martes, 10 de marzo de 2026

La posición del espírita ante los que no lo son

 INQUIETUDES ESPÍRITAS

1.- Cuando el tiempo alcanza a la conciencia

2.- La salud mental como  fruto de la salud emocional

3.- La senda del espírita

4.- La posición del espírita ante los que no lo son

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CUANDO EL TIEMPO ALCANZA A LA

 CONCIENCIA.

                                                         




En momentos de incertidumbre muchos piensan, casi por reflejo, que nada sucederá. Que todo seguirá como siempre. Que las tensiones del mundo no son más que escaramuzas pasajeras, enfrentamientos calculados, gestos de poder destinados a mostrar los dientes sin llegar jamás a morder. Se repite el mismo libreto de las últimas décadas: amenazas, discursos encendidos, demostraciones de fuerza y luego, finalmente, una calma aparente que permite a las multitudes volver a su rutina cotidiana.

Pero hay momentos en la historia en que esa apariencia deja de ser verdad.

Quienes alguna vez se acercaron a la ley universal —aunque no la hayan comprendido completamente— perciben que algo distinto se está moviendo bajo la superficie del mundo. Algo más profundo que un conflicto político, más vasto que una disputa territorial o económica. Es una transformación de fondo, un desplazamiento silencioso de los límites que durante décadas contuvieron a la humanidad. Hoy muchos creen que si la guerra se detiene mañana todo volverá a la normalidad. Pero esa normalidad ya ha sido alterada. Incluso si los líderes del mundo anuncian paz, el escenario ya es otro. Las intenciones han quedado expuestas. Los límites han sido corridos. Y cuando los límites se corren, el efecto tarde o temprano se manifiesta.

La historia enseña que los grandes cambios no comienzan cuando estalla el último conflicto, sino cuando la conciencia colectiva ha madurado —o se ha degradado— lo suficiente como para que una nueva etapa sea inevitable. Desde la visión espiritual, nada ocurre por casualidad. Todo es pesado y medido. Pero no como muchos imaginan, evaluando únicamente los actos de una existencia presente. La ley es más profunda que eso. Lo que se mide es la trayectoria del espíritu. Lo que se pesa es la vibración alcanzada por el alma del espíritu a través del tiempo, de las experiencias, de las decisiones tomadas cuando nadie observaba.

Cada pensamiento deja huella. Cada acción genera una resonancia. Cada elección construye un destino.

Por eso, cuando los acontecimientos del mundo se precipitan, no lo hacen únicamente por decisiones humanas recientes. Son la consecuencia acumulada de largos procesos espirituales. Procesos que muchas veces se gestan durante décadas, incluso generaciones.

Muchos lo sabían.

Lo sabíamos.

Hace décadas ya se hablaba de un momento en el que las estructuras del mundo material comenzarían a tambalear. Se habló de un tiempo en que el llamado “Dios Oro” perdería su dominio sobre la conciencia humana. Ese dios que no es una divinidad verdadera, sino un símbolo de la idolatría material: el poder, la riqueza, el dominio sobre otros.

Durante siglos la humanidad ha rendido culto a ese dios invisible. Se lo adora en los mercados. Se lo defiende en las guerras. Se lo protege en las decisiones de los poderosos.
Pero todo lo que no está fundado en la ley universal está destinado a caer.

No por castigo. Sino por equilibrio.

Cuando se dijo hace más de un siglo que el “Dios Oro sucumbiría”, no se hablaba solamente de un sistema económico. Se hablaba de una mentalidad. De una forma de vivir en la que el valor del espíritu fue desplazado por el valor de la materia.

Ese ciclo está llegando a su límite. Y cuando un ciclo llega a su límite, la ley actúa.

No con ira. No con venganza. Sino con justicia.

Por eso los acontecimientos actuales no deben mirarse solamente desde la superficie de la política o de la estrategia militar. Detrás de ellos existe un movimiento más profundo, una corrección de rumbo que la humanidad misma ha provocado con sus decisiones acumuladas. Muchos todavía creen que estas advertencias son exageraciones o temores infundados. Que el mundo siempre ha vivido en crisis y que esta será una más. Y es cierto: la humanidad ha atravesado innumerables conflictos.

Pero hay momentos en que la historia no repite ciclos pequeños, sino que entra en etapas de transformación. Esos momentos son raros. Pero cuando llegan, cambian todo. Por eso hoy la advertencia no nace del miedo, sino de la responsabilidad.

La red que hoy conecta a millones de personas alrededor del mundo permite transmitir ideas, reflexiones y advertencias con una velocidad nunca antes vista en la historia humana. Pero también es cierto que ningún sistema material es eterno. Un día cualquiera, sin previo aviso, esa red podría desaparecer o quedar interrumpida. Entonces cada espíritu quedará nuevamente consigo mismo.

Sin pantallas. Sin intermediarios Sin ruido.

Solo con su conciencia.

Por eso no conviene dejar para mañana lo que puede decirse hoy. No conviene postergar la reflexión ni el llamado a la conciencia. Cada palabra que invite a pensar, cada mensaje que recuerde la ley universal, puede ser una semilla sembrada en el momento justo. Porque el verdadero juicio no ocurre en los tribunales de la tierra.

Ocurre en la conciencia.

La ejecución de la sentencia no es un acto externo, sino una consecuencia natural de lo que cada espíritu ha construido dentro de sí mismo. El juez no es una figura lejana ni arbitraria. Es la propia ley del universo actuando con precisión perfecta.

Y esa ley ha sido pedida.

No solamente por una voluntad superior, sino también por la humanidad misma. Durante siglos millones de espíritus han clamado por justicia, por verdad, por equilibrio. Cada oración sincera, cada pedido de transformación, cada anhelo de un mundo más justo ha sido registrado en el gran equilibrio del universo.
Cuando esos pedidos alcanzan cierta magnitud, la ley responde.

Pero responder implica transformar. Y toda transformación sacude estructuras.

Quizás uno de los aspectos más dolorosos de este tiempo sea reconocer cuánto tiempo se ha desperdiciado en disputas inútiles entre hermanos que conocían los mismos principios universales. Hombres y mujeres que estudiaron las leyes espirituales, que hablaron de amor, de justicia, de fraternidad… pero que muchas veces terminaron enfrentados por interpretaciones, liderazgos o diferencias menores.

La historia espiritual de la humanidad está llena de esas divisiones. Y cada división debilitó el mensaje.

Sin embargo, incluso ese error forma parte del aprendizaje colectivo. La ley no se detiene por las fallas humanas; simplemente continúa su curso hasta que la experiencia enseña lo que las palabras no lograron enseñar. Hoy ese aprendizaje se acerca a un punto decisivo. Como se dijo hace siglos: llegará como ladrón en la noche.

No porque la ley actúe con engaño, sino porque la mayoría de los hombres se acostumbra tanto a la rutina que deja de percibir las señales.
Y cuando el cambio finalmente se manifiesta, parece repentino.
Pero no lo es. Fue anunciado. Fue advertido. Fue preparado durante mucho tiempo.

Entonces surge la gran pregunta: ¿y ahora qué?

Ahora comienza la verdadera transformación.

No la del miedo ni la del castigo, sino la del amor del Padre actuando para corregir el rumbo de la humanidad. Un amor que no siempre se manifiesta como consuelo inmediato, sino como fuerza que empuja a evolucionar. La paz verdadera no es simplemente la ausencia de guerra. Es el resultado de una conciencia transformada. Por eso cuando el mundo proclame paz, muchos creerán que todo ha terminado. Pero en realidad puede ser apenas el inicio de una preparación más profunda.
Porque antes de que la humanidad alcance una verdadera armonía, todavía deberá atravesar pruebas que revelen qué valores permanecen en pie cuando todo lo demás se tambalea. Ese será el momento en que cada espíritu demostrará quién es realmente. No por lo que dijo creer. Sino por lo que supo vivir. Y entonces, finalmente, la ley cumplirá su propósito: separar la conciencia despierta de la indiferencia, la verdad de la apariencia, el amor real de las palabras vacías.

Ese día no será el fin del mundo.

Será el inicio de otro tiempo.

ARTURO BOCHED

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LA SALUD MENTAL, COMO FRUTO DE LA SALUD EMOCIONAL

                                       


  Dice un viejo refrán que "el amor todo lo cura "- En él se esconde una verdad universal: la enfermedad es siempre una falta de equilibrio y armonía, es decir, de una falta de amor. Como en todo proceso de recuperación, la medicina más eficaz para suplir una falta, es la administración de la falta ausente. Por lo tanto, el mejor paliativo para cualquier enfermedad es la administración del amor. Con él se curan las heridas del alma, que son las causantes de las heridas o enfermedades del cuerpo-

 Aunque la ciencia espírita haya probado que la enfermedad mental está a veces ligada a un proceso obsesivo provocado por un agente externo; no es menos cierto que la puerta que ha dado acceso a este proceso ha sido la ausencia de amor. Así pues, es válida aquella sentencia que dice que el obsesado necesita sentir y desarrollar el amor. Cuando consiga que el amor se instale en él, no habrá  acceso en su alma para el proceso de alienación. Por el contrario, si persistiere en actitudes de odio o rencor, conseguiría acrecentar la dolencia.

   Por lo tanto, la propuesta evangélica tiene la llave para preservarnos de la obsesión. Cuando desde el mundo espiritual superior se nos enseña a amar, no es solamente con el  objetivo de conseguir un mundo mejor. Si se pretendiese hacer de la Tierra un mundo mejor solo sería necesario que la poblasen espíritus mejores. Por el contrario, la Tierra es aún una escuela que lleva al alumno a la conquista de mayores grados de adquisiciones intelectuales y morales. Sepamos ser siempre más grandes y mejores, trabajemos en la adquisición de la sabiduría y del amor, que siempre deben de ir parejas. Cuando hayamos  recorrido otra era evolutiva, podremos comprobar en nosotros mismos el resultado de la promesa de Cristo. Estaremos totalmente redimidos y no necesitaremos ya de "medias verdades" para conquistar nuevos horizontes.

  Recordad que "no hay nada oculto que no deba ser conocido", pues la adquisición del Conocimiento pasa inevitablemente por esta premisa. No temáis a la muerte y no temáis tampoco a la revelación del mundo espiritual, que ilumina también vuestra ciencia.

- Transmitido por Espíritus Hermanos de la Caridad, a través de la mediumnidad de David Estany Prim-

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                            LA SENDA DEL ESPÍRITA

                                                                         


      El lugar más serio para comprender el espiritismo es en un centro espírita, a ser posible, federado, o al menos que sean las obras de Kardec las seguidas, pues es el aspecto serio y de estudio el que ofrece la comprensión posterior del fenómeno espírita. Es toda una ciencia por el estudio que se la ha de dedicar, por esto los ociosos pronto se cansan y retiran, pues no es la curiosidad lo que las reuniones vienen a tratar sino una doctrina especialmente consoladora que da pruebas de la supervivencia tras la muerte.

¿Si es tan serio, por qué no es más conocido? España fue la primera potencia en espiritismo a finales del siglo XIX y principios del XX, llegándose a producir el Primer Congreso Internacional (1888) en Barcelona. No había otra nación que tuviera tantos periódicos en circulación sobre este tema. Fue tras la Guerra Civil (1936-1939) que el general Franco prohibió todo culto que no fuera el católico, teniendo que huir muchos a América y otros continuando sus actividades en el más sumo secreto. En otros países como Brasil, sí que tiene un reconocimiento social respetado.

LECCIONES BÁSICAS DE ESPIRITISMO.

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       LA POSICIÓN DEL ESPÍRITA ANTE LOS QUE NO LO SON                                   


( Diálogos entre Kardec y un Sacerdote católico )


El sacerdote. -¿Me permitiría usted, caballero, que a mi vez le dirija algunas
preguntas?

ALLAN . KARDEC. –Con mucho gusto. Pero, antes de responderlas, creo útil manifestarle el terreno en que espero colocarme para responderle..
     Debo manifestarle que de ningún modo pretenderé convertirlo a nuestras ideas.
Si desea conocerlas detalladamente, las encontrará en los libros donde están expuestas; allí las podrá usted estudiar detenidamente, y libre será de rechazarlas o aceptarlas.
    El Espiritismo tiene por objeto combatir la incredulidad y sus funestas consecuencias, dando pruebas patentes de la existencia del alma y de la vida futura. Se dirige, pues, a los que no creen en nada o que dudan, y usted lo sabe, el número de ellos es grande. Los que tienen una fe religiosa, y a los que basta esa fe, no tiene necesidad de él. Al que dice: “Yo creo en la autoridad de la Iglesia y me atengo a lo que enseña sin
buscar nada más”, el Espiritismo responde que no se impone a nadie ni viene a forzar
convicción alguna.
     La libertad de conciencia es una consecuencia de la libertad de pensar, que es
uno de los atributos del hombre, y el Espiritismo se pondría en contradicción con sus
principios de caridad y de tolerancia si no las respetase. A sus ojos, toda creencia, cuando es sincera y no induce a dañar al prójimo, es respetable aunque fuese errónea. Si alguien se empeña en creer, por ejemplo, que es el Sol el que da vueltas y no la Tierra, le diríamos: Créalo usted, si le place; porque eso no impedirá que la Tierra dé vueltas; pero del mismo modo que nosotros no procuramos violentar su conciencia, no procure usted violentar la de otros. Si convierte usted en instrumento de persecución una creencia inocente en sí misma, se trueca en nociva y puede ser combatida.
     Tal es, señor sacerdote, la línea de conducta que he observado con los ministros
de diversos cultos que a mí se han dirigido. Cuando me han interrogado sobre puntos de la doctrina, les he dado las explicaciones necesarias, absteniéndome, no obstante, de discutir ciertos dogmas, de los que no debe ocuparse el Espiritismo, ya que cada uno es libre de apreciarlos. Pero jamás he ido en busca de ellos con el intento de destruir su fe por medio de la coacción. El que a nosotros viene como hermano, como hermano lo recibimos. Al que nos rechaza le dejamos en paz. Este es el consejo que no ceso de dar a los espiritistas, porque jamás he elogiado a los que se atribuyen la misión de convertir al clero. Siempre les he dicho: Sembrad en el campo de los incrédulos, que en él hay abundante mies que recoger.
     El Espiritismo no se impone, porque, como he dicho, respeta la libertad de   conciencia. Sabe, por otra parte, que toda creencia impuesta es superficial y sólo da las
apariencias de fe, pero no la fe sincera. A la vista de todos expone sus principios, de modo que pueda cada uno formar opinión con conocimiento de causa. Los que los aceptan, laicos o sacerdotes, lo hacen libremente y porque los encuentran racionales; pero de ninguna manera abrigamos mala voluntad respecto de los que no son de nuestro parecer.. Si hay lucha entre la Iglesia y el Espiritismo, estamos convencidos de que no la hemos provocado nosotros.

- Allan Kardec- ( "Qué es el Espiritismo)

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