sábado, 10 de febrero de 2024

Amor, Perdón. Cura y Autocura

  INQUIETUDES ESPÍRITAS

1.- El Espíritu: Su llegada al Más Allá ( 5 de 5)

2.- Jesús y los sucesivos mensajeros.

3.- Los pasos de Jesús

4.- Amor, Perdón. Cura y Autocura                     


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 EL ESPÍRITU :

   SU LLEGADA AL MÁS ALLÁ   

( 5 de 5 )                  

  

   Cuando llega el atardecer de la vida; cuando nuestra existencia, semejante a la página de un libro, va a volverse para dejar su puesto a una página en blanco, a una página nueva, el bueno pasa revista a sus actos.

   El cuerpo humano, vestimenta de carne, despojo miserable, vuelve al laboratorio de la Naturaleza; pero el Espíritu, después de haber realizado su obra, se lanza a una vida más avanzada, hacia esa vida espiritual que sucede  a la existencia corporal como el día sucede a la noche, y separa cada una de nuestras encarnaciones.

   La muerte es la gran reveladora. En las horas de padecimiento, cuando la sombra se hace a nuestro alrededor, algunas veces nos hemos preguntado: ¿por qué nací ? ¿por qué no me quede en la profunda noche, allá donde no se siente,  donde no se sufre, donde se duerme el eterno sueño? Y en esas horas de dudas, de ahogo, de angustia, una voz suena en nuestro interior que nos dice:

   Sufre para engrandecerte y purificarte. Sabe que tu destino es grande. Esta fría tierra no será tu sepulcro. Los mundos que brillan en la superficie de los cielos son tus moradas del porvenir, la herencia que Dios  reserva a sus hijos. Eres por tanto un ciudadano del Universo; perteneces a los siglos futuros como a los siglos pasados, y en la hora presente  preparas tu elevación. Soporta, pues, con calma  los males elegidos por ti mismo. Siembra en el dolor  y en las lágrimas la semilla que brotará en tus próximas vidas; siembra también para los demás, como otros han sembrado para ti. Espíritu inmortal, avanza con paso firme por el sendero escarpado hacia las alturas desde donde el porvenir se te mostrará sin velo. La ascensión es ruda, y el sudor inundará con frecuencia tu rostro; pero, por la cima, veras asomarse la luz, verás brillar en el horizonte el sol de la verdad y de la justicia

   La voz que  nos habla así es la de los muertos, la de las almas amadas que nos han precedido en la región de la verdadera vida, que muy lejos de dormir bajo las losas, velan por nosotros. Desde el fondo de lo invisible nos contemplan y nos sonríen. ¡Adorable y Divino misterio! Se comunican con nosotros. Nos dicen: Basta de dudas estériles; trabajad y amad, ¡Un día, cuando hayáis cumplido vuestra tarea, la muerte nos reunirá!

      Por la voz de los Espíritus, la voz de los muertos se ha hecho oir. La verdad ha salido de nuevo de la sombra, más bella y más esplendorosa que nunca. La voz ha dicho: muere para renacer, renace para engrandecerte y elévate con la lucha y el sufrimiento. Y la muerte no es ya una causa de espanto, , pues detrás de ella vemos a la resurrección. Así, ha nacido el Espiritismo. A la vez ciencia experimental, filosofía y moral, que nos proporciona un concepto general del mundo y de la vida basado en la razón y en el estudio de los hechos y de las causas, concepto más vasto, más esclarecido y más completo que cuantos les han precedido.

   Las voces de nuestros hermanos mayores, nos dicen que recordemos que la vida es corta. Y que mientras dure debemos esforzarnos  en adquirir lo que venimos a buscar, que es el verdadero perfeccionamiento. Luchando con valor contra las viles pasiones, y de vemos hacerlo con el Espíritu y el corazón, corrigiendo nuestros defectos, suavizando el carácter y fortificando la voluntad. ¡ que el pensamientos se  aparte de las vulgaridades terrenales y se abra orientado hacia el cielo luminoso!

    Recordando que todo lo que es material es efímero. Las generaciones pasan como las olas del mar; los imperios se derrumban, los mundos mismos desaparecen y los soles se apagan; todo pasa y se desvanece. Pero hay tres cosas que resplandecen por encima del espejismo de las glorias humanas, que son: la Sabiduría, la Virtud y el Amor.                        ¿Conquistarlas con nuestros esfuerzos, y cuando las hayamos conseguido, nos elevaremos por encima de lo pasajero y transitorio, para empezar a gozar de lo que es eterno!   (FIN)


Trabajo realizado por Merchita, extraído del libro “Más Allá de la muerte” de Divaldo Pereira Franco y del libro “Después de la muerte” de León Denis


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 JESUS Y LOS SUCESIVOS MENSAJEROS
18. Dios, que envió a Jesús para salvar a los hombres, probando de este modo su amor
hacia sus criaturas, ¿las hubiera dejado sin protección? Sin ninguna duda, Cristo es el divino Mesías, enviado para enseñar a los hombres la verdad y mostrarles el buen camino. ¡Pero sólo desde que él vino, contad el número de los que han podido oír su palabra de verdad! ¡Cuántos han muerto y cuántos morirán sin conocerla! Y entre los que la conocen,   ¿ cuántos son los que la ponen en práctica? ¿Por qué Dios, en su cuidado por la salvación de sus hijos, no les enviaría otros mensajeros, que viniendo a la tierra, penetrando en los más humildes aposentos, dirigiéndose a los grandes y a los pequeños, a los sabios y a los ignorantes, a los incrédulos y a los creyentes, enseñaran la verdad a los que no la conocen, la hicieran comprender a los que no la comprenden, y suplieran con su enseñanza directa múltiple la insuficiencia de la propagación del Evangelio y apresuraran el advenimiento del reino de Dios? ¡Y cuando estos mensajeros llegan en masas innumerables, abriendo los ojos a los ciegos, convirtiendo a los impíos, curando a los enfermos, consolando a los afligidos, a ejemplo de Jesús, vosotros los rechazáis, y repudiáis el bien que hacen diciendo que son los demonios! Tal era también el lenguaje de los fariseos respecto de Jesús, porque ellos también decían que hacía el bien por el poder del diablo. ¿Qué les respondió?
“Reconoced el árbol por su fruto. Un mal árbol no puede dar buenos frutos.”
Pero para ellos, los frutos producidos por Jesús eran malos, porque venía a destruir los
abusos y a proclamar la libertad que debía arruinar su autoridad. Si hubiera venido a lisonjear su orgullo, a sancionar sus prevaricaciones y a sostener su poder, hubiera sido a sus ojos el Mesías esperado por los judíos. Él estaba solo, era pobre y débil. Le hicieron perecer y creyeron matar su palabra. Pero su palabra era divina y le ha sobrevivido. Sin embargo, se ha propagado con lentitud, y después de 18 siglos (21) , apenas es conocida por la décima parte del género humano. Y cismas numerosos han estallado en el seno mismo de sus discípulos. Entonces Dios, en su misericordia, envía los espíritus a confirmarla, completarla, ponerla al alcance de todos y derramarla por toda la Tierra. Pero los espíritus no están encarnados en un solo hombre, cuya voz hubiera sido limitada.
Son innumerables, van por todas partes y no se les puede coger. Y éste es el motivo de su
enseñanza, que se extiende con la rapidez del relámpago. Hablan al corazón y a la razón. He aquí por qué los más humildes las comprenden.
19. “¿No es indigno de los celestes mensajeros, decís vosotros, el transmitir sus instrucciones por un medio tan vulgar como es el de las mesas parlantes? ¿No es ultrajarles suponer que se divierten en trivialidades, dejando su brillante morada para ponerse a disposición del primero que los llama?”
¿Jesús no dejó la morada de su Padre para nacer en un establo? Por otra parte, dónde habéis visto nunca que el Espiritismo atribuya las cosas triviales a los espíritus superiores? Por el contrario, dice que las cosas vulgares son producto de espíritus vulgares. Pero no porque sean vulgares han dejado de afectar las imaginaciones, sirviendo para probar la existencia del mundo espiritual y demostrando que este mundo es otra cosa distinta de lo que se creía. Esto en el principio era un medio sencillo como todo lo que empieza. Pero el árbol, aunque salido de un pequeño grano, no por eso, más tarde, ha dejado de extender muy lejos su ramaje.
¿Quién hubiera creído que del miserable pesebre de Belén saldría un día la palabra que debía conmover al mundo?
Cristo es el Mesías divino, esto es indudable. Su palabra es la verdad, también es muy
cierto. La religión fundada sobre esta palabra será inquebrantable, esto es la realidad. Pero con la condición de que siga y practique su sublime doctrina y no haga de un Dios justo y bueno, tal como él nos lo reveló, un Dios parcial, vengativo y despiadado.

EL CIELO Y EL INFIERNO SEGÚN EL ESPIRITISMO.
ALLAN KARDEC.
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   LOS PASOS DE JESÚS

“Os he dicho estas cosas estando con vosotros; pero el defensor, el Espíritu Santo, el que el Padre enviará en mi nombre, él os lo enseñará todo y os recordará todo lo que os he dicho.” (Juan, XIV, 25-26).

La Religión de Jesús es la eterna Religión de la Luz y de la Verdad. Ella no se limita a la práctica de simples virtudes, tal como los hombres creen. Abarcando los amplios horizontes de la Vida Espiritual, nos enseña los medios indispensables para adquirir la Inmortalidad. La Religión de Jesús no desaparece en la tumba, sino que se eleva como un Sol majestuoso más allá del sepulcro; donde todo parece sumergirse en tinieblas, en la nada, la Verdad y la Vida se manifiesta con todo su fulgor. ¡La Religión de Jesús no es la Religión de la Cruz, sino la Religión de la Luz! ¡No es la Religión de la Muerte, sino la de la Vida! ¡No es la Religión de la Desesperanza, sino la de la Esperanza! ¡No es la Religión de la Venganza, sino la de la Caridad! ¡No es la Religión de los Sufrimientos, sino la de la Felicidad! La muerte, la desesperación, el martirio, los sufrimientos, son oriundos de las religiones humanas, así como la Cruz es el instrumento de suplicio inventado por los verdugos de la vieja Babilonia, de la Roma Primitiva, cuyos señores masacraban cuerpos y almas, infringiendo los preceptos del Decálogo.

     La Religión de Jesús no es la Religión de la Fuerza, sino la Religión del Derecho. Cuando las multitudes absortas se acercaban al Maestro querido, para oír sus prédicas investidas de Fe, perfumadas de Caridad y resplandecientes de Esperanza, nunca el Joven Nazareno les hizo señales con una cruz; nunca pretendió poner sobre los hombros de sus infelices hermanos el peso del madero infamante. Por el contrario, los atraía con su mirada piadosa, con sus exhortaciones sublimes y con sus amorosos consejos; para todos tenía palabras de perdón, de afecto y de consuelo. A los afligidos y desanimados les decía: “Venid a mí, vosotros que estáis sobrecargados; aprended de mí, que soy humilde y manso de corazón; llevad sobre vosotros mi yugo, que es suave, mi carga, que es ligera, y tendréis descanso para vuestras almas.” La gran misión de Jesús fue destruir todas las cruces que el mundo había levantado; arrasar todos los calvarios. Él fue el portador del bálsamo para todas las heridas, del consuelo para todas las aflicciones, de la luz para todas las tinieblas. Sólo aquél que tuvo la dicha de recorrer las páginas del Nuevo Testamento y acompañar los pasos de Jesús desde su nacimiento hasta su muerte y gloriosa resurrección, bien podrá valorar en qué consiste la Doctrina del Resucitado.

    Es admirable ver al Gran Evangelizador en medio de la plebe harapienta, repartiendo, con todos, los tesoros de su amor. Les hablaba la lengua del Cielo; los convidaba a la regeneración, a la perfección; les hacía percibir el futuro lleno de promesas saludables; los animaba a buscar las cosas de Dios; finalmente, procuraba grabar en aquellas almas, turbadas por el sufrimiento, el benévolo reflejo de la Vida Eterna, que Él tenía por misión ofrecer a todas las almas. Jesús no fué el emisario de la espada, el gladiador que lleva el luto y la muerte a la familia y a la sociedad; sino el Médico de las Almas, el Príncipe de la Paz, el Mensajero de la Concordia; el Gran Exponente de la Fraternidad y del Amor a Dios. A lo largo de los caminos pedregosos por donde pasó, por las ciudades y aldeas, el Maestro animaba a sus oyentes a ser buenos, les mostraba los tesoros del Cielo y a todos les garantizaba el auxilio de ese Dios Invisible, cuyo amparo se extiende a los pájaros del cielo y a los lirios de los campos. Tras su admirable Sermón de la Montaña, y para demostrar la acción de sus palabras, cura a un leproso que, postrado a sus pies, lo adora, diciendo: “¡Señor, si quieres, puedes curarme!” En su viaje por Cafarnaum, un centurión se aproxima a él y le pide que cure a su criado: el ejército celestial se pone en movimiento y el enfermo se restablece.
Llegando a la ciudad de Cafarnaum, entra en casa de Pedro y encuentra en la cama, presa de una fiebre maligna, a la suegra de este. Inmediatamente, a la imposición de sus manos compasivas, la pobre anciana se levanta. Acompañado de sus discípulos, en una barca en el Mar de Galilea, se desencadena una tempestad, el viento sopla fuerte y las olas se encrespan. Los discípulos, llenos de pavor, llaman al Maestro, y a una palabra suya los vientos cesan y el mar se calma. Cuando llegan a la otra orilla, él retira una legión de Espíritus malignos que obsesaban a un pobre hombre. Al salir nuevamente de la tierra de los gadarenos y de vuelta a Cafarnaum, unos hombres se aproximan al Nazareno y le llevan un paralítico que yacía en una camilla. El enfermo recibe el perdón de sus faltas y el hombre, curado, da gracias a Dios. Jairo, uno de los dirigentes de la sinagoga, sabiendo los grandes prodigios realizados por Jesús, corre a su encuentro y le pide que libere a su hija de la muerte. Mientras Jesús camina hacia la casa de Jairo, una mujer que sufría, hacía doce años, molestias incurables, le toca la túnica y sana. Llegando el Maestro a la casa del fariseo, libra a la jovencita de las garras de la muerte. Cuando Jesús sale de la casa de Jairo, dos ciegos corren tras el Maestro, clamando: “Hijo de David, ten misericordia de nosotros” Sus ojos se abren y ellos salen a divulgar, en Galilea, las grandes cosas que el Señor les hizo. En el mismo instante un grupo de hombres le traen al hijo de Dios un mudo endemoniado; Jesús expulsa al Espíritu maligno y el mudo recupera el habla. Y en proporción que las gracias eran dadas, la multitud crecía, porque en ellas crecía la Palabra de Dios; y Jesús andaba por todas partes anunciando a todos el Reino de Dios: contaba parábolas, hacía comparaciones y, bajo la forma de alegoría, propagaba en las almas la Voluntad Suprema para que todos, evitando obstáculos, pudiesen, con el auxilio divino, liberarse de los sufrimientos oprimentes por los que pasaban.

     Durante un largo período de tres años consecutivos, Jesús, todo dedicado a la gran misión que tan bien desempeñó, no perdió un solo momento para dejar bien clara su tarea liberadora. Gran Reformador Religioso, derogó todos los cultos, todos los ritos, todos los sacramentos de invención humana, que sólo han servido para dividir a la Humanidad, formar sectas, constituir partidos, en perjuicio de la unificación de los pueblos, de la fraternidad que él supo proclamar bien alto. Y fue por eso que fariseos y escribas, sacerdotes, doctores de la Ley y pontífices congregados en complot maléfico, hostigaron a la muchedumbre bestializada contra el Cariñoso Rabino, y, unidos a los Herodes, a los Caifás, a los Pilatos y Tartufos; unos por malevolencia sanguinaria, otros por ambición y orgullo, otros por avaricia, vil mercancía, cobardía y servilismo, llevaron al Afectuoso Evangelizador al Patíbulo infamante, torturándolo hasta la muerte. Pero el triunfo de la Verdad no se hizo esperar; cuando todos creían muerto al Redentor del Mundo, cuando creían haber extinguido su Doctrina de Amor, he aquí que la Piedra del Sepulcro, donde habían depositado el cuerpo de Mozo Galileo, estremece al toque de los luminosos Espíritus; la cavidad de la roca se muestra vacía; Jesús se aparece a María Magdalena, resuena por todas partes el eco de la Resurrección.

    Triunfante de las calumnias, de las injurias, de los tormentos, de los suplicios, de la muerte, el Hijo Amado de Dios recomienza sus valiosas lecciones, embalsamando a sus queridos discípulos con los efluvios de la Inmortalidad, únicos que nos garantizan Fe viva, Esperanza sincera y Caridad eterna. No valió la prevención de los sacerdotes, la orden de Pilatos; no valieron los sellos que lacraban el sepulcro ni los soldados que lo guardaban; en el amanecer del primer día de la semana todo fue derribado, y Cristo, resucitado, volvió a la arena mundial, victorioso en la lucha contra sus terribles verdugos. Y en su narrativa llena de sencillez, dice el Evangelio, por todos los Evangelistas, que Cristo Jesús apareció después de muerto, se comunicó con los once apóstoles, se apareció a los demás discípulos, y, después, a más de quinientas personas de las cercanías de Jerusalén; les explicó nuevamente las Escrituras, les repitió la Doctrina, que no puede quedar encerrada en una tumba, ni en una Iglesia; delante de ellos realizó fenómenos estupendos, como la Maravillosa Pesca, les anunció todas las cosas que debían suceder, les garantizó la venida del Consolador, les prometió, además de eso, su asistencia hasta la consumación de los siglos, no sólo a ellos, sino a todos los que siguiesen sus pasos y se elevó a las altas regiones del Espacio, desde donde velaría por nosotros.

     La Religión de Jesús no consiste en dogmas y promesas falaces; es la Religión de la Realidad. Religión sin manifestaciones ni comunicaciones de los Espíritus, es la misma cosa que una ciudad sin habitantes o una casa sin moradores. La Religión consiste justamente en esa comunión de Espíritus, en ese auxilio recíproco, en ese afecto mutuo. ¿Por qué es Cristo nuestra esperanza y nuestra fe? ¿Por qué le dedicamos amor, respeto y veneración? ¿Por qué le confiamos nuestras aflicciones? ¿Por qué le hacemos oraciones? ¿Por qué le dedicamos admiración y le rendimos gracias? Porque sabemos que Él puede y viene a iluminarnos la vida, a fortalecernos la creencia, nos protege y nos ampara, nos auxilia y acaricia, como un padre dedicado proporcionaría la felicidad y el bienestar a sus hijos. Pues siendo Cristo las primicias del Espíritu, como lo afirma el Apóstol Pablo; estando nosotros seguros de que Él resucitó, apareció, se comunicó, ¿por qué no pueden hacer lo mismo aquellos Espíritus que fueron nuestros amigos y parientes, aquellos que vivían con nosotros, manteniendo mutuo cariño? En la Epístola a los Corintios, el Apóstol de la Luz, dice: “Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó y es nula nuestra fe.” La resurrección de Cristo implica la resurrección de los muertos; y si fuese contraria a la Ley de Dios, la manifestación, la aparición, la comunicación de los muertos, Jesús hubiera infringido esa Ley; hubiera ido al encuentro de su primer mandamiento, que dice que tenemos la obligación de obedecer a nuestro Padre Celestial, amarlo de todo nuestro corazón, entendimiento y alma y con todas nuestras fuerzas. Pero ya que Cristo se apareció y se comunicó, es una señal segura de que la Ley de Dios consiste en la comunicación de los Espíritus. ¿Jesús no invocó, en el Tabor, a los Espíritus de Moisés y Elías? Esta es la Religión de Jesús, pues se basa en hechos irrefutables; esta es la Religión de la Fraternidad, porque tiene por base el amor verdadero, que no termina en la tumba; seguir los pasos de Jesús es lo bastante para que seamos guiados por Él y venzamos también como Él venció, la muerte, como el triunfo de la Resurrección.

Cairbar Schutel

Extraído del libro "Parábola y Enseñanza de Jesús"

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AMOR, PERDÓN, CURA y AUTOCURA 

Entrevista con El Dr. Andrei Moreira

Dr. Andrei,  ¿que es la salud, la enfermedad, la cura y la autocura en un abordaje médico-espírita?

La salud es entendida como el reflejo del ser en relación a las leyes Divinas. En la visión espírita, el hombre es un ser inmortal. alguien que preexiste a la vida física, que sobrevive al fenómeno biológico de la muerte y, a lo largo del proceso evolutivo, a través de la reencarnación, va creciendo, desarrollándose en dirección a Dios.
La salud del cuerpo físico es un reflejo del nivel e equilibrio de ese espíritu en proceso evolutivo, mediante el amor, lo bello y lo bueno. Y la enfermedad es una señalización interior de reequilibrio, invitando al ser a reconectarse con el amor y con la Fuente. Es un mensaje generado en lo más profundo de la realidad espiritual del ser, y que se refleja en el cuerpo físico como una invitación para la reconexión con el amor, el desarrollo del autoamor y con el amor al prójimo.
En esa visión, la salud y la enfermedad, son construcciones del propio hombre y nadie es víctima de nada, salvo de sí mismo, de sus propias decisiones, de sus propias elecciones, de aquello que decide y determina en su vida. Por tanto, toda cura es también un fenómeno de autocura, porque para que esta se instale definitivamente, es necesario que haya no simplemente un alivio de los síntomas y una resolución del proceso biológico en el cuerpo físico, sino también una reformulación moral del pensamiento, del sentimiento y de la acción, haciendo que el ser se transforme en profundidad, en consonancia con la ley divina, o sea, más en sintonía con la ley del Amor.

¿El amor es, entonces, el camino para la cura?

El amor es el gran medicamento y la gran finalidad de la existencia. En realidad nosotros caminamos en dirección a Dios, como el "hijo pródigo" de la parábola de Jesús, reconectando nuestra relación con el Padre y con el propio corazón, donde Dios está. Poco a poco, vamos haciendo eso, descubriendo nuestras virtudes, la grandeza íntima que hay dentro de nosotros, todo aquello que Dios nos dió como posibilidad evolutiva y que puede realizarnos plenamente.
En ese contexto, el amor representa un movimiento medicamentoso por excelencia, en cuanto movimiento de respeto, de consideración, de valoración, de inclusión. Él nos trata las enfermedades del alma, que son el orgullo, egoísmo, vanidad, prepotencia, arrogancia, y nos coloca en sintonía con la FUente, que es Dios, ayudándonos a reconectarnos con nuestro Padre. Desarrollar el amor es el camino más rápido, fácil y eficaz para la cura del alma y del cuerpo.

En los seminarios, usted presentó también el perdón como el camino para la salud integral. ¿Puede hablar algo sobre eso?

Si, el perdón es condición esencial para la salud. Sin el perdón no hay paz interior, no hay salud ni física, ni emocional. Shakespeare decía que
no perdonar o guardar odio, es como beber veneno, dejando que el otro muera. El veneno actúa en aquel que lo guarda, que lo cultiva dentro de sí. Y la angustia actúa dentro de nosotros a semejanza de una planta que, una vez guardada, cultivada, va creciendo, creando raices, dando frutos y multiplicándose.
Y nosotros acabamos enredados en una serie de dolores emocionales, sin que sepamos a veces, en donde comenzó todo. Y todo porque vamos guardando cosas dentro de nosotros, sin trabajar, sin dialogar, sin metabolizar emocionalmente aquello que estamos sintiendo y vivenciando. Cuando nos damos cuenta, la situación ya  es un asunto muy profundo y muy grave.
Para que tengamos paz, es necesario que abracemos el perdón como un proyecto.  El perdón es una decisión para la paz, que se traduce en actitudes por el establecimiento de esa paz, en el entendimiento de las cuestiones emocionales, de nuestras características personales, de las circunstancias que envuelven el acto agresor y de la responsabilidad y corresponsabilidad nuestra en el proceso. Él se traduce como un proceso, porque no se da de la noche al día. Él se construye a lo largo del tiempo a través de actitudes sucesivas de búsqueda de esa metabolización emocional, que muchas veces precisa de un acompañamiento terapéutico profesional, a través de un psicólogo que haga ese abordaje íntimo y nos ayude a encontrar nuestras respuestas, sentidos y significados más profundos.
El perdón pasa también por el acogimiento y aceptación de nuestra humanidad y de la humanidad del otro, sobre todo, en la superación de los traumas, porque solo aceptando la condición fundamental del ser humano, de estar en un proceso contínuo de errar y acertar, es como la gente se da cuenta de que conviven con los equívocos del otro que nos hiere, e incluso también con los propios nuestros.
Naturalmente, nosotros solo hacemos para el  otro aquello que hacemos para nosotros mismos. Entonces solo conseguimos aceptar la humanidad del otro cuando aceptamos nuestra propia humanidad, cuando acogemos en nosotros nuestra capacidad de equivocarnos y recomenzar, abrazando el auto amor como una propuesta de vida.
El auto-amor es hijo de la humildad, una de las representaciones magníficas de amorosidad divina, aquella decisión interna de acogernos, de tratarnos con ternura, compasión, y con la benevolencia que nosotros necesitamos, aunque con la firmeza necesaria para dominar nuestras pasiones y renovarnos de nuestros defectos que juzguemos necesario. Entonces, el perdón es una actitud de conquista de ese estado de paz interior, a través del entendimiento de las circunstancias que nos envuelven en la decisión por el amor.
   Tomado de la Revista Verdad y Luz

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viernes, 9 de febrero de 2024

Desarrollo de la Mediumnidad

 INQUIETUDES ESPÍRITAS

1.- El Espíritu: Su llegada al Más Allá (4 de 5)

2.- La Religión Universal de Jesús Cristo ( 2 de 2)

3.- El por qué de la vida

4- Desarrollo de la Mediumnidad

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  EL ESPÍRITU

   SU LLEGADA AL MÁS ALLÁ   

( 4 de 5 )                  

  

 Más allá, es el dolor – mensajero de la verdad, benefactor anónimo  e incomprendido – la voz del sufrimiento, invitando a la continencia  y al equilibrio, advirtiéndonos con relación al desgaste de la valiosa maquina física; el dolor moral, llamándonos a la meditación  y al análisis de las acciones; el dolor espiritual, manifestado en ausencias, frustraciones emocionales, agonías y soledad del alma, hablándonos en forma intuitiva sobre  el mal uso de la libertad, aprisionando la mente  en evocaciones dolorosas, que a pesar de esbozarse apenas en la tela mental, marcan los sentimientos con señales  angustiosas; el dolor  nostalgia y otros tantos dolores… todos perseverantes, llamándonos la atención, advirtiéndonos.

   Muchas almas cuando están al otro lado, se sumergen en los recuerdos, meditando seriamente sobre sus acciones en la tierra, y reparan en que el arrepentimiento es un gran colaborador para la paz interior, pero cuando solo nos ofrece la oportunidad del trabajo gracias al cual se opera nuestra renovación. Abatirse bajo  el peso del fardo de lo que está “hecho”, es desperdiciar la feliz oportunidad del resarcimiento. Hemos de tratar de resurgir íntimamente  del “túmulo de las cosas muertas”.

   Todos tenemos en el pasado, labores para reparar y caminos interrumpidos en la marcha evolutiva, que aun debemos vencer. El tiempo, ese amigo silencioso y confiado, nos enseña a no apresurarnos, para no sufrir el peligro de cansarnos y detenernos nuevamente, aunque también nos elucida con relación al estancamiento por las probabilidades que involucra criar raíces… Viajero incansable, él representa nuestras mejores y más caras esperanzas. Para nuestros espíritus endeudados, el tiempo, ligado al trabajo, es un tesoro que no podemos desdeñar, y a parte de ello, tenemos también la oración, ese tónico reconfortante que nos da coraje y que siendo de tan gran importancia, no sabemos valorar.

   Con el tiempo, tenemos la oportunidad.

   Con el trabajo, conseguimos el aprovechamiento de la oportunidad.

   Y con la oración, santificamos la ocasión y la acción.

   Todos los que atraviesan el océano físico, se dan cuenta de cuan difíciles son los primeros tiempos después de la indumentaria carnal que nos vistió durante largos años, continua envolviéndonos y reteniéndonos en el laberinto cruel de las evocaciones y sensaciones habituales.

   La reencarnación, casi siempre, representa,  una inmersión en las aguas oscuras y peligrosas del mar del olvido. La gran mayoría de las almas vuelven a la carne como criminales en el exilio, para que dentro de ese olvido, logren considerar las actitudes mezquinas e infelices, rectificando pensamientos y aprendiendo a respetar la vida en el contacto con el dolor.

   El dolor físico desanuda químicamente  los lazos que encadenan al Espíritu en la carne; le aparta los fluidos groseros que le envuelven – aun después de la muerte – y le retienen en las regiones inferiores.

   No maldigamos el dolor; solo el nos arranca  de la indiferencia, de la voluptuosidad. Esculpe nuestra alma, le da su forma más pura, su más perfecta belleza.

   Estas enseñanzas nos hacen perder el carácter espantoso a la muerte; la dejan reducida a una transformación necesaria, a una renovación. En realidad, nada muere. La muerte no es más que aparente. Solo la forma exterior cambia; es el principio de la vida –el alma- continua en su unidad permanente, indestructible. Se recobra más allá de la tumba, ella y su cuerpo fluídico, en la plenitud de sus facultades, con todas sus adquisiciones, luces, aspiraciones, virtudes, potencias, con las que nos enriquecemos en las existencias terrenales. 

   He aquí los bienes imperecederos del que nos habla el Evangelio cuando nos dice: “Ni los gusanos ni el moho corroen, y los ladrones no pueden arrebatárnoslos.” Estas son las únicas riquezas que nos es posible llevar con nosotros y utilizar en la vida del porvenir.

   La muerte y la reencarnación – esta que la sigue a aquella en un tiempo dado – son dos formas esenciales del progreso. Al romper  las costumbres estrechas que habíamos contraído, nos restituyen a otro medio diferente; dan a nuestro pensamiento un nuevo ímpetu: nos obligan a adaptar  el Espíritu a las mil fases del orden social universal.


(  Continúa y finaliza en la siguiente publicación)

Trabajo realizado por Merchita, extraído del libro “Más Allá de la muerte” de Divaldo Pereira Franco y del libro “Después de la muerte” de León Denis


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LA RELIGIÓN UNIVERSAL DE JESÚS- CRISTO ( 2 de 2)

 

        La adhesión ( a lo establecido en este Concilio), fue general y entusiasta. Todos los obispos, excepto cinco, se declararon prestos a suscribir dicha fórmula, convencidos de que contenía la verdadera fe de la Iglesia Apostólica.  Los oponentes solo fueron dos: Teón de Marmárica y Segundo de Tolomeo, que fueron exiliados y anatematizados. Arrio y sus escritos fueron también marcados con el anatema, sus libros arrojados al fuego y él fue exiliado a Lliria.

   Las comunidades cristianas que seguían las enseñanzas del Maestro, compartían sus bienes y trabajabaeleazn la tierra para conseguir su alimento; todas sus puertas estaban abiertas para el viajero necesitado de un techo para dormir y un pedazo de pan para cenar. Vivían como hermanos y cuidaban de los enfermos, Por las noches comentaban las enseñanzas de Jesús y confiaban en él. Estas comunidades, declaradas en herejía, fueron perseguidas y exterminadas, y los que se pudieron salvar se refugiaron en las montañas.

  Antes de continuar, quiero aclarar una gran confusión utilizada por la Iglesia Católica hasta hoy, sobre el origen de Jesús y su familia.

  Débora, hija de Alfeo, fue la primera mujer de José, con la que tuvo cinco hijos, llamados Cleophás,  Eleazar, Cleofe, Matías y Débora.

  En segundo matrimonio se casó con María y tuvo siete hijos más: el mayor, Jesús y a continuación Efraín, Elisabeta, Andrea, Ana y Jaime.

  Esta es la verdad sobre la familia de Jesús y su nacimiento, y esta verdad no lo desmerece en nada, por el contrario, tiene más mérito, porque su elevación la consiguió con su  propio esfuerzo. No es Dios, porque Dios es inmaterial y no tiene forma para materializarse, pero es Jesús quien lo representa aquí en la Tierra; para nosotros es como si fuese Dios mismo. Él es el Sublime Peregrino que encarnó en la Tierra, no para salvarnos, porque nuestra salvación depende de cada uno, pero sí se sometió a una vida de sufrimientos en un mundo tan primitivo como el nuestro, para enseñarnos el camino ded nuestra salvación, el camino de la verdad y de la vida.

  También es necesario hacer una aclaración sobre la muerte de Jesús, que también fue manipulada y revelada de manera diferente:

   La muerte de Jesús levantó muchas expectativas porque se había corrido el rumor de que a los tres días iba a resucitar. Esto hoy está desmentido científicamente; un cuerpo muerto jamás puede tener vida, aunque se produjese un milagro, algo que tampoco es posible.

  Jesús dijo: " Yo no he venido para alterar la Ley, sino para cumplirla". Este asunto preocupaba mucho a Pedro y a José de Arimatea, pues temían que el populacho fuese a la tumba, sacaran el cuerpo y lo profanaran. Por eso, decidieron abrir la tumba durante la noche, sacar el cuerpo y enterrarlo en un sepulcro distante de allí, que había sido abandonado por sus propietarios.

  Al día siguiente fue María a visitar la tumba y con asombro vio que esta abierta y que el cuerpo había desaparecido. Triste y llorosa regresaba cuando vio ante ella a Jesús, en Espíritu totalmente materializado. Ella lo reconoció y emocionada, de rodillas, le dice: ¡ Maestro !, Él le da la mano, la levanta y le dice: "María, ve y cuenta lo que has visto".

  María presurosa, llegó al tabernáculo donde estaban todos los  apóstoles reunidos y gritando de alegría les dice: ¡ He visto al Maestro!, ¡ está vivo!. Todos la escuchaban con asombro y no podían creer lo que María estaba diciendo. 

  Después cada uno  ha utilizado este pasaje evangélico de acuerdo a sus intereses o convicciones.

- José Aniorte Alcaraz-

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EL POR QUÉ DE LA VIDA
¿ Cual es el hombre que, en las horas de silencio y recogimiento, no ha interrogado alguna vez a la naturaleza y a su propio corazón para que le revelen el secreto de las cosas, el porqué de la vida, la razón de ser del universo?¿Dónde está aquel que nunca ha intentado levantar el velo de la muerte, ni conocer su destino, ni saber si Dios es una ficción o una realidad? No hay un ser humano, por más indiferente que sea, que no haya considerado alguna vez esos formidables problemas. La dificultad de resolverlos, la incoherencia y la multiplicidad de teorías a que dieron lugar, las deplorables consecuencias que resultan de la mayor parte de los sistemas conocidos, todo ese oscuro conjunto, agotando al Espíritu humano, ha hecho que éste caiga en la indiferencia y el escepticismo.
Sin embargo, el hombre tiene necesidad de saber; le hacen falta la claridad que conforta, la esperanza que consuela, la certeza que guía y sostiene. Y también cuenta con la manera de conocer, con la posibilidad de ver cara a cara a la augusta verdad, que se desprende de las tinieblas y lo llena con su benéfica luz. Para eso, conviene apartarse de los sistemas preconcebidos, descender hasta lo profundo de si mismo, y escuchar la voz interior que nos habla a todos, la voz de la razón, la voz de la conciencia que no se deja engañar por los sofismas.
Por mi parte, eso he hecho. Durante mucho tiempo he reflexionado; he meditado sobre los problemas de la vida y de la muerte; he sondeado con perseverancia esos oscuros abismos. He dirigido un ardiente llamamiento a la Eterna Sabiduría, y ella me respondió como lo hace a todo Espíritu animado por el amor al bien. Pruebas evidentes, hechos de observación directa, han confirmado las deducciones de mi pensamiento, así como ofrecido a mis convicciones una base sólida e inquebrantable. Después de haber dudado he creído; después de haber negado he visto. Entonces ,la tranquilidad, la confianza y la fuerza moral acudieron a mi. Son esos los bienes que, en la sinceridad de mi corazón, y deseoso de ser útil a mis semejantes, vengo a ofrecer a los que sufren y se desesperan.
La necesidad de luz nunca se ha hecho sentir de una manera tan imperiosa: una inmensa transformación de produce en el seno de las sociedades humanas. después de haber estado sometido durante una larga serie de siglos al principio de autoridad, el pueblo aspira cada vez más a sacudirse la opresión y dirigirse a si mismo. A la vez que las instituciones políticas se modifican, las creencias religiosas, las fe en los dogmas se debilitan, y los cultos son abandonados .esta es otra consecuencia de la libertad en su aplicación a las cuestiones del pensamiento y de la conciencia. La libertad, en todos los dominios, tiende a sustituir a la opresión, a la autoridad, y a guiar a las naciones hacia nuevos horizontes. El derecho de algunos se ha convertido en el derecho de todos; no obstante, para que ese derecho soberano sea conforme a la justicia y fructifique, es preciso que el conocimiento que las leyes morales regule su ejercicio. Para que la libertad sea fecunda, para que ofrezca a las obras humanas una base sólida y duradera, la luz, la sabiduría y la verdad deben completarla. conceder la libertad a hombre ignorantes y viciosos, ¿No es como poner un arma poderosa en las manos de un niño? el arma, en ese caso, a menudo se vuelve en contra del que la lleva y lo hiere.

LEÓN DENIS: EL POR QUÉ DE LA VIDA

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    DESARROLLO DE LA MEDIUMNIDAD

El deseo natural de todo aspirante a médium es el poderse comunicar con el Espíritu de las personas que le son queridas, pero debe moderar su impaciencia, porque la comunicación con un Espíritu determinado ofrece muchas veces dificultades materiales que la hacen imposible para el principiante.

Para que un Espíritu pueda comunicarse, es preciso que entre él y el médium haya relaciones fluídicas, que no se establecen siempre instantáneamente, sino a medida que la facultad se desarrolla y que el médium adquiere poco a poco la aptitud necesaria para
entrar en relación con el primer Espíritu que se presenta. De consiguiente puede suceder que con aquel con quien uno desea comunicarse no esté en condiciones propicias para hacerlo, a pesar de su presencia, así como puede también suceder que no tenga la posibilidad ni el permiso de venir al llamamiento que se le hace.

Por esto conviene en un principio no obstinarse en evocar a un Espíritu determinado con exclusión de cualquier otro, porque acontece muchas veces que con aquél no se establecen las relaciones fluídicas con tanta facilidad, por simpatía que se tenga por él. Antes, pues, de pensar en obtener comunicaciones de tal o cual Espíritu, es necesario dedicarse al desarrollo de la facultad, y para esto es preciso hacer un llamamiento general y dirigirse sobre todo a su ángel guardián. En esto no hay fórmula sacramental; cualquiera que pretendiera dar una, puede tacharse resueltamente de falsa, porque los Espíritus no atienden a la forma sino al fondo. La evocación debe hacerse siempre en nombre de Dios, y se la puede hacer en
los términos siguientes o parecidos: Ruego a Dios Todopoderoso permita a un buen Espíritu comunicarse conmigo y hacerme escribir; ruego también a mi ángel guardián tenga la bondad de asistirme y apartar a los malos.  Se espera entonces que un Espíritu
se manifieste haciendo escribir alguna cosa. Puede que se presente el que se desea, así como puede ser un espíritu desconocido o el ángel guardián; de todos modos, generalmente, se da a conocer escribiendo su nombre; pero entonces se presenta la cuestión de la identidad, una de las que requieren más experiencia, pues hay pocos principiantes que no estén expuestos a ser engañados.

Trataremos de ella más adelante en un capítulo especial.

Cuando quieran evocarse Espíritus determinados es muy esencial dirigirse primero a los que se sabe que son buenos y simpáticos y que pueden tener un motivo para venir como son los
parientes o amigos. En ese caso la evocación puede formularse de este modo: En nombre de Dios Todopoderoso ruego al Espíritu de tal que se comunique conmigo; o bien: Ruego a Dios Todopoderoso permita al Espíritu de N. el comunicarse conmigo; o cualquiera otra fórmula respondiendo al mismo pensamiento.

No deja de ser conveniente el que las primeras preguntas se hagan de tal modo que simplemente requieran la respuesta de sí o no, como por ejemplo: ¿Estás aquí? ¿Quieres responderme?

Más tarde esta precaución viene a ser inútil; en un principio sólo se trata de establecer una relación; lo esencial es que la pregunta no sea frívola, que no tenga relación con cosas
de interés privado y, sobre todo, que sea la expresión de un sentimiento benévolo y simpático para el Espíritu al cual se dirige.

204. Todavía debe tenerse presente otra cosa más importante que el modo de hacer la evocación, y es la calma y el recogimiento unidos a un deseo ardiente y a una firme voluntad de obtener buen éxito, y no queremos hablar aquí de una voluntad efímera que tiene intervalos, interrumpiéndose a cada minuto por otras preocupaciones, sino la voluntad formal, perseverante, sostenida, sin impaciencia ni deseo febril. La soledad, el silencio y el  alejamiento de todo lo que puede causar distracciones favorece el recogimiento. Entonces sólo queda una cosa por hacer, que es renovar todos los días las tentativas durante diez minutos o un cuarto de hora, todo lo más cada vez, por espacio de quince días, un mes, dos meses, y más si es necesario; conocemos médiums que no se han formado hasta después de seis meses de ejercicio, mientras que otros escriben corrientemente desde la primera vez.

205. Para evitar tentativas inútiles, se puede interrogar por otro médium a un Espíritu formal y adelantado; pero debe notarse que cuando se pregunta los Espíritus si uno es médium o no,
responden casi siempre afirmativamente, lo que no impide que los ensayos sean muchas veces infructuosos. Esto se explica naturalmente. Se hace al Espíritu una pregunta general y responde de una manera general; ya se sabe que nada es tan elástico como la facultad mediúmnica, puesto que puede presentarse bajo las formas más variadas y en grados muy diferentes.

Se puede, por lo tanto, ser médium sin apercibirse de ello, y en un sentido diferente del que uno cree. Si hacemos una pregunta vaga, verbigracia: ¿Soy médium? El Espíritu puede responder: “sí”; pero si se la hacemos precisa: ¿Soy médium escribiente?

Puede responder: “no”. También es preciso tomar en cuenta la naturaleza del Espíritu a quien se pregunta, pues los hay tan ligeros e ignorantes que responden a tontas y a locas como verdaderos calaveras atolondrados; por esto aconsejamos dirigirse a los Espíritus ilustrados, que generalmente contestan gustosos a estas preguntas e indican la mejor marcha que debe seguirse si ven posibilidad de tener buen resultado.

EL LIBRO DE LOS MÉDIUMS. ALLAN KARDEC.

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