INQUIETUDES ESPÍRITAS
1.- El espírita ante sí mismo
2.- Teoría de la alucinación (1 de 2 )
3.- Teoría de la alucinación ( 2 de 2 )
4.- El Aura
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EL ESPÍRITA ANTE SÍ MISMO
Todo hombre es demasiado indulgente para consigo
mismo. Siempre encuentra medios para justificar su conducta, aunque ésta no sea
lo suficientemente correcta. Procura siempre disculpar sus defectos y atenuar
sus faltas. Tanto es así, que escuchamos a menudo, de aquellos a quienes
hablamos de Espiritismo: «Yo no creo en nada, apenas acompaño a la mayoría;
pero, en lo que concierne a la otra vida, creo que lo mejor es hacer todo el
bien posible. Así, si existe alguna cosa después de esta vida, nada de malo
podrá acontecerme».
Esos hombres entienden que practican el bien
siendo buenos padres, no haciendo ningún mal, ni en su casa ni fuera de ella,
pagando todas sus deudas, cumpliendo sus compromisos y dando algunas limosnas
cuando les place. Acreditan que así cumplen con el deber y están preparados
para cuando sean llamados a juicio. ¡Pero cómo están engañados!
La sociedad procede mal, y lo que a veces para
ella es corriente, constituye falta grave ante la ley divina. No basta evitar
el mal. Es necesario hacer el bien, mucho bien. ¿Y cómo el hombre sabe si está
haciendo mal o bien, si no sigue la ley divina, mas observa apenas la ley
humana? ¿Aún que cumpla sus deberes sociales, dónde estará la práctica del
«amarás al prójimo como a ti mismo»? ¿Y del pagarás el mal con el bien; si te
hieren en un lado de la cara presentarás el otro; bendecirás a los que te
maldicen; orarás por los que te persiguen y calumnian?
Las leyes humanas no cubren las faltas que no
figuran en el código penal, pero las leyes divinas alcanzan a todas las faltas
que se relacionan con la conciencia. Por eso, los que piensan como encima están
equivocados. Pues si viven en paz, según la ley humana, están en falta con la
ley divina, y cuando sea llegada su hora sufrirán las consecuencias de ese
error. Por otro lado, mientras continúen pensando y obrando de esa manera, la
sociedad no se reformará, y todos continuarán siendo víctimas del propio
egoísmo y de la falsa interpretación de la ley, que inevitablemente dará a cada
uno según sus propias obras.
Nosotros, los espíritas, no debemos proceder así.
Todo espírita deberá ser muy severo consigo mismo. Nunca, en su íntimo, deberá
disculparse una falta, nunca deberá procurar atenuantes para justificar su
conducta, cuando ésta deja que desear. Deberá ser siempre el primero y el más
severo juez de sí mismo. No puede olvidar que está en este mundo y tiene que
sufrir y luchar por causa de su atraso, de sus imperfecciones y de sus
deficiencias, y que urge libertarse de todo lo que sea contrario al amor, a la
virtud, a la caridad, a la justicia. Pues, de lo contrario, en vano procurará
la paz y nunca podrá honrar la doctrina que profesa, ni será digno de llamarse
espírita.
Bien sabemos cuánto es difícil ser justos en
todas las cosas. Mas el espírita, aunque conserve aún los residuos de lo que
fue en el pasado, debe luchar constantemente para avanzar en el camino de la
depuración, sin desalentarse delante de las dificultades que encuentra para rehabilitarse, hasta llegar a ser una criatura enteramente digna. Para
conseguirse eso, aconsejamos una práctica que hemos seguido durante muchos
años, y que nos dio los mejores resultados, ayudándonos a obtener todas las
condiciones necesarias para alcanzar nuestro propósito de vivir con justicia,
dentro del amor de Dios. Cada espírita procurará, todos los días, antes de
acostarse, hacer un examen de todo lo que sintió y realizó en la jornada
transcurrida. Hay tres maneras de cometer faltas: por pensamientos, palabras y
actos. La falta por pensamientos deriva de pasiones injustas o mal contenidas,
de no ser indulgente para las faltas del prójimo, de codiciar cosas indebidas.
El espírita puede sentir deseos condenados por la
ley divina. Falta por pensamiento. Los espíritus perturbadores muchas veces
tientan al espírita a través de deseos indebidos. Muchas veces consiguen
mantenerlo bajo su dominio. Aunque él no llegue a cometer la falta, esto le
causa malestar y le imposibilita, mientras está bajo la tentación, de concebir
buenos pensamientos y buenos deseos y, por tanto practicar el bien. Al hacer el
examen diario, viendo que está sugestionado por malos pensamientos, el espírita
debe tomar el firme propósito de resistir a esas influencias impuras y faltas
de caridad. Para eso, pedirá fuerzas al Padre, recordará la pureza de las
palabras y de los actos del Maestro Sublime, y no debe olvidarse de que todos
tenemos un Ángel-Guardián, encargado de guiamos, el cual tendrá mucha
satisfacción en colaborar en nuestra regeneración, ayudándonos como sus
protegidos, desde que persistamos en los buenos propósitos.
A veces no se consigue un resultado inmediato,
aunque eso ocurra, el espírita que cometió falta por pensamiento no debe
acobardarse, mas persistir, día a día, en sus buenos propósitos, pedir y
confiar, y después verá cómo sus esfuerzos serán coronados de completo éxito.
Entonces se sentirá más tranquilo, los buenos pensamientos lo envolverán y
conseguirá sin más dificultades entregarse a la práctica del bien. ( Confiado en la ley de la evolución, y sabiendo que la construcción del bien es difícil
en un mundo todavía inferior como es el nuestro, en el que prevalece el mal, el
espírita no debe acobardarse ante los primeros fracasos. Aunque la victoria
demore en llegar, su deber es luchar, apelando constantemente al Alto, pues la
Doctrina le enseña que no fuimos hechos para la perdición, mas sí para la
salvación. Si las fuerzas le faltasen, debe levantarse de cada caída haciendo
nuevos propósitos de vencer y renovando sus pedidos al Espíritu Protector) (6).
Falta por palabras. – Si cometió falta por palabras, siendo indiscreto por
imprevidencia, intolerante o brutal, el espírita no debe llenarse de amor
propio, mas, reconociendo su error, ha de sin más tardar, procurar el ofendido
o los ofendidos y darles plena satisfacción, con absoluta sinceridad,
demostrando verdadero arrepentimiento, hasta conseguir que la falta le sea
perdonada. Entonces, al hacer su examen de conducta, el espírita tiene algo más
que pedir al Padre y rogar al Señor, que tan amable fue para con todos.
Debe llamar con vehemencia a su Guía Espiritual
procurando tomar las buenas resoluciones que sean necesarias para corregirse de
ese defecto, haciendo todo para cumplir los buenos propósitos que tomar. Si no
consigue el triunfo tan deprisa como lo desearía, no debe tampoco acobardarse,
mas resistir y perseverar, pidiendo, arrepintiéndose y dando tantas
satisfacciones a los otros como sean necesarias, cada vez que incurrir en esa
falta. Todo eso sin olvidarse de que esa conducta le garantizará la Protección
del Alto y le pondrá en condiciones de ser reconocido, por las personas de sus
relaciones, como una criatura de buena voluntad, a pesar de sus defectos. Esa
actitud hará que, sin demora, vea corregidos los impulsos que lo llevaban a la
falta por palabras. Falta por acción.- Si la falta es por acción, es más grave,
y el espírita debe procurar, por todos los medios posibles, evitar incurrir en
ella de nuevo. Hay acciones que pueden constituir faltas leves, como otras que
pueden ser graves. Las primeras, el espírita puedo corregirlas con la ayuda de
Dios, de los Buenos Espíritus y de sus hermanos encarnados.
Digo con la ayuda de éstos también, porque el
espírita, cuando incurre en una falta de esa naturaleza, no debe fiarse de sí
mismo, mas, allá de sus propósitos y de la ayuda de los Buenos Espíritus, debe
todavía procurar el consejo de los hermanos que, más experimentados, tengan ya
adquirido otro temperamento y otras virtudes. Siendo humilde y estando
realmente arrepentido de sus faltas, los hermanos pueden ayudarlo con sus
consejos. Así, con el auxilio del Alto, de los hermanos en la Tierra, y
afirmado en sus propósitos, puede llegar a corregirse y tomarse un espírita
correcto. Si la falta es grave, acarrea consecuencias que no se borran apenas
con buenos propósitos, puesto que exigen también la expiación; Por eso,
aconsejamos a todo espírita, que infelizmente tenga incurrido en una falta
grave, la práctica de una grande penitencia, como único medio de borrarla.
Entendemos por penitencia el olvido de todo lo que pueda desviarlo de la
corrección necesaria; una vida de recato, de abnegación, sufriendo todo por
amor a Dios y como medio de reparación; dedicarse a la caridad para con los
pobres, los dolientes, los afligidos, sin pensar sino en agradar a Dios y ser útil
al prójimo, en la medida de sus fuerzas. Solamente así conseguimos borrar las
faltas graves.
Así pues, el espírita que, en los exámenes de
conciencia, se encuentra desgraciadamente en este caso, tendrá que hacer
grandes esfuerzos de arrepentimiento y muchos propósitos decisivos, no
reculando hasta conseguir su rehabilitación. Mucho pueden el arrepentimiento,
la oración y la práctica de la caridad. Los espíritas que sigan nuestros
consejos, y las prácticas que indicamos en los capítulos anteriores, mucho podrán
adelantarse y mucho podrán encontrar en la vida futura. De lo contrario, muy
difícil les será salir de esta existencia y tener una vida tranquila y feliz en
el Espacio. Hay espíritas que -y no son pocos- viven siguiendo los impulsos de
su corazón, sin preocuparse con las faltas de pensamientos y de palabras.
Aunque atenten para las acciones, no dan la suficiente importancia al problema
de la justicia en la conducta. Ésos, aunque no practiquen faltas graves, viven
sin una regla segura y no avanzan, y en muchas cosas se diferencian poco de los que
no son espíritas. Esos hermanos van mal, y están expuestos a caer en malas
condiciones cuando dejen la Tierra.
El procedimiento de hoy puede costarles en el
futuro muchas lágrimas y muchos sufrimientos. Por eso, muchos espíritas
desencarnados, según hemos visto en nuestros estudios, cayeran en mala
situación, siendo pocos los que adquieren una posición brillante en el Espacio.
Es la falta de estudio de sí mismos, del cuidado en la manera de hablar, de
pensar y de obrar, que acarrea esas consecuencias. Hay, pues, que vivir
apercibidos, no distraerse en la vida terrena, aprovecharse de ella para el
progreso, para la conquista del verdadero bienestar. Es necesario orar, pedir,
suplicar y también aconsejarse con los que tienen más experiencia de la vida de
purificación. Hay que consultar libros de moral espírita, sobre todo El
Evangelio según el Espiritismo, de Allan Kardec, en el cual están previstos
muchos de los peligros con los que nos podemos enfrentar en la vida terrena. Es
preciso no olvidar -esto todos los espíritas deben tener presente- que el
tiempo de nuestra vida en la Tierra es sumamente corto, y que el tiempo que
tendremos que pasar, y que sin remisión nos espera en el Espacio, será
sumamente largo, siendo felices o infelices, según hayamos cumplido o dejado de
cumplir nuestros deberes espirituales. Procuremos, pues, progresar en virtudes,
en amor, en adoración al Padre, en respeto y veneración para con nuestros
semejantes, y no dudemos de que nuestra felicidad será grande. Tendrán llegado
a su fin los sufrimientos y los males, que por tantos años nos afligen y nos
mantienen retenidos en planetas de expiación.
Miguel Vives
Extraído del libro “El Tesoro de los Espíritas”
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Teoría de la alucinación
(1 de 2 )
111.
Aquellos que no admiten la existencia del mundo incorporal e
invisible creen que pueden explicar todas las manifestaciones con la palabra
alucinación. La definición de esa palabra es conocida: alude al error, a la
ilusión de una persona que cree tener percepciones que en realidad no tiene
(del latín allucinari, errar, divagar; manifestaciones visuales que vienen de
ad lucem).
Sin embargo, por lo que sabemos, los científicos no han
presentado todavía la razón fisiológica de ese hecho.
Dado que la óptica y la fisiología ya no parecen tener más
secretos para ellos, ¿cómo es que todavía no explicaron la naturaleza y el
origen de las imágenes que se muestran al espíritu en determinadas
circunstancias?
Estamos de acuerdo en que quieran explicar todas las manifestaciones por medio de las leyes de la materia. Que ofrezcan, pues, con el auxilio de esas leyes, una teoría de la alucinación. Buena o mala, será siempre una explicación.
112.
La causa de los sueños jamás ha sido explicada por la ciencia.
Esta los atribuye al efecto de la imaginación, pero no nos dice qué es la
imaginación ni cómo produce esas imágenes tan claras y nítidas que, en
ocasiones, se nos aparecen. Es como explicar una cosa que no es conocida por
medio de otra que tampoco lo es. La cuestión, por lo tanto, queda sin resolver.
Se dice que son un recuerdo de las preocupaciones de la vigilia.
Con todo, aunque se admitiera esta solución —que nada resuelve—,
todavía quedaría por saber cuál es el espejo mágico que conserva de ese modo la
impresión de las cosas. ¿Cómo se explican, sobre todo, esas visiones de cosas
reales que la persona nunca ha visto en estado de vigilia, y en las que incluso
nunca pensó?
Solo el Espiritismo nos da la clave de ese extraño fenómeno, que
pasa desapercibido precisamente por ser común, como sucede con todas las
maravillas de la naturaleza que pasamos por alto.
Los científicos no se han dignado ocuparse de la alucinación.
Sin embargo, más allá de que sea real o no, constituye un fenómeno que la
fisiología tendría que ser capaz de explicar, so pena de confesar su
incompetencia.
Si un día un científico decide presentar —no una definición,
entendámonos bien, sino— una explicación fisiológica de la alucinación, veremos
si su teoría resuelve todos los casos y, sobre todo, si no omite los hechos tan
comunes de apariciones de personas en el momento de la muerte. Veremos, además,
si explica por qué la aparición coincide con la muerte de la persona.
Si esto fuera un hecho aislado, se lo podría atribuir al acaso,
pero es muy frecuente, y el acaso no comete esas reiteraciones.
Podría suponerse que la imaginación del que ve la aparición está
impresionada por la idea de que la persona estaba a punto de morir. Sin
embargo, la que aparece es casi siempre una persona en la que no se pensaba.
Por consiguiente, la imaginación no se aplica en este caso.
Más difícil todavía es atribuir a la imaginación el conocimiento
de las circunstancias en que se produjo la muerte, cuando el que ve la
aparición no tiene la menor información al respecto.
Los partidarios de la alucinación dirán que el alma —si es que
admiten la existencia del alma— tiene momentos de sobreexcitación en los que
sus facultades se encuentran exaltadas. Estamos de acuerdo. Pero cuando lo que
ve es real, ya no se trata de una ilusión. Si en su exaltación el alma ve algo
que no está presente, eso se debe, pues, a que ella se traslada. Ahora bien, si
nuestra alma puede trasladarse hasta el lugar donde se encuentra una persona
ausente, ¿por qué razón el alma de esa persona no podría trasladarse hasta
donde estamos nosotros?
Los partidarios de la teoría de la alucinación deben tomar en
cuenta y explicar estos hechos, y no olvidarse de que una teoría a la que se
pueden oponer hechos que la refutan es, necesariamente, falsa o incompleta.
Mientras aguardamos esa explicación, vamos a tratar de expresar algunas ideas al respecto.
113.
Los hechos demuestran que hay apariciones verdaderas,
perfectamente explicables mediante la teoría espírita, y que solo pueden ser
negadas por los que no admiten nada fuera del organismo. Sin embargo, a la par
de esas visiones reales, ¿no habrá alucinaciones en el sentido que se atribuye
a esta palabra? No cabe duda. ¿Cuál es su origen?
Los Espíritus nos indicarán el camino, pues parece que la
explicación del fenómeno está por completo en las respuestas que ellos dieron a
las siguientes preguntas:
—¿Las visiones son siempre reales? ¿No serán algunas veces
efecto de una alucinación? Cuando vemos, por ejemplo, en sueños o de otra
manera, al diablo u otras cosas fantásticas que no existen, ¿no será eso
producto de la imaginación?
Respuesta de los Espíritus:
“Sí, algunas veces. Cuando alguien se dejó impresionar por
ciertas lecturas o por historias de hechicería, al recordarlas cree que vio lo
que no existe. Pero ya hemos dicho también que el Espíritu, mediante su
envoltura semi-material, puede adoptar todo tipo de formas para manifestarse.
Así, un Espíritu burlón podría aparecerse con cuernos y garras, si así lo
deseara, para divertirse a costa de la credulidad del que lo ve, del mismo modo
que un Espíritu bueno podría mostrarse con alas y con una figura radiante.”
—¿Es posible considerar como apariciones las figuras y otras
imágenes que a menudo se presentan durante la somnolencia, simplemente cuando
cerramos los ojos?
Respuesta:
“Tan pronto como los sentidos se entorpecen, el Espíritu se
desprende y puede ver a lo lejos o cerca aquello que no podría ver con los
ojos. Con mucha frecuencia esas imágenes son visiones, pero también pueden ser
un efecto de las impresiones que la vista de ciertos objetos ha dejado en el
cerebro, de las que conserva vestigios, del mismo modo que conserva los de los
sonidos. En este caso, el Espíritu desprendido ve en su propio cerebro las
impresiones que ahí se fijaron como en una placa fotográfica. La variedad y la
mezcla de esas impresiones forman conjuntos extravagantes y fugaces, que se
disipan casi de inmediato, pese a los esfuerzos que se hagan para retenerlos. A
una causa semejante se deben atribuir ciertas apariciones fantásticas, que nada
tienen de reales y que muchas veces se producen durante una enfermedad.”
Es cierto que la memoria es el resultado de las impresiones
conservadas por el cerebro. Ahora bien, ¿por qué singular fenómeno esas
impresiones, tan variadas y múltiples, no se confunden? Se trata de un misterio
impenetrable, aunque no más extraño que el de las ondas sonoras que se cruzan
en el aire y, sin embargo, se conservan diferentes.
En un cerebro saludable y bien organizado, esas impresiones son
claras y precisas. En un estado menos favorable, se borran y se confunden. De
ahí la pérdida de la memoria o la confusión de las ideas. Esto parecerá aún
menos extraordinario si admitimos, como lo hace la frenología, un destino
especial para cada parte, e incluso para cada fibra, del cerebro.
Así pues, las imágenes que llegan al cerebro a través de los
ojos dejan en él una impresión, en virtud de la cual, por ejemplo, nos
acordamos de un cuadro como si aún lo tuviéramos delante de nosotros. Con todo,
se trata de una cuestión de memoria, porque el cuadro ya no está. Ahora bien,
en cierto estado de emancipación el alma ve lo que está en el cerebro y vuelve
a encontrar en él esas imágenes, sobre todo las que más la han impresionado,
conforme a la naturaleza de las preocupaciones o de las disposiciones del
ánimo.
...//... ( Continúa y finaliza en la parte 2 )
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TEORÍA DE LA ALUCINACIÓN
(2 de 2 )
...//... ( Continuación del anterior)
De esa forma encuentra nuevamente las impresiones de escenas
religiosas, diabólicas, dramáticas, mundanas, de figuras de animales raros que
ha visto en otra época en pinturas, o que incluso leyó o escuchó en relatos,
pues estos últimos dejan también impresiones. Así, el alma ve realmente, pero
solo ve una imagen fotografiada en el cerebro.
En estado normal, esas imágenes son fugaces y efímeras, porque
todas las partes del cerebro funcionan libremente. En cambio, durante una
enfermedad, el cerebro siempre está más o menos debilitado: el equilibrio entre
los órganos se pierde y solo algunos conservan su actividad, mientras que otros
permanecen en una especie de parálisis. De ahí la persistencia de ciertas
imágenes, que las preocupaciones de la vida exterior ya no consiguen borrar,
contrariamente a lo que sucede en estado normal. Esa es la verdadera
alucinación y la causa principal de las ideas fijas.
Como se ve, hemos explicado esta anomalía por medio de una ley
muy conocida y absolutamente fisiológica: la de las impresiones cerebrales.
Pero ha sido necesario recurrir a la intervención del alma. Ahora bien, si los
materialistas todavía no han podido ofrecer una solución satisfactoria para
este fenómeno, es porque no quieren admitir la existencia del alma. Por eso
mismo afirmarán que nuestra explicación es mala, debido a que nos apoyamos en
un principio que está cuestionado.
¿Cuestionado por quién?
Por ellos.
Pero admitido por la inmensa mayoría de los hombres desde que
existen en la Tierra. La negación de algunos, por lo tanto, no puede erigirse
en ley.
¿Es buena nuestra explicación? La ofrecemos por lo que pueda
valer y, si se quiere, a título de simple hipótesis, mientras no aparezca otra
mejor. Tal como fue presentada, ¿explica todos los casos de visión? Por cierto
que no. Pero desafiamos a los fisiólogos a que presenten una sola explicación
que, desde su exclusivo punto de vista, resuelva todos los casos, ya que nada
dicen cuando pronuncian sus palabras sacramentales: sobreexcitación y
exaltación.
Por consiguiente, si todas las teorías de la alucinación son incapaces de explicar la totalidad de los hechos, entonces existe algo más allá de la alucinación propiamente dicha. Nuestra teoría sería falsa si la aplicáramos a todos los casos de visión, porque algunos podrían contradecirla. No obstante, es legítima si se la restringe a ciertos efectos.
EXPLICACIÓN FINAL — Basada en El Libro de los Médiums (Allan Kardec)
En El Libro de los Médiums, Allan Kardec analiza el fenómeno de
las visiones, las apariciones y las alucinaciones desde un punto de vista
racional, filosófico y espiritual. Su objetivo no es imponer una creencia, sino
comprender los hechos y distinguir lo real de lo imaginario. Esta explicación
se apoya fielmente en los conceptos kardecianos sin agregar doctrinas ajenas.
1. La diferencia esencial entre visión y alucinación
Kardec enseña que:
Una visión real es la percepción de un Espíritu, producida por
la emancipación del alma o por una manifestación mediúmnica.
Una alucinación, en cambio, es un fenómeno interno del observador,
provocado por impresiones almacenadas en el cerebro.
El punto clave del Espiritismo es que ambos fenómenos existen, y
que comprenderlos exige estudiar tanto la parte fisiológica como la parte
espiritual.
2. El papel del alma durante el sueño o la somnolencia
Según Kardec, cuando el cuerpo descansa:
El espíritu se desprende parcialmente.
Recupera facultades más amplias que las del estado de vigilia.
Puede ver a distancia, percibir Espíritus, o simplemente revisar
imágenes grabadas en el cerebro.
Esta idea explica por qué algunas visiones son verdaderas y otras son simples
reproducciones de recuerdos, emociones o temores.
3. Las imágenes almacenadas en el cerebro
Kardec señala que el cerebro guarda impresiones como una placa
fotográfica:
Escenas vistas.
Historias leídas.
Imaginaciones creadas.
Emociones intensas.
Cuando el alma se desprende, puede “ver” estas impresiones
internas como si fueran reales. Esto constituye, en sentido técnico, la
alucinación espírita, un fenómeno natural y no necesariamente patológico.
4. Fenómenos que la alucinación no puede explicar.-
El autor destaca que existen casos que superan la explicación
fisiológica:
Apariciones de personas que mueren en ese mismo instante.
Informaciones desconocidas por el vidente.
Visiones compartidas por varias personas al mismo tiempo.
Mensajes coherentes con hechos verificados después.
Kardec afirma que estos casos requieren admitir la intervención
de inteligencias extracorpóreas, es decir, Espíritus.
5. La importancia del método en el Espiritismo
Una de las bases del libro es el estudio serio:
Observación.
Comparación.
Control universal de las enseñanzas de los Espíritus (CUEE).
El Espiritismo no acepta ciegamente ninguna visión ni
manifestación. Kardec insiste en el análisis, el razonamiento y la prudencia
para evitar la superstición.
6. Conclusión kardeciana -
La enseñanza del libro es clara:
Existen alucinaciones, y su explicación puede ser fisiológica.
También hay visiones reales, y su explicación es espiritual.
Ninguna teoría exclusivamente materialista puede abarcar todos
los casos.
El Espiritismo presenta una explicación completa porque considera al ser humano en su doble naturaleza: cuerpo y alma.
- Centro
espírita La Luz del Porvenir- Crevillente -
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EL AURA
Es la fotoesfera coloreada que envuelve al cuerpo. Viene a ser como un halo de energía que nos rodea y aparece luminoso; este halo de luz lo emanamos de nuestro cuerpo todos los seres en mayor o menor grado de intensidad, aunque a simple vista la mayoría de las personas no lo apreciemos.
En realidad existen tres auras diferentes que forman el aura humana, que se superponen configurando como una sola:
La primera es el Aura Vital, que corresponde al cuerpo vital que se interpenetra en el cuerpo físico, al que rodea y sobrepasa en dos centímetros aproximadamente. Se la conoce como el “Aura de la Salud”, porque de su observación y análisis se pueden captar y deducir dolencias físicas aun antes de que se manifiesten en el cuerpo físico. Esta aura se alimenta de las energías cósmicas o Prana que capta el cuerpo físico a través de los chacras, los cuales la reciben a través de la alimentación y de la respiración. Este aura “orgánica” puede ser fotografiada mediante la “Cámara Kirlian”. Este aura no es exclusiva de los seres humanos sino que también existe en los demás reinos de la Naturaleza. Como sabemos, el Cuerpo Vital es agente transmisor de energías entre el Cuerpo Espiritual y el Cuerpo Físico, lo cual está acreditado por la existencia de enfermedades psicosomáticas en las que un conflicto psíquico se transmite y afecta al organismo físico a través del Cuerpo Vital, y termina por generar una dolencia física, tal como infartos de corazón, úlceras de estómago, cáncer, etc.
La segunda Aura es la del Cuerpo Astral (Periespíritu), que tiene forma ovoidal, rodeando al cuerpo de la persona y sobrepasando a la anterior, con una extensión de entre diez y cuarenta centímetros, siendo más luminosa por su parte superior que es de una tonalidad más intensa y varía de color dependiendo del estado emotivo de la persona a cada momento, así como de los sentimientos y los deseos que esté experimentando.
La tercera es el aura del Espíritu que sobrepasa a las anteriores y tiene tonalidades fijas que reflejan el estado o nivel espiritual evolutivo de la persona, según sea su grado de inteligencia, amor y fortaleza espiritual. En Seres altamente evolucionados, este aura tiene una gran extensión, llegando a irradiar hasta varios metros alrededor de su cuerpo. El aura espiritual es la que han representado pintores y escultores rodeando las imágenes de santos en los más antiguos libros sagrados, lo cual indica que la Videncia Psíquica, de la que hablamos en el próximo capítulo, es tan antigua como el ser humano.
Todas estas auras son susceptibles de ser vistas y descritas por personas con la facultad psíquica adecuada para captar esta clase de videncias, aunque la mayoría de los humanos, con el debido entrenamiento y práctica podemos desarrollar esta habilidad.
El aura y las relaciones humanas
Cuando el grado de aproximación física es elevado, suele producirse una “interrelación de campos magnéticos”, por la que los sentimientos de atracción o de repulsión, según la afinidad que haya entre ambos sujetos, se intercambian instantáneamente. Esta interrelación afecta al “magnetismo animal” o “Aura Vital” del cuerpo físico, lo cual explica esos casos de personas que captan y sufren físicamente, incluso a distancia, las dolencias de otros que les están psíquicamente ligados por sentimientos afines o simplemente por compenetración psicológica o afectiva.
En esta interrelación de campos magnéticos, además de los sentimientos y los desequilibrios energéticos que afectan a un organismo, pasando sus sensaciones al otro, también a veces se dan casos de personas con un alto nivel de energía vital que a través de este proceso, al entrar en contacto con otros que por cualquier causa tal como una enfermedad física o psíquica, experimentan de modo brusco un “bajón vital” y se encuentran de repente con pocas energías, decaídos y hasta deprimidos. Esto es debido a que estas energías como cualquier fluido por un principio similar al de los vasos comunicantes, se transmiten normalmente desde donde hay más hacia el que tiene menos, y tanto los enfermos físicos como los desequilibrados psíquicos, suelen tener niveles de energía vital y psíquica, bajos o contaminados por vibraciones de energía negativa, por lo que, generalmente aun de modo inconsciente, estas personas actúan como vampiros de esta energía vital que les falta.
En las auras espirituales y
periespirituales se conserva la memoria subconsciente con sus recuerdos grabados, así como los sentimientos
e impresiones de vidas anteriores, por lo que de modo inconsciente se atraen o
se repelen entre ellas, según que los
recuerdos del subconsciente sean de una relación mutua grata o ingrata; si
fueron de amor o de odio. Cuando más adelante hablemos de Reencarnación, se
comprenderá mejor cómo el Ser
reencarnante con su periespíritu,
puede transmitir los valores, fobias, simpatías, y defectos
a la nueva persona que lo reencarna.
- José Luis Martín-
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