viernes, 15 de noviembre de 2019

Inteligencia y desarrollo moral

                                                      
                                                         INQUIETUDES ESPÍRITAS

1- Influencia del sueño
2.-La fuerza del Ateísmo
3.-El proceso reencarnatorio
4.- Inteligencia y desarrollo moral










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  INFLUENCIA DEL SUEÑO


La ciencia humana aún no sabe cuál es el poder que entorpece la mente durante el sueño, ni mucho menos, las leyes que lo regulan. Sabe, sin embargo, que existe una actividad mental, y que a través del sueño el cuerpo rehace sus energías.

El sueño es el recuerdo más o menos nítido de las experiencias que el Espíritu trae, al despertar, de su excursión por el Plano Espiritual. Constituye, por eso, una de las evidencias de la realidad del alma. Cuando el cuerpo reposa, el Espíritu libera un poco más sus facultades, al contrario de lo que sucede cuando se encuentra despierto, recordándose, muchas veces, del pasado y hasta penetrando el futuro.
El sueño influye más de lo que creemos en nuestra vida.

El sueño libera enteramente al alma del cuerpo. Cuando dormimos, quedamos en el estado en que, de manera definitiva, nos encontraremos después de la muerte. Los Espíritus que pronto se desprendieran de la materia por ocasión de la muerte, tienen sueño inteligente. Cuando estos duermen, reencuentran la sociedad de otros seres que les son superiores: viajan, conversan y con ellos se instruyen.
Trabajan hasta en obras que, al morir, hallan acabadas. Esto, debe enseñarnos una vez más que no debemos temer a la muerte, puesto que morimos todos los días conforme el decir de un santo.

Esto en cuanto a los Espíritus elevados. Mas para la muchos hombres, que con la muerte se quedan largas horas en esta perturbación, en esta incertidumbre de que os hablaron, estos van a mundos inferiores a la Tierra, donde los llaman antiguos afecciones, y buscan placeres aún más bajos que los que tienen aquí. Van a aprender doctrinas aún más viles, más innobles y más nocivas que las que profesan en vuestro medio. Y lo que establece la simpatía en la Tierra no es sino el hecho de sentirnos, al despertar, aproximados por el corazón a aquellos con quien acabamos de pasar ocho o nueve horas de felicidad o de placer. 

Lo que también explica las antipatías invencibles es que, en el fondo del corazón, sabemos que esas criaturas tienen una conciencia diferente de la nuestra, pues las conocemos sin jamás haberlas visto con los ojos. Es también lo que explica la indiferencia, puesto que no buscamos hacer amigos, cuando sabemos que tenemos otros que nos aman y nos quieren. En una palabra, el sueño influye más de lo que pensáis sobre vuestra vida.

Por efecto del sueño los Espíritus encarnados están siempre en contacto con el mundo de los Espíritus, lo que permite que los Espíritus superiores, sin mucha repulsión, consientan en venir a encarnarse en vuestro medio. Dios quiso que, durante su contacto con el vicio, ellos pudiesen venir a rea-temperarse en la fuente del bien, a fin de no fallar, ellos que vienen para instruir a los otros.

El sueño es la puerta que Dios abre para los amigos del cielo; es el recreo tras del trabajo, la espera de la gran liberación, la liberación final que los debe reintegrar a su verdadero medio.

Las ensoñaciones son el recuerdo de aquello que vuestro Espíritu vio durante el sueño; notad, no obstante, que no soñáis siempre, porque no siempre os recordáis de aquello que visteis o de todo cuanto visteis. No es vuestra alma en todo su desdoblamiento; muchas veces no es más que el recuerdo de la perturbación que acompaña a vuestra partida o a vuestra llegada, a lo que se junta el recuerdo de aquello que hicisteis o lo que os preocupa en el estado de vigilia. Sin esto, ¿cómo explicar esos sueños absurdos, tanto en los más sabios, como en los más simples? Los malos Espíritus también se sirven de los sueños para atormentar las almas débiles y pusilánimes.

Por otro lado, dentro en poco veréis desarrollarse una nueva especie de sueños. Ella es tan antigua como los que conocéis, mas vosotros la ignoráis. Es el sueño de Juana de Arco, o de Jacob, o de los profetas judíos y o de algunos adivinos indianos: este sueño es el recuerdo del alma enteramente desprendida del cuerpo, el recuerdo de esa segunda vida de que os hablaba hace poco.

Procurad distinguir bien esas dos especies de sueños, en aquellos de que os recordáis, pues sin esto caeréis en contradicciones y en errores, funestos para vuestra fe.

 Revista Espirita de 1858,


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                  LA FUERZA DEL ATEÍSMO

  La palabra Ateo, procede del griego ATEOS ( A= Sin, y Teos= Dios). O sea, viene a significar que un ateo es un "sin Dios", simplemente porque no lo conocen y huyen de conocerlo, aunque Dios es el Principio Universal de todo cuanto existe y Él sí nos conoce a todos y cree en el destino feliz de sus hijos.
 Como consecuencia de tanto dogma religioso irracional y anticientífico, por tanto abuso eclesiástico, por tanto privilegio usurpado por la clase sacerdotal, por tanto mal ejemplo de quienes debieran de haberlo dado bueno, por tanta amenaza más o menos velada de pecados e infiernos demoníacos  sin posibilidad de redención o perdón por parte de un dios que definen como Amor y que mediante Sus Enviados, nos ha enseñado y ejemplificado el perdón, pero que luego nos puede castigar para toda la eternidad, ( otra de tantas contradicciones); tantos preceptos que nos amenazan como una Espada de Damócles con penas eternas, si no se obedecen fielmente sus dogmas, tanta manipulación de conciencias y tanta práctica  idólatra heredada de ritos ancestrales y paganos de  otros pueblos que  practicaban algo parecido en sus ceremonias religiosas, que hoy día quedaron  fuera de la comprensión y de cualquier razonamiento lógico.  Por todas estas causas  se ha ido pervirtiendo el  verdadero sentido de la religión, emborronando la idea de Dios, y esto, a la larga o a la corta, ha hecho caer a tantos seres humanos desengañados, en la negación y en la descreencia, sobre todo cuando ante las pruebas de la vida, a veces tan duras,  el hombre se ha quedado huérfano de una explicación coherente de los posibles por qué de esas pruebas, y ven que la religión  no les aporta consuelo alguno, llevándole finalmente a creer que todo lo que tiene que ver con la religión es un engaño para someter y manipular conciencias, llegando así a experimentar el vértigo del tremendo vacío ante la  nada  y ante la inexistencia  de ningún “mas allá” ni de ningún Ser Supremo, cuya imagen se le rompió en pedazos y cuyos atributos no comprende ni ve de ningún modo.
    Cuando los conceptos religiosos son insuficientes para llegar a lo más íntimo de la razón y del corazón de la persona, aunque en principio esta buscó la fe,  surge  la duda, la descreencia y el ateísmo que lleno de escepticismo, niega sistemáticamente cualquier concepto de Verdad trascendente, cayendo en un materialismo ateo  que se le presenta como la única realidad existencial, siendo esto de todos modos, una opción más y  muy respetable  de la expresión  íntima de las personas.
           Para volver a retomar su  transcendental papel, las religiones, o mejor dicho, quienes las dirigen,  debieran despojarse de tantos disfraces y mitos, cultos oscuros, misticismos y ceremonias misteriosas, impregnadas de un simbolismo esotérico o de  un carácter mágico, con los que se han  disfrazado durante tantos siglos. Asimismo debieran sus pastores o sacerdotes, respetar la moral que debieran predicar, dando un ejemplo recto y coherente, mostrando  siempre la base fundamental  del sentido espiritual de la vida, que es la caridad en todas sus manifestaciones.
         Otro factor importante que ha enfriado tanto a las gentes, en cuanto a las inquietudes religiosas de antaño, es que todas las religiones, desde sus inicios, han luchado por el poder, la dominación y la riqueza. Y esto lo  aprendieron a realizar, aliándose con los poderes políticos y militares, de modo que se creó una simbiosis entre ellos, por la que todos resultaban protegidos y fortalecidos mutuamente. Pero no pensaron sin embargo, que algún día, el pueblo, cansado de tantos abusos, opresiones y de sentirse tantas veces bajo la tiranía de este triunvirato que se apoyaba entre sí, finalmente, pensarían por si mismos, con el soporte de la Ciencia empírica y de la filosofía, dando como resultado el despertar de tantas conciencias oprimidas y hartas de estar bajo los continuos dictámenes de estas dictaduras que se han desarrollado permanentemente, como un cáncer social, a lo largo de la historia, encontrando la anhelada  libertad  íntima a la que siempre aspiró el ser humano.
       El ateo como tal, en realidad no existe completamente, pues si no se le puede demostrar ni expresar racionalmente la idea de Dios para convencerlo de su existencia, tampoco  él  puede demostrar su no existencia; lo que  no se conoce no se puede negar  y el ateo no conoce a Dios porque realmente nunca lo ha experimentado en su vida.  En muchos casos no creen porque de antemano se niegan a creer. Normalmente lo que en realidad niegan y no admiten son los conceptos  de Dios y del Mas Allá sostenidos por  las religiones establecidas porque suelen atentar  contra la razón y la lógica. Por mi parte, voy a aclarar que yo tampoco creo en esos dioses tan pequeños, mezquinos e inexistentes de las religiones, y sin embargo no soy ateo, porque ¡ yo Sí creo en Dios !, ¡ mi Dios ! ¡ El Origen de mi Yo !.
         El ser ateo es una opción tan respetable como lo es la de ser adepto de  cualquier otra religión. Lo malo es cuando el ateísmo  rompe cualquier barrera ética y moral, conduciendo al más feroz de los egoísmos y materialismos y  haciendo de la persona un monstruo que para progresar en la vida social o en lo económico, carece de cualquier escrúpulo moral que le impida aprovecharse de los demás o cometer cualquier daño o abuso.  Sin embargo, por el contrario,  también existen  casos de personas ateas que a pesar de su descreencia religiosa, mantienen unos principios éticos y morales, conquistados en vidas anteriores (aunque ellos no lo sepan), que siguen manteniendo como norma de vida en este mundo a pesar de todo. En otras ocasiones nos podemos encontrar con ateos que precisamente  por estar libres de preconceptos  religiosos, les suele ser  más fácil que a las personas religiosas, el encontrar su  Verdad y su  iluminación personal al carecer de esas barreras.
   Las religiones cristianas, a diferencia de la filosofía  espírita, afirman el falso concepto de una sola vida única y desigual  en la Tierra  para cada Ser humano, así como  un juicio final  severo y definitivo para todas  las almas cuya suerte queda irremisiblemente fijada, predicando  la inmortalidad del  alma, pero sin demostrarla.
  Cada vez más, el Ser humano rechaza las ideas que chocan contra la racionalidad; por  tanto  ante este panorama de credos que más bien parecen salidos de cuentos infantiles, que han sido creados e impuestos  por   las  propias religiones,  mucha  gente ha terminado por  rechazar  cualquier  conceptos dogmático, considerándolo  falso o fantástico, así que la única fe   capaz   de  ser  aceptada  y  creída  por estas personas, que son enorme multitud  en  todo  el   mundo, es solo lo material y  lo tangible.
              Esos conceptos  religiosos, al carecer de una base moral lógica y coherente, han abonado el  desamor y el egoísmo entre los Seres humanos, con lo cual esto siempre ha traído a la Humanidad  consecuencias nefastas, como guerras y otras barbaridades, a veces en nombre de los dioses de las religiones establecidas. Estos dramas que han sumido en el dolor a tantos seres humanos a lo largo de la Historia, no hubieran existido si la Humanidad hubiese sido capaz de aceptar y comprender  profundamente que, dejando aparte cualquier postulado religioso, realmente hay vida  y existencia después de la muerte del cuerpo físico; porque somos eternos; comprendiendo  quienes somos y qué y por qué estamos en este mundo, y sobre todo sabiendo que aquello que hagamos a los demás de bueno o de malo nos será devuelto irremediablemente.
           El problema es  que  estos seres humanos, al rechazar tantos conceptos religiosos por falsos o irracionales, también  han rechazado al mismo tiempo otros muchos conceptos de Verdad que se  entremezclan, así que finalmente, el ateo no ha sabido separar el trigo de la paja y  ha llegado a la conclusión de que todas las religiones son falsas, como falsos sus principios, incluyendo el concepto de Dios y del Alma, y entonces han buscado sus verdades fuera de cualquier  clase de religión, siendo estas “verdades”, conceptos tan tristes como el de la casualidad de la existencia humana, el azar de la suerte, la no existencia de algo superior al ser humano, la negación de cualquier clase de existencia tras la muerte, etc. Y como consecuencia de esto, el que como solo tenemos una vida para gozarla y después no hay nada, está justificado el desechar cualquier concepto de humanismo ni de caridad, pues el único premio a alcanzar es el dinero, el poder y los gozos materiales, a costa de lo que sea; y para esto su lema es el de que el fin, justifica los medios...
         Se podría afirmar como colofón  en este tema, que el ateo  lo es porque no conoce a Dios, no comprende su concepto, no le han enseñado a razonarlo, ni  a sentirlo como algo real en la vida; de donde se originó todo el Universo y que lo mantiene, desde el macrocosmos hasta el microcosmos, incluidos nosotros mismos los humanos y nuestro entorno material, por eso la ignorancia junto con el apego a la materia y el razonamiento materialista,  llevan a la incredulidad, una incredulidad que la propia fuerza del espíritu les hará antes o después, reconocer como errónea y poder así rectificar comportamientos erróneos mantenidos como consecuencia lógica del ateísmo.
- Jose Luis Martín-

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            EL PROCESO REENCARNATORIO

Los procesos de reencarnación, tanto como de la muerte física, difieren hasta el infinito, no existiendo dos absolutamente iguales. Las facilidades y los obstáculos, están subordinados a numerosos factores, muchas veces relacionados con el estado de conciencia  de los propios interesados en el regreso a la tierra o en la liberación de los vehículos carnales. Hay compañeros de gran elevación, que al volver a la esfera terrestre no necesitan ayuda  del plano espiritual. Otros al revés, por proceder  de zonas inferiores, necesitan de mucha cooperación.

La reencarnación es el curso repetido de lecciones necesarias. La esfera terrestre, es una escuela divina. El amor, por medio de las actividades intercesoras, reconduce diariamente   al banco escolar de la carne, a millones de aprendices. La vuelta de ciertas entidades de las zonas más bajas. Ocasiona laborioso esfuerzos de los trabajadores del plano espiritual.

El organismo de los engendrados, en la expresión más densa,  proviene del cuerpo de los padres,  que le sustenta la vida y crea sus características con su propia sangre. La criatura terrena, hereda tendencias y no cualidades. Las primeras cercan al hombre  que renace, desde los primeros días  de la lucha, no solo en su cuerpo transitorio, sino también en el ambiente general  en el que fue llamado a vivir, perfeccionándose; las segundas, resultan de la labor individual del alma encarnada, en la defensa, educación y perfeccionamiento de si misma en los círculos  benditos  de la experiencia.

Nadie puede quejarse de las fuerzas destructoras o circunstancias asfixiantes, refiriéndose al círculo en que nació. Siempre hay dentro del alma reencarnada, la luz de la libertad intima indicando su ascensión. Practicando la elevación espiritual, mejoramos siempre. Esa es la ley.

El cuerpo humano tiene sus actividades propiamente vegetativas, el cuerpo peri espiritual  que da la forma a los elementos  celulares,  está fuertemente radicado en la sangre. 
En la organización fetal el patrimonio sanguíneo, es una dádiva del organismo materno. Después del nacimiento, se inicia el periodo de asimilación diferente de las energías orgánicas, en donde el “yo” reencarnado ensaya la consolidación de sus  nuevas experiencias  y solamente a  los siete años de vida física, comienza a presidir, por si mismo, el proceso básico  de equilibrio  del cuerpo peri espiritual, en el nuevo servicio iniciado. La sangre, por tanto es, como si fuese el fluido divino que nos  fija las actividades  en el campo material y en su flujo y reflujo incesantes en la organización fisiológica, nos suministra el símbolo del eterno movimiento de las fuerzas sublimes de la Creación Infinita. Cuando su circulación deja de ser libre, surge el desequilibrio o enfermedad y si surgen obstáculos que impiden su movimiento  o circulación, sobreviene entonces la excitación del tonus vital, en el campo físico, al cual sigue la muerte con la retirada inmediata del alma.

Es muy grande la responsabilidad del hombre ante el cuerpo material, si no atiende a las tareas que le competen  en la preservación del cuerpo físico no podrá alcanzar el progreso espiritual. El Espíritu renace en la carne para  la producción  de valores divinos en su naturaleza, pero ¿Cómo atender a semejante imperativo, si se destruye la maquina  orgánica, base fundamental del servicio a realizar? El cuerpo terrestre es también un patrimonio heredado hace milenios y que la Humanidad viene perfeccionando a través de siglos. El plasma, sublime construcción efectuada en el influjo divino, con agua del mar en las épocas primitivas, es el fundamento primordial de las organizaciones fisiológicas. El hombre en la tierra ha de aprovechar la herencia, más o menos evolucionada en el cuerpo humano.

Mientras nos movemos en la esfera de la carne, somos criaturas  marinas respirando en tierra firme. En el proceso vulgar de la alimentación no podemos prescindir  de la sal; nuestro mecanismo fisiológico, en rigor, se constituye del sesenta por ciento de agua salada, cuya composición es casi idéntica a la del mar,  constituida por las sales del sodio, del calcio y del potasio. En la esfera de la actividad fisiológica en  el hombre encarnado, se encuentra  el sabor de la sal, en la sangre, en el sudor, en las lágrimas, en las secreciones.

Al renacer, en la superficie del mundo, recibimos, con el cuerpo, una herencia sagrada cuyos valores es necesario preservar, perfeccionándolo. Las fuerzas físicas, deben evolucionar, al igual que nuestras almas. 
Si nos ofrecen  el cuerpo de servicio para nuevas experiencias  de elevación, debemos retribuir, con nuestro esfuerzo, auxiliándolas con la  luz  de nuestro respeto y equilibrio espiritual, en el campo del trabajo y de la educación orgánica. 
El hombre del futuro, comprenderá que sus células no representan apenas segmentos de carne, sino que son,  compañeras de evolución, acreedoras de su reconocimiento  y de su auxilio efectivo. Sin ese entendimiento  de armonía en el imperio orgánico, es inútil procurar la paz. Los contornos anatómicos  de la forma física, deformes o perfectos, largos o cortos, bellos o feos, forman parte de los estatutos educacionales. 

En general, la reencarnación sistemática es siempre  un curso laborioso de trabajo contra los defectos morales persistentes, en las lecciones y conflictos presentes. 

La criatura renace con independencia relativa y a veces, subordinada a ciertas condiciones educativas, pero semejante  imperativo no suprime en caso alguno, el impulso libre del alma, en el sentido de la elevación, estacionamiento o caída en situaciones más bajas. 
Existe un programa de tareas edificantes a ser cumplidas por el que reencarna, por el cual, los dirigentes del alma, fijan la cuota aproximada  de valores eternos que el reencarnante es susceptible de adquirir en la existencia transitoria.

El espíritu que vuelve a la esfera de la carne, puede mejorar esa cuota de valores, sobrepasando la previsión superior, por el esfuerzo propio intensivo o distanciarse de ella, enterrándose aun más en las deudas para consigo mismo, menospreciando las sagradas oportunidades que le son conferidas.

Todo plan trazado en la esfera superior, tiene por objetivo fundamental  el bien y la ascensión; y toda alma  que reencarna en el ambiente planetario, aun aquella que se encuentra en condiciones aparentemente desesperadas, tiene recursos para mejorar siempre.

La reencarnación  significa volver a comenzar en los procesos de la evolución o de la rectificación. Los organismos más  perfectos  de las esferas superiores, proceden  inicialmente de la Ameba. Recomienzo, significa “recapitulación” o “vuelta al principio”. Por eso mismo, en su desenvolvimiento  embrionario, el futuro cuerpo  del hombre  no puede ser distinto de la formación del reptil o del pájaro. Lo que opera la diferencia de la forma, es el valor evolutivo contenido en el molde peri espiritual del ser que toma los fluidos de la carne. Así pues, al  regresar a la esfera densa, es indispensable recapitular todas las experiencias  vividas en el largo drama  de nuestro perfeccionamiento , aunque solo sea por breves días  u horas, repitiendo, en curso rápido, las etapas vencidas o las lecciones adquiridas, hasta detenerse en la posición en la que debemos proseguir el aprendizaje.

Cuando llega la ocasión de reencarnar, el Espíritu se siente arrastrado por una fuerza irresistible, por una misteriosa afinidad, para el medio que le conviene. Es un momento terrible de angustia, pero más formidable que el de la muerte, pues esta  no pasa de ser  la liberación de los lazos carnales, de una entrada en una vida más libre, más intensa, pero en cuanto a la reencarnación, por el contrario, supone la perdida  de esa vida de libertad, es un apocamiento de si mismo, al pasaje  desde los claros  espacios  para la región oscura,  el descenso  para un abismo de sangre, de miseria, donde el ser va a quedar sujeto a  necesidades tiránicas e innumerables. Por eso es más penoso, más doloroso renacer que morir; es el disgusto, el terror, el abatimiento profundo del Espíritu, al entrar en este mundo tenebroso, y ello es  fácil de concebirse.

La reencarnación se realiza por la aproximación graduada, por la asimilación de las moléculas materiales al periespiritu, el cual se reduce, se condensa, tornándose progresivamente  más pesado, hasta que, por fijación suficiente a su materia, esta constituye  un involucro carnal, un cuerpo humano.

El periespiritu se torna por tanto, un molde fluídico, elástico, que calca su forma  sobre la materia. De ahí emanan  las condiciones fisiológicas del renacimiento. Las cualidades o defectos del molde reaparecen en el cuerpo físico, que no es, en la mayoría de los casos, sino una imperfecta  y grosera copia del periespiritu.

Desde que comienza la asimilación molecular que debe producir el cuerpo, el Espíritu queda perturbado; un sopor, una especie de abatimiento lo  invaden poco a poco. Sus facultades se van velando  unas después de otras la mayoría de ellas desaparecen,  la conciencia queda adormecida, y el Espíritu  es como sepultado en una opresiva crisálida.
Entrando en la vida terrestre, el alma, durante un largo periodo, tiene  que preparar ese organismo nuevo. Ha de adaptarlo a las funciones necesarias. Solamente después de veinte o treinta años de esfuerzos instintivos, recupera el uso de sus facultades, sin embargo limitadas  aun por la acción de la materia; y, entonces, podrá, proseguir, con alguna seguridad, la travesía peligrosa de la existencia.

Allan Kardec nos enseña (Libro de los espíritus cuestión 330) que la reencarnación es para los Espíritus, así como la muerte es para los encarnados: es un proceso inevitable, tan cierto como el desencarnar lo es para los hombres.

La encarnación es una necesidad evolutiva, porque solamente al contacto con la materia física consigue  el Espíritu ciertos elementos necesarios para su progreso.

De acuerdo con el grado evolutivo en que se encuentra, el espíritu podrá facilitar o dificultar el proceso para volver a nacer. Por eso los espíritus rebeldes o indiferentes tienen su encarnación por completo a cargo de los espíritus superiores, que eligen las condiciones bajo las cuales deberán volver a nacer y las experiencias a las que deberán someterse.

Allan Kardec dice que la reencarnación es la prueba fundamental de la misericordia de Dios, que supone la Justicia Divina. Todos somos hermanos; todos nosotros marchamos hacia la perfección; todos nosotros tenemos una ruta, un rumbo de felicidad que nos espera.

La vida en la Tierra no es un escenario de placer. El hombre es responsable por su cuerpo, por su felicidad, por su desdicha. Felicidad o desgracia, que  resultan de nuestra actitud de comportamiento. La reencarnación nos abre un horizonte nuevo para entender la vida; los sufrimientos, las nostalgias, las angustias, las amarguras, los desesperos que nosotros atravesamos, desaparecen; y es en este punto en el que la ciencia espirita, del Espiritismo, es notable; porque el Espiritismo para el siglo XXI, es el más notable tratado de higiene mental, porque consigue libertarnos de aquellos tremendos enemigos de los hombres, los cuatro fantasmas del alma: el miedo, la enfermedad, la duda y la muerte.

El espíritu esclarecido da preferencia a una existencia laboriosa, a una vida de lucha y abnegación. Sabe que, gracias a ella,  su adelantamiento es más rápido. La Tierra es el verdadero  purgatorio y precisa renacer y sufrir para despojarse de los últimos vestigios de la animalidad, para pagar las faltas  y los crímenes del pasado. De ahí las enfermedades crueles, largas y dolorosas molestias, la perdida de la razón.

 Todo se paga, todo se rescata. Los pensamientos, los deseos criminales tienen su repercusión en la vida fluídica, pero las faltas consumadas en la carne precisan ser expiadas en la carne. Todas las nuevas existencias son correlativas; el bien o el mal se reflejan a través del tiempo. Si embusteros  y perversos parecen muchas veces terminar sus vidas en la abundancia y en la paz, estemos seguros de que la hora de la justicia sonará y recaerán sobre ellos los sufrimientos  de que fueron la causa.

 Resígnate, pues, hombre,  y soporta con coraje las pruebas inevitables, sin embargo fecundas, que suprimen  manchas  y te preparan un futuro mejor. Imita al labrador, que siempre camina para el frente, curvado bajo un sol ardiente o quemado  por la azada, y cuyos sudores riegan el suelo, el suelo que, como tu corazón, es surcado por el arado, pero del cual brotará el trigo dorado que hará tu felicidad.

Trabajo realizado por: Merchita a partir del Evangelio según el Espiritismo,  Misioneros de la Luz  y de otros libros espíritas. 


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"Creed que aquellos a quienes llamáis muertos, están mas vivos que vosotros, porque ellos ven lo que no veis , oyen lo que no oís ,reconoced en aquellos que os vienen a hablar,a vuestros padres, a vuestros amigos y a todos los que amasteis en la Tierra y que creéis perdidos sin retorno"- Aportado por Viviana Gianitelli -

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INTELIGENCIA Y DESARROLLO MORAL

Antoine de Saint-Exupéry, el famoso autor de Le Petit Prince, expresó que «Debemos poner la inteligencia al servicio del amor, si queremos un mundo de paz y de justicia». Y es verdad. Es verdad porque la función principal de la inteligencia no es conocer, sino alcanzar la felicidad y la dignidad. En este sentido, la moral hay que considerarla como el desarrollo más decisivo de la inteligencia, como una necesaria creación de la inteligencia. Por consiguiente, podemos definir la moral como el conjunto de soluciones más inteligentes que se nos ha ocurrido para resolver problemas que afectan a nuestra felicidad personal y a la propia convivencia. 
     El correlato de esta realidad, como sabéis, tiene su origen en el Psiquismo divino partiendo como fascículo de luz, como mónada celeste rumbo a la infinitud; todo un proceso de desenvolvimiento de fuerzas vitales en el principio inteligente que dieron origen a los instintos, a las sensaciones, a las emociones, a los sentimientos y en el estadio actual de la humanidad a la razón, encontrándonos ahora en avance a la intuición, rumbo a la angelitud, por la plenitud del amor.
     Afirmamos, con la doctrina espírita, que la moral es, pues, una forzosidad, una necesidad exigida por la propia naturaleza, por el desarrollo antropo-socio-psicológico del ser humano. Ver surgir la moral en este transcurso equivale a ver surgir al hombre del animal, esto es, la humanización del principio inteligente del universo. 
      La visión de la inteligencia hoy es múltiple (basta  recordar a Gardner, Robert Emmons, Daniel Goleman y otros). Robert Cooper, por ejemplo, pionero en el campo de la neurología, propuso en 2008 que la inteligencia está distribuida por todo el cuerpo; que la inteligencia no depende únicamente del cerebro dentro del cráneo, sino del cerebro del corazón y del intestino. Estos emplean redes neuronales que le permiten operar de forma autónoma. 
     Pues bien, partiendo de presupuestos aportados por la neurociencia, la experiencia proporcionada por las investigaciones sobre inteligencia artificial y la observación psicológica, hay que admitir un modelo de inteligencia estructurado en dos niveles. Un primer nivel generador de ideas, sentimientos, deseos, imaginaciones e impulsos y un nivel ejecutivo que intenta controlar, dirigir, corregir todas esas operaciones mentales. Nuestra inteligencia puede entenderse, entonces, como un poderoso navío dotado de una sala de máquinas y un puente de mando. En la sala de máquinas se generan ocurrencias, ideas, sentimientos deseos y algunos de ellos se hacen conscientes. Son los que acceden al puesto de mando, que se encarga de comparar las órdenes con otras superiores y da el visto bueno o rechaza la sugerencia de la sala de máquinas. Por tanto, la inteligencia es la capacidad de dirigir bien el comportamiento, eligiendo las metas, aprovechando la información y regulando las emociones.
      Recordamos el caso de un estudiante de bachillerato que con un cociente intelectual de más de 130, un cociente muy alto, se equivocó en la elección de sus metas. Al terminar el curso había llegado a la conclusión que era más listo que sus profesores. Como le gustaba mangonear a los demás, se convirtió en el cabecilla de un grupo de su barrio, marginados del mundo escolar, a los que fue animando a cometer pequeños delitos. Al año siguiente no fue al instituto, porque pensaba que no podrían enseñarle nada interesante. Ahora está en la cárcel por tráfico de drogas. ¿Es verdad que era tan inteligente? Básicamente sí. Pero no supo usar inteligentemente su inteligencia. Con esto vemos que, para enfrentar los problemas, hay que aprender destrezas que unan la idea con la realización. Y este es el trabajo de la voluntad, que en verdad es un hábito.
     Todo lo que hacemos lo aprendemos. Para ello contamos con una herramienta psicológica: los automatismos, los hábitos. Esta es una propiedad del sistema nervioso que se da en todos los niveles: desde el reflejo condicionado hasta el hábito creativo. Esta realidad ya se hizo evidente en la antigua Grecia donde la educación consistía en fomentar la adquisición de virtudes y para ello hacía falta entrenamiento, una ascesis. De esta forma, podemos intuir que la construcción asombrosa de la inteligencia ha sido producir comportamientos libres a partir de mecanismos no libres. De ahí que los procesos inconscientes sean el fundamento de los procesos conscientes (recordando a Vygotsky, Goleman y otros), que culminarán, a su vez, en un bucle prodigioso en el que construimos el inconsciente. Esto encuentra apoyo en base a la cuestión 540 y fundamentalmente en la 560 de El Libro de los Espíritus donde nos instruyen las Inteligencias superiores que todos los espíritus habitamos en todas partes, a fin de adquirir el conocimiento de todas las cosas. Primero obedeciendo y después digiriendo; antes las cosas del mundo físico y después las del moral. Sintetizamos, así, que la libertad se aprende obedeciendo primero, puesto que esta obediencia permite construir las herramientas psicológicas de la libertad, instrumento de nuestras decisiones.
      Joanna de Angelis nos señala este proceso de construcción en Conflictos existenciales cuando nos dice que «Cada nivel conciencial menos experimentado, aunque adormecido, construye el nivel más experimentado». El ego, incluso inconsciente, construye el self, el Sí mismo con los  contenidos resultantes de la promoción y sublimación de los instintos. Y lo hace del siguiente modo: un pensamiento crea un condicionamiento psíquico. Este, repetido, se convierte en hábito. El hábito se transformará en consciencia instintiva y ésta terminará como automatismos e ideas innatas, que son los embriones de los sentimientos y la inteligencia -el ser moral. Como todo prosigue rumbo a lo inmensurable, el ser moral ascenderá a la escala del ser espiritual. 
     De esta forma, intuimos que de las sensaciones que se derivan de nuestro cuerpo físico surgirá, básicamente, el periespíritu. De estos instintos originarios nacen las emociones, que se transmutarán en sentimientos y en inteligencia –en sus distintos niveles de manifestación– los cuales se convertirán en virtudes, que se transformarán en potenciales de la mente. La mente sintetiza todos estos elementos, originarios del universo psicofísico, transformándolos en nobles y sublimes virtudes. Luego la esencia del espíritu, podemos decir, son las virtudes inmanentes al amor incondicional que lo constituye. En otras palabras, las dos alas del Espíritu son la inteligencia y el amor originados de los instintos, los cuales surgieron de las experiencias repetidas que generaran los automatismos. Estos vinieron de los hábitos que comenzaron como condicionamientos físicos, en primer lugar, luego periespirituales y mentales. Según Joanna de Angelis perfeccionar los sentimientos desarrolla y mejora las emociones que pasan a gobernar con más suavidad las sensaciones; libera al ser de las sombras resultantes del imperio de los instintos y lo impulsa a la conquista de lo luminoso, el reino de los cielos (Triunfo personal, cap. 11). Nos encontramos, pues, en la tarea de construcción y auto renovación de nuestro Espíritu. Aprendemos como el animal, automáticamente. Pero también decidimos con la adquisición de la conciencia lo que queremos aprender: chino, cálculo o encaje de bolillos. Cada cual explotando su nivel de inteligencia. Este mecanismo, en nuestro estadio, se establece por medio de la razón. La razón como mecanismo decisorio elige entre dos o varias opciones. Pero la razón no tiene poderes coactivos. El razonamiento no es capaz de cambiar los deseos ni las emociones. En este sentido, la razón adquiere el papel de asesor de decisiones. No obstante, necesita de un proceso educativo. La educación viene intentando imponer un sabio hábito: haz caso de tu asesor. Con este procedimiento junto al hábito de la voluntad –que, en verdad, la tenemos  si la entrenamos y si alguien nos la enseña– logramos los objetivos diseñados o planeados. Necesitamos de un entrenamiento, de la asimilación de automatismos y hábitos que son los que construyen las redes neuronales. Por tanto, el núcleo duro de la inteligencia es el hábito de obedecer a una norma, que consistirá en obedecer a la Razón. Y esta era la definición de voluntad dada por Aristóteles (discípulo de Platón): la acción inteligente. Pensar si no por qué no hacemos ciertas cosas. Pues, porque nos produce  repugnancia moral. Se trata de un sentimiento relacionado con unas emociones muy poderosas: la culpa o la vergüenza, por ejemplo. Así pues, actuar inteligentemente es la verdadera noción de libertad. La libertad no consiste en hacer lo que se quiera, sino en tomar las decisiones más inteligentes. Este hábito es el último recurso que proporciona seguridad al comportamiento humano y nos introduce en el terreno moral, una de cuyas funciones es hacer inteligente el comportamiento. El desafío existencial de hoy es unificar, por consiguiente, los tres niveles de inteligencia, a saber: el cociente intelectual (entiéndase como conquistar cosas), el emocional (conquistar personas) y el espiritual (conquistarse a sí mismo). La inteligencia se expresa por estos tres niveles de manifestación del Espíritu. De la unión de estas tres surge la inteligencia ética, que nos proyecta de manera transcendente a la comprensión de las leyes divinas por la vivencia del conocimiento, por la aplicación del saber. La doctrina espírita nos aclara que cada pensamiento representa un atributo del ser espiritual. La voluntad lo expresa por medio de la inteligencia intelectiva o cognitiva, emotiva y espiritual. Es una virtud en construcción, en expansión y sublimación. Los embriones de esa virtud son los instintos, las sensaciones, las emociones y los sentimientos. Y en la cúspide del sentimiento se encuentra el amor, que resume de forma completa la doctrina de Jesús. Núcleo de todos los deseos y revelaciones de nuestro ser, nuestra esencia misma. La suma de estos valores forma nuestro carácter, que para los griegos era lo que estaba grabado. Es así como las acciones proceden de las virtudes y educar en los hábitos se torna la gran empresa educativa, porque sólo aprendemos aquello que hacemos. Esos hábitos morales que vamos grabando caracterizarán al verdadero hombre de bien, cuyo patrimonio esencial son las virtudes. Por tanto, el espiritismo establece el sublime itinerario: “El verdadero hombre de bien es aquel que práctica la ley de justicia, amor y caridad en su mayor pureza”. Solamente el progreso moral como desarrollo decisivo de la inteligencia podrá asegurar la felicidad en la Tierra dominando las pasiones, sublimando nuestros vicios en virtudes. Y la regla de oro de la conducta para conseguir esta meta es la enseñada por Jesús: hacer todo aquello que nos gustaría que se nos hiciese a nosotros; es toda la ley. Es la forma de construir nuestro inconsciente, los automatismos grabados mediante entrenamiento, mediante experiencias de vida. Y si hemos sido suficientemente inteligentes, los habremos construido para poder llevar una vida libre y feliz. ¿Cuál es, entonces, nuestro modelo de inteligencia? ¿Cuál será el modelo de inteligencia que los Espíritus superiores, las Virtudes de los cielos, señalan para un mundo de regeneración, como es ya nuestro planeta? Miremos a nuestro sublime Maestro y Señor. Él nos conduce hacia la felicidad eterna. Sólo necesitamos llevar su yugo, esto es, observar Su ley. Ley que es fácil de llevar porque su carga es suave. Consiste en la práctica del bien. Y como el bien se relaciona con la virtud, expresemos nuestras cualidades esenciales a través de la fe que las reúne a todas. ¡Amemos mucho para que seamos amados! Esta es la inteligencia que nos trae el espiritismo y que reunirá a todos los pueblos, razas y culturas en un mundo de regeneración rumbo a la felicidad.
     
- Miguel Vera Gallego-


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