jueves, 20 de abril de 2023

Bebés Probeta

 INQUIETUDES  ESPÍRITAS

1.- ¿ De qué están hechos los espíritus ?

2.- Perdonar

3.- Evolución anímica.

4.- Bebés probeta

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     ¿ DE QUÉ ESTÁN HECHOS LOS ESPÍRITUS ?                      


   Separada la opinión materialista, como condenada a la vez por la razón y por los hechos, todo se reduce                  a  saber si el alma después de la muerte puede manifestarse a los vivos.

   La cuestión, reducida de este modo a la más simple expresión, se encuentra singularmente despejada. Se                  podría preguntar, desde luego, por qué seres inteligentes que en cierto modo viven en nuestro centro,                 aunque invisibles por su naturaleza, no podrían atestiguar su presencia de una manera cualquiera. La                 simple razón dice que para esto no hay nada absolutamente imposible y esto es ya alguna cosa.

  Esta creencia tiene, por otra parte, el asentimiento de todos los pueblos, porque se la encuentra por todas           partes y en todas las épocas.

   Una causa, sobre todo, ha contribuido a fortificar la duda en una época tan positiva como la nuestra, en                que se procura darse cuenta de todo, en que se quiere saber el por qué y el cómo de cada cosa, y consiste                 en  la ignorancia de la naturaleza de los Espíritus y de los medios por los cuales pueden manifestarse.                 Adquirido este conocimiento, el hecho de las manifestaciones nada tiene de sorprendente y entra en el                orden de los hechos naturales.

   La idea que uno se forma de los Espíritus hace a primera vista incomprensible el fenómeno de las    manifestaciones. Estas manifestaciones no pueden tener lugar sino por la acción del Espíritu sobre la                materia; por esto los que creen que el Espíritu es la ausencia de toda materia, se preguntan, con alguna         apariencia de razón, cómo puede obrar materialmente. Pero ahí está el error, porque el Espíritu no es una abstracción: es un ser definido, limitado y circunscrito.

   El Espíritu encarnado en el cuerpo, constituye el alma; cuando lo deja a la muerte, no sale despojado de            toda  envoltura.          
   Todos los Espíritus nos dicen que  conservan la forma humana, y en efecto, cuando se nos aparecen es                bajo la que nosotros les conocíamos.                          
   Observémosle atentamente en el momento en                  que acaban de dejar la vida; están en un estado de                    turbación;  todo está confuso a su alrededor; ven                    su cuerpo sano o mutilado según el género de              muerte;  por otra parte se ven y se sienten vivir;                alguna cosa les dice que este cuerpo le pertenece                    y no comprenden que estén separados de él.             Continúan viéndose bajo su   forma primitiva, y                esta visión produce en algunos, durante cierto               tiempo, una singular ilusión: la de creerse aún vivos.

   Disipado este primer momento de turbación, el cuerpo viene a ser para ellos un vestido viejo, del cual                     se han despojado, y que no lo echan de menos; se sienten más ligeros y como desembarazados de un                   peso; no experimentan ya dolores físicos, y son muy felices en poder elevarse, recorrer el espacio así                   como lo hacían diferentes veces, viviendo en sueños. Sin embargo, a pesar de la ausencia del cuerpo,             acreditan su personalidad; tienen una forma, pero una forma que no les molesta ni les embaraza; ellos,                     en fin, tienen la conciencia de su yo y de su individualidad.

¿Qué debemos deducir de todo esto? Que el alma no lo deja todo en la tumba, y que algo se lleva consigo.

   Numerosas observaciones y hechos irrecusables de que tendremos que hablar más tarde nos han                 conducido a esta consecuencia, a saber que en el hombre hay tres cosas:
1) el alma o Espíritu, principio inteligente en quien reside el sentido moral
2) el cuerpo material, envoltura grosera, de la que está temporalmente revestido para el cumplimiento de            ciertas miras providenciales.
3) el periespíritu, envoltura fluídica semimaterial, sirviendo de lazo entre el alma y el cuerpo.

La muerte es la destrucción o, mejor, la desagregación de la envoltura grosera, de aquella que el alma          abandona; la otra se separa y sigue al alma, que se encuentra de esta manera tener siempre una envoltura;              esta última, bien que fluídica, etérea, vaporosa, invisible para nosotros en su estado normal, no por eso deja                  de ser materia, aunque hasta ahora no hayamos podido cogerla y someterla a análisis.

Esta segunda envoltura del alma o periespíritu existe pues.        durante la vida corporal; es el intermediario de todas  las    sensaciones que percibe el Espíritu, aquel por el  cual  el          Espíritu transmite su voluntad al exterior y  sobre los             órganos.  Para servirnos de una comparación material, es                 de hilo eléctrico conductor que  sirve a la recepción y a                     la transmisión del pensamiento; es, en fin, ese agente          misterioso, inaccesible, designado con el nombre de fluido      nervioso, que tan gran papel juega en la economía, y del                 que no se tiene  bastante cuenta en los fenómenos               fisiológicos y patológicos. No considerando la medicina sino el elemento material ponderable, se priva                    en la apreciación de los hechos de una causa incesante de acción. Pero no es este el lugar de examinar                    esta cuestión tan solo haremos observar que el conocimiento del periespíritu es la llave de una porción de     problemas hasta ahora inexplicables.

El periespíritu no es una de esas hipótesis a las cuales se han recurrido algunas veces en la ciencia para la  explicación de un hecho; su existencia revelada por los Espíritus, es también resultado de observaciones.         Durante su unión con el cuerpo, o aun después de su separación, el alma no está nunca separada de su      periespíritu.

Se ha dicho que el Espíritu es una llama, una chispa: ésta debe entenderse del Espíritu propiamente dicho,           como principio intelectual y moral, y al cual no se podría atribuir una forma determinada; pero en                cualquier  grado que se encuentre, está siempre revestido de una envoltura o periespíritu cuya naturaleza                   se va haciendo más etérea a medida que se purifica y se eleva en la jerarquía; de tal suerte, que para               nosotros la idea de forma es inseparable de la de espíritu, y que no concebimos la una sin la otra. El            periespíritu forma, pues, parte integrante de hombre; pero el periespíritu solo no es el Espíritu como el               cuerpo solo no es el hombre, porque el periespíritu no piensa; es al Espíritu lo que el cuerpo es al hombre                   ; esto es, el agente o instrumento de su acción.

   La forma del periespíritu es la forma humana y cuando nos aparece es generalmente aquella bajo la cual           hemos conocido al Espíritu en su vida. Se podría creer, según esto, que el periespíritu, separado de todas                 las partes del cuerpo, se amolda de algún modo sobre él y conserva su tipo, pero no parece que sea así.

  La forma humana, con algunas diferencias de detalle y salvo las modificaciones     orgánicas necesarias para el centro en el cual el ser está llamado a vivir, se            encuentra en los habitantes de todos los globos; al menos esto es lo que dicen los   Espíritus; es igualmente la forma de todos los Espíritus no encarnados y que no                  tienen más que el periespíritu; es aquella bajo la que en todo tiempo se han          representado los ángeles o  Espíritus puros; de donde debemos deducir que la forma humana es la forma                tipo de todos los seres humanos a cualquier grado que pertenezcan.


  Pero la materia sutil del periespíritu no tiene la tenacidad ni la rigidez de la materia compacta del cuerpo;                 es, si podemos expresarnos así, flexible y expansible por esto la forma que toma, aunque calcada sobre la               del cuerpo, no es absoluta; se pliega a voluntad del Espíritu, quien puede darle tal o cual apariencia a su             gusto, mientras que la envoltura sólida le ofrece una resistencia insuperable. Desembarazado de esa traba              que le comprimía el periespíritu se extiende o se estrecha, se transforma, en una palabra, se presta a todas                las metamorfosis, según la voluntad que obra sobre él. A consecuencia de esta propiedad de su envoltura            fluídica, es como el Espíritu que quiere hacerse reconocer, puede, cuando esto es necesario, tomar la                  exacta  apariencia que tenía en vida, hasta la de los accidentes corporales que pueden ser signos de      reconocimiento.

Los Espíritus, como se ve, son, pues, seres semejantes a nosotros, formando a nuestro alrededor toda una          población invisible en el estado normal; decimos en el estado normal porque, como lo veremos, esta          invisibilidad no es absoluta.

Hemos dicho que, aunque fluídica, no deja de ser una especie de materia, y esto resulta del hecho de las      apariciones tangibles. Se ha visto, bajo la influencia de ciertos médiums, aparecer manos teniendo todas                   las propiedades de manos vivientes que tienen calor, que se pueden tocar, que ofrecen la resistencia de                     un cuerpo sólido que os agarran, y que de repente se desvanecen como una sombra. La acción inteligente                 de estas manos, que obedecen evidentemente a una voluntad, ejecutando ciertos movimientos, aun                  tocando aires sobre un instrumento prueba que son la parte visible de un ser inteligente invisible. Su            tangibilidad, su temperatura, en una palabra, la impresión que hacen sobre los sentidos, puesto que se ha               visto que han dejado señales sobre la piel, dar golpes dolorosos o acariciar delicadamente prueban que                    son de alguna materia. Su desaparición instantánea prueba también que esta materia es eminentemente                  sutil y se modifica como ciertas sustancias que pueden alternativamente pasar del estado sólido al estado          fluídico y recíprocamente.

La naturaleza íntima del Espíritu propiamente dicho, esto es, del ser pensador, nos es enteramente            desconocida; solo se nos revela por sus actos, y sus actos no pueden afectar a nuestros sentidos materiales             sino a través de un intermediario material. El Espíritu tiene, pues, necesidad de materia para obrar sobre                  la  materia. Tiene por instrumento directo su periespíritu, como el hombre tiene su cuerpo, pues su              periespíritu  es materia, como acabamos de verlo. Tiene en seguida por agente intermediario el fluido            universal, especie  de vehículo sobre el cual obra, como nosotros obramos sobre el aire para producir                 ciertos efectos con ayuda de la dilatación, de la comprensión, de la propulsión o de las vibraciones.

Considerada de esta manera la acción del espíritu sobre la materia, se concibe fácilmente; se comprende              desde luego que todos los efectos que de esto resultan entran en el orden de los hechos naturales, y no                 tienen nada de maravilloso. Sólo han parecido sobrenaturales, porque no se conocía la causa; conocida                  ésta lo maravilloso desaparece y esta causa está toda entera en las propiedades semi-materiales del              periespíritu. Este es un nuevo orden de hecho que una nueva ley viene a explicar, y de la cual nadie se        maravillará dentro algún tiempo, lo mismo que sucede hoy día con la correspondencia a larga distancia en        algunos minutos por la electricidad.

Quizá nos preguntarán cómo el Espíritu, con la ayuda de una materia tan sutil, puede obrar sobre cuerpos        pesados y compactos, levantar mesas, etcétera. Seguramente no sería un hombre de ciencia quien pudiera            hacer semejante objeción; porque sin hablar de las propiedades desconocidas que puede tener este nuevo          agente, ¿no tenemos nosotros bajo nuestros ojos ejemplos análogos? ¿Acaso la industria no encuentra sus              más poderosos motores en los gases más rarificados y en los fluidos imponderables? Cuando se ve que el               aire derriba los edificios, que el vapor arrastra masas enormes, que la pólvora gasificada levanta rocas,                   que la electricidad rompe árboles y agujerea murallas, ¿es extraño admitir que el Espíritu, con ayuda de                   su periespíritu, pueda levantar una mesa, sobre todo, cuando se sabe que este periespíritu puede venir a                    ser visible, tangible y obrar como un cuerpo sólido.

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