de una vez, he sucumbido bajo el exceso de trabajo, mi salud ha sido alterada y mi vida, comprometida. Sin embargo, gracias a la protección y a la asistencia de los buenos Espíritus que incesantemente me han dado pruebas manifiestas de su solicitud, estoy feliz de reconocer que no he experimentado ni siquiera un instante de debilidad y de desaliento, y que he proseguido en mi tarea constantemente con el mismo ardor, sin inquietarme por la malevolencia de la que era objeto. Según la comunicación del Espíritu Verdad, yo debía esperar todo eso y todo se ha verificado. Pero también, al lado de esas vicisitudes, ¡cuánta satisfacción he experimentado al ver que la obra crece de una manera tan prodigiosa! ¡Cuántas dulces compensaciones he recibido por mis tribulaciones! ¡Cuántas bendiciones, cuántos testimonios de real simpatía he recibido de parte de numerosos afligidos a quienes la Doctrina ha consolado!

Ese resultado no me había sido anunciado por el Espíritu Verdad, que, sin duda, intencionalmente, sólo me había mostrado las dificultades del camino. ¡Qué ingratitud mía sería, pues, si me quejara! Si dijera que hay una compensación entre el bien y el mal, no diría la verdad, pues el bien, quiero decir las satisfacciones morales, ha superado en mucho al mal. Cuando me sucedía una decepción, una contrariedad cualquiera, me elevaba por medio del pensamiento por encima de la humanidad; me ponía con anticipación en la región de los Espíritus y, desde ese punto culminante, desde donde divisaba mi punto de llegada, las miserias de la vida resbalaban sobre mí sin alcanzarme. He hecho de eso una costumbre tal que los gritos de los malos jamás me han perturbado.

Allan Kardec  (Revista Espírita 1862-1865)


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PERIESPÍRITU

  Este es el nombre que asignó Kardec al cuerpo espiritual, viene a significar Peri= Alrededor, y Spiritus= Espíritu, o sea, alrededor del Espíritu, o que rodea al Espíritu.

   El Periespíritu es una envoltura semimaterial que rodea al Espíritu. Este la toma del mundo material en que se halla cuando está encarnado, y la cambia al pasar de uno a otro mundo. Es más o menos sutil, según la naturaleza de cada globo.

  
El Periespíritu puede tomar todas las formas que quiera el Espíritu; ordinariamente suele ser el que este tenía en su última existencia corporal.

  Aunque de naturaleza etérea, la sustancia del Periespíritu es susceptible de ciertas modificaciones que la hacen perceptible a nuestra vista, tal como sucede en las apariciones. Por su unión con el fluido de ciertas personas puede hacerse tangible temporalmente, es decir, ofrecer al tacto la consistencia de un cuerpo sólido, tal como se ve en las apariciones palpables.

  La naturaleza íntima del Periespíritu no es todavía conocida, pero se puede suponer que la naturaleza de los cuerpos  debe  ser, por una parte, sólida y grosera, y de otra parte sutil y etérea, y que solamente la primera es la que sufre los efectos de la descomposición después de la muerte, mientras que la segunda persiste y acompaña al Espíritu. De modo que el Espíritu tiene una doble envoltura; la muerte no le despoja sino de la más grosera, y la segunda, que constituye el periespíritu, conserva la forma y la huella de la primera, de la que sería como su sombra, pero su naturaleza, esencialmente vaporosa, permitiría al Espíritu modificarla a su gusto y hacerla visible o invisible, palpable o impalpable.

   El Periespíritu es al Espíritu lo que el perisperma es al germen del fruto. La almendra, despojada de su envoltura leñosa, encierra el germen bajo la envoltura delicada del perisperma.

( Extraído del Diccionario Espiritista de Allan Kardec)

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LA IMPOSIBILIDAD DE LAS PENAS ETERNAS
Imaginemos un joven de veinte años, como tantos que existen actualmente, ignorante, de instintos viciosos, que niega la existencia de su alma y la de Dios, entregado al descontrol y a cometer toda clase de perversidades. Posteriormente, en un medio favorable, ese joven trabaja, se instruye, se corrige gradualmente hasta convertirse en un creyente piadoso. ¿No es ese un ejemplo palpable del progreso del alma durante la vida, ejemplo que se reitera todos los días? Ese hombre muere a edad avanzada como un santo, y por cierto su salvación está asegurada. Con todo, ¿ cuál habría sido su destino si un accidente lo hubiera llevado a la muerte cuarenta o cincuenta años antes? En esa época reunía todas las condiciones necesarias para que fuera condenado; de modo que, una vez condenado, toda forma de progreso le estaría vedada. Nos encontramos, pues, ante un hombre que sólo se salvó porque vivió más tiempo, y que, según la doctrina de las penas eternas, se habría perdido para siempre si hubiera vivido menos, tal vez como consecuencia de un accidente fortuito. Dado que su alma pudo progresar en un momento determinado, ¿por qué razón no habría podido progresar también después de la muerte, en caso de que una causa ajena a su voluntad le hubiera impedido hacerlo en vida? ¿Por qué Dios le habría negado los medios? El arrepentimiento, aunque tardío, no habría dejado de llegar. En cambio, si desde el instante mismo de su muerte se le hubiese impuesto una condena irremisible, su arrepentimiento habría sido infructuoso por toda la eternidad, y su aptitud para progresar habría quedado anulada para siempre.
El dogma de la eternidad absoluta de las penas es, por lo tanto, incompatible con el progreso de las almas, al cual opone una barrera infranqueable. Ambos principios se anulan recíprocamente, pues la existencia de uno implica forzosamente el aniquilamiento del otro. ¿Cuál de los dos es real? La ley del progreso existe realmente: no se trata de una teoría, sino de un hecho confirmado por la experiencia; es una ley de la naturaleza, ley divina, imprescriptible. Así pues, si esta existe y no puede conciliarse con la otra, entonces la otra no existe. Si el dogma de la eternidad de las penas fuese verdadero, san Agustín, san Pablo y tantos otros jamás habrían visto el Cielo en caso de que hubieran muerto antes de realizar el progreso que los condujo a la conversión.
A este último argumento responderán que la conversión de esos santos personajes no fue el resultado del progreso del alma, sino de la gracia que se les concedió y por la que fueron tocados.
Con todo, eso es un juego de palabras. Si esos santos practicaron el mal, y más tarde el bien, significa que mejoraron. Por consiguiente, progresaron. ¿Por qué Dios les habría concedido como favor especial la gracia de que se corrigieran? ¿Por qué a ellos sí y a otros no? Siempre se nos responde con la doctrina de los privilegios, incompatible con la justicia de Dios y con el amor que dispensa por igual a todas las criaturas.
Según la doctrina espírita, de acuerdo con las palabras mismas del Evangelio, con la lógica y con la justicia más rigurosa, el hombre es hijo de sus obras, tanto en esta vida como después de la muerte. No le debe nada a la gracia. Dios lo recompensa por los esfuerzos que realiza, y lo castiga por su negligencia durante todo el tiempo que se obstina en ella.

( A. Kardec- El Cielo y el Infierno )

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