miércoles, 2 de mayo de 2018

¿ QUÉ ES EL CIELO Y EL INFIERNO?


Hoy veremos aquí:

- Reflexiones espirituales
-Algunos aspectos biológicos relacionados con la reencarnación.
- Unión de los espíritas
-Lo que cada uno derramaría
-¿ Qué es el cielo y que es el infierno?
           

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                     REFLEXIONES ESPIRITUALES


*Tenemos un compañero para el desarrollo de nuestra espiritualidad. 
*Podemos recurrir a seres más elevados en busca de consejo y conocimiento. 
*Todos tenemos a alguien, quizá a varios, que cuidan de nosotros y nos quiere. 
*Podemos tener paz y armonía interiores al saber que nuestra transición continuará cuando llegue el momento de avanzar. 
* Podemos ayudar a otros en su búsqueda del sentido de la vida. 
*Podemos extender nuestro amor altruista. 


El conocimiento del mundo espiritual es muy esperanzador, algo que a todos nos es conveniente saber. 
Nos hace ver que es mucho lo que podemos hacer por nosotros y por otros, dejar de sentirnos como víctimas de la vida, además que no estamos solos en nuestras luchas y aprendizajes. 
Aprovechemos la ayuda y los consejos que nos proporcionan nuestros guías espirituales Y si llegamos a descubrirlo nosotros...tendremos que ponerlo en práctica para iluminación de los demás. 
Bueno es saberlo. Cuanto bien le haría a muchas personas estos conocimientos. 
Tengan esperanza y conozcan un poquito mas del mundo espiritual al que todos regresaremos algún día. 
Imaginemos un lugar como el mundo espiritual donde la raza, el sexo, la edad ,las discapacidades, la enfermedad, las posesiones y la posición social, entre otras cosas carezcan por completo de sentido.

Tomado del libro "Nuestra alma es inmortal", por
Angeles.C.M.

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 ALGUNOS ASPECTOS BIOLÓGICOS RELACIONADOS                        CON LA REENCARNACIÓN
29 - ¿Coopera el Espíritu en el desarrollo del embrión del cuerpo en el cual va a reencarnar? Y en caso afirmativo, ¿llega a actuar en los complejos celulares de la herencia física, a fin de que el cuerpo futuro esté dotado de ciertos elementos aptos para satisfacer las circunstancias de la prueba o misión que haya de cumplir?
- En el caso de los Espíritus evolucionados, dueños de realizaciones propias que son inalienables, tal cooperación se lleva a cabo casi siempre, junto al esfuerzo de los representantes de Jesús, que operan en ese sentido, con miras al porvenir de sus luchas en el ambiente, material. Hay que tomar en cuenta, empero, que los Espíritus indiferentes o rebeldes, desprovistos de los valores propios indispensables, han de aceptar la deliberación de los enviados de Jesús a que aludíamos, los cuales escogen los medios que merecen, o que les son imprescindibles, en el proceso de rescate o de evolución. 
30. ¿Existen órganos en el cuerpo espiritual? 
- Dentro de las leyes sustanciales que rigen la vida terrestre, extensivas a las esferas espirituales más próximas al planeta, ya el cuerpo físico, exceptuando ciertas alteraciones impuestas por la prueba o tarea a realizar, es una exteriorización aproximada del cuerpo periespiritual, exteriorización esta que subordina a los imperativos de la materia más grosera, en el mecanismo de las herencias celulares, las cuales a su vez encuadran dentro de las indispensables pruebas o testimonios de cada individuo. 
31. La reencarnación ¿se inicia con las primeras manifestaciones de vida del embrión humano? 
- Desde el primer instante de tales manifestaciones, la entidad espiritual experimenta los efectos de su nueva condición. Importa reconocer, sin embargo, que el Espíritu más lúcido, en contraposición con los más oscurecidos e ignorantes, goza de casi completa libertad, hasta la consolidación total de los lazos materiales con el nuevo nacimiento en la esfera del mundo. 

32. Cuando el embrión está siendo formado, ¿existe una interpenetración de fluidos entre el gestante y la entidad ligada entonces al feto? ¿Hay consecuencias verificables? 

- Esa interpenetración de fluidos es natural y justa, y no raras veces ocasiona fenómenos sutilísimos, como los llamados “signos del nacimiento”, que sólo más adelante podrán ser entendidos por la ciencia del mundo, enriqueciendo el conjunto de valores de la biología, en el estudio profundo de los orígenes. 

33. En cada una de sus encarnaciones ¿hace el Espíritu una recapitulación de sus etapas evolutivas, de la manera que sucede con el embrión físico, que antes del nacimiento recapitula toda la evolución de su especie? 

- Tal recapitulación se verifica, en los más de los casos, por la oportunidad que ella ofrece, en circunstancias iguales a las de su pasado culposo. Pero no constituye una regla general, y destacamos que, cuanto mayores sean sus adquisiciones de sabiduría y amor, tanto más distante se hallará el Espíritu, en su aprendizaje terrenal, de esa rememoración de las experiencias materiales, de cuya intimidad dolorosa podrá entonces prescindir, por su expresión superior de espiritualidad. 

34. El denominado “árbol genealógico” de los seres humanos ¿tiene idéntica significación en el plano espiritual? 

- En la esfera espiritual persiste el mismo esfuerzo en el sentido de conservar y dilatar los afectos familiares y, ya sea en los regeneradores trabajos de la Tierra, ya en la santificante luz de los planos siderales, las pasiones o sentimientos ilegítimos se transforman en sagrados lazos del Espíritu. No obstante, el árbol genealógico, tal como se le conoce en la lucha terrestre, no se traslada la plano invisible, pues en este último los vínculos de sangre son sustituidos por las atracciones de los sentimientos de amor sublime, purificados en el patrimonio de las experiencias y luchas vividas en común.
 

35. ¿Está sometida la genética a leyes puramente materiales? 
- Las leyes de la genética se hayan presididas por numerosos agentes psíquicos que la ciencia de la Tierra está lejos de formular, dentro de sus postulados materialistas. Muchas veces, esos agentes psíquicos son puestos en acción por los mensajeros del plano espiritual, encargados de esta o aquella misión junto a las corrientes de la profunda fuente de la vida. He aquí por qué se presentan a los genetistas, comúnmente, incógnitas inesperadas, que desplazan el centro de sus conclusiones anteriores. 
36. ¿Puede la genética establecer medidas que mejoren al hombre? 
- Físicamente hablando, la Naturaleza misma en el planeta va mejorando al ser humano, de una manera continuada, mediante sus procesos de selección natural. En tal sentido, la genética sólo podrá obrar copiando a la propia Naturaleza material. Con todo, si esa ciencia investigara los factores espirituales, adhiriendo a los elevados principios que tienen por finalidad la iluminación de las almas humanas, entonces podría realizar un vasto servicio de mejoramiento y regeneración del hombre espiritual en el mundo, incluso porque de otro modo, aunque la ciencia pueda ser una notable mentora de la eugenesia y una gran escultora de las formas celulares, esta permanecerá siempre fría en lo que respecta al Espíritu humano, pudiendo convertirse en un abominable títere en las manos despiadadas de los políticos racistas. 
37. Las combinaciones de génes, aconsejadas por la genética, ¿pueden otorgar al hombre ciertas facultades o determinadas vocaciones? 
- Algunos científicos de la actualidad proclaman esas posibilidades, pero olvidan que la vocación o la facultad es atributo de la individualidad espiritual, inaccesible a los procesos de observación del hombre de ciencia. 
Los genetistas son capaces de realizar numerosas demostraciones en las células materiales. Sin embargo, tales experiencias no pasarán de esa zona superficial cuando se trate de las conquistas, de las pruebas o de la situación evolutiva de los Espíritus encarnados. 


EL CONSOLADOR – BIOLOGIA -. Por el Espíritu Emmanuel – Chico Xavier


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UNIÓN DE  LOS ESPÍRITASLa unión es la fuerza ; debéis estar unidos para ser fuertes.- El espiritismo ha germinado, echado raíces; y va a extender sobre la tierra sus ramas bienhechoras. 
Es menester haceros invulnerables contra los tiros emponzoñados de la calumnia y de la negra falange de Espíritus ignorantes, egoístas e hipócritas . Para conseguirlo, que una indulgencia y una benevolencia recíprocas presidan a vuestras relaciones; que vuestros defectos pasen desapercibidos, que sólo vuestras cualidades sean notadas; que la antorcha de la amistad santa reúna, esclarezca y enardezca vuestros corazones, y resistiréis a los ataques impotentes del mal, como la inmóvil peña a la ola furiosa.. 
SAN VICENTE DE PAUL (Espíritu)

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      LO QUE CADA UNO DERRAMARÍA
Usted está sosteniendo una taza de café, cuando alguien llega y apoya o balancea su brazo, haciendo que se derrame el café por todas partes.
¿Por qué has derramado el café?
"Bueno, porque alguien se apoyó en mí, por supuesto!" 
Respuesta equivocada. 
Usted derramó el café porque el café estaba en la taza. 
Si dentro hubiera habido té, usted habría derramado té. 
Lo que esté dentro de la taza es lo que será derramado. 
Por lo tanto, cuando la vida llega y lo  zarandea (algo que seguramente sucederá), sea lo que sea, lo que esté dentro de usted saldrá. 
Es fácil fingir hasta que te suceda. 
Entonces tenemos que preguntarnos a nosotros mismos ... ¿qué hay dentro de mi taza? 
Cuando la vida se vuelve difícil, ¿qué se puede derramar? 
¿Alegría, gratitud, paz y humildad? 
¿O furia, amargura, palabras y acciones duras? 
¡Tu escoges! 
Hoy vamos a esforzarnos para llenar nuestras tazas con gratitud, perdón, alegría, palabras de afirmación para nosotros y para los demás, bondad, gentileza y amor. 

Buen día familia fraterna. . . 
Dios los bendiga hoy mañana y siempre. 
Mucha paz.

- Fabiano Máximo-

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     QUÉ ES EL CIELO Y EL INFIERNO ?

«El cielo está donde el hombre ha colocado su corazón» (Swedenborg)

Era una mañana fresca del mes de marzo. Salimos del coche y los huesos se nos helaron aún más, si cabe, cuando al acercarnos a la entrada principal de la institución penitenciaria observamos los imponentes muros con alambre de espinos que cercaban el establecimiento. La cárcel desprendía de sus negruzcos muros el sentimiento de aislamiento y soledad que cohabita en su interior. El penal se encuentra situado en una zona deprimida al pie de la sierra de Carrascoy. El helor nos recaló de manera profunda en el cuerpo cuando accedimos al interior de la prisión. Al adentrarnos en ella, pasamos por distintas estancias donde sentimos el frío del ruidoso sonido del hierro al cerrarse las puertas tras nuestras espaldas. El impacto moral era desapacible. No se abre una puerta sin cerrar la anterior. Antes de pasar a la sala de visitas, nos inspeccionan de manera completa: la sensación de presidiario se deja sentir en nuestras carnes.

   Después de un amplio rato de espera, vemos aproximarse hacia nosotros a la persona que íbamos a visitar. Pareciera que los pantalones caminaban solos. La fina camiseta que le cubría el torso dejaba asomar los huesos del esternón y las tangentes de las costillas. Los brazos descarnados y descubiertos se mostraban llenos de costras, de heridas cicatrizadas que se consumían tras el suspenso castigo de la aguja. Al vernos muestra una extensa sonrisa que le cubre la caquéctica cara. “¡Estoy en la gloria!” nos declara apresuradamente; “muchas gracias por todo lo que habéis hecho por mí y sobre todo por venir”. Los temblores aún lo delatan, además de su esquelético estado. Se trata de Manuel, un politoxicó- mano que vuelve a entrar en la cárcel por tercera vez. Era un infierno lo que estaba viviendo. “Ahora me siento feliz”, nos expresa contento. Comprendo el disparate que estaba haciendo. “Ahora estoy muy bien”, arguye mirando al derredor del insulso recinto. “Estaba perdido, destruyéndome con la maldita droga. Hoy entiendo todo lo que hacíais por mí y os quiero dar las gracias”.

    Allí donde sentía yo la más honda repulsión, aquel hombre glorificaba a Dios y a todas las personas que insignificantemente contribuíamos a aminorar su descarriada escalada de auto-destrucción. Encarcelado, se encontraba a salvo de sí mismo, de su vicio. Al salir de aquel infausto recinto, me pregunte a mí mismo: ¿qué es el cielo y qué es infierno?

    Nuestra cultura ha definido el cielo y el infierno como lugares circunscritos. Espacios donde el ser humano experimenta la dicha o la desgracia en conformidad a la propia estancia en que se encuentra. En verdad es algo relativo o no del todo cierto. Si bien hay lugares deprimentes donde se pueden respirar los miasmas de la podredumbre miserable de la abyección humana, esos mismos lugares pueden convertirse en refugio y sensación de paz cuando el corazón del hombre busca a Dios en su ser y en la necesidad de ser.

   La noción del cielo y la tierra ha surgido en el universo mental del hombre desde el principio. El pensamiento mágico-religioso configuró aquellas concepciones por medio de las epifanías cósmicas. Una muestra de ello es el término empleado en el radical indoeuropeo deiwos “cielo”, vocablo que designa al dios y al nombre de los principales dioses: Dyaus, Zeus, Júpiter. La idea de lo divino aparece, pues, vinculada a la sacralidad celeste, es decir, a la luz y a la trascendencia (altura). El (dios del) cielo es el padre por excelencia, el dios supremo creador del mundo, circunscrito a lo de arriba. En cuanto a la tierra, era considerada como una energía vital opuesta al cielo, lo que está abajo; derivado también de la división de los dioses. (Mircea Eliade, “La religión de los indoeuropeos. Los dioses védicos” en: Historia de las creencias y de las ideas religiosas vol. I).

   Del mismo modo, El Génesis se inicia con el célebre pasaje: «Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era un caos informe sobre la faz del abismo, la tiniebla…» (I, 1-2). Constatamos, pues, que el cielo es aquello que “vemos” desde la tierra y que metafóricamente asignamos como el lugar donde habita Dios y que da origen a todas las fuerzas de la naturaleza (y dioses menores).

   En contraposición a esa idea, el infierno es lo de abajo, lo oscuro y hueco, es decir, la tierra. El bien, el dios creador, lo bueno está arriba y el mal, el dios fuente de todos los males, abajo. En fin, la divinidad está por encima de nosotros, en el cielo. Luego, el infierno está en el lado opuesto al cielo, en la oscuridad, en la tierra. También habría que considerar, desde la óptica espírita, la idea de “castigo” por los malos actos fruto de las reminiscencias de aquellos seres que exiliados (procedentes o no de Capela) a nuestro planeta anhelaban la patria perdida, mundos que cual estrellas reflejaban su brillo en las apacibles noches de verano señalándoles el lugar de procedencia.

   Fruto de aquellos sufrimientos provendría el cuadro de los castigos futuros y que representarían, posteriormente, de manera más viva el infierno pagano y judeocristiano. Son las leyendas o mitos del tonel de las danaides, la roca de Sísifo, las aventuras de Telémaco, entre otras muchas, que representan la idea de castigos eternos.

   Comprobamos que todas estas narraciones brotan de las aspiraciones íntimas del ser humano que, con la concordancia de las experiencias vividas, vienen a constatar la realidad de los dos planos de la vida, el mundo corporal y el espiritual. El espiritismo llega a hacer patente por la realidad fenoménica esa relación, así como el origen, la naturaleza y el destino del hombre, que no es sino un Espíritu encarnado. El espíritu es el ser principal, el ser inteligente. El cuerpo es la envoltura que viste transitoriamente para la consecución de sus objetivos y metas: alcanzar la plenitud como ser perfectible en sí. Esta unión de los dos elementos se efectúa a través de una sustancia semimaterial que a modo de lazo permite la integración. Así pues, el ser humano es un ser trinitario que representa, podemos decir, en pequeño la misma trinidad universal; el triángulo de la vida, determinado por el elemento material, el elemento espiritual y el vértice en que se encuentra Dios, la causa primera de todas las cosas.

    En todos los tiempos el ser humano ha creído, por intuición, que la vida futura debía ser dichosa o desgraciada en proporción al bien o al mal que haya hecho en la Tierra. Es la conciencia moral que le abastece el discernimiento, como expresión de la ley de Dios en sí misma. Y, en este sentido, la vida social es la piedra de toque de las buenas o malas cualidades del ser. El egoísmo, el orgullo, la ambición, la avaricia, la violencia, el odio, la hipocresía, son el infierno que degrada y mancilla a la persona. En cambio, la bondad, la dulzura, la benevolencia, la paciencia, la caridad, son las virtudes que hacen nuestro cielo. Por consiguiente, el cielo y el infierno no son más que estados del alma y no lugares circunscritos como se había descrito. Es la Iglesia católica, incluso, la que prescribe ya estos cambios conceptuales. En el año 2007 estableció, igualmente, que el limbo no existe.

   De este modo, es en virtud de aquellos estados del alma elaborados con nuestras propias manos, acciones de nuestra vida diaria, que vamos a encontrar o sentir el cielo o el infierno. El trabajo personal, el sufrimiento de una enfermedad pueden convertirse en nuestro infierno o en nuestro cielo. La comprensión respecto a aquella realidad que nos determina en cuanto circunstancia de vida, va a definir nuestro horizonte futuro de dicha o de desgracia. Al igual que el mencionado caso del drogadicto en la cárcel, donde se encuentra a salvo de su condición viciosa y que llega a establecer como su cielo, como su estado de paz interior, de encuentro con su ser espiritual, único y verdadero. Luego, es por el punto de vista que tengamos de la vida, de las cosas y de las personas que asimilamos el cielo o el infierno. El infierno de la cárcel se convirtió, en este caso, en el medio de eliminar su mal, en el lugar de remisión de sus propios errores o conducta pervertida. En la condición de adquisición de la conciencia de nuestra necesidad real, de lo que en verdad necesitamos frente a lo que queremos. Como nos advirtió Pablo de Tarso en su auto-examen: todo nos es lícito, mas no todo nos conviene.

   He aquí, pues, nuestra necesidad real: Dios nos da siempre el cielo. Nuestra elección muchas veces nos lleva al infierno. La vida nos fue dada como prueba o expiación, ya que nuestra misión en la vida, el sentido de nuestra existencia, es alcanzar nuestra purificación y elevación, el estado de Espíritu puro. El ser humano es el artífice de sí mismo. Se elabora en aquella ganancia a partir de las experiencias reencarnatorias que nos posibilita nuestra existencia. Es una prueba de conocimiento en busca de solidificar en la práctica aquello que determinamos, en teoría, en nuestro plan reencarnatorio. Nuestro mundo personal es creación de nuestra forma de ser, de pensar y de sentir. Este mundo se expresa en dos dimensiones distintas: la física, en la que estamos ahora y la espiritual de la que vinimos y a la que regresaremos. En esta confabulación, confeccionamos una psicosfera que constituirá, además de nuestro estado actual, nuestro porvenir.

    La práctica de la teoría es la que constituye nuestro cielo individual: las pruebas necesarias. Puesto que lo que influye no es tanto lo que pensamos, lo que decimos, ni aún lo que hacemos, sino lo que somos. Como sabemos si somos honestos no es mirándonos al espejo, sino en la tentación, en la prueba de la vida. Un problema de nuestra sociedad actual es que buscamos lo superfluo considerándolo necesario: buscamos lo que no necesitamos y nos convertimos en esclavos. Lo opuesto crea nuestro infierno. ¿Qué es lo que en verdad necesitamos? Observamos a niños en la miseria más felices que aquellos otros que lo tienen todo. Adolescentes con más problemas que aquellos en que la tecnología no se convierte en el paladín de sus vidas, en lo necesario. Debemos aprender a ser los mismos en la felicidad y en la desdicha. Para ello podemos preguntarnos, ¿quién soy? Para saberlo, nos dice Joanna de Ángelis: ten en cuenta en qué piensas cuando estás a solas. Cuando no hay presiones de ningún tipo, máscaras que mantener en nuestras relaciones, cuando estoy yo solo conmigo, pensando, eso soy en lo más puro. Y es allí donde encontramos aquello de lo que más necesidad tenemos. Allí se presentan nuestras problemáticas, las fallas que tenemos necesidad de superar, de trabajar; las imperfecciones que nos constituyen desde el punto de vista moral y que van en contra de la ley divina. Y ese es nuestro infierno, que si no trabajamos a tiempo nos llevará a procesos dolorosos inclusive más allá de esta vida, sintiendo, asimismo, el peso de la idea de la eternidad de la pena. El cielo y el infierno son, pues, estados de conciencia espiritual. De ahí que nuestro Maestro y Señor nos dijera: «El reino de los cielos está entre vosotros»; reside en nuestros corazones, y tenemos el deber de cultivarlo para nuestra satisfacción.

- Miguel Vera Gallego- Revista Espírita  nº 13 de la FEE



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