INQUIETUDES ESPÍRITAS
1.- Muertes colectivas imprevistas y violentas
2.- La muerte física
3.- Un Espíritu en el entierro de su cuerpo
4.- Dios- Familia espiritual
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MUERTES COLECTIVAS IMPREVISTAS Y VIOLENTAS
En las batallas durante las guerras, como en los accidentes imprevistos, tal como los accidentes de avión, trenes, autobuses, y barcos, suelen morir simultáneamente muchos seres humanos, pero también es cierto que la muerte no alcanza a todas las personas que protagonizaron el trágico momento, pues frecuentemente, además de los fallecidos, otros sin embargo, solo resultaron heridos de más o menos gravedad, y en ocasiones hasta ilesos.
Nos solemos admirar ante la fortuna que han tenido los sobrevivientes de estos casos, y se suele argumentar que tuvieron mucha suerte.
Pero para los que tenemos cierto conocimiento espiritual, sabemos que nada acontece por casualidad. En esos casos los sobrevivientes solamente pasaron por una prueba espiritual bastante dura humanamente, con el fin de aprender en su alma a valorar la vida, que tal vez menospreciaron alguna vez en los demás o en ellos mismos con sus tendencias suicidas.
El caso de los seres fallecidos violentamente por esos mismos hechos, en el mismo momento y en las mismas circunstancias inesperadas, los motivos de sus fallecimientos en esas circunstancias imprevistas son muy diferente a lo relatado anteriormente para los sobrevivientes.
Tras las muertes experimentadas de los cuerpos los Espíritus o Almas que los animan siguen existiendo, siguen vivas, y no todos y no siempre, se ven entre ellos, ni se reconocen inmediatamente, porque cada uno tras las respectivas muertes de sus cuerpos, salen de su particular estado de turbación en momentos diferentes, y cada uno vive su particular proceso de adaptación a su nuevo estado en el plano espiritual que le corresponde y al que se siente atraído por Ley de Afinidad según su particular momento evolutivo. Todo esto, en un primer momento, les lleva a ignorar la presencia de algunos de los otros espíritus que les acompañaban en el plano material cuando a todos alcanzó la muerte, y al igual que ellos también dejaron sus cuerpos en el mismo lugar, por las mismas causas violentas de modo simultáneo, pues cada uno quedó tras la muerte, en diferente nivel de turbación, mental y emocional por lo que la duración de los periodos de adaptación a los planos espirituales que les corresponde a cada uno son diferentes..
Las causas de estas muertes colectivas e imprevistas, suelen ser de origen kármico. o lo que es lo mismo: la actuación de la Ley de Causa y Efecto, que les lleva a recoger con la circunstancia de sus trágicas e imprevistas muertes, los frutos de lo que colectivamente sembraron en su pasado, como pudieron ser actos actos violentos, y criminales que de modo colectivo protagonizaron en el pasado contra las vidas de otras personas en existencias anteriores.
Cuando se recuperan tras sus fallecimientos del choque emocional. similar al que se suele experimentar cuando se despierta de un pesado sueño; al principio se ven con asombro a sí mismos en su propio cuerpo espiritual, como una copia del cuerpo físico que han dejado en el lugar de sus fallecimientos, pero se trata de un cuerpo más liviano y diferente. En el caso de los Seres más apegados a la materia, estos a veces, ya en estado espiritual, incluso llegan a percibir las mismas sensaciones y necesidades físicas que tenían en la existencia física que acaban de abandonar, como el hambre o el frío, o también el ansia por el alcohol, tabaco o drogas para los que necesitaban de estos productos adictivos. Unos desencarnan y abandonan el cuerpo físico de inmediato, pero otros, en su turbación inmediata tras los hechos que provocaron su muerte, asombrados y aturdidos, se ven fuera de sus cuerpos, pero todavía unidos a ellos de algún modo y sin saber que hacer ni cómo apartarse del lugar del suceso.
La muerte en estos casos podrá ser colectiva o simultánea, pero una cosa es la muerte del cuerpo material y otra es la desencarnación en la que el Espíritu se libera por completo de dicho cuerpo; la desencarnación no siempre se produce en el mismo instante de la muerte corporal, pues esto depende de factores tales como el grado de los apegos de cada uno a su cuerpo o a lo material en general, que los retenga en este plano físico.
Tampoco es simultáneo el retorno y la adaptación normal a la vida en el mundo espiritual, pues esto también depende de factores tales como el proceso de su desencarnación, el cómo fue, los méritos morales por las acciones positivas que se protagonizaron en la vida ordinaria, el conocimiento espiritual o la fe religiosa que tengan, etc. Este retorno al plano espiritual depende de la elevación espiritual de cada uno. Los de un orden inferior. al principio, se ven particularmente como sumergidos en medio de una noche oscura en donde se sienten aislados y confundidos con una sensación de pánico. Los Seres que en la vida han seguido un correcto camino a nivel personal, moral y social, despiertan pronto de su sueño turbador y enseguida son asistidos y ayudados por otros Seres que les aguardan con ese fin.
Estos Seres que les asisten en esa trascendente circunstancia, instantes antes de suceder las desencarnaciones colectivas acuden al lugar de los hechos desde planos espirituales superiores, avisados de los sucesos que van a ocurrir de inmediato en el plano físico, en los que pueden ayudar a las víctimas. o bien son conocedores de los hechos a punto de suceder, por propia intuición y acuden de inmediato al escenario en donde se va a producir la tragedia, con el único fin de prestar ayuda recibiendo y acompañando a los espíritus que entonces desencarnen..
- José Luis Martín-
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Quizá sea este uno de los asuntos que martillea con más fuerza la mente humana, debido sobre todo a que su contestación serviría para aplacar esa tremenda ansiedad que despierta en cualquiera la cuestión de la muerte física. Por otro lado, incluso los más acérrimos materialistas terminan por preocuparse por este tema, ya que el hilo de esperanza de que todo no acaba con el tránsito, siempre está latente. ¿Será el miedo al vacío o a la nada? No hay ningún misterio en este fenómeno, ya que la conciencia, conforme transcurre el tiempo, va avisando al sujeto de que la otra dimensión le espera. Esta percepción de que se aproxima el óbito y de que algo nuevo nos aguarda, va acrecentándose en la medida en la que el individuo se aproxima a su final corpóreo. ¡Pero qué sabia es la Naturaleza!
Para el que tiene fe, no caben dudas. La vida sigue, pero de un modo desconocido. Todo es un misterio. Las grandes tradiciones monoteístas arrojan un tupido velo sobre lo que sucede en esos momentos y nos desconciertan por su falta de información concreta. Es cierto que se habla de conceptos como cielo, infierno, paraíso, moradas espirituales, seres angélicos, un más allá abstracto…pero poco más y escasamente explicado.
Cuando los españoles llegaron hace más de cinco siglos a América, nadie sospechaba de la existencia de aquellos seres humanos que poblaban aquella tierra, luego denominados indios (ya que los navegantes creían en un principio que habían arribado a la India) y solo tras contactar con ellos, supieron de la existencia de una estructura social propia, de sus costumbres y de su organización. Viene bien este dato histórico para determinar de dónde procede el conocimiento que actualmente tenemos del más allá. ¿Quién mejor para explicárnoslo que sus propios habitantes?
En efecto, “esos seres inteligentes que pueblan el universo fuera del mundo material” y que no son otros que los espíritus, nos hablan a través de las diversas comunicaciones que mantienen con las personas que conocemos como médiums. Parece adecuado que sean aquellas entidades que habitan en “el otro lado” las más apropiadas para aportarnos datos de lo que en nuestro ámbito se conoce como “desencarnación” (proceso inverso a la encarnación o separación del espíritu del organismo en el momento del óbito).
Toda aquella nebulosa sobre la vida de ultratumba que las grandes religiones nos habían presentado hasta aquella fecha (excepto la certeza de que había vida tras la muerte), quedó afortunadamente despejada en 1857 con la publicación en Francia de “El libro de los espíritus”. En dicha obra, aparte de ratificarse la supervivencia del alma, se nos confirmaba cómo se producía este hecho y lo más importante, esa información nos la proporcionaban los mismos seres espirituales que ya estaban allí, viviendo en la esfera inmaterial. ¡Qué mejor fuente de información!
Supimos entonces y comprendemos ahora que la muerte no es más que el paso del alma de una dimensión a otra y que su individualidad, su carácter, se conserva plenamente merced a los mecanismos de memoria que todo espíritu lleva consigo. De no ser así, perderíamos toda conciencia de lo que hemos realizado a lo largo del periplo terrenal y esos recuerdos los vamos a necesitar para seguir avanzando en el camino evolutivo.
Averiguamos que los espíritus se nos muestran y se reconocen entre ellos porque utilizan un fluido que les es propio y que sirve para formar el llamado “periespíritu” (ropaje del alma).
La muerte nos iguala a todos, se dice, pero solo porque se trata de un fenómeno universal que a todos afecta y no porque vayamos a partir de cero una vez desprendidos de la carga material que supone el organismo. Todo lo demás aquí se queda, da igual que hayas habitado en un palacio o en una choza, que hayan alcanzado el grado de doctor o permanecido analfabetos, al fin y al cabo lo único que cuenta es lo que hayas avanzado en tu senda de progreso y que será lo que determine la naturaleza de tu próxima vuelta a la Tierra para continuar con tu peregrinaje.
Hace muchísimo tiempo que el mítico personaje Hermes Trismegisto, estableció su famoso axioma “como es arriba, es abajo” para explicar las concordancias entre las dos dimensiones de la realidad (material y espiritual). Esto resulta válido para aplicarlo a las características de los espíritus. La muerte no cambia nada, excepto la percepción de que podemos seguir existiendo y pensando sin ningún soporte físico, pero nuestra singularidad no se va a ver alterada por el tránsito. En otras palabras, el perverso, el malvado, no se va a convertir de pronto en alguien bondadoso o caritativo por atravesar al “otro lado” y a la inversa.
No existe dolor en la separación del alma del cuerpo. Parece que son más desgarradoras ciertas experiencias por las que pasamos en el mundo de la “carne” que la muerte en sí misma. Cualquier trauma que pudiera producirse en tan supremo instante queda sobradamente compensado por el placer que experimenta el espíritu cuando comienza a sentir cómo va abandonando la “cárcel” que para él suponía la materia y cómo va vislumbrando su próxima morada. Podríamos compararlo al sentimiento que un preso percibe cuando, tras años de cumplimiento, contempla la puerta que le conduce a la libertad. O a aquel, que tras largo exilio, se le permite volver a su tierra y abrazar a los suyos.
La separación de ese vínculo materia-espíritu no se produce a la misma velocidad ni resulta del mismo modo en todos los lances. Hasta en esto, como en todo lo demás, opera la ley de acción-reacción y en este sentido conocemos de personas que asisten sorprendidas a su entierro, a la lectura de su testamento e incluso en el peor de los casos, a la putrefacción de su cadáver. Esto sí que se constituye en experiencia impactante, sobre todo cuando puedes escuchar sin cortapisas, la “verdadera” opinión que tus allegados tenían de ti. No sucede así en aquellos otros cuya encarnación física ha estado marcada por la labor de sus nobles actos y la bondad de su corazón. Además de ser asistidos por otros espíritus que le dan la bienvenida, no existe mayor gozo para el alma que la tranquilidad de conciencia, al intuir que ninguna mirada escudriñadora se cierne sobre ella pidiéndole explicaciones por sus malas obras.
No está de más decir que cuanto más materialistas resulten las convicciones del afectado, más dificultoso será el proceso de separación entre su cuerpo y su alma, entre otras cosas porque lleva un tiempo el admitir una “realidad”, como es la vida espiritual, que has estado negando años y años. Por ende, aquel que ha estado convencido de que iba a seguir viviendo más allá del óbito, se moverá en un terreno más familiar y no le resultará tan extraño el poder seguir pensando y sintiendo, aun habiendo perdido el armazón orgánico.
Otro aspecto que muchos desean conocer es si dado que el espíritu sobrevive, este va a encontrarse con algún familiar anteriormente fallecido como es el caso de padres, hijos o simplemente amigos. Cada acontecimiento es único, pero en estos casos, la ley del “merecimiento” hace acto de presencia. Ni que decir tiene que los méritos contraídos por la persona a lo largo de su última existencia (ahora ya finiquitada), se constituirán en el peso principal que determine si ese espíritu recién ingresado en la nueva morada tiene posibilidad o no de ser asistido por sus seres más queridos.
Todo lo descrito hasta ahora, sucesos que acontecen justo tras la ruptura del denominado “cordón de plata” (como se le designa en las tradiciones esotéricas) tiene un nombre: turbación. El diccionario de la Real Academia Española atribuye a este término el significado de “confusión, desorden, desconcierto” y la verdad es que esta definición nos aproxima bastante a la realidad de la situación con la que se enfrenta el alma justo tras el deceso. Sin embargo, aunque este aturdimiento es inevitable, difiere mucho en cuanto a su intensidad. La regla es clara: a mayor grado de elevación moral del espíritu con menor fuerza se manifestará ese caos posterior a la muerte. De ello se infiere, que las almas con un menor nivel de adelantamiento sufrirán con mayor magnitud las secuelas inherentes a dicha turbación. No iba a ser lo mismo despertar por la mañana tras un reparador sueño que tras una noche de pesadillas y sobresaltos. En el segundo de los casos, el atolondramiento del sujeto puede durar mucho más que en el primero.
Aparte de la intensidad de esa fase de desorientación cabe establecer su extensión en el tiempo. Su duración va a ir muy ligada al conocimiento que la persona haya desarrollado en vida de la esfera espiritual, pero sin duda, el factor más determinante va a ser su progreso moral. Alguien, cuya guía en su existencia ha sido la práctica del bien, “despertará” a la nueva dimensión con rapidez, permaneciendo en estado de turbación por poco tiempo. Ahora entendemos por qué la separación del alma del cuerpo no impide que la ley de causa y efecto siga vigente. Como bien se recalca en el Evangelio “a cada cual según sus obras”. No hay otra forma, los méritos contraídos por cada cual se disfrutan indistintamente en una u otra dimensión.
Para finalizar, yo acudiría a una expresión popular muy utilizada. Cuando quiero preparar algo a conciencia suelo decir que “me voy a hacer con el mapa de la situación”. Si voy a realizar un viaje a una tierra desconocida, en mi caso, procuraría hacerme con un plano de ese lugar, con la ropa adecuada, estudiar las costumbres de las gentes que allí habitan, saber en qué emplean su tiempo, a qué se dedican, qué tipo de clima tienen o incluso aprender algo de su lengua para saber entenderme mejor. Seguro que de este modo, mi odisea será más productiva.
Bien es cierto que hay personas que no desean hablar de estos “preparativos” y que prefieren ubicarse allí, en tan lejano paraje, “sobre la marcha”. “Cuando llegue el momento, ya sabré lo que tengo que hacer”… comentan. Tan solo cito una cuestión para que nadie la ignore. Por un lado, se trata del viaje más importante de nuestra vida y por otro, es un billete para un pasaje que no puedes eludir, al que todos estamos convocados.
Respetando la libertad de elección de cada uno, yo, para este “crucero” me prepararía adecuadamente. Al desembarcar, no van a comprobar si viajé en primera o segunda categoría, en camarote de lujo o en clase turista, sino las buenas obras realizadas a lo largo de mi periplo físico. Hay para ello una cita del Corán que describe a la perfección el tránsito del que hemos hablado:
“Cuando un hombre muere, el que le sobrevive pregunta qué bienes ha dejado tras él. El ángel que se inclina sobre el moribundo, pregunta qué buenas obras ha enviado delante de él”
Vivamos agradecidos por la dicha del conocimiento que Dios, a través de los espíritus, ha puesto en nuestras manos y al mismo tiempo, seamos consecuentes con ello.

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