miércoles, 28 de diciembre de 2016

LA VEJEZ



                          

                Un Año Nuevo 

Dicen que cuando se acerca fin de año los ángeles curiosos se sientan al borde de las nubes a escuchar los pedidos que llegan desde la tierra. 

– ¿Qué hay de nuevo? -pregunta un ángel pelirrojo, recién llegado. 

Lo de siempre: amor, paz, salud, felicidad…- contesta el ángel más viejo. 

Y bueno, todas esas son cosas muy importantes. 

Lo que pasa es que hace siglos que estoy escuchando los mismos pedidos y aunque el tiempo pasa los hombres no parecen comprender que esas cosas nunca van a llegar desde el cielo, como un regalo. 

¿Y qué podríamos hacer para ayudarlos? – Dice el más joven y entusiasta de los ángeles. 

¿Te animarías a bajar con un mensaje y susurrarlo al oído de los que quieran escucharlo? – pregunta el anciano. 

Tras una larga conversación se pusieron de acuerdo y el ángel pelirrojo se deslizó a la tierra convertido en susurro y trabajó duramente mañana, tarde y noche, hasta los últimos minutos del último día del año. 

Ya casi se escuchaban las doce campanadas y el ángel viejo esperaba ansioso la llegada de una plegaria renovada. Entonces, luminosa y clara, pudo oír la palabra de un hombre que decía: 

“Un nuevo año comienza. Entonces, en este mismo instante, empecemos a recrear un mundo distinto, un mundo mejor: 

sin violencia, sin armas, sin fronteras, con amor, con dignidad; con menos policías y más maestros, con menos cárceles y más escuelas, con menos ricos y menos pobres. 

Unamos nuestras manos y formemos una cadena humana de niños, jóvenes y viejos, hasta sentir que un calor va pasando de un cuerpo a otro, el calor del amor, el calor que tanta falta nos hace. 

Si queremos, podemos conseguirlo, y si no lo hacemos estamos perdidos, porque nadie más que nosotros podrá construir nuestra propia felicidad”. 

Desde el borde de una nube, allá en el cielo, dos ángeles cómplices sonreían satisfechos. 

Del libro: “Cuentos para Niños de 8 a 108 II” – Pancho Aquino.
Aportación de Lorena Dorante



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" La muerte no existe, es apenas una evolución, sobreviviendo el ente humano a esa hora suprema, que no es en modo alguno la última hora.
   La muerte es la puerta de la Vida.
   El cuerpo es solamente un vestuario orgánico del espíritu. Él pasa, cambia, se disgrega, el espíritu permanece.
- Camilo Flammarion -



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           LA VEJEZ 



La vejez es el otoño de la vida; en su último declive, es su invierno. Sólo con pronunciar la palabra vejez, sentimos el frío en el corazón; la vejez, según la estimación común de los hombres, es la decrepitud, la ruina; recapitula todas las tristezas, todos los males, todos los dolores de la vida; es el preludio melancólico y desolado del adiós final. En esto hay un grave error. Primero, por regla general, ninguna fase de la vida humana está totalmente desheredada de los dones de la naturaleza, y todavía menos de las bendiciones de Dios. 

¿Por qué la última etapa de nuestra existencia, aquella que precede inmediatamente el coronamiento del destino, debería ser más afligida que las otras? Sería una contradicción y no correspondería con la obra divina, pues todo en ella es armonía, como en la viva composición de un concierto impecable. Al contrario, la vejez es bella, es grande, es santa; y vamos a estudiarlo un instante, a la luz pura y serena del Espiritismo. 

Cicerón escribió un elocuente tratado de la vejez. Sin duda, encontramos en estas páginas célebres algo del genio armonioso de este gran hombre; sin embargo, es una obra puramente filosófica y que contiene sólo puntos de vista fríos, una resignación estéril, y de abstracciones puras. Es en otro punto de vista que hay que colocarse, para comprender y para admirar esta peroración augusta de la existencia terrestre. 

La vejez recapitula todo el libro de la vida, resume los dones de otras épocas de la existencia, sin tener las ilusiones, las pasiones, ni los errores. El anciano ha visto la nada de todo lo que deja; ha entrevisto la certeza de todo lo que va a venir, es un vidente. Sabe, cree, ve, espera. Alrededor de su frente, coronada de una cabellera blanca como de una cinta hierática de los antiguos pontífices, alisa una majestad totalmente sacerdotal. A falta de reyes, en ciertos pueblos, eran los Ancianos quienes gobernaban. La vejez todavía es, a pesar de todo, una de las bellezas de la vida, y ciertamente una de sus armonías más altas. 

A menudo decimos: ¡que guapo anciano! Si la vejez no tuviera su estética particular, ¿a qué dicha exclamación? 

No obstante, no hay que olvidar que en nuestra época, como ya lo decía Chauteaubriand, hay muchos viejos y pocos ancianos, lo que no es la misma cosa. El anciano, en efecto, es bueno e indulgente, ama y anima a la juventud, su corazón no envejeció en absoluto, mientras que los viejos son celosos, malévolos y severos; y si nuestras jóvenes generaciones no tienen ya hacia los abuelos el culto de otros tiempos es, precisamente en este caso, porque los viejos perdieron la gran serenidad, la benevolencia amable que hacía antaño la poesía de los antiguos hogares. La vejez es santa, es pura como la primera infancia; es por ello que se acerca a Dios y que ve más claro y más lejos en las profundidades del infinito. 

Es, en realidad, un comienzo de desmaterialización. El insomnio, que es la característica ordinaria de esta edad, es la prueba material. La vejez se parece a la víspera prolongada. En vísperas de la eternidad el anciano es como el centinela avanzado en el límite de la frontera de la vida; ya tiene un pie en la tierra prometida y ve la otra orilla y la segunda ladera del destino. De ahí esas "ausencias extrañas", esas distracciones prolongadas, que se toma por un debilitamiento mental y que son en realidad sólo exploraciones

momentáneas del más allá, es decir, fenómenos de expatriación pasajera. He aquí lo que no se comprende siempre. La vejez, como tan a menudo decimos: es el ocaso de la vida, es la noche. El ocaso de la vida, es verdad; ¡pero hay tardes muy bellas y puestas del sol qué tienen reflejos apoteósicos! Es la noche, también es verdad; ¡pero la noche es muy bella con sus adornos de constelaciones! ¡Como la noche, la vejez tiene sus Vías Lácteas, sus caminos blancos y luminosos, reflejo espléndido de una vida larga plena de virtud, de bondad y de honor! 

La vejez es visitada por los Espíritus de lo invisible; tiene iluminaciones instintivas; un don    

maravilloso de adivinación y de profecía: es la mediumnidad permanente y sus oráculos son el eco de la voz; de Dios. Es por eso que las bendiciones del anciano son santas dos veces; debemos guardar en su corazón los últimos acentos del anciano que muere, como el eco lejano de una voz querida por Dios y respetada por los hombres. 

La vejez, cuando es digna y pura, se parece al noveno libro de Sybille que él sólo, vale lo que todos los demás, porque los recapitula y porque resumiendo todo el destino humano, anula a los otros. Persigamos nuestra meditación sobre la vejez, y estudiemos el trabajo interior que se cumple en ella. «De todas las historias, se dice, la más bella es la de las almas.» Y esto es verdad. Es bello penetrar en este mundo interior y sorprender en él las leyes del pensamiento, los movimientos secretos del amor. 

La vejez contemplada en toda su realidad, devuelve al alma la verdadera juventud y el nuevo renacimiento en un mundo mejor. El alma del anciano es una cripta misteriosa, alumbrada por el alba inicial del sol del otro mundo. Lo mismo que las iniciaciones antiguas se cumplían en las salas profundas de las Pirámides, lejos de la mirada y lejos del ruido de mortales distraídos e inconscientes es, parsimoniosamente, en la cripta subterránea de la vejez que se cumplen las iniciaciones sagradas que preludian a las revelaciones de la muerte. 

Las transformaciones o, mejor dicho, las transfiguraciones operadas en las facultades del alma por la vejez son admirables. Este trabajo interior se resume en una sola palabra: la sencillez. La vejez es eminentemente simplificadora de toda cosa. Simplifica primero el lado material de la vida; suprime todas las necesidades ficticias, las mil necesidades artificiales que la juventud y la edad madura habían creado, y que habían hecho de nuestra complicada existencia una verdadera esclavitud, una servidumbre, una tiranía. Lo diremos más alto: es un principio de espiritualización. 

El mismo trabajo de simplificación se cumple en la inteligencia. Las cosas admitidas se vuelven más transparentes; en el fondo de cada palabra encontramos la idea; en el fondo de cada idea divisamos a Dios. El anciano tiene una facultad preciosa: la de olvidar. Todo lo que fue fútil, inútil en su vida, se borra; guarda en su memoria, como en el fondo de un crisol, sólo lo que fue sustancial. La frente del anciano no tiene ya nada de la actitud orgullosa y provocadora de la juventud y de la edad viril; se inclina bajo el peso del pensamiento como de la espiga madura. El anciano baja la cabeza y la inclina sobre su corazón. Se esfuerza en convertir en amor todo lo que queda en él de facultades, de vigor y de recuerdos. La vejez no es pues una decadencia: realmente es un progreso; una marcha adelante hacia el término: a este título es una de las bendiciones del Cielo. 

La vejez es el prefacio de la muerte; es lo que la hace santa como la víspera solemne que hacían los antiguos iniciados antes de levantar el velo que cubría los misterios. La muerte es pues una iniciación. Todas las religiones, todas filosofías intentaron explicar a la muerte; bien poco conservaron de su verdadero carácter. El cristianismo la divinizó; sus santos la miraron frente a frente noblemente, sus poetas la cantaron como una liberación. 

Sin embargo, los santos del catolicismo vieron en ella sólo la exoneración de las servidumbres de la carne, el rescate del pecado; y a causa de esto, hasta los ritos funerarios de la liturgia católica difunden un tipo de espanto por esta peroración, sin embargo tan natural, la existencia terrestre. La muerte simplemente es un segundo nacimiento; dejamos este mundo de la misma forma que entramos en él, según la orden de la misma ley. Un tiempo antes de la muerte, un trabajo silencioso se cumple: la desmaterialización ya ha comenzado. A ciertos signos podríamos comprobarlo si los que rodean el moribundo no están distraídos en otras cosas. La enfermedad desempeña aquí un papel considerable: termina en algunos meses, en algunas semanas, en algunos días puede, lo que el trabajo lento de la edad había preparado: es la obra de "disolución" de la que habla el apóstol Pablo. Esta palabra "disolución" es muy significativa: indica claramente que el organismo se desagrega y que el periespíritu se "desata" del resto de la carne con la que fue envuelto. 

¿Qué sucede en ese momento supremo que todas las lenguas llaman " la agonía ", es  
decir, decir el último combate? Lo presentimos, lo adivinamos. Un gran poeta moribundo tradujo este instante solemne con este verso: “Está aquí el combate del día y de la noche.” 


En efecto, el alma entró en un estado crepuscular; está en el límite extremo, en la frontera de ambos tipos de mundo y visitada por las visiones iniciales de aquel en el que va a entrar. El mundo que deja le envía los fantasmas del recuerdo, y toda una comitiva de Espíritus le llega del lado de la aurora. Jamás morimos solos, igual que jamás nacemos solos. Los invisibles que nos conocieron, que nos amaron, que nos prestaron asistencia aquí abajo vienen para ayudar al moribundo a desembarazarse de las últimas cadenas de la cautividad terrestre. En esta hora solemne, las facultades crecen; el alma, medio liberada, se dilata; comienza a volver a su atmósfera natural, a repetir su vida vibratoria normal, y es para esto para lo que en este instante se revelan en algunos moribundos fenómenos curiosos de mediumnidad. La Biblia está llena de estas revelaciones supremas. La muerte del patriarca Jacob es el tipo consumado de desmaterialización y de sus leyes. Sus doce hijos están reunidos alrededor de su lecho, como viva corona fúnebre. El anciano se recoge, y después de haber recapitulado su pasado, sus memorias, profetiza a cada uno de ellos el futuro de su familia y su raza. Su vista todavía se extiende más lejos; percibe en la extremidad de los tiempos al que debe un día recapitular toda la mediumnidad secular del viejo Israel: el Mesías; y muestra como el último retoño de su raza, será el que resumirá toda la gloria de la posteridad de Jacob. Ningún faraón, en su orgullo, murió con semejante grandeza como este anciano oscuro e ignorado que expiraba en un rincón de la tierra de Gessen. 

El ocaso de la vida, es el fin de un viaje penoso y a menudo de una prueba dura, es el momento de la reflexión en la que el pensamiento tranquilo y sereno se eleva hacia las regiones infinitas. 

Volvamos al mismo acto de la muerte. La desmaterialización se cumplió, el periespíritu se libra del envoltorio carnal, que vive todavía algunas horas, algunos días tal vez, de una vida puramente vegetativa. Así los estados sucesivos de la personalidad humana se celebran en el orden inverso al que dirigió el nacimiento. La vida vegetativa que había comenzado en el seno materno se apaga aquí esta vez, la última; la vida intelectual y la vida sensitiva son las dos primeras en partir. 

¿Qué sucede entonces? El Espíritu, es decir, el alma y su envoltorio fluídico, y por consiguiente el yo, se lleva la última impresión moral y física que le golpea sobre la tierra; la guarda un tiempo más o menos prolongado, según su grado de evolución. Es por eso que es importante rodear la agonía de los moribundos de palabras dulces y santas, de pensamientos elevados, porque son los últimos ruidos, estos últimos gestos, estas últimas imágenes que se imprimen sobre las hojas del libro subconsciente de la conciencia; es la última línea que leerá el muerto desde su entrada al más allá o tan pronto como sea consciente de su nuevo modo de ser. 

La muerte es pues, en realidad, un paso; es una transición y una traslación. Si debíamos tomar de la vida moderna una imagen, lo compararíamos de buena gana con un túnel. En efecto, el alma avanza en el desfile de la muerte más o menos lentamente, según su grado de desmaterialización y espiritualidad. 

La muerte es pues una mentira, ya que la vida, parece apagada, reaparece cada vez más radiante, en la certeza de la inmortalidad del alma. Es el despertar bendito. 

Las almas superiores, que siempre vivieron en las altas esferas del pensamiento y de la virtud, atraviesan esta oscuridad con la rapidez del expreso que desemboca en un instante en la luz plena del valle; pero es el privilegio de un pequeño número de espíritus evolucionados: son los elegidos y los sabios. 
  No hablaremos aquí de criminales, seres animalizados a los instintos groseros, quiénes vivieron o más bien vegetaron toda una existencia en las bajuras, fondo del vicio o en la cloaca del crimen. Para ellos, es la noche, y una noche llena de horrorosas pesadillas. Nos cuesta, sin embargo, creer que las fronteras del más allá y el paso del tiempo a la vida errática sean pueblos de estos seres horrorosos que los ocultistas llaman los elementales. 

Hay que ver en ello sólo símbolos e imágenes reflejos de las pasiones, los vicios, los crímenes que los perversos cometieron aquí abajo. Contemplemos aquí sólo las vidas ordinarias, las existencias que siguen tranquilamente las fases lógicas del destino. Es la condición común de la inmensa mayoría de los mortales. El alma entró en la galería sombría: queda allí en la oscuridad o en la penumbra próxima de la luz. Es el crepúsculo del más allá. Los poetas devolvieron muy afortunadamente este estado y describieron este medio día, este claro oscuro del mundo extraterreno. 

Aquí, las analogías entre el nacimiento y la muerte son sorprendentes. El niño permanece varias semanas sin poder ver la luz y tomar conciencia de lo que le rodea. Sus ojos todavía no están abiertos, no más que la radiación de su pensamiento. Así, ante el nuevo nacimiento al mundo invisible, él mismo permanece también algún tiempo antes de darse cuenta de su modalidad de ser y de su destino. Oye a la vez los murmullos lejanos o próximos de los dos mundos; divisa movimientos y gestos que no sabría precisar ni definir. 

Entrando despacio en la cuarta dimensión, pierde la noción precisa de la tercera, en la cual había siempre evolucionado. No se da cuenta más de la cantidad, ni del número, ni del espacio, ni del tiempo, ya que sus sentidos que, como tantos instrumentos de óptica, le ayudaban a calcular, a medir y pesar, se cerraron de pronto como una puerta para siempre condenada. ¡Qué estado extraño el de este alma el que busca a tientas, como el ciego, sobre el camino del más allá! Y sin embargo este estado es real. En este momento, las influencias magnéticas de la oración, de la memoria, del amor pueden desempeñar un papel considerable y apresurar el acceso de las claridades reveladoras que van a iluminar esta conciencia todavía adormecida, esta alma «en pena» de su destino. La oración, en este caso, es una evocación verdadera; es el llamamiento al alma indecisa y flotante. He aquí porque el olvido de los muertos, el descuido de su culto son culpables y nos hacen más tarde merecedores de olvidos semejantes. No obstante, este período de transición, esta parada en el túnel de la muerte son absolutamente necesarios, como preparación para la visión de luz que debe suceder a la oscuridad. Hace falta que los sentidos psíquicos se proporcionen gradualmente al nuevo hogar que va a alumbrarlos. Un paso súbito, sin transición alguna, de esta vida a la otra, sería un deslumbramiento que produciría una confusión prolongada. «Natura no facit saltus» (La naturaleza no da saltos) dice el gran Limado; esta ley rige parsimoniosamente las etapas progresivas del desempeño espiritual. 

Es preciso que la visión del alma aumente para que el ave nocturna, que no puede fijar la subida de la aurora, consolide su endrina y pueda, como el águila, mirar frente a frente el sol, de un ojo intrépido. Este trabajo de preparación se cumple progresivamente, durante la parada más o menos prolongada en el túnel que precede la vida errática propiamente dicha, poco a poco la luz se hace primero muy pálida, como el alba inicial que se levanta sobre la cresta de los montes; luego, al amanecer sucede la aurora; esta vez, el alma divisa el nuevo mundo que habita: se mira y se comprende, gracias a una luz sutil que la penetra en toda su esencia. 
Gradualmente, todo su destino, con sus vidas anteriores y sobre todo con la noción consciente y refleja de la última, va a revelarse como en un cliché cinematográfico vibratorio y animado. El espíritu, entonces, comprende lo que es, dónde está, lo que vale. Las almas van con un instinto infalible a la esfera proporcionada a su grado de evolución, en su facultad de iluminación, a su aptitud actual de perfectibilidad. Las afinidades fluídicas le conducen, como una brisa dulce pero imperiosa que empuja una barquita, hacia otras almas similares, con las cuales va a unirse en un tipo de amistad, de parentesco magnético; y así la vida, la vida verdaderamente social pero de un grado superior, se reconstituye absolutamente como en otro tiempo aquí abajo, porque el alma humana no sabría renunciar a su naturaleza. Su estructura íntima, su facultad de brillo le imponen la sociedad que merece. 

En el más allá se reforman las familias, los grupos de almas, los círculos de espíritus, según las leyes de la afinidad y de la simpatía. El purgatorio es visitado por los ángeles, dicen los místicos teólogos. El mundo errático es visitado, dirigido, armonizado por los Espíritus superiores, diremos nosotros. Aquí abajo, entre los elegidos del genio, de la santidad y de la gloria, hubo y habrá siempre unos iniciadores. Son predestinados, misioneros, que recibieron para tarea de hacer adelantar al mundo en la verdad y la justicia, al precio de sus esfuerzos, de sus lágrimas y algunas veces de su sangre. Las altas misiones del alma jamás cesan. Los Espíritus sublimes, que instruyeron y mejoraron a sus semejantes sobre la tierra, continúan en un mundo superior, en un marco más vasto, su apostolado de luz y su redención de amor.

Es así, como lo decíamos al principio de estas páginas, que la historia eternamente recomienza y se torna cada vez más universal. La ley circular que preside el eterno progreso de los estados y de los mundos se celebra sin cesar en esferas y en orbes cada vez mayores; todo empieza de nuevo arriba, en virtud de la misma ley que hace que todo evolucione abajo. Todo el secreto del universo está allí. Las almas que son conscientes de haber carecido de su última existencia comprenden la necesidad de reencarnarse y se preparan para ello. Todo se agita, todo se mueve en estas esferas siempre en vibración y en movimiento. Es la actividad incesante, ininterrumpida, progresiva y eterna. El trabajo de los pueblos sobre la tierra no es nada en comparación de este trabajo armonioso de lo Invisible. Allá arriba, ninguna traba material, ningún obstáculo carnal detiene los arranques, desanima o disminuye el vuelo. Ninguna vacilación, ninguna ansiedad, ninguna 
incertidumbre. El alma ve el fin, sabe los medios, se precipita en la dirección donde debe alcanzarlo. ¿Quién nos describirá la armonía en estas inteligencias puras, el esfuerzo de estas voluntades derechas, el arranque de estos amores más fuertes que la muerte? ¿Qué lengua jamás podrá repetir la comunión sublime y fraternal de estos espíritus que tienen entre ellos diálogos ardientes como la luz, sutiles como perfumes, donde cada vibración magnética tiene su eco en el corazón mismo de Dios? Tal es la vida celeste; ¡tal es la vida eterna, y estas son las perspectivas que la muerte abre indefinidamente delante de nosotros! ¡Oh hombre! Comprende pues tu destino, sé orgulloso y feliz de vivir; ¡ no blasfemes la ley del amor y de la belleza qué traza delante de ti caminos tan amplios y tan radiantes! Acepta la vida tal como es, con sus fases, sus alternativas, sus vicisitudes; es sólo el prefacio, el preludio de una vida más alta, donde planearás como el águila en la inmensidad, después de haberse arrastrado a duras penas en un mundo material e imperfecto. No es pues en absoluto por un himno fúnebre que hay que acoger a la muerte, sino por un canto de vida; porque no es en absoluto el astro de tarde que se levanta, cruel, sino más bien la estrella radiante de la verdadera mañana. Canta, oh alma, el himno triunfal, hosanna del siglo nuevo, en el cual todo va a nacer para destinos más gloriosos. Monta siempre más alto en la pirámide infinita de luz; ¡y como el héroe de la leyenda de Excelsior, ves a plantar tu tienda sobre el Tabor radiante de lo inconmensurable, de lo Eterno!

León Denis
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COMO SE PRODUCE LA INVASIÓN

MICROBIANA
-La invasión microbiana, exceptuando los cuadros infecciosos por la falta dehigiene, está vinculada a causas espirituales. Las depresiones creadas ennosotros por nosotros mismos, en los dominios del abuso de nuestras fuerzas,sea adulterando las fuerzas vitales del cosmos orgánico por la rendición aldesequilibrio, sea estableciendo perturbaciones en perjuicio de los otros,plasman, en los tejidos fisio psicosomático que constituyen nuestro vehículo de expresión, determinados campos de rotura en la armonía celular.Verificada la disfunción, toda zona afectada por el desajuste se torna factiblepara la invasión microbiana, como una plaga desguarnecida, porque loscentinelas naturales no disponen de bases necesarias para la acciónregeneradora que les compete, permaneciendo, muchas veces, alrededor delpunto lesionado, buscando limitarle la presencia o facilitarle la expansión.Desarticulado, pues, el trabajo sinérgico de las células en ese o aquel tejido, seinterponen ahí unidades mórbidas, tales como las del cáncer, que, en estaenfermedad, imprimen acelerado ritmo de crecimiento en ciertosagrupamientos celulares, entre las células sanas del órgano en el que seinstalen, causando tumoraciones invasoras metas ticas, comprendiéndose, sinembargo, que la mutación, en el inicio, obedeció a determinada distonía,originaria de la mente, cuyas vibraciones sobre las células desorganizadastuvieron un efecto de proyecciones de rayos X o de irradiaciones ultravioleta,en aplicaciones impropias. Emerge, entonces, la molestia por estadosecundario, en largos procesos de desgaste o devastación, por la desarmoníaque compele a la usina orgánica, al agotarse, en balde, en la tarea ingente dela propia rehabilitación, en el plano carnal, cuando el enfermo, sin actitud derenovación moral, sin humildad y paciencia, espíritu de servicio y devoción albien, no consigue asimilar las corrientes benéficas del Amor Divino quecirculan, incesantes en torno de todas las criaturas, por intermedio de distintos agentes e innumerables, estimulando a todos, para el máximo aprovechamiento en la Tierra.Cuando el enfermo, sin embargo, adopta un comportamiento favorable para si mismo, por la simpatía que instala hacia el prójimo, las fuerzas físicasencuentran un sólido apoyo en las irradiaciones de solidaridad yreconocimiento que absorbe de cuantos lo recogen el auxilio directo oindirecto, consiguiendo circunscribir la disfunción a los neoplasmas benignos,que aun responden a la influencia organizadora de los tejidos adyacentes.Bajo el mismo principio de la relatividad, a funcionar, inequívoco, entre laenfermedad y el enfermo, tenemos la incursión de la tuberculosis y de la lepra,de la brucelosis , de la amebiasis  y de muchas otras enfermedades, sin
detenernos en la 
discriminación de todos los procesos mórbidos, cuya relación
nos llevaría a un 
largo estudio técnico.Es que, generalmente, casi todos ellos surgen como fenómenos secundariossobre las zonas de predisposición enfermiza que formamos en nuestro propiocuerpo, por el desequilibrio de nuestras fuerzas mentales para generar roturas o soluciones de continuidad en los puntos de interacción entre el cuerpo espiritual o vehículo físico, por las cuales se insinúa el asalto microbiano para que seamos más particularmente inclinados por la naturaleza de nuestras cuentas cármicas.Consolidado el ataque, por la brecha de nuestra vulnerabilidad, aparecen lasmolestia sintomáticas o asintomáticas, estabilizándose o irradiándose,conforme las disposiciones de la propia mente, que trabaja o no para hacer ladefensiva orgánica en un supremo esfuerzo de reajuste, o que, porautomatismo, admite o rechaza, según la posición en que se encuentra en elprincipio de causa y efecto, la intromisión de ese o de aquel factor patogénico,destinado a expugnar de ella, en forma de sufrimiento, los residuos del mal,correspondientes al sufrimiento por ella implantado en la vida o en el cuerpode los semejantes.No será licito, sin embargo, olvidar que el bien genera el bien constante y, quemantenida nuestra actitud infatigable en el bien, todo el mal por nosotrosamontonado se atenúa, gradualmente, desapareciendo al impacto de lasvibraciones de auxilio, nacidas, a nuestro favor, en todos aquellos a los cualesdirigimos el mensaje de entendimiento y amor puro, sin la necesidad expresade que recurramos al concurso de enfermedades para eliminar los resquiciosde las tinieblas que, eventualmente, se nos incorporan, aun, al fondo mental.El que ampara a sus semejantes crea amparo para si mismo, motivo por el cual los principios de Jesús despojados de nuestra animalidad y orgullo, vanidad y codicia, crueldad y avaricia, exhortándonos a la simplicidad y a la humildad, a la fraternidad sin límites y al perdón incondicional, establecen, cuando son observados, la inmunología perfecta en nuestra vida interior, fortaleciéndonos el poder de la mente en la auto defensiva contra todos los elementos destructores y degradantes que nos rodean y articulándonos a las posibilidades imprescindibles para la evolución y para Dios.
(Tomado del libro “Evolución en dos Mundos” de Chico Xavier.
Traducido por M. C. R
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           CONCIENCIA MEDIÚMNICA
    ¿Qué suelo pisan nuestros pies? Esos que se hunden en la tierra de la experiencia, los que a cada pisada fertilizan la conciencia del ser, bien con el abono de la aceptación o con la cizaña de la rebeldía. Las pisadas del caminante delatan el rumbo al que se dirige, coloreando las características que lo forman como espíritu. En cada huella surcada crecen nuevas particularidades importantes para su existencia.
Los médiums pisan además la tierra movediza del intercambio mediúmnico. Movediza porque hay que saber muy bien dónde pisar, un paso en falso por los derroteros de la ambición y de la mentira y acabará en el pozo oscuro de la culpa. Varios son los aliados para que el médium permanezca dentro del camino seguro en la difícil y espinosa experiencia de la mediumnidad, por ello, una de las tierras que tiene que cultivar es la mente, otra el pensamiento, cuidar los centros vitales y el aura.
La mente, nos dice Enmanuel(1), que es un manantial vivo de energías creadoras de la que emanan las ideas, proyectando rayos de fuerza que alimentan o deprimen, subliman o arruinan. Son arrojadas sutilmente del campo de las causas hacia la región de los efectos. Ella, la mente, es la que dirige el pensamiento proyectándolo en medio del fluido cósmico, plasmando en sus moléculas las denominadas “formas-pensamiento” exigidas por la mente. Estas imágenes durarán mientras la mente siga alimentando el pensamiento y constituyen una parte muy importante en la vida de las personas porque son las que vivifican la atmósfera mental en la que nos movemos, cobrando relevancia cuando se trata de una reunión mediúmnica.
¿Pero qué pasa con esas “formas-pensamiento”? ¿Son fáciles de destruir? Todo dependerá de la constancia emotiva que las anime. Estas “formas-pensamiento” son concentraciones energéticas no siempre fácilmente desactivables. Si se las cultiva pueden llegar a convertirse en verdaderos seres, automatizados y actuantes durante muchísimo tiempo. Entender la mente no es tarea fácil porque ella es el resultado de milenios incontables de evolución incesante donde están grabados todos los recursos psicológicos que han ido formando nuestra personalidad.
Enmanuel(2) sigue diciendo que la mente es el espejo de la vida en todas partes, se yergue en la tierra hacia Dios bajo la égida de Cristo, como si de un brillante bruto se tratara, que necesita de los golpes de la evolución para que al final pueda brillar. El poder de la mente(3) ultrapasa nuestras pequeñas concepciones terrenas, en ella se encuentra el principio de creaciones indescriptibles y el principio de bellezas inmortales, puede decirse que la mente humana es la mente del Creador en su más baja vibración cósmica, aunque para nosotros sea el más alto grado de la evolución aquí en la tierra. Así en el ejercicio de la mediumnidad la epífisis desempeña un papel muy importante y por medio de sus fuerzas la mente humana intensifica el poder de emisión y recepción.
Otra fuerza imprescindible es el pensamiento, sobre el que René Descartes ya dijo que “la esencia del hombre es pensar”. Dudar, imaginar, afirmar, amar, odiar, negar...todo es pensar. El principal vehículo del proceso de concienciación es el pensamiento, este proceso es producto del pensamiento continuo ya conquistado por el hombre. El pensamiento exteriorizado por el médium(4) en “formas-pensamiento” es la base para el intercambio con las entidades espirituales, se hace necesario que aprenda a pensar con rigor, induciendo al cerebro a producir ondas cada vez más cortas, buscando la sintonía con la entidad con la que debe hacer el intercambio.
Es necesario una disciplina mental y una gran fuerza de voluntad por parte del emisor para que el pensamiento que emitimos pueda plasmar sublimes creaciones en el océano fluídico que nos contiene.
Los centros vitales, también llamados chakras son puntos energéticos existentes en el periespíritu. En el libro Nosso Lar, André Luiz explica que estos centros de fuerza se mueven al influjo del poder de la mente. Forman un vehículo de células eléctricas que puede definirse como un campo electromagnético en el cual el pensamiento vibra en un círculo cerrado. El aura explica las características de cada persona. Es una capa existente en torno del cuerpo físico en forma ovoide y resulta de las fuerzas físico-químicas y mentales producidas por nuestros pensamientos y sentimientos. Es peculiar en cada individuo revelando el campo magnético en el que él se sitúa. En la reunión mediúmnica, cuando el aura del médium se mantiene equilibrada y fortalecida por sus virtudes y los buenos pensamientos y sentimientos, ejerce una gran atracción sobre el espíritu en turbación. Un aura equilibrada envuelve con el magnetismo del amor al espíritu que sufre, apaciguando su íntimo y reduciendo sus dolores.
Es responsabilidad de cada uno mantener en las mejores condiciones posibles cada una de las herramientas que el Padre nos ha dado para nuestra evolución, especialmente cuando se trata del ejercicio de la mediumnidad. Una mente creativa, un pensamiento recto para que los centros vitales creen fuerzas energéticas que nos impulsen hacia los derroteros divinos, y un aura brillante para que el dolor ajeno encuentre reservas de amor en su seno.
Longi
                                                                  **************************

                                                                              

              NOSOTROS SOMOS LA SAL DE LA TIERRA


Con esas palabras alegóricas, Jesús habla directamente con nosotros, mostrando cual es la misión que tenemos en el mundo: "Vosotros sois la sal de la Tierra". Una de las propiedades básicas de la sal es la de realzar el sabor de los alimentos; comida sin sal es comida sin gusto.
   Necesitamos poner sal en nuestra vida, pues de lo contrario la vida se torna insípida, esto es, sin sabor y tediosa.
(...) Cuando nos hacemos sal de la Tierra, abandonamos la mediocridad, los prejuicios, la inseguridad y el miedo, cuyos comportamientos  son la causa de la gran mayoría de nuestros problemas. Nuestra autoestima también se fortalece y realizamos todo el potencial divino que mora en cada ser humano. Cuando somos la sal de la Tierra, pasamos a ser colaboradores activos de Dios y no críticos de su obra.
Por tal razón, la vida nos trae muchas cosas que nos vienen sin condimento. Nosotros necesitamos colocar la sal en la cantidad adecuada.
Todo comienza en mi. Yo preciso ser el cambio que deseo ver en mi vida.
Muchos quieren una vida mejor, pero no se tornan mejores personas.
Toda acción transformadora comienza por la transformación de nosotros mismos. No adelanta nada esperar el cambio de fuera sin el cambio de dentro. Nada cambia si yo no cambio. Tenemos la libertad de escoger lo que deseamos cambiar en nuestra vida. 
(...) Como dijimos, la función de la sal es la de realzar el sabor de los alimentos, por tanto Jesús desea enseñarnos que necesitamos destacar lo que es sabroso en nuestra vida, aunque muchas personas insistan en realzar solamente sus amarguras. Haciendo siempre así, están presas de la infelicidad. Tenemos una tendencia casi obsesiva de dar vueltas a lo que va mal con nosotros, olvidándonos de focalizar lo que va bien, y con eso  terminamos con una sensación equivocada de que nuestra vida es una droga, cuando en realidad solo una parte de ella no está en el camino que nos gustaría. Y ese estado emocional negativo no nos estimula a poner la sal en las situaciones que aun no son de nuestro agrado.

Hemos de dar sentido a las cosas. 

José Carlos de Lucca
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domingo, 25 de diciembre de 2016

EL TRABAJO DEL HOMBRE



      OBEDIENCIA Y RESIGNACIÓN 

8º- La doctrina de Jesús enseña por todas partes la obediencia y la resignación, dos virtudes compañeras de la dulzura, muy activas, aunque los hombres las confundan erróneamente con la negación del sentimiento y de la voluntad. La obediencia es el consentimiento de la razón, y la resignación es el consentimiento del corazón; ambas son fuerzas activas, porque cargan el fardo de las pruebas que la insensata rebeldía deja caer. El cobarde no puede ser resignado así como el orgulloso y egoísta no puede ser obediente Jesús fue la encarnación de estas virtudes, despreciadas por la materialista antigüedad. El vino en el momento en que la sociedad romana perecía en el desfallecimiento de la corrupción; vino a hacer brillar, en el seno de la Humanidad abatida, los triunfos del sacrificio y de la renuncia carnal. 
Así, cada época está marcada con el sello de la virtud o el vicio que la debe salvar o perder. La virtud de vuestra generación es la actividad intelectual; su vicio es la indiferencia moral. Digo sólo actividad, porque el genio se eleva de repente y descubre de una sola ojeada los horizontes que la multitud verá después de él, mientras que la actividad es la reunión de los esfuerzos de todos para alcanzar un fin menos grandioso, pero que prueba la elevación intelectual de una época. Someteos al impulso que venimos a dar a vuestros Espíritus, obedeced a la gran ley del progreso, que es la palabra de vuestra generación. ¡Ay del Espíritu perezoso, del que cierra su entendimiento! ¡Infeliz! Porque nosotros que somos los guías de la humanidad en marcha, les daremos con el látigo y forzaremos su voluntad rebelde con el doble esfuerzo del freno y de la espuela toda resistencia orgullosa deberá ceder tarde o temprano, pero bienaventurados los que son mansos, porque prestarán oído dócil a las enseñanzas. (LAZARO, París, 1863). 

Estas explicaciones del Evangelio según el espiritismo son las que hacen que el Evangelio sea comprensible y la verdad es que los espíritus que lo han dictado han cumplido con su tarea gracias al esfuerzo grandioso del codificador Allan kardec

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 CRISTO ESTÁ AL TIMÓN

Amigos míos que el amparo de Nuestra Madre Santísima  nos agasaje  e ilumine los corazones.
Cristo, en el centro de la edificación espirita, es el tema básico para cuantos esposaron en nuestra Doctrina el ideal de una vida más pura y más amplia.

Aflige a cuantos ya abrieron los ojos para la verdad eterna, más allá de la muerte, el culto de la irresponsabilidad  a  la que muchos de nuestros compañeros se devotan, sea en la duda sistemática o en la comodidad  con los procesos inferiores de la experiencia humana,  cuando el  Espiritismo traduce el retorno al Cristianismo puro y actuante, presidiendo la renovación de la Tierra.

Con todo nuestro respeto la pesquisa ennoblecedora, creemos sea ahora obsoleta cualquier indagación acerca de la sobrevivencia del alma por pare de aquellos que ya recibieron el conocimiento doctrinario, porque semejante conocimiento  es precisamente el seno sagrado de nuestros compromisos ante el Señor.
Hace más  de diez milenios, en los templos del Alto Egipto y de la antigua Etiopia, los fenómenos mediúmnicos eran simples  y corrientes; entre asirios y caldeos de épocas remotísimas, se practicaba la desobsesión con alicientes en el esclarecimiento  de los Espíritus infelices; procediendo la antigüedad clásica, Zoroastro, en Persia, recibía la visitación de mensajeros celestiales y, tambien antes de la era cristiana, en la vieja China, la mediúmnidad era desenvuelta con la colaboración de la música y de la oración.
Mas, el intercambio con los desencarnados, exceptuándose las elevadas enseñanzas en los santuarios iniciáticos, guardaba la función oracular del magismo,  intercalándose  en los problemas  cotidianos de la vida material, fuese entre guerreros  y filósofos, mujeres y comerciantes, señores y esclavos, nobles y plebeyos.
Es que la mente del pueblo en Tebas  y Babilonia, Persepolis  y Nanquín, no cantaba con el esplendor  de la Estrella Magna – Nuestro Señor Jesucristo -, cuyo reino de amor viene siendo levantado entre los hombres.
En la actualidad, sin embargo, el Evangelio brilla en la cultura mundial, al alcance de todas las consecuencias, cabiéndonos simplemente el deber de anexarlo a la propia vida.
¡Espiritas! Con Allan Kardec, retomaste  el faro de la Buena Nueva, que yacía eclipsado en las sombras de la Edad Medía!
Comprendamos nuestra misión de obreros de la luz, cooperando con el Señor en la construcción de un mundo nuevo…
No ignoráis que la civilización de hoy es un gran barco bajo la tempestad…. Mientras los mástiles se tambalean  y estallan vigas maestras, a los gritos del equipaje  desaparecido, ante la metralla que incendia la noche moral del mundo, ¡Cristo está en el timón!
Sirviéndolo, pues, infatigablemente, repitamos, confortados y felices:
¡Cristo entonces, Cristo hoy, Cristo mañana!...
¡Alabado sea el Cristo de Dios!
Por el Espíritu Bittencourt Sampaio – Del libro: Instrucciones Psicofónicas, Médium Francisco Cándido Xavier

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   NO ACUSE A LOS ESPÍRITUS
desencarnados sufridores, por sus fracasos en la lucha.
Repare el ritmo de la propia vida, examine la receta y el gasto, sus acciones y reacciones, sus modos y actitudes, sus compromisos y determinaciones, y reconocerá que usted tiene la situación que buscó y recoge exactamente lo que sembró.
                                   - André Luiz -

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               RESPONSABILIDAD MEDIÚMNICA
                              
    ¿Qué suelo pisan nuestros pies? Esos que se hunden en la tierra de la experiencia, los que a cada pisada fertilizan la conciencia del ser, bien con el abono de la aceptación o con la cizaña de la rebeldía. Las pisadas del caminante delatan el rumbo al que se dirige, coloreando las características que lo forman como espíritu. En cada huella surcada crecen nuevas particularidades importantes para su existencia.

Los médiums pisan además la tierra movediza del intercambio mediúmnico. Movediza porque hay que saber muy bien dónde pisar, un paso en falso por los derroteros de la ambición y de la mentira y acabará en el pozo oscuro de la culpa. Varios son los aliados para que el médium permanezca dentro del camino seguro en la difícil y espinosa experiencia de la mediumnidad, por ello, una de las tierras que tiene que cultivar es la mente, otra el pensamiento, cuidar los centros vitales y el aura.

La mente, nos dice Enmanuel(1), que es un manantial vivo de energías creadoras de la que emanan las ideas, proyectando rayos de fuerza que alimentan o deprimen, subliman o arruinan. Son arrojadas sutilmente del campo de las causas hacia la región de los efectos. Ella, la mente, es la que dirige el pensamiento proyectándolo en medio del fluido cósmico, plasmando en sus moléculas las denominadas “formas-pensamiento” exigidas por la mente. Estas imágenes durarán mientras la mente siga alimentando el pensamiento y constituyen una parte muy importante en la vida de las personas porque son las que vivifican la atmósfera mental en la que nos movemos, cobrando relevancia cuando se trata de una reunión mediúmnica.

¿Pero qué pasa con esas “formas-pensamiento”? ¿Son fáciles de destruir? Todo dependerá de la constancia emotiva que las anime. Estas “formas-pensamiento” son concentraciones energéticas no siempre fácilmente desactivables. Si se las cultiva pueden llegar a convertirse en verdaderos seres, automatizados y actuantes durante muchísimo tiempo. Entender la mente no es tarea fácil porque ella es el resultado de milenios incontables de evolución incesante donde están grabados todos los recursos psicológicos que han ido formando nuestra personalidad.

Enmanuel(2) sigue diciendo que la mente es el espejo de la vida en todas partes, se yergue en la tierra hacia Dios bajo la égida de Cristo, como si de un brillante bruto se tratara, que necesita de los golpes de la evolución para que al final pueda brillar. El poder de la mente(3) ultrapasa nuestras pequeñas concepciones terrenas, en ella se encuentra el principio de creaciones indescriptibles y el principio de bellezas inmortales, puede decirse que la mente humana es la mente del Creador en su más baja vibración cósmica, aunque para nosotros sea el más alto grado de la evolución aquí en la tierra. Así en el ejercicio de la mediumnidad la epífisis desempeña un papel muy importante y por medio de sus fuerzas la mente humana intensifica el poder de emisión y recepción.

Otra fuerza imprescindible es el pensamiento, sobre el que René Descartes ya dijo que “la esencia del hombre es pensar”. Dudar, imaginar, afirmar, amar, odiar, negar...todo es pensar. El principal vehículo del proceso de concienciación es el pensamiento, este proceso es producto del pensamiento continuo ya conquistado por el hombre. El pensamiento exteriorizado por el médium(4) en “formas-pensamiento” es la base para el intercambio con las entidades espirituales, se hace necesario que aprenda a pensar con rigor, induciendo al cerebro a producir ondas cada vez más cortas, buscando la sintonía con la entidad con la que debe hacer el intercambio.

Es necesario una disciplina mental y una gran fuerza de voluntad por parte del emisor para que el pensamiento que emitimos pueda plasmar sublimes creaciones en el océano fluídico que nos contiene.

Los centros vitales, también llamados chakras son puntos energéticos existentes en el periespíritu. En el libro Nosso Lar, André Luiz explica que estos centros de fuerza se mueven al influjo del poder de la mente. Forman un vehículo de células eléctricas que puede definirse como un campo electromagnético en el cual el pensamiento vibra en un círculo cerrado. El aura explica las características de cada persona. Es una capa existente en torno del cuerpo físico en forma ovoide y resulta de las fuerzas físico-químicas y mentales producidas por nuestros pensamientos y sentimientos. Es peculiar en cada individuo revelando el campo magnético en el que él se sitúa. En la reunión mediúmnica, cuando el aura del médium se mantiene equilibrada y fortalecida por sus virtudes y los buenos pensamientos y sentimientos, ejerce una gran atracción sobre el espíritu en turbación. Un aura equilibrada envuelve con el magnetismo del amor al espíritu que sufre, apaciguando su íntimo y reduciendo sus dolores.

Es responsabilidad de cada uno mantener en las mejores condiciones posibles cada una de las herramientas que el Padre nos ha dado para nuestra evolución, especialmente cuando se trata del ejercicio de la mediumnidad. Una mente creativa, un pensamiento recto para que los centros vitales creen fuerzas energéticas que nos impulsen hacia los derroteros divinos, y un aura brillante para que el dolor ajeno encuentre reservas de amor en su seno.

Longi

1* Xavier, Chico. Roteiro, cap.25.
2* Xavier, Chico. Pensamento e vida. Cap.1.
3* Maia, Joao Nunes. Horizontes da mente.
4* Bezerra de Almeida. A complexidade da práctica mediúmnica,135.


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                EL TRABAJO EN EL HOMBRE


   La vida es la   armonía de   los   movimientos, resultante   de    los cambios incesantes en el seno de la naturaleza visible e invisible. Su manutención depende de la actividad de todos los mundos y de todos los seres.

Cada individualidad, en la prueba, como en la redención, como en la gloria divina, tiene una función definida de trabajo y elevación de sus propios valores. Los que aprendieron los bienes de la vida y cuantos los enseñan con amor, multiplican en la Tierra y en los Cielos los dones infinitos de Dios.

La civilización y el progreso como la propia vida, dependen de los intercambios incesantes. El Universo en su constitución maravillosa, no creo ni sanciona leyes de aislamiento en la comunidad eterna de los mundos y de los seres. La existencia es una larga escalera, en la cual todas las almas deben darse las manos, en la subida para el conocimiento y para Dios.

El trabajo es una ley natural por lo mismo que es una necesidad, y la civilización obliga al hombre a mayor trabajo, porque aumenta sus necesidades y sus goces.

Las ocupaciones materiales no solo son trabajo, el espíritu trabaja como el cuerpo. Toda ocupación útil es trabajo.

El trabajo es impuesto al hombre porque es consecuencia de su naturaleza corporal; una expiación y al mismo tiempo un medio de perfeccionar su inteligencia; sin el trabajo, el hombre no saldría de la infancia de la inteligencia y por esto solo a su trabajo y actividad debe su subsistencia, su seguridad y bienestar. Al que es débil de cuerpo Dios le da, en cambio, la inteligencia, pero siempre es trabajo.

Todo trabaja en la Naturaleza, los animales trabajan como nosotros, pero su trabajo, como su inteligencia, esta limitado a las atenciones de su conservación y he aquí porque no es progreso para ellos, al paso que en el hombre tiene un doble objeto: la conservación del cuerpo y el desarrollo del pensamiento que también es una necesidad, y que le eleva por encima de si mismo.

Cuando decimos que el trabajo de los animales esta limitado a las atenciones de su conservación, se entiende que se habla del objeto a que se proponen al trabajar, pero a su pesar, y al mismo tiempo que proveen sus necesidades materiales, son agentes que secundan las miras del Creador, y su trabajo no deja de concurrir al objeto final de la Naturaleza, aunque, con mucha frecuencia, no descubra el hombre el resultado inmediato.

La Naturaleza del trabajo es relativa a las necesidades, y cuanto menos materiales son estas, menos lo es también aquel. No creamos, sin embargo, que el hombre permanece inactivo e inútil, la ociosidad seria un suplicio en vez de un beneficio.

El hombre rico, que posee bienes suficientes para asegurarse la existencia no esta libre de la ley de trabajo, del trabajo material quizás; pero no de la obligación de hacerse útil según sus medios, de perfeccionar su inteligencia o la de otros, lo que también es trabajo. Si el hombre a quien Dios ha confiado bienes suficientes para asegurarse la existencia, no esta obligado a mantenerse con el sudor de su frente, la obligación de ser útil a sus semejantes es tanto mayor para el en cuanto la parte que anticipadamente le ha sido asignada, le concede mayor desahogo para hacer el bien.

Para reparar las fuerzas del cuerpo es necesario el descanso con el dejamos un poco de libertad a la inteligencia con el fin de que se levante por encima de la materia.

El limite del trabajo es el limite de las fuerzas. Por lo demás Dios deja al hombre en libertad.

El imponer a los inferiores un trabajo excesivo es una de las acciones mas malas. Todo hombre que tiene mando res responsable del exceso de trabajo que impone a sus inferiores porque viola la ley de Dios.

En la vejez el hombre tiene derecho al descanso, pues solo esta obligado según las fuerzas.

Si el anciano no tiene recursos y no puede trabajar, su familia y a falta de esta la sociedad ha de hacer sus veces. Esta es la ley de caridad.

No basta decir al hombre que ha de trabajar, sino que también es preciso que el que cifra la existencia en su trabajo encuentre ocupación, lo cual no sucede siempre. Cuando la suspensión del trabajo se generaliza toma las proporciones de una calamidad como la miseria. La ciencia económica busca el remedio en el equilibrio de la producción y el consumo; pero este equilibrio, aun suponiendo que sea posible, tendría siempre intermitencias, durante cuyos intervalos no deja de tener necesidades de vivir el obrero. Hay un elemento, con el cual no se ha contado bastante y sin el, la ciencia económica no pasa de ser una teoría. Este elemento es la educación, no la intelectual, sino la moral, y tampoco la educación moral que enseñan los libros, sino la que consiste en el arte de formar el carácter,  la educación que da hábitos; porque la educación es el conjunto de hábitos adquiridos.

Cuando se piensa en la masa de individuos lanzados diariamente al torrente de la población, sin freno y sin principios y entregados a sus propios instintos, ¡ hay que admirarse de sus desastrosas consecuencias¡. Cuando se conozca, comprenda y practique aquel arte, el hombre llevara a la sociedad hábitos de orden y de previsión para si y los suyos, de respeto hacia lo respetable, hábitos que le permitirán pasar menos penosamente los malos días inevitables. El desorden y la improvisión son dos canceres que solo una educación bien entendida puede curar; este es el punto de partida, el elemento real del bienestar, la prenda de seguridad para todos.

El trabajo es una ley para las humanidades planetarias como para las sociedades del Espacio. Desde el ser mas rudimentario hasta los Espíritus angélicos que velan por los destinos de los mundos, todos toman parte en el gran concierto universal.

Es penoso y grosero para los seres inferiores, el trabajo se suaviza a medida que la vida se refina. Se convierte, en un venero de goces para el Espíritu adelantado, que se hace insensible a las atracciones materiales, exclusivamente ocupado en los estudios mas elevados.

Con el trabajo, el hombre domina a las fuerzas ciegas de la Naturaleza y se pone a salvo de la miseria; por el trabajo es por lo que se fundan las civilizaciones y por lo que se extienden el bienestar y la ciencia.

El trabajo es el honor y la dignidad del ser humano. El ocioso que, sin producir nada, se aprovecha de la labor de los demás, no es mas que un parásito. Mientras el hombre se haya ocupada en su tarea se acallan sus pasiones. La ociosidad, por el contrario, las desencadena y les abre vasto campo de acción. El trabajo constituye también un gran consuelo, un derivativo saludable de nuestras preocupaciones y nuestras tristezas; calma las angustias de nuestro Espíritu  y fecundiza lustra inteligencia. No existe un dolor moral, no existen decepciones ni reveses que no encuentren en el un apaciguamiento; no hay vicisitudes que resistan a su acción prolongada.

El que trabaja tiene asegurado un refugio para su sufrimiento y un verdadero amigo en la atribulación, no puede aceptar la vida con disgusto. En cambio, cuan digna de lastima es la situación de aquel a quien los achaques condenan a la inmovilidad y a la inacción; si este hombre ha sentido la grandeza y la santidad del trabajo, si por encima de su interés propio ve el interés general y el bien de todos y quiere contribuir a él, sufre uno de los padecimientos mas crueles que se han reservado para el ser viviente

Tal es también la situación en el Espacio del Espíritu que falto a sus deberes y disipo la vida. Comprendiendo demasiado tarde la nobleza del trabajo y la villanía de la ociosidad, sufre al no poder realizar lo que su alma concibe y desea.

El trabajo es la comunión de los seres. Por el nos aproximamos los unos a los otros, aprendemos a ayudarnos y a unirnos; de esto a la fraternidad no hay mas que un paso.

La antigüedad romana deshonro el trabajo haciendo de el la condición propia del esclavo. Esto explica su esterilidad moral, su corrupción y sus secas y frías doctrinas. Los tiempos actuales tienen otra concepción completamente distinta de la vida. Buscan plenitud en una labor fecunda y regeneradora.

La filosofía de los Espíritus amplifica más aun esta concepción, indicándonos en la ley de trabajo el principio de todos los progresos y de todas las elevaciones, y demostrándonos que la acción de esta ley se extiende a la universalidad de los seres y de los mundos. Por eso estamos autorizados a decir: Despertad ¡ OH, vosotros, todos los que dejáis adormecidas vuestras facultades, vuestras fuerzas latentes! ¡Manos a la obra! ¡Trabajad, fecundad la tierra; haced resonar en las fabricas el ruido  del vapor!. Agitaos en la colmena inmensa. Vuestra tarea es grande y santa. Nuestro trabajo es la vida, es la gloria y es la paz de la humanidad.

Obreros del pensamiento, escrutad los grandes problemas, propagad la ciencia, distribuid entre las multitudes los escritos y las palabras que reconfortan y fortifican.¡Que de un confín del mundo al otro unidos en la obra gigantesca, cada uno de nosotros emita su esfuerzo, con el fin de contribuir a enriquecer el dominio material, intelectual y moral de la humanidad!.

La glorificación del trabajo es un servicio que ha venido cumpliendo el Evangelio.

Con anterioridad a la influencia del Maestro, la tierra era un vasto latifundio poblado por amos y esclavos. El servicio era considerado deshonra.

Dominadas por el principio de la fuerza, las naciones conservaban enorme semejanza con los agrupamientos de la comunidad primitiva. La notoriedad social provenía de la caza. Los tronos se erguían, casi siempre, sobre oscuros cimientos de pillaje.

Los favores de la vida pertenecían a los más astutos y a los más poderosos. Cualquier revés económico redundaba en cautiverio compulsivo.

El trabajo era sinónimo de envilecimiento.

Los espíritus más nobles, la mayoría de las veces, permanecían en absoluta dependencia, sudando y gimiendo para sostener el carro purpúreo de los opresores. En todas las ciudades pululaban los esclavos de todos los matices, y tan solo a ellos se les confería el deber de servir como severo castigo.

La Roma imperial estaba repleta de cautivos tomados a Egipto, a Grecia, a la Galilea y al Ponto. Tan solo en la revolución de Espartaco, en el año 71 antes de la era cristiana, fueron condenados a muerte en la  Vía Apia, 30.000 esclavos cuya única falta era la de aspirar al trabajo digno en libertad edificante.

Con Jesús, sin embargo, surge una nueva época para el mundo. El ministerio del Señor es, sobre todo, de acción y movimiento. Se levanta el Maestro al Alba y se devoción al bien de los semejantes hasta muy entrada la noche.

Medico _ no descansa en el auxilio efectivo a los enfermos.

Profesor _no se fatiga con la repetición de las lecciones.

Bienhechor _ esparce sin cesar las bendiciones del amor infinito.

Sabio _ coloca a la ciencia del bien al alcance de todos.

Abogado _ defiende los intereses de los débiles y de los humildes.

Trabajador Divino _ sirve a todos sin reclamos y sin esperar recompensa.

El ejemplo de Cristo es sublime contagioso. Cada compañero de apostolado se aparta luego de la comodidad, para ayudar en su nombre y abrir horizontes más amplios a la comprensión de la vida, en regiones distantes de la cuna que los viera nacer.

Mas tarde en Roma, el deseo de ayuda mutua entre los cristianos, alcanza realizaciones inconcebibles en el capitulo del trabajo.

Personas convertidas al Evangelio se consagran por entero al servicio, con el objeto de amparar a los compañeros necesitados.

Los aprendices de la Buena Nueva se esparcen en las actividades de la industria y la agricultura, de las artes y las ciencias, de la instrucción y el comercio, dela asistencia y la limpieza publica, disputando medios para el auxilio a los socios del ideal, en la servidumbre o en la indigencia, en el sufrimiento o en las prisiones.

Hay quien ayuna durante dos o tres días seguidos, a fin de economizar dinero para los servicios de asistencia al prójimo, bajo la dirección de un pastor. El trabajo pasa entonces a ser interpretado como bendición Divina.

Paulo de Tarso, cuando se traslada de la dignidad del sanedrín a la ruda labor del telar y confecciona tapices para no ser carga de nadie, a fin de garantizar de esa manera su libertad de palabra y acción, es el símbolo del cristiano que educa y realiza, a la vez que demuestra que a la pureza de la enseñanza debe aliarse la gloria del ejemplo.

Y honrado hasta hoy, en el trabajo digno a su principal norma de acción, el Cristianismo es la fuerza libertadora de la Humanidad, en todos los rincones del mundo.

Muchos negadores de la sobre vivencia del Espíritu, interrogan, acerca de cuestiones que desearían ver solucionadas sin la contribución del esfuerzo, personal, que pertenece a la criatura humana.

Preguntan con inteligencia ¿por qué razón no se materializan los Espíritus, que todo lo pueden, a fin de demostrar sin sombra de duda la inmortalidad?.

¿Por qué los Muertos, que pueden penetrar en el futuro, no traen las formulas eficaces para acabar con las enfermedades, reduciendo así los dolores que sufren los hombres?.

¿Por qué los orientadores de la humanidad, no nos esclarecen sobre la patogénesis de las neoplasias malignas, modificando los panoramas de la salud, en el planeta terrestre?.

¿Por qué los Benefactores de la criatura humana, ya desencarnados, no presentan hábiles soluciones para los graves problemas de la alineación mental?.

¿Por qué los Guías del destino humano, no nos proporcionan, los métodos para combatir la súper población, impidiendo que se corporifiquen nuevas criaturas, mediante lo cual evitarían las colectivas calamidades sociales, económicas y morales, que azotan a decenas de millones de hambrienta y enfermos?.

¿Por qué los Instructores Espirituales no actúan directamente sobre los jefes de Estado, impeliendo que los mismos accionen las armas de guerra, con las cuales dominan naciones y victiman a un incalculable numero de criaturas?.

Son interrogantes, que se caracterizan por el comodísmo mental, en un proceso de transferencia de responsabilidad y acción, se multiplican en innumerables ítem.

No obstante, las respuestas se encuentran en el cuerpo de la Doctrina que se empeñan en ignorar y que no se permiten conocer por medio del estudio ni de la meditación.

El Espiritismo enseña, a través de su lógica de bronce, que la muerte no modifica intrínsicamente a nadie.

Morir, como reencarnar, significa salir del cuerpo o entrar en el  sin alteración real de los valores morales ni del comportamiento personal.

Asimismo, aclara que no existen formulas mágicas para lograr soluciones de ocasión, lejos del esfuerzo de cada cual y sin la activa contribución de cada uno.

Lo que la Doctrina Espirita pretende es la transformación interior del ser, allí donde se encuentre, prosperando así en beneficio propio y en el de su prójimo, al servicio de la vida.

Lo que  a los hombres corresponde realizar no puede transferirse a los Amigos Espirituales.

Si los Educadores realizan las tareas de sus discípulos, no harían mas que promover en ellos la inutilidad, la ignorancia, la pereza...

Debido a sus conquistas y conforme las necesidades que les son compatibles, periódicamente permite la Divinidad que se corporifiquen, como misioneros de la evolución y del progreso humano Einstein, un Gandhi, un Pasteur, un Flemming, un Francisco de Asis y otros, enseñando la belleza y convocando a la lucha sin cuartel del trabajo y de la renovación personal.

La verdad cambia mucho entre los hombres, a semejanza de una luz filtrada por vidrios de diferentes tonalidades, y tampoco todos pueden afrontar esa verdad mientras viven.

Si millones de criaturas, estando aun en la carne, se toparan frente a frente con la verdad simple y cruda, de la vida mas allá de la tumba, sin diálogos directos con los inmortales corporificados entre ellos, enloquecerían de pavor, arrojándose en suicidios infelices, en desdichados y espectaculares intentos de fuga de la realidad...

Si los Espíritus aportasen rápidas respuestas para los problemas que tiene la función de fomentar el progreso, la parálisis inutilizaría brazos y mentes, que llegarían a atrofiarse, perdida la finalidad que tienen destinada en el mecanismo de la evolución.

Los hombres disfrutan conforme sus merecimientos, reciben de acuerdo con lo que realizan y cosechan la sementera dejada en el pasado.

En su inevitable proceso de desarrollo, el Espíritu es, en el cuerpo, o fuera de el, el autor de su destino.

Los desencarnados no son poseedores de toda la sabiduría. Si eso fuera posible, como consecuencia del puro y simple fenómeno de la muerte ellos se volverían dioses, tal como lo sostiene las concepciones de la ortodoxia mitológica del pasado.

Jesús es el Señor que a todos nos estimula, invitándonos a las conquistas superiores, portador, El si, del conocimiento pleno.

Revelándonos al Padre, en ningún momento tuvo el deseo de igualarlo, en cambio, nos enseño a adorarlo en condición de Entidad máxima, y a El, nuestro Maestro y Benefactor, a seguir imitándolo en todos los caminos , para adquirir la paz.

Honrando al trabajo, como ley que fomenta la evolución afirmo También  “El Padre hasta hoy trabaja”, legándonos la honra del Servicio intransferible como un apoyo resistente para la victoria sobre las dificultades personales y para la liberación de todas las circunstancias afligentes y dolorosas, por nosotros mismos engendradas.

¡AMAD EL TRABAJO Y ENGRANDECERLO!

Es por el  que la civilización se levanta, que la educación se realiza y que nuestra felicidad se perpetúa. En la Patria de las Almas llora amargamente el espíritu que desprecio su riqueza oculta, por haberse olvidado que solamente por medio del trabajo podemos desarrollar nuestras posibilidades de crecimiento hacia la inmortalidad.

Jesús decía: ¡ Aquel que quiera venir en pos de Mi, que tome su cruz y me siga !.

Con estas palabras invitaba a los hombres a trabajar llevando  sus aflicciones hasta el fin con resignación y paciencia. Nunca debemos estar de brazos cruzados, una labor de la que nos podemos sentir orgullosos es la de nuestra reforma intima, porque ella ara que la lucha exterior sea fructífera, beneficiando nuestro entorno , facilitando la labor de todos los que nos rodean, sin crear impedimentos  seremos allanadores del camino de la redención, muchas veces sin nosotros querer y sin apenas darnos cuenta ofrecemos obstáculos e impedimentos a labores que beneficiarían la paz del mundo y que los holgazanes y los refractarios del bien entorpecen.

Merchita- En base a obras de la Codificación. de Divaldo y de Chico Xavier.

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